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HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:20 am

Unos sentimientos extraños e intensos comenzaron a extenderse en su interior, jamás le había ocurrido algo así. ¿Qué tenía Julián que le hacía sentirse tan protegida y feliz?
Si se trataba de la maldición, deberían cambiarle el nombre, porque no había nada malévolo en las sensaciones que la embargaban.
— Muy bien —le dijo Julián, y su aliento le rozó la oreja haciendo que una descarga eléctrica la traspasara. Al instante, le cogió las manos y los dos juntos sostuvieron los cubiertos.
Cerró los ojos, mientras aspiraba el dulce aroma a flores que desprendía el cabello de Grace. Estaba empleando toda su fuerza de voluntad para concentrarse en la tarea de enseñarle a comer tallarines, y olvidarse de lo mucho que deseaba hacerle el amor.
Ella deslizó provocativamente los dedos entre los suyos, intensificando de ese modo las sensaciones que su piel cálida y suave producían en Julián. Un nuevo tipo de desesperación se adueñó de él. Una que no era capaz de nombrar. Sabía lo que quería de ella, y no se trataba sólo de su cuerpo.
Pero no se atrevía a pensar en eso.
No se atrevía a tener esperanzas.
Grace no estaba a su alcance. Su corazón se lo decía, y su alma. Ni todo el anhelo del mundo podría cambiar un hecho esencial: no se merecía una mujer como ella.
Jamás lo había merecido…
Abrió los ojos y le mostró el modo de usar la cuchara para ayudarse a enrollar los tallarines en el tenedor.
— ¿Ves? —murmuró, acercándole el tenedor a los labios—. Es sencillo.
Ella abrió la boca y Julián introdujo con cuidado el tenedor. Mientras lo sacaba, deslizándolo entre sus labios, sintió que experimentaba una nueva forma de tortura.
El corazón le latía a un ritmo frenético y salvaje, y su sentido común le decía que se alejara de ella.
Pero no podía. Llevaba tanto tiempo sin compañía. Tanto tiempo sin tener un amigo…
No podía dejarla ahora. No sabía cómo hacerlo.
Así que siguió dándole de comer.
Grace se reclinó entre sus brazos. Apartó las manos de las suyas y dejó que él tomara el control. Mientras masticaba los tallarines, cogió un trozo de pan y se lo ofreció a Julián. Él le mordisqueó los dedos al ponérselo en la boca.
Grace sonrió y le acarició el mentón mientras masticaba. ¡Uf! La forma en que se tensaba ese músculo bajo su mano… le encantaba cómo se movía su cuerpo, cómo se relajaban y se contraían sus músculos, por muy pequeño que fuese el esfuerzo.
Una mujer jamás podría cansarse de mirarlo.
Tomó un sorbo de vino y, mientras tanto, Julián le robó unos cuantos tallarines.
— ¡Oye, tú! —le dijo bromeando—. Eso es mío.
Sus celestiales ojos azules resplandecieron al sonreír, y le ofreció de nuevo el tenedor para que siguiera comiendo.
Mientras masticaba, Grace le acercó la copa de vino a los labios.
Desafortunadamente, no calculó bien y la alejó demasiado pronto, con lo que el vino se derramó por su barbilla y cayó sobre la camisa.
— ¡Lo siento! —exclamó, limpiándole la barbilla con los dedos. Su incipiente barba le raspaba la piel—. ¡Jesús! ¡La que he formado!
A él no pareció molestarle en absoluto. Le cogió la mano y se dedicó a lamer el vino que caía por sus dedos.
Grace dejó escapar un gemido. Julián le lamía los dedos y los mordisqueaba con mucha suavidad, y ella se estremecía de la cabeza a los pies.
Uno a uno, los fue limpiando meticulosamente. Y cuando acabó, le alzó la barbilla y capturó sus labios.
Pero no fue el beso exigente y fiero al que ella estaba acostumbrada. El que utilizaba para seducirla y devorarla.
Éste fue suave y tranquilo. Tierno. Los labios de Julián eran delicados pero exigentes.
Entonces se alejó.
— ¿Aún tienes hambre? —le preguntó.
— Sí —balbució Grace, sin referirse a la comida, sino a los apetitos que su cuerpo estaba experimentando junto a él.
Julián le ofreció más tallarines.
Cuando ella le acercó la copa nuevamente para calmar su sed, Julián le cubrió la mano con la suya mientras la observaba con ojos risueños.
Así siguieron, dándose de comer y deleitándose en su mutua compañía, hasta el final de la película. Julián pareció muy interesado en las luchas finales.
— Vuestras armas son fascinantes —comentó.
— Supongo que para un general deben serlo.
Él la miró de reojo y siguió atento a la película.
— ¿Qué es lo que más te gusta de Matrix?
— Las alegorías.
Él asintió.
— Tiene influencias de Platón.
— ¿Conoces a Platón? —le preguntó sorprendida.
— Lo estudié cuando era joven.
— ¿En serio?
No pareció divertido por la conversación.
— Se las arreglaban para enseñarnos unas cuantas cosas entre paliza y paliza.
— No estás hablando en serio, Julián.
— Ya.
Una vez acabó la película, la ayudó a recoger la cocina.
Cuando ella cargaba el lavavajillas, sonó el teléfono.
— No tardaré nada —le dijo mientras corría hacia la salita para contestar.
— Grace, ¿eres tú?
Se quedó helada al escuchar la voz de Rodnay Carmichael.
— Hola, señor Carmichael —lo saludó fríamente.
En ese momento, habría matado a Luanne por marcharse de la ciudad.
Tan sólo había tenido una sesión con Rodney, el miércoles, pero había sido suficiente para hacer que deseara contratar a un detective privado que buscase a Luanne y la trajera de vuelta.
El tipo le daba escalofríos.
— ¿Dónde estuviste hoy, Grace? No estarás enferma, ¿verdad? Podría llevarte…
— ¿No le cambió Lisa su cita?
— Sí, pero estaba pensando que podíam…
— Mire, señor Carmichael, no atiendo a mis pacientes en casa. Le veré a la hora de su sesión. ¿De acuerdo?
La línea se quedó en silencio.
— ¿Grace?
Ella saltó y chilló al escuchar la voz de Julián a su espalda.
Él la observaba con curiosidad, con una expresión que muy bien podría haber encontrado divertida si no hubiese estado tan aterrorizada.
— ¿Estás bien? —le preguntó él.
— Sí, lo siento —dijo, colgando el teléfono—. Era ese paciente del que te hablé. Rodney Carmichael. Me saca de quicio.
— ¿Qué?
— Que me pone muy nerviosa —por primera vez, agradecía muchísimo la presencia de Julián. De no estar él, se habría ido a casa de Selena y Bill, en busca de su hospitalidad durante el fin de semana—. Venga —le dijo mientras apagaba la luz de la cocina—. ¿Nos vamos arriba y empiezo a enseñarte a leer?
Julián negó con la cabeza.
— No abandonas, ¿verdad?
— No.
— Muy bien —le respondió, siguiéndola escaleras arriba—. Acepto que me des clases si te pones la negligé roj…
— No, no y no —dijo ella, deteniéndose en mitad de la escalera y girándose para mirarlo—. Me temo que eso no va a ser posible.
Él se acercó y acarició el pelo que le caía sobre el hombro.
— ¿No sabes que necesito una musa que me anime a aprender? ¿Y qué mejor musa que tú vestida con…?
Grace le colocó los dedos sobre los labios para impedir que siguiera hablando.
— Si me pongo eso, dudo mucho que vayas a aprender algo que no sepas ya.
Él le mordisqueó los dedos.
— Prometo comportarme bien.
Sabiendo que era una idea pésima, dejó que la convenciera.
— Será mejor que te comportes —le advirtió, mirándole por encima del hombro mientras acababa de subir los escalones.
Grace entró en el enorme vestidor que su padre había convertido en biblioteca años atrás, y rebuscó en los estantes hasta encontrar su viejo cuento de Peter Pan.
Julián rebuscó en sus cajones hasta encontrar el deplorable atuendo.
Intercambiaron objetos en el centro de la habitación. Grace corrió hacia el cuarto de baño y se cambió de ropa pero, tan pronto como se contempló en el espejo, con la diáfana prenda roja, fue incapaz de moverse. ¡Puaj! Si Julián la veía con esas pintas saldría dando alaridos de la habitación.
Incapaz de soportar la humillación de verlo decepcionado por su cuerpo, se quitó la negligé y se puso su sencilla camisola rosa. Se envolvió en su grueso albornoz antes de regresar a la habitación.
Julián meneó la cabeza.
— ¿Por qué te has puesto eso?
— Mira, no soy idiota. No tengo el tipo de cuerpo que hace que los hombres babeen.
— ¿Qué estás intentando decirme?, ¿que eres un hombre?
Ella frunció el ceño ante su lógica.
— No.
— ¿Entonces cómo sabes que tu cuerpo no despierta el deseo de un hombre?
— Porque no soy ciega. ¿Vale? Los hombres no babean por mí del mismo modo que las mujeres hacen contigo. ¡Maldita sea!, me considero afortunada cuando se dan cuenta de que soy una mujer.
— Grace —masculló, levantándose. Se puso en pie y se detuvo a los pies de la cama—. Ven aquí —le ordenó.
Ella obedeció.
Julián la colocó exactamente enfrente del espejo de cuerpo entero.
— ¿Qué ves? —le preguntó.
— A ti.
Él le sonrió.
Inclinándose, apoyó la barbilla sobre el hombro de Grace.
— ¿Qué ves cuando te miras?
— Veo a alguien que necesita perder de seis a nueve kilos y comprarse un cargamento de crema antimanchas para hacer desaparecer las pecas.
A él no pareció hacerle gracia.
Le pasó las manos por la cintura, hasta la parte delantera del albornoz, donde descansaba el nudo del cinturón.
— Déjame que te diga lo que yo veo —ronroneó justo sobre su oreja, mientras colocaba las manos sobre el cinturón, sin abrirlo—. Veo un hermoso cabello, oscuro como la noche. Suave y abundante. Tienes el cabello ideal para que caiga en cascada sobre el vientre desnudo de un hombre, para enterrar la cara en él y aspirar su aroma.
Grace empezó a temblar.
— Tienes un rostro con forma de corazón, semejante al de un pequeño diablillo, con labios llenos y sensuales que piden a gritos ser besados. Y con respecto a tus pecas, son fascinantes. Añaden un toque juvenil a tu encanto que te hace única e irresistible.
No sonaba tan mal dicho por él.
Le desabrochó el albornoz e hizo una mueca ante la visión de la camisola rosa. Abriéndolo del todo, siguió hablando.
— ¿Qué tenemos aquí? —masculló, devorándola con los ojos.
Antes de poder pensar siquiera en protestar, Julián le bajó el albornoz por los brazos y lo dejó caer al suelo, a sus pies. Volvió a apoyar la barbilla en su hombro mientras sus ojos la contemplaban a través del espejo.
Le alzó la camisola.
— Julián —dijo ella, cogiéndole la mano.
Sus miradas se encontraron en el espejo. Grace no pudo moverse, ya que la pasión y la ternura que se reflejaban en los ojos de Julián la sumieron en un estado de trance.
— Quiero verte, Grace —le dijo en un tono que dejaba a las claras que no admitiría un no por respuesta.
Antes de poder volver a pensar con claridad, él le quitó la camisola y pasó sus manos sobre la piel desnuda de su estómago.
— Tus pechos no son pequeños —susurró, incorporándose tras ella—. Tienen el tamaño perfecto para la mano de un hombre —y para demostrar su afirmación, acercó las manos y los cubrió con ellas.
— Julián —balbució Grace con un gemido y el cuerpo abrasado—. Recuerda tu promesa.
— Me estoy comportando bien —respondió él con voz ronca.
Apoyándose sobre sus duros pectorales, Grace observó sin aliento en el espejo cómo Julián dejaba sus pechos y le acariciaba las costillas, descendiendo hasta las caderas y una vez allí, metía las manos bajo el elástico de sus braguitas.
— Tienes un cuerpo hermoso, Grace —le dijo mientras le acariciaba el pubis.
Por primera vez en toda su vida, lo creyó. Julián le mordisqueó el cuello mientras sus manos jugueteaban con los rizos oscuros de su entrepierna.
— Julián —lloriqueó, sabiendo que si no lo detenía ahora no sería capaz de hacerlo más tarde.
— ¡Shh! —le dijo al oído—. Ya te tengo.
Y, entonces, separó los tiernos pliegues de su cuerpo y acarició su sexo.
Grace gimió, consumida por la pasión. Julián capturó sus labios y la besó plena y profundamente.
De forma instintiva, se dio la vuelta entre sus brazos para saborearlo mejor.
La levantó del suelo, sin abandonar sus labios, mientras la llevaba hasta la cama. De algún modo, se las arregló para acomodarla sobre el colchón y tumbarse sobre ella sin dejar de besarla.
Ciertamente tenía un gran talento.
Y ¡uf!, Grace se sentía arder con sus caricias. Con su aroma escandalosamente sensual. Con la sensación de su cuerpo tendido junto a ella. Comenzó a temblar de pies a cabeza mientras él le separaba los muslos con las rodillas y se colocaba, aún vestido, sobre ella.
Sentir su peso era algo maravilloso. Su cuerpo duro y viril, mientras restregaba sus esbeltas caderas contra ella. Aun a través de los vaqueros, podía sentir su erección presionando sobre su entrepierna. Como si estuviesen atraídas por un imán, sus caderas se alzaron acompasándose al movimiento de Julián.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:21 am

— Eso es, Grace —murmuró sobre sus labios, mientras seguía rozando su miembro hinchado contra ella, de un modo tan magistral que Grace supo que ya habría llegado al clímax si estuviese dentro de ella—. Siente mis caricias. Siente mi deseo por ti, sólo por ti. No luches contra él.
Grace volvió a gemir cuando Julián abandonó sus labios y dejó un abrasador reguero de besos por su garganta, hasta llegar a sus pechos, que comenzó a succionar con suavidad.
Grace deliraba de placer mientras enterraba las manos en los rizos rubios de Julián.
Él atormentó implacablemente sus pechos con la lengua.
Todo su cuerpo temblaba por el tremendo esfuerzo que le suponía mantenerse vestido. Quería introducirse en ella con tanta desesperación que su cordura se desvanecía poco a poco.
Con cada envite de sus caderas contra las de Grace, le daban ganas de gritar por la agonía del deseo insatisfecho. Era la tortura más deliciosa que jamás había experimentado.
Y todo empeoró al sentir a Grace deslizar las manos por su espalda, e introducirlas en sus bolsillos traseros para acercarlo aún más, apretándolo con fuerza.
Julián se estremeció ante la sensación.
— ¡Sí, oh, sí! —jadeaba Grace cuando él aumentó el ritmo de sus embestidas.
Julián sintió que todo le daba vueltas. Tenía que hundirse en ella. Y si no podía hacerlo de una manera, por todos los templos de Atenas que lo haría de otra.
Se apartó de ella y se movió hacia abajo, pasando los labios por su estómago y besándole las caderas mientras le quitaba las braguitas.
Grace temblaba de pies a cabeza al sentir el poder que él ostentaba en ese momento.
— Por favor —le suplicó, incapaz de soportarlo más.
Le apartó los muslos con los codos. Grace se lo permitió sin protestar. Colocó las manos bajo ella y le elevó las caderas hasta que le pasó las piernas por encima de sus hombros.
Los ojos se le abrieron de par en par en el mismo instante en que Julián la tomó en la boca.
Grace enterró las manos en el cabello de él y echó la cabeza hacia atrás, siseando de placer ante las caricias tan íntimas que la lengua de Julián le prodigaba. Jamás había experimentado algo así. Una y otra vez, penetrándola con la lengua implacablemente, él la lamía, la atormentaba, hurgaba en su interior hasta dejarla sin aliento, exhausta.
Julián cerró los ojos y gruñó cuando probó su sabor. Y disfrutó de la sensación. Los murmullos de placer que escapaban de la garganta de Grace resonaban en sus oídos. Percibía cómo ella reaccionaba ante cada caricia sensual de su lengua, cuidadosamente ejecutada. De hecho, sentía como le temblaban los muslos y las nalgas, como se estremecían contra sus hombros y sus mejillas.
Grace se retorcía de modo muy erótico en respuesta a sus caricias.
Con la respiración entrecortada, Julián quiso mostrarle exactamente lo que se había estado perdiendo. Cuando saliera de la habitación esa noche, Grace no volvería a encogerse de temor ante sus caricias.
Ella gimoteó cuando movió la mano despacio para introducir el pulgar en su vagina, mientras continuaba lamiéndola.
— ¡Julián! —jadeó con un involuntario estremecimiento de su cuerpo.
Él movió el dedo y la lengua aún más rápido, más profundo, aumentando la presión mientras giraba y giraba. Grace sentía que la cabeza le daba vueltas por el roce de la barba de Julián en sus muslos, en su sexo.
Y, cuando pensaba que ya no podría soportarlo más, alcanzó el clímax de forma tan violenta que echó la cabeza hacia atrás y gritó mientras su cuerpo se convulsionaba por las continuas oleadas de placer.
Pero Julián no se detuvo, siguió prodigándole caricias hasta que tuvo otro nuevo orgasmo, casi seguido al primero.
La tercera vez que le ocurrió pensó que moriría.
Débil, y totalmente saciada, sacudía la cabeza a uno y otro lado, sobre la almohada, mientras él continuaba su implacable asalto.
— Julián, por favor —le suplicó mientras su cuerpo seguía experimentando continuos espasmos por sus caricias—. No puedo más.
Sólo entonces, él se apartó.
Grace se sentía palpitar desde la cabeza hasta los pies, y respiraba entrecortadamente. Jamás había conocido un placer tan intenso.
Julián trazó una senda de besos desde sus muslos hasta su garganta, y allí se quedó.
— Dime la verdad, Grace —le dijo al oído—. ¿Has sentido algo así antes?
— No —susurró ella con honestidad; dudaba que muchas mujeres hubiesen conocido algo semejante a lo que ella acababa de experimentar. Quizás no hubiese ninguna—. No tenía ni idea de que pudiese ser así.
Con una mirada hambrienta, Julián la contempló como si quisiese devorarla.
Ella sintió la presión de su erección sobre la cadera y cayó en la cuenta que él no había llegado al orgasmo. Había mantenido su promesa.
Con el corazón latiéndole frenético ante el descubrimiento, quiso proporcionarle lo mismo que ella acababa de vivir. O al menos, algo que se le aproximara.
Bajando la mano, comenzó a desabrocharle los pantalones.
Julián le cogió la mano y se la llevó a los labios para besarle la palma con mucha ternura.
— Tu intención es buena, pero no te molestes.
— Julián —le dijo en tono de reproche—. Sé que es muy doloroso para un hombre si no se…
— No puedo —insistió él, interrumpiéndola de nuevo.
Grace lo miró ceñuda.
— ¿Que no puedes qué?
— Tener un orgasmo.
Grace abrió la boca, atónita. ¿Estaría diciendo la verdad? De todos modos, sus ojos tenían una expresión mortalmente seria.
— Es parte de la maldición —le explicó él—. Puedo darte placer, pero si me tocas justo ahora, sólo conseguirás hacerme más daño.
Sufriendo por él, le acarició la mejilla.
— Entonces, ¿por qué…?
— Porque quería hacerlo.
No lo creía. No. Apartó la mano de su rostro y miró hacia otro lado.
— Querrás decir porque tenías que hacerlo. Por la maldición también, ¿no es cierto?
Él la cogió por la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.
— No. Estoy luchando contra la maldición, si no fuese así, estaría dentro de ti ahora mismo.
— No lo entiendo.
— Yo tampoco —le confesó mirándola a los ojos, como si buscase en ella la respuesta—. Acuéstate conmigo —susurró—. Por favor.
Grace hizo una mueca de dolor ante el sufrimiento que destilaba aquella sencilla petición. Su pobre Julián. ¿Qué le habían hecho? ¿Cómo podían hacerle eso a alguien como él?
Julián cogió el libro y se lo dio a Grace.
— Léeme.
Ella abrió el cuento mientras él colocaba las almohadas en el cabecero de la cama.
Se estiró en el colchón e hizo que Grace se tumbara a su lado. Sin decir una sola palabra, tiró de la manta y la rodeó en un tierno gesto con su brazo.
El olor a sándalo la asaltó de nuevo, mientras comenzaba a leerle la historia de Wendy y Peter Pan.
Estuvieron así durante una hora.
— Me encanta tu voz. Tu forma de hablar —le dijo mientras Grace se detenía para pasar una página.
Ella sonrió.
— Debo decir lo mismo de ti. Tienes la voz más cautivadora que he escuchado jamás.
Julián le quitó el libro de las manos y lo dejó sobre la mesita de noche. Grace alzó la mirada hasta sus ojos. El deseo los hacía más brillantes, y la contemplaba con un anhelo que la dejó sin respiración.
Entonces, para su asombro, la besó suavemente en la punta de la nariz.
Alargó el brazo, cogió el mando a distancia y bajó las luces hasta dejar la habitación en penumbra. Grace no sabía qué decir mientras él se acurrucaba tras ella y la abrazaba por la espalda.
Julián le apartó el pelo de la cara y apoyó la cabeza en la almohada, al lado de la suya.
— Me encanta tu olor —le susurró, abrazándola con fuerza.
— Gracias —respondió ella en un murmullo.
No estaba segura, pero le daba la impresión de que Julián sonreía.
Se acurrucó aún más, acercándose a la calidez de su cuerpo, pero los vaqueros le rasparon las piernas.
— ¿No estás incómodo vestido? ¿No deberías cambiarte de ropa?
— No —contestó tranquilamente—. De este modo, sé que mi cucharilla permanecerá alejada de tu…
— Ni se te ocurra decirlo —dijo con una carcajada—. No te ofendas, pero tu hermano es asqueroso.
— Sabía que había una razón para que me gustaras tanto.
Grace le quitó el mando a distancia de las manos.
— Buenas noches, Julián.
— Buenas noches, cariño.
Grace apagó la luz.
Al instante, notó cómo Julián se tensaba. Su respiración se convirtió en un jadeo entrecortado y se apartó de ella.
— ¿Julián?
Él no contestó.
Preocupada, Grace encendió la luz para poder verle. Se abrazaba con fuerza el torso, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la frente cubierta de sudor y una mirada aterrada y salvaje mientras se esforzaba por respirar.
— ¿Julián?
Él observó la habitación como si acabara de despertar de una pesadilla espantosa. Grace vio cómo alzaba un brazo y colocaba la mano en la pared, para asegurarse que todo era real, no una alucinación.
Se humedeció los labios, se pasó la mano por el pecho y tragó saliva.
Y entonces, Grace lo entendió.
La oscuridad. Por eso no había apagado las luces, sino que había bajado la intensidad.
— Lo siento Julián, no lo sabía.
Él seguía sin hablar.
Grace lo abrazó, sorprendida de que un hombre tan fuerte buscase consuelo en ella como si no pudiese hacer otra cosa. Julián apoyó la cabeza sobre sus pechos.
Con los dientes apretados, Grace sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Y en ese instante supo que jamás le dejaría regresar a ese libro. Nunca.
De algún modo, romperían la maldición. Y, cuando todo hubiese acabado, esperaba que Julián pudiese vengarse del responsable de su sufrimiento.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:21 am

Capítulo 9


Grace permaneció inmóvil durante horas, escuchando la respiración tranquila y acompasada de Julián, mientras dormía a su lado. Había colocado una pierna entre sus muslos y le rodeaba la cintura con un brazo.
La sensación de su cuerpo, envolviéndola, la hacía palpitar de deseo.
Y su olor…
Lo que más le apetecía en esos momentos era darse la vuelta y enterrar la nariz en el aroma cálido y amaderado de su piel. Nadie la había hecho sentirse así jamás. Tan querida, tan segura.
Tan deseable.
Y se preguntaba cómo era posible, teniendo en cuenta que apenas se conocían. Julián llegaba a una parte de su interior que iba más allá del mero deseo físico.
Era tan fuerte, tan autoritario… Y tan divertido. La hacía reír y le encogía el corazón.
Alargó el brazo y pasó los dedos con suavidad por la mano que tenía colocada justo bajo su barbilla. Tenía unas manos preciosas. Largas y ahusadas. Aun relajadas durante el sueño, su fuerza era innegable. Y la magia que obraban en su cuerpo…
Un milagro.
Pasó el pulgar por su anillo de general y comenzó a preguntarse cómo habría sido Julián entonces. A menos que la maldición hubiese alterado su apariencia física, no parecía ser muy mayor, no aparentaba más de treinta.
¿Cómo podría haber liderado un ejército a una edad tan temprana? Pero claro, Alejandro Magno apenas si tenía edad para afeitarse cuando comenzó sus campañas.
Julián debía haber tenido una apariencia magnífica en el campo de batalla. Grace cerró los ojos e intentó imaginárselo a caballo, cargando contra sus enemigos. Podía ver una vívida imagen del general vestido con la armadura y con la espada en alto mientras luchaba cuerpo a cuerpo con los romanos.
— ¿Jasón?
Grace se tensó al escuchar el murmullo. Julián estaba dormido.
Giró sobre el colchón y lo miró.
— ¿Julián?
Él adoptó una postura rígida y comenzó a hablar en una confusa mezcla de inglés y griego clásico.
— ¡No! ¡Okhee! ¡Okhee! ¡No! —y se incorporó hasta quedar sentado en la cama.
Grace no podía saber si estaba dormido o despierto.
Le tocó el brazo instintivamente y, lanzando una maldición, él la agarró con fuerza y tiró de ella hasta ponerla sobre sus muslos. Después volvió a arrojarla a la cama, con una mirada salvaje y los labios fruncidos.
— ¡Maldito seas! —gruñó.
— Julián —jadeó Grace, luchando por liberarse mientras él la agarraba con más fuerza por el brazo—. ¡Soy yo, Grace!
— ¿Grace? —repitió con el ceño fruncido, intentando enfocar la mirada.
Se apartó de ella parpadeando. Alzó las manos y las observó como si fuesen dos apéndices extraños que no hubiese visto jamás. Después clavó los ojos en Grace.
— ¿Te he hecho daño?
— No, estoy bien. ¿Y tú?
Él no contestó.
— ¿Julián? —dijo mientras le tocaba.
Se alejó de ella como si se apartase de una criatura venenosa.
— Estoy bien. Era un mal sueño.
— ¿Un mal sueño o un mal recuerdo?
— Un mal recuerdo que me persigue en sueños —murmuró con la voz cargada de dolor, y se levantó—. Debería dormir en otro sitio.
Grace lo cogió por el brazo antes de que pudiera marcharse y lo acercó de vuelta a la cama.
— ¿Eso es lo que siempre hiciste en el pasado?
Él asintió.
— ¿Le has contado tus pesadillas a alguien?
Julián la miró horrorizado. ¿Por quién lo había tomado?
¿Por un niño llorón que necesitaba a su madre?
Siempre había guardado la angustia en su interior. Como le habían enseñado. Sólo durante las horas de sueño los recuerdos podían traspasar las barreras que él mismo había erigido. Sólo cuando dormía era débil.
En el libro no había nadie que pudiera resultar herido cuando le asaltaba la pesadilla. Pero una vez liberado de su confinamiento, sabía que no era muy inteligente dormir al lado de alguien que podía acabar inadvertidamente herido mientras estaba atrapado en el sueño.
Podría matarla de forma accidental.
Y esa idea lo aterrorizaba.
— No —susurró—. No se lo he contado nunca a nadie
— Entonces, cuéntamelo a mí.
— No —respondió con firmeza—. No quiero volver a vivirlo.
— Si lo revives cada vez que sueñas, ¿cuál es la diferencia? Déjame entrar en tus sueños, Julián. Déjame ayudarte.
¿Podría hacerlo? ¿Podría tener esperanza?
Sabes que no.
Pero aún así…
Quería purgar los demonios. Quería dormir una noche completa libre del tormento, con un sueño tranquilo.
— Cuéntamelo —insistió suavemente.
Grace percibía su renuencia mientras se unía a ella en la cama. Permaneció sentado en el borde, con la cabeza entre las manos.
— Ya me has preguntado qué hice para que me maldijeran. Lo hicieron porque traicioné al único hermano que jamás he conocido. La única familia que he tenido en la vida.
La angustia de su voz caló muy hondo en Grace. Deseaba desesperadamente acariciarle la espalda, para reconfortarlo, pero no se atrevió por si él volvía a apartarse de nuevo.
— ¿Qué hiciste?
Julián se mesó el cabello y dejó enterrado el puño en él. Con la mandíbula más rígida que el acero y la mirada fija en la alfombra contestó:
— Permití que la envidia me envenenase.
— ¿Cómo?
Permaneció callado un rato antes de volver a hablar.
— Conocí a Jasón poco después de que mi madrastra me enviase a vivir a los barracones.
Grace apenas si recordaba una conversación con Selena en la que le explicaba que los barracones espartanos eran los lugares donde se obligaba a vivir a los niños, alejados de sus hogares y de sus familias. Siempre se los había imaginado como una especie de internado.
— ¿Cuántos años tenías?
— Siete.
Incapaz de imaginar que la obligaran a apartarse de sus padres a esa edad, Grace jadeó.
— No había nada de raro en la decisión —dijo él sin mirarla—. Y era grande para mi edad. Además, la vida en los barracones era infinitamente mejor que la que llevaba junto a mi madrastra.
Grace percibía el veneno que destilaba su voz y se preguntó cómo habría sido la mujer.
— ¿Entonces, Jasón vivía contigo en los barracones?
— Sí —murmuró él—. Cada barracón estaba dividido en grupos, y cada uno elegía a un líder. Jasón era el líder de mi grupo.
— ¿Qué hacían esos grupos?
— Éramos una especie de unidad militar. Estudiábamos, limpiábamos nuestro barracón, pero sobre todo, nos las apañábamos entre todos para poder sobrevivir.
Grace se sobresaltó ante esa palabra tan dura.
— ¿Sobrevivir a qué?
— Al estilo de vida espartano —contestó Julián con voz áspera—. No sé si conoces algo sobre las costumbres de la gente de mi padre, pero no vivían con los lujos habituales del resto de los griegos.
— Los espartanos sólo querían una cosa de sus hijos: que nos convirtiéramos en la fuerza militar más impresionante del mundo antiguo. Para prepararnos, nos enseñaban a sobrevivir con las necesidades más básicas. Nos daban una sola túnica que debíamos conservar durante todo un año, y si se estropeaba, la perdíamos, o acababa por quedarnos pequeña, nos quedábamos sin ella. Teníamos que hacernos nuestra propia cama. Y una vez que llegábamos a la pubertad, no se nos permitía llevar ningún tipo de calzado.
Se rió con amargura.
— Aún puedo recordar cómo me dolían los pies durante el invierno. Teníamos prohibido encender fuego, y tampoco podíamos taparnos con una manta, así es que nos envolvíamos los pies con harapos para evitar que se nos congelaran durante la noche. Por la mañana sacábamos los cadáveres de los chicos que habían muerto de frío.
Grace se encogió de espanto ante el mundo que Julián describía. Intentaba imaginarse cómo debía haber sido vivir así. Peor aún, recordó el berrinche que pilló a los trece años porque se encaprichó de unos zapatos de ochenta dólares que, según su madre, eran demasiado para ella; y a la misma edad, Julián habría estado buscando harapos. La injusticia de aquello la hacía pedazos.
— Sólo erais niños.
— Jamás fui un niño —le contestó con sencillez—. Pero eso no era todo, lo peor era que apenas nos daban de comer. Estábamos obligados a robar o a morir de hambre.
— ¿Y los padres lo permitían?
Él la miró por encima del hombro; sus ojos tenían una expresión irónica.
— Lo consideraban un deber cívico. Y, puesto que mi padre era el stratgoi de Esparta, la mayoría de los profesores y de los chicos me despreciaron desde el primer momento. Me daban mucha menos comida que al resto.
— ¿Qué era tu padre? —le preguntó, no acababa de comprender el término griego que Julián había empleado.
— El general supremo, si lo prefieres —inspiró profundamente y continuó—. A causa de su posición, y de su reputación de hombre cruel, yo era un paria para mi grupo. Mientras ellos se unían para poder robar comida, a mí me dejaban de lado, y tenía que ingeniármelas para sobrevivir. Un día, pescaron a Jasón robando comida. Cuando regresaron a los barracones iban a castigarlo. Así es que di un paso al frente y me eché toda la culpa.
— ¿Por qué?
Julián se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.
— Estaba tan débil por la paliza anterior que pensé que no viviría si le daban otra.
— ¿Y por qué le habían golpeado antes?
— Era el modo de empezar el día. Tan pronto como nos sacaban a rastras de las camas, nos daban una buena tunda.
Grace hizo una mueca de dolor.
— Entonces, ¿por qué dejaste que te pegaran en su lugar, si tú también estabas herido?
— Siendo el hijo de una diosa, aguantaba las palizas más duras.
Ella cerró los ojos mientras recordaba las palabras que Selena había dicho esa misma tarde. Esta vez, no pudo resistir el impulso de acercarse a él. Le puso la mano sobre el bíceps. Julián no se apartó. Al contrario, le cubrió la mano con la suya y le dio un ligero apretón.
— Desde ese día en adelante, Jasón me consideró su hermano, e hizo que los demás me aceptaran. Aunque mi madre y mi padre tenían otros hijos, nunca había tenido un hermano antes.
Ella sonrió.
— ¿Qué ocurrió después?
El bíceps se contrajo bajo su mano.
— Decidimos aunar fuerzas para conseguir lo que necesitábamos. Él distraía a la gente y yo robaba; así, si nos pillaban, yo me llevaba los golpes.
¿Por qué? Tenía Grace en la punta de la lengua, pero se la mordió. En el fondo, conocía la respuesta: Julián estaba protegiendo a su hermano.
— El tiempo fue pasando —continuó él—, y noté que su padre salía furtivamente del pueblo para observarlo de lejos. El amor y el orgullo en su rostro eran algo indescriptible. Su madre hacía lo mismo. Se suponía que debíamos apañárnoslas para conseguir comida, pero algunos días, Jasón encontraba cosas que sus padres le habían dejado. Pan fresco, langosta asada, una jarra de leche… y a veces, dinero.
— Qué tierno.
— Sí, lo era; pero cada vez que me daba cuenta de lo que hacían por él, la realidad me destrozaba. Quería que mis padres sintieran lo mismo por mí. Habría dado gustoso mi vida porque mi padre me mirara una sola vez sin odio; o porque mi madre se preocupara por mí lo justo para venir a verme. Lo más cerca que he estado nunca de ella fue en su templo de Thimaria. Solía pasar horas contemplando su estatua, y preguntándome si era así realmente. Preguntándome si pensaba alguna vez en mí.
Grace se sentó tras él, lo abrazó por la cintura y puso la barbilla sobre su hombro.
— ¿Nunca viste a tu madre cuando eras pequeño?
Él le rodeó los brazos con los suyos y echó la cabeza hacia atrás, hasta dejarla reposar sobre el hombro de Grace. Ella sonrió ante el gesto. Aunque estuviese tenso y nervioso, le estaba confiando cosas que jamás había compartido con otra persona.
Y saberlo le proporcionaba una sensación de increíble intimidad.
— No la he visto nunca —confesó en voz baja—. Me enviaba a otros, pero ella jamás se ha presentado ante mí. Sin importar lo mucho que le implorara, siempre se negaba. Después de un tiempo, dejé de pedírselo. Y al final, también dejé de entrar en sus templos.
Grace le plantó un beso tierno en el hombro. ¿Cómo podía su madre haberlo ignorado? ¿Cómo podía ser capaz una madre de no atender el ruego de un hijo?
Pensaba en sus propios padres. En el amor y la ternura que le habían prodigado. Y, por primera vez, después de tantos años, se dijo que sus sentimientos con respecto a su trágica muerte estaban totalmente equivocados. Siempre había pensado que habría sido mucho mejor no conocer su cariño para no perderlo de modo tan cruel.
Pero no era así. Aunque los recuerdos de su infancia y de sus padres eran agridulces, la reconfortaban.
Julián no había conocido nunca la ternura de un abrazo. La seguridad de saber que, hiciese lo que hiciese, sus padres siempre estarían allí.
No podía imaginar cómo habría sido crecer del modo que él lo hizo.
— Pero tenías a Jasón —le susurró, preguntándose si habría sido suficiente para él.
— Sí. Tras la muerte de mi padre, cuando yo tenía catorce años, Jasón fue lo bastante amable como para dejarme ir a su casa cuando nos daban permiso. Fue en una de esas visitas cuando vi por primera vez a Penélope.
Grace sintió una pequeña punzada de celos al escuchar el nombre de su esposa.
— Era tan hermosa… —murmuró él— y estaba prometida a Jasón.
Grace se quedó paralizada ante sus palabras.
¡Oh! La cosa no iba bien.
— Peor aún —le dijo acariciándole el brazo con suavidad—, estaba enamorada de él. Cada vez que íbamos de permiso, se arrojaba en brazos de Jasón para besarlo. Le decía lo mucho que significaba para ella. Cuando nos marchábamos, le pedía en voz baja que tuviese cuidado, y le dejaba comida para que la encontrase.
Julián se detuvo mientras recordaba la imagen de Jasón cuando volvía a los barracones con los regalos de Penélope.
«Algún día te casarás, Julián» decía su amigo mientras hacía gala de los obsequios «pero jamás tendrás una esposa como la mía para calentarte la cama.»

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:30 am

Aunque su amigo no lo dijese, Julián conocía el motivo de que hablara así. Ningún padre responsable entregaría a su hija en matrimonio a un hombre desheredado, sin familia que lo reconociese.
Cada vez que su amigo pronunciaba esas palabras, su alma se hacía pedazos. Había ocasiones en las que sospechaba que Jasón echaba sal en sus heridas debido a los celos. Penélope lo miraba más de la cuenta cuando pensaba que su prometido no lo notaba. Puede que él tuviese su corazón, pero al igual que el resto de las mujeres, ella se lo comía con los ojos cada vez que estaba cerca.
Por ese motivo Jasón dejó de invitarlo a su casa. Y que le prohibieran regresar al único hogar que había conocido, acabó por destrozarlo.
— Debería haber dejado que se casaran —siguió Julián, mientras pasaba el brazo por la cabeza de Grace y enterraba el rostro en su cuello para inhalar el dulce aroma de su piel—. Entonces lo sabía, pero no podía soportarlo. Año tras año, vería cómo ella lo amaba. Vería cómo su familia lo adoraba, mientras yo no tenía un hogar donde acudir.
— ¿Por qué? —preguntó Grace—. Has dicho que tenías hermanos, ¿no te habrían dejado quedarte con ellos?
Él negó con la cabeza.
— Los hijos de mi padre me odiaban a muerte. Su madre me habría permitido quedarme con ellos, pero me negaba a pagar el precio que pedía a cambio. No tenía nada en aquellos días, excepto mi dignidad.
— Ahora también la tienes —murmuró ella, abrazándolo con más fuerza por la cintura—. He sido testigo de ella.
Soltándola, dejó pasar sus palabras y tensó la mandíbula.
— ¿Qué le ocurrió a Jasón? —siguió Grace. Quería que siguiera hablando mientras estuviese de humor—. ¿Murió en combate?
Él soltó una amarga carcajada.
— No. Cuando fuimos lo suficientemente mayores para unirnos al ejército, lo mantuve a salvo en el campo de batalla. Había prometido a Penélope y a su familia que no permitiría que le ocurriese nada.
Grace sintió el corazón de Julián latiendo con rapidez bajo sus brazos.
— Según pasaban los años, pronunciaban mi nombre con temor y respeto. Mis victorias se convertían en leyenda, y se contaban una y otra vez. Cuando regresaba a Thimaria, acababa durmiendo en la calle, o en la cama de cualquier mujer que me abriese la puerta para pasar la noche. De ese modo pasaba el tiempo hasta que regresaba a la batalla.
A Grace le escocían los ojos por las lágrimas; la voz de Julián estaba cargada de dolor. ¿Cómo podían haberlo tratado así?
— ¿Qué pasó para que cambiaran las cosas? —le preguntó.
Él suspiró.
— Una noche, mientras buscaba un lugar para dormir, me tropecé con ellos dos en la calle. Estaban abrazándose como dos enamorados. Me disculpé rápidamente pero, al alejarme, escuché a Jasón hablando con Penélope.
Todo su cuerpo se puso rígido entre los brazos de Grace y el corazón comenzó a latirle con más rapidez.
— ¿Qué dijo? —le urgió Grace.
Los ojos de Julián adoptaron una mirada sombría.
— Ella le preguntó que por qué nunca me quedaba en casa de mis hermanos. Jasón se rió y le contestó: «Nadie quiere a Julián. Es el hijo de Afrodita, la Diosa del Amor, y ni siquiera ella soporta estar cerca de él. »
Grace fue incapaz de respirar mientras escuchaba las crueles palabras. Se imaginó cómo debió sentirse Julián al oírlas.
Él tomó aire con brusquedad.
— Le había guardado las espaldas más veces de las que podía recordar. Me habían herido en batalla en incontables ocasiones por protegerlo, incluyendo una vez en la que una lanza me atravesó el costado. Y allí estaba él, burlándose de mí. No pude soportar la injusticia. Había creído que éramos hermanos. Y supongo que, al final, lo fuimos, ya que me trató del mismo modo que el resto de mi familia. Yo siempre había sido un hijastro bastardo. Solo y repudiado. No entendía por qué él tenía tantas personas que lo querían y yo no tenía a nadie.
— Herido y enfadado por sus palabras, hice lo que jamás debería haber hecho: invocar a Eros.
Grace podía imaginarse fácilmente lo que había ocurrido.
— Hizo que Penélope se enamorara de ti.
Él asintió.
— Disparó a Jasón con una flecha de plomo que mató su amor por Penélope, y a ella le disparó con una de oro para que se enamorara de mí. Se suponía que todo debía acabar ahí pero…
Meciéndolo con suavidad entre sus brazos, Grace aguardó a que encontrase las palabras exactas.
— Tardé dos años en convencer a su padre para que le permitiera casarse con un bastardo desheredado, sin influencias familiares. Para entonces, mi leyenda había aumentado y había sido ascendido. Finalmente logré acumular riquezas suficientes para hacer que Penélope viviese como una reina. Y, en lo que se refería a ella, no reparé en gastos. Teníamos jardines, esclavos y todo lo que se le antojaba. Le di libertad e independencia, como jamás tuvo ninguna otra mujer de la época.
— ¿Pero no era suficiente?
Él negó con la cabeza.
— Yo necesitaba algo más y sabía que le ocurría algo. Aun antes de que Eros interviniese, siempre fue excesivamente vehemente. Dependía de Jasón de un modo prohibido para las espartanas y, en una ocasión en que fue herido, se afeitó totalmente la cabeza como muestra de su dolor.
» Más tarde, una vez Eros disparó sus flechas, Penélope pasaba por largos periodos de depresión, o de furia. Yo hacía todo lo que podía por ella, e intentaba que fuese feliz.
Grace le acarició el pelo mientras lo escuchaba.
— Decía que me quería, pero yo percibía que no se interesaba por mí del mismo modo que lo había hecho por Jasón. Me entregaba su cuerpo de forma generosa, pero no había verdadera pasión en sus caricias. Lo supe desde la primera vez que la besé. Intenté engañarme a mí mismo, diciéndome que no importaba. Muy pocos hombres, en aquel entonces, hallaban el amor en el matrimonio. Además, me ausentaba durante meses, a veces, incluso años, mientras dirigía mi ejército. Pero al final, supongo que me parezco demasiado a mi madre, porque siempre anhelé más.
Grace sufría enormemente por él.
— Y entonces llegó el día en que Eros también me traicionó.
— ¿Te traicionó?, ¿cómo? —preguntó ansiosa, sabiendo que ése era el origen de la maldición.
— Él y Príapo estuvieron bebiendo la noche posterior a que yo matara a Livio. Eros, borracho, le contó lo que había hecho por mí. Tan pronto como Príapo escuchó la historia, supo cómo vengarse.
— Fue al Inframundo y cogió agua de la Laguna de la Memoria para ofrecérsela a Jasón. Y en cuanto tocó sus labios, recordó su amor por Penélope. Príapo le contó lo que yo había hecho y le entregó más agua para que se la diera a beber a ella.
Julián sentía cómo sus labios articulaban las palabras, pero perdió el control de la narración. En lugar de intentar pensar en lo que iba a contar, cerró los ojos y revivió aquél aciago día.
Acababa de entrar en la casa procedente de los establos, cuando vio a Penélope y a Jasón en el atrio. Besándose.
Atónito, se detuvo a mitad de camino, mientras una oleada de nerviosismo se apoderaba de él al comprobar la pasión de aquel abrazo.
Hasta que Jasón alzó la mirada y lo vio en la puerta.
En el instante en que sus ojos se encontraron, Jasón curvó los labios.
— ¡Ladrón despreciable! Príapo me contó tu traición. ¿Cómo pudiste?
Con el rostro desfigurado por el odio, Penélope se abalanzó sobre Julián y lo abofeteó.
— Asqueroso bastardo, te mataría por lo que has hecho.
— Yo lo mataré —gritó Jasón mientras desenvainaba su espada.
Julián intentó apartar a Penélope, pero ella se negó.
— ¡Por todos los dioses! He dado a luz a tus hijos —dijo mientras intentaba arañarle la cara.
Julián la sostuvo por las muñecas.
— Penélope, yo…
— ¡No me toques! —le gritó zafándose de sus manos—. Me das asco. ¿Crees que una mujer decente iba a quererte a la luz del día? Eres despreciable. Repulsivo. Se apartó de él y se acercó a Jasón.
— Córtale la cabeza. Quiero bañarme en su sangre hasta borrar el rastro de su olor en mi piel.
Jasón blandió la espada.
Julián dio un salto hacia atrás, poniéndose fuera del alcance del arma.
De forma instintiva, buscó su propia espada, pero se detuvo. Lo último que deseaba era derramar la sangre de Jasón.
— No quiero luchar contigo.
— ¿Que no? ¡Violaste a mi mujer y le hiciste llevar tu simiente, cuando deberían haber sido mis hijos a los que diese a luz! Te recibí en mi hogar con los brazos abiertos. Te di una cama cuando nadie te quería cerca, ¿y así me pagas?
Julián lo miró con incredulidad.
— ¿Te pago? ¿Tienes la más mínima idea de las ocasiones en las que te he salvado la vida durante las batallas? ¿De cuantas palizas me han dado en tu lugar? ¿Puedes siquiera contarlas? Y te atreviste a burlarte de mí.
Jasón se rió cruelmente.
— Todos, excepto Kyrian, se burlaban de ti, idiota. De hecho, era el único que te defendía, con tanto empeño que a veces me hacía plantearme qué haríais juntos cuando estabais a solas.
Suprimiendo la ira que le habría dejado totalmente expuesto y vulnerable al ataque de Jasón, se agachó para esquivar la siguiente estocada.
— Déjalo, Jasón. No me obligues a hacer algo de lo que los dos nos arrepentiríamos más tarde.
— De lo único que me arrepiento es de haber dado cabida a un ladrón en mi casa —bramó Jasón con ira, alzando la espada de nuevo.
Julián intentó agacharse, pero Penélope se acercó hasta él por detrás y le propinó un empujón.
La espada de Jasón le dio en las costillas. Siseando de dolor, Julián sacó su propia espada y la blandió de tal modo que habría dejado a su amigo sin cabeza si le hubiese alcanzado.
Jasón intentó alcanzarlo, pero Julián se limitó a defenderse mientras intentaba alejar a Penélope del alcance de las espadas.
— No lo hagas, Jasón. Sabes que tu habilidad con la espada es inferior a la mía.
Su amigo intensificó el ataque.
— No voy a dejar que sigas con ella, de ningún modo.
Los siguientes segundos se sucedieron con inusual rapidez, pero aún así, Julián veía pasar la imagen por su cabeza con diáfana nitidez.
Penélope lo agarró del brazo libre al mismo tiempo que Jasón atacaba. La espada no hirió a Julián de milagro tras el empujón que le dio su esposa. Totalmente desequilibrado, intentó liberarse de Penélope, pero con ella en medio, lo que consiguió fue tropezarse hacia delante, a la vez que Jasón avanzaba hacia ellos.
En el instante en que chocaron, sintió cómo su espada se hundía en el cuerpo de su amigo.
— ¡No! —gritó Julián, extrayendo la hoja del vientre de Jasón mientras Penélope dejaba escapar un atormentado chillido de angustia.
Lentamente, Jasón cayó al suelo.
Arrodillándose, Julián arrojó su espada a un lado y cogió a su amigo.
— ¡Dioses del Olimpo!, ¿qué habéis hecho?
Escupiendo sangre y tosiendo, Jasón le lanzó una mirada acusadora.
— Yo no hice nada. Fuiste tú el que me traicionó. Éramos hermanos y me robaste el corazón.
Jasón tragó dolorosamente mientras sus pálidos ojos atravesaban a Julián.
— Jamás tuviste nada que no robaras antes.
Julián comenzó a temblar, consumido por la culpa y la agonía. Jamás había tenido intención de que sucediera algo así. Nunca había querido que alguien saliese herido, y menos aún Jasón. Lo único que deseaba era alguien que le amara. Sólo quería un hogar donde fuese bienvenido.
Pero Jasón tenía razón. Él era el único culpable. De todo.
Los chillidos de Penélope resonaban en sus oídos. Lo agarró del pelo y comenzó a tirar con todas sus fuerzas. Con una mirada salvaje, sacó la daga que Julián llevaba en el cinturón.
— ¡Te quiero muerto! ¡Muerto!
Le hundió la daga en el brazo, y volvió a sacarla para atacar de nuevo. Él la agarró a tiempo.
Con un fuerte tirón, se deshizo de él y se apartó.
— No —le dijo con una mirada desencajada—. Quiero que sufras. Me quitaste lo que más quería. Ahora yo haré lo mismo contigo —y salió corriendo.
Abrumado por el dolor y la furia, Julián no pudo moverse mientras veía como la vida abandonaba el cuerpo de su amigo.
Entonces, las palabras de su esposa se filtraron entre la neblina que confundía su mente.
— ¡No! —rugió mientras se ponía en pie—. ¡No lo hagas!
Llegó a la puerta de los aposentos de Penélope a tiempo para escuchar los gritos de los niños. Con el corazón en un puño, intentó abrirla pero ella la había atrancado desde dentro.
Cuando logró abrirla, era demasiado tarde.
Demasiado tarde…
Julián se llevó las manos a la cara, presionándose con fuerza los ojos, mientras el horror de lo sucedido aquel día lo inundaba de nuevo; pero ahora sentía las caricias de Grace en la espalda, y se sentía reconfortado.
Jamás sería capaz de olvidar la imagen de sus hijos, el miedo en el corazón. La agonía más absoluta.
Lo único que había amado en el mundo eran sus hijos.
Y sólo ellos lo habían amado.
¿Por qué? ¿Por qué tuvieron que sufrir a causa de sus errores? ¿Por qué tuvo Príapo que torturarlo haciendo que ellos sufrieran?
¿Y cómo pudo permitir Afrodita que todo aquello sucediese? Una cosa era que no le hiciese caso a él, pero dejar que sus hijos murieran…
Por eso fue aquel día a su templo. Había planeado matar a Príapo. Arrancarle la cabeza de los hombros y clavarla en una lanza.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:31 am

— ¿Qué ocurrió? —le preguntó Grace, devolviéndolo al presente.
— Cuando entré en la habitación era demasiado tarde —dijo con la garganta casi cerrada por el dolor—. Nuestros hijos estaban muertos; su propia madre los había asesinado. Penélope se había abierto las muñecas y yacía junto a ellos. Llamé a un médico para que intentara detener la hemorragia —entonces hizo una pausa—. Mientras exhalaba su último aliento, me escupió a la cara.
Grace cerró los ojos, consumida por el dolor de Julián. Era peor de lo que había imaginado.
¡Santo Dios! ¿Cómo había sobrevivido?
Había escuchado numerosos relatos de tragedias a lo largo de su vida, pero ninguno podía compararse con lo que Julián había sufrido. Y lo pasó él solo, sin nadie que lo ayudara. Sin nadie que lo amara.
— Lo siento tanto —susurró ella acariciándole el pecho para consolarlo.
— Aún no puedo creer que estén muertos —murmuró él con la voz rota de dolor—. Me preguntaste qué hacía mientras estaba en el libro. Recordar las caras de mis hijos; de mi hijo y de mi hija. Recordar sus bracitos alrededor de mi cuello. Recordar cómo salían corriendo a mi encuentro cada vez que regresaba a casa, después de una campaña. Y revivir cada uno de los momentos de ese día, deseando haber hecho algo para salvarlos.
Grace parpadeó para alejar las lágrimas. No era de extrañar que jamás hubiese hablado a nadie de eso.
Julián tomó una profunda bocanada de aire.
— Los dioses ni siquiera me conceden caer en la locura para poder escapar a mis recuerdos. No se me permite semejante alivio.
Después de esas palabras, no volvió a hablar. Se limitó a quedarse inmóvil entre los brazos de Grace.
Sorprendida por su fortaleza, estuvo sentada tras él durante horas, abrazándolo. No sabía qué más podía hacer.
Por primera vez en años, sus habilidades de psicóloga le fallaron por completo.

Cuando se despertó, la luz del sol entraba a raudales por las ventanas. Tardó todo un minuto en recordar lo acontecido la noche anterior.
Se sentó en la cama e intentó tocar a Julián, pero estaba sola.
— ¿Julián? —lo llamó.
Nadie contestó.
Echando a un lado el edredón, se levantó y se vistió deprisa.
— ¿Julián? —volvió a llamarlo, mientras bajaba las escaleras.
Nada. Ni un sonido, aparte de los latidos frenéticos de su corazón.
El pánico comenzó a abrirse paso en su cabeza. ¿Le habría sucedido algo?
Entró corriendo en la sala de estar; el libro estaba sobre la mesita de café. Pasando las páginas con rapidez, vio que la hoja donde había estado el dibujo de Julián seguía en blanco. Aliviada por el hecho de que no hubiese regresado al libro, continuó registrando la casa.
¿Dónde estaba?
Fue a la cocina y notó que la puerta trasera estaba entreabierta. Frunció el ceño, extrañada, y la abrió del todo para salir al porche.
Echó una ojeada al patio hasta que vio a los niños de los vecinos sentados en el césped, justo al lado de los setos que separaban ambas casas. Pero lo que más le extrañó fue observar a Julián sentado con ellos, enseñándoles un juego con piedras y palitos.
Los dos niños y una de las niñas estaban sentados a su lado, escuchando atentamente, mientras su hermana pequeña —de tan sólo dos años— gateaba entre ellos.
Grace sonrió ante la apacible estampa. La calidez la invadió de repente, y se preguntó si Julián se habría visto así con sus propios hijos.
Abandonó el porche y caminó hacia ellos. Bobby era el mayor de los niños, con nueve años; después venía Tommy, con ocho y Katie que acababa de cumplir seis. Sus padres se habían mudado al vecindario hacía ya diez años, recién casados y, aunque tenían una buena relación, jamás habían pasado de ser más que amigables vecinos.
— Entonces, ¿qué ocurrió? —preguntó Bobby, cuando llegó el turno de Julián.
— Bueno, el ejército estaba atrapado —continuó Julián, moviendo una de las piedras con un palo—, traicionado por uno de los suyos: un joven hoplita que había vendido a sus compañeros porque quería convertirse en centurión romano.
— Eran los mejores —le interrumpió Bobby.
Julián hizo una mueca burlona.
— No eran nada comparados con los espartanos.
— ¡Arriba Esparta! —gritó Tommy—. Así anima nuestra mascota del colegio.
Bobby le dio un empujón a su hermano, y lo golpeó en la cabeza.
— Estás interrumpiendo la historia.
— No debes golpear a tu hermano jamás —le dio Julián con brusquedad pero, aún así, con cierta ternura—. Se supone que los hermanos deben protegerse, no hacerse daño.
La ironía de sus palabras le encogió el corazón. Era una pena que nadie hubiese enseñado a sus hermanos esa lección.
— Lo siento —se disculpó Bobby—. ¿Qué pasó después?
Antes de que Julián pudiese contestarle, el bebé se cayó y desparramó los palitos y las piedras. Los chicos comenzaron a gritarle, pero Julián los tranquilizó mientras levantaba a Allison y la ponía de nuevo en pie.
Acarició levemente la nariz de la pequeña y la hizo reír. Después regresó al juego.
Mientras le llegaba el turno a Bobby para mover la piedra, Julián retomó la historia donde la había dejado.
— El general macedonio observó las colinas que lo rodeaban; estaban encerrados. Los romanos los habían acorralado. No había modo de flanquearlos, ni de retroceder.
— ¿Se rindieron? —preguntó Bobby.
— Nunca —contestó Julián con convicción—. La muerte antes que el deshonor.
Hizo una pausa mientras las palabras reverberaban en su cabeza. Era la inscripción que adornaba su escudo. Como general, había vivido honrando ese lema.
Como esclavo, hacía mucho que lo había olvidado.
Los chicos se acercaron un poco más.
— ¿Murieron? —preguntó Katie.
— Algunos sí —respondió Julián, intentando alejar los recuerdos que afluían a su mente. Recuerdos de un hombre que, una vez, fue el dueño de su propio destino—. Pero no antes de hacer huir a los romanos.
— ¿Cómo? —preguntaron los niños, ansiosos.
Esta vez, Julián cogió al bebé antes de que volviese a interrumpirlos.
— A ver —comenzó Julián mientras le daba a Allison su pelota roja. La niña se sentó sobre la rodilla que tenía doblada, y él la sujetó pasándole una mano por la cintura—. Mientras cabalgaban hacia ellos, el general macedonio sorprendió a los romanos, que esperaban que él reuniese a sus hombres en posición de falange, lo cual les hubiese convertido en una presa fácil para los arqueros y la caballería. En lugar de hacer lo previsible, el general ordenó a sus hombres que se dispersaran y apuntaran con las lanzas a los caballos, para romper las líneas de la caballería romana.
— ¿Y funcionó? —preguntó Tommy.
Incluso Grace estaba interesada en la historia. Julián asintió.
— Los romanos no se esperaban ese movimiento táctico en un ejército entrenado. Completamente desprevenidas, las tropas romanas se dispersaron.
— ¿Y el general macedonio?
— Soltó un poderoso grito de guerra mientras cabalgaba en su caballo Mania, atravesando el campo hasta llegar a la colina donde los generales romanos se estaban replegando. Ellos se dieron la vuelta para enfrentarlo, pero no fue muy inteligente por su parte. Con la furia que sentía en el corazón, debida a la traición que había sufrido, cargó sobre ellos y sólo dejó a un superviviente.
— ¿Por qué? —preguntó Bobby.
— Quería que entregase un mensaje.
— ¿Cuál? —inquirió Tommy.
Julián sonrió ante las ávidas preguntas.
— El general hizo jirones el estandarte romano y después usó un trozo para ayudar al romano a vendarse las heridas. Con una sonrisa letal, miró fijamente al hombre y le dijo: «Roma delenda est», Roma está destruida. Y, entonces, envió al general romano de vuelta a su casa, encadenado, para que entregara el mensaje al Senado Romano.
— ¡Guau! —exclamó Bobby, impresionado—. Ojalá fueses mi profesor de historia en el colegio. Así aprobaría la asignatura seguro.
Julián alborotó el cabello negro del niño.
— Si te hace sentir mejor, a mí no me interesaba nada el tema a tu edad. Lo único que quería era hacer travesuras.
— ¡Hola, señorita Grace! —la saludó Tommy cuando por fin se dio cuenta de su presencia—. ¿Ha escuchado la historia del señor Julián? Dice que los romanos eran tipos malos.
Julián miró a Grace, que estaba a unos metros de distancia, y ella le sonrió.
— Estoy segura de que él lo sabe.
— ¿Puede arreglar mi muñeca? —le pidió Katie, ofreciéndosela.
Julián soltó a Allison y cogió la muñeca. Le puso el brazo en su sitio y se la devolvió.
— Gracias —le dijo Katie mientras se arrojaba a su cuello y le daba un fuerte abrazo.
El anhelo que reflejó el rostro de Julián hizo que a Grace le diera un pinchazo el corazón. Sabía que en ese momento, él estaba viendo la cara de su propia hija al mirar a Katie.
— De nada, pequeña —le contestó con voz ronca, alejándose de ella.
— ¿Katie, Tommy, Bobby? ¿Qué estáis haciendo ahí?
Grace alzó la mirada mientras Emily rodeaba la casa.
— No estaréis molestando a la señorita Grace, ¿verdad?
— No, para nada —le respondió Grace. Emily no pareció escucharla porque siguió regañando a los niños.
— ¿Y qué está haciendo Allison aquí? Se suponía que debía estar en el patio trasero.
— ¡Oye mamá! —gritó Bobby acercándose a ella a la carrera—. ¿Sabes jugar a Parcelon? El señor Julián nos ha enseñado.
Grace se rió a carcajadas mientras los cinco regresaban al jardín delantero, con Bobby hablando sin parar. Julián tenía los ojos cerrados y parecía estar saboreando el sonido de las voces infantiles.
— Eres todo un cuenta cuentos —le dijo Grace cuando se le acercó.
— No creas.
— En serio —le contestó ella con énfasis—. ¿Sabes? Me has hecho pensar. Bobby tiene razón, serías un maestro estupendo.
Julián le sonrió satisfecho.
— De general a maestro. ¿Por qué no cambiarme el nombre al de Catón el Viejo e insultarme mientras estás en clase?
Ella se rió.
— No estás tan ofendido como quieres hacerme creer.
— ¿Y cómo lo sabes?
— Por la expresión de tu rostro, y por la luz que hay en tus ojos —le cogió el brazo y lo llevó de vuelta al porche—. Deberías pensar seriamente en esa posibilidad. Selena consiguió su licenciatura en Tulane y conoce a mucha gente allí. ¿Quién mejor para enseñar Historia Antigua que alguien que la conoció de primera mano?
No le contestó. En lugar de eso, Grace notó cómo movía los pies, descalzos, sobre la tierra.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó.
— Disfrutando de la sensación de la hierba —respondió él con un susurro—. Las hojas me hacen coquillas en los dedos.
Ella sonrió ante lo infantil de su actitud.
— ¿Para eso saliste?
Él asintió.
— Me encanta sentir el sol en la cara.
Grace sabía, en el fondo de su corazón, que había podido disfrutarlo en contadas ocasiones.
— Vamos, prepararemos unos cuencos de cereales y comeremos en el porche.
Ella subió en primer lugar los cinco escalones que llevaban hasta el porche, y le dejó sentado en su mecedora de mimbre para encargarse del desayuno.
Cuando regresó, Julián tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados; su expresión era serena.
Como no quería molestarlo, retrocedió.
— ¿Sabes que todo mi cuerpo percibe tu presencia? Todos mis sentidos son conscientes de tu proximidad —le confesó mientras abría los ojos y la miraba con un deseo abrasador.
— No lo sabía —dijo ella nerviosa, ofreciéndole el cuenco. Él lo cogió, pero no volvió a hablar del tema. Comenzó a comer en silencio.
Absorbiendo el calor del sol, Julián escuchaba la suave brisa y se recreaba con la presencia cercana y relajante de Grace.
Se había despertado al amanecer para contemplar, a través de las ventanas, la salida del sol. Y había pasado una hora disfrutando del contacto del cuerpo de Grace.
Ella lo tentaba de un modo que jamás había experimentado. Por un solo minuto se permitió barajar la posibilidad de permanecer en esta época.
¿Y después qué?
Sólo tenía una «habilidad» que podía serle útil en este mundo moderno, y no era el tipo de hombre que pudiese vivir alegremente de la caridad de una mujer.
No después de…
Apretó los dientes mientras los recuerdos lo abrasaban.
A los catorce años, había cambiado su virginidad por un cuenco de gachas de avena frías y una taza de leche agria. Incluso ahora, con todo el tiempo que había transcurrido, podía sentir las manos de la mujer tocándole el cuerpo, quitándole la ropa, agarrándose febrilmente a él mientras le enseñaba cómo darle placer.
« ¡Ooooh!» Canturreó la mujer «Eres muy guapo, ¿verdad? Si alguna vez quieres más gachas, sólo tienes que venir a verme cuando mi marido no esté en casa»
Se sintió tan sucio después… tan usado.
Durante los años siguientes, durmió en más ocasiones entre las sombras de los portales que en una cama acogedora, porque no le apetecía volver a pagar ese precio por una comida y un poco de comodidad.
Y si fuese de nuevo libre, no querría…

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:32 am

Cerró los ojos con fuerza. No se veía en este mundo. Era demasiado diferente. Demasiado extraño.
— ¿Ya has acabado?
Alzó los ojos y vio a Grace de pie junto a él, con la mano extendida esperando el cuenco.
— Sí, gracias —le contestó mientras se lo daba.
— Voy a darme una ducha rápida. Volveré en unos minutos.
La contempló mientras se marchaba; sus ojos se demoraron en las piernas desnudas. Todavía podía sentir el sabor de su piel en los labios. Y el dulce aroma de su cuerpo.
Grace lo obsesionaba. No se trataba de los efectos de la maldición. Había algo más. Algo que jamás había experimentado antes.
Por primera vez, después de dos mil años, volvía a sentirse como un hombre; y ese sentimiento venía acompañado de un anhelo tan profundo que le partía en dos el corazón.
La deseaba. En cuerpo y alma.
Y quería su amor.
La idea lo asustó.
Pero era cierto. No había vuelto a experimentar ese profundo y doloroso deseo de sentir un tierno abrazo desde que era pequeño. Necesitaba que alguien le dijera que lo amaba, y que lo hiciese de corazón, no por el efecto de un hechizo.
Echando la cabeza hacia atrás, soltó una maldición. ¿Cuándo iba a aprender?
Había nacido para sufrir. El Oráculo de Delfos se lo había dicho.
«Sufrirás como ningún hombre ha sufrido jamás»
«¿Pero me amará alguien?»
«No en esta vida.»
Y se alejó de allí totalmente hundido por la profecía. Qué poco había imaginado entonces el sufrimiento que le aguardaba.
«Es el hijo de la Diosa del Amor, y ni siquiera ella soporta estar cerca de él.»
La verdad hizo que se encogiera de dolor. Grace jamás lo amaría. Nadie lo haría. Su destino no era que lo liberaran de su sufrimiento. Peor aún, su destino tenía una trágica tendencia a derramar la sangre de todos los que se acercaban a él.
El dolor le desgarraba el pecho mientras pensaba en la posibilidad de que algo le sucediese a Grace.
No podría permitirlo. Tenía que protegerla a toda costa. Aunque eso significara perder su libertad.
Con esa idea en mente, fue en su busca.
Grace se estaba quitando el jabón de los ojos. Al abrirlos, se sobresaltó cuando vio que Julián la observaba a través de la abertura de las cortinas de la ducha.
— ¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó.
— Lo siento.
Él permaneció al lado de la bañera de patas, tamaño extra grande, vestido sólo con los boxers y apoyado sobre la pared, con la misma pose que tenía en el libro: los anchos hombros echados hacia atrás y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo.
Grace se humedeció los labios al contemplar los esculturales músculos de su pecho y de su torso. Espontáneamente, su mirada descendió hasta los boxers rojos y amarillos.
Bueno, decir que ningún hombre estaría bien con ellos había sido un error. Porque Julián estaba fenomenal. En realidad, no había palabras que describiesen con exactitud lo buenísimo que estaba con ellos.
Y aquella sonrisa traviesa, medio burlona, que esgrimía en esos momentos, derretiría el corazón de la más frígida de las mujeres. Ese hombre la ponía muy, muy caliente.
Nerviosa, Grace cayó en la cuenta de que estaba completamente desnuda delante de él.
— ¿Necesitas algo? —le preguntó mientras se cubría los pechos con la manopla.
Para su consternación, él se quitó los boxers y se metió en la bañera con ella.
El cerebro de Grace se convirtió en papilla, abrumada por la poderosa y masculina presencia de Julián. Esa increíble sonrisa llena de hoyuelos curvaba sus labios, y hacía que el corazón se le acelerara y que comenzara a temblar.
— Sólo quería verte —dijo en voz baja y tierna—. ¿Tienes idea de lo que me haces cuando te pasas las manos por los pechos desnudos?
Apreciando el tamaño de su erección, Grace tenía una idea bastante aproximada.
— Julián…
— ¿Mmm?
Olvidó lo que iba a decir cuando él acercó la cabeza hasta su cuello. Se estremeció por completo al sentir que su lengua le abrasaba la piel.
Gimió por la sobrecarga sensorial que suponían las caricias de las manos de Julián, unidas a la sensación del agua caliente de la ducha. Apenas si fue consciente de que él le quitaba la manopla que aún cubría sus pechos, y se llevaba uno de ellos a la boca.
Siseó de placer al sentir la lengua de Julián girar alrededor del endurecido pezón, rozándolo levemente y haciéndola arder.
La ayudó a sentarse en la bañera y la echó hacia atrás, apoyándola en el respaldo. El contraste de la fría porcelana en la espalda y del cálido cuerpo de Julián por delante, mientras el agua caía sobre ellos, la excitó de un modo que jamás hubiese creído posible.
Nunca antes había apreciado el enorme tamaño de la antigua bañera pero, en ese momento, no la cambiaría por nada del mundo.
— Tócame, Grace —le dijo con voz ronca, cogiéndole la mano y acercándosela hasta su hinchado miembro—. Quiero sentir tus manos sobre mí.
Julián se estremeció cuando ella acarició la dureza aterciopelada de su pene.
Cerró los ojos mientras las sensaciones lo abrumaban. Las caricias de Grace no se limitaban al plano físico, las percibía también a un nivel indefinible. Increíble.
Quería más de ella. Lo quería todo de ella.
— Me encanta sentir tus manos sobre mi piel —balbució mientras ella lo tomaba entre sus manos. ¡Por los dioses! La deseaba tanto que le dolía todo el cuerpo. Cómo deseaba que, tan sólo una vez, ella le hiciese el amor a él.
Que le hiciese el amor con el corazón.
El dolor volvió a desgarrarlo. No importaba cuántas veces tuviera relaciones sexuales, el resultado siempre era el mismo. Siempre acababa herido. Si no se trataba de su cuerpo, era en lo profundo de su alma.
«Ninguna mujer decente te querrá a la luz del día.»
Era verdad, y lo sabía.
Grace percibió su tensión.
— ¿Te he hecho daño? —preguntó mientras alejaba la mano.
Él negó con la cabeza y le colocó las manos a ambos lados del cuello para besarla profundamente. Súbitamente el beso cambió, intensificándose, como si estuviese intentado probar algo ante los dos.
Deslizó la mano por el brazo de Grace, hasta capturar la suya y enlazar los dedos. Después, movió las manos unidas y la acarició entre las piernas.
Grace gimió mientras él la tocaba con las manos entrelazadas. Era lo más erótico que había experimentado jamás.
Temblaba de pies a cabeza mientras él aumentaba el ritmo de las caricias. Cuando introdujo los dedos de ambos en su interior, Grace gritó de placer.
— Eso es —le murmuró al oído—. Siéntenos a los dos unidos.
Sin aliento, Grace se agarró al hombro de Julián con la mano libre y el cuerpo en llamas. ¡Dios, era un amante increíble!
De pronto, él retiró las manos y le alzó una de las piernas para pasársela por la cintura.
Grace le dejó hacer, hasta que se dio cuenta de sus intenciones. Estaba preparándose para penetrarla.
— ¡No! —jadeó mientras lo empujaba—. Julián, no puedes.
Sus ojos llameaban de necesidad y deseo.
— Sólo quiero esto de ti, Grace. Déjame poseerte.
Ella estuvo a punto de ceder.
Pero entonces, algo extraño le sucedió a sus ojos. Un velo oscuro cayó sobre ellos, y las pupilas se le dilataron por completo.
Se quedó inmóvil. Respiraba entre jadeos y cerró los ojos como si estuviese luchando con un enemigo invisible.
Lanzando una maldición, se alejó de ella.
— ¡Corre! —gritó.
Grace no lo dudó.
Salió como pudo de debajo de él, agarró la toalla y corrió hacia la puerta. Pero no pudo abandonarlo.
Se detuvo en la entrada y miró hacia atrás. Vio cómo Julián se agachaba hasta quedar apoyado en las manos y las rodillas, y se agitaba como si lo estuviesen torturando.
Lo escuchó golpear la bañera con el puño cerrado mientras gruñía de dolor.
El corazón de Grace martilleaba frenético al verlo luchar. Si supiese qué podía hacer…
Finalmente, cayó exhausto a la bañera.
Aterrorizada, y sin poder dejar de temblar, Grace entró en el cuarto de baño de nuevo y dio tres cautelosos pasos hacia la bañera, preparada para salir corriendo si él intentaba agarrarla.
Estaba tendido de costado, con los ojos cerrados. Respiraba con dificultad y parecía débil y agotado mientras el agua caía sobre él, aplastando los mechones dorados sobre su rostro.
Cerró el grifo.
Julián no se movió.
— ¿Julián?
Abrió los ojos.
— ¿Te he asustado?
— Un poco —le contestó con franqueza.
Él respiró hondo, entrecortadamente, y se sentó despacio. No la miró. Tenía los ojos clavados en algo que estaba a su espalda, por encima de su hombro.
— No voy a ser capaz de luchar contra eso —dijo, tras una larga pausa. Entonces la miró—. Nos estamos engañando, Grace. Déjame poseerte mientras estoy calmado.
— ¿Eso es lo que quieres de verdad?
Julián apretó los dientes al escuchar su pregunta. No, no era lo que quería. Pero lo que deseaba estaba más allá de su alcance.
Quería cosas que los dioses no habían dispuesto para él. Cosas que ni siquiera se atrevía a nombrar, porque el simple hecho de pronunciarlas hacía su ausencia aún más insoportable.
— Me gustaría poder morirme.
Grace retrocedió ante la sincera respuesta. Cómo deseaba poder consolarlo. Alejar su sufrimiento.
— Lo sé —le dijo, con la voz ronca por las lágrimas que no se atrevía a derramar. Le pasó los brazos alrededor de los fuertes y esbeltos hombros, y lo abrazó con fuerza.
Para su sorpresa, Julián apoyó la mejilla sobre la suya. Ninguno de los dos pronunció una palabra mientras se abrazaban. Finalmente, él se apartó.
— Es mejor que nos detengamos antes de que… —no acabó la frase, pero no era necesario que lo hiciese. Grace ya había sido testigo de las consecuencias, y no tenía ningún deseo de repetir la experiencia.
Lo dejó en el cuarto de baño y fue a vestirse. Julián salió lentamente de la bañera y se secó con una toalla. Escuchaba a Grace en su habitación; estaba abriendo la puerta del armario. En su mente, se la imaginó desnuda y la visión lo enardeció.
Una demoledora oleada de deseo lo asaltó, golpeándolo con tal fuerza que estuvo a punto de caer de espaldas al suelo.
Se agarró al lavabo mientras luchaba consigo mismo.
— No puedo seguir viviendo así —balbució—. No soy un animal.
Alzó los ojos y se contempló en el espejo. Era la viva imagen de su padre. Miró su rostro con odio.
Podía sentir los latigazos en la espalda, mientras su padre lo golpeaba hasta que casi no podía tenerse en pie.
«No te atrevas a llorar, niño bonito. Ni un solo sollozo. Puede que seas el hijo de una diosa, pero éste es el mundo en el que vives, y aquí no mimamos a los niños bonitos como tú.»
En el fondo de su mente, veía la mirada de desprecio de su padre mientras lo golpeaba con el puño hasta arrojarlo al suelo, y después lo levantaba por el cuello hasta casi asfixiarlo. Él pateaba e intentaba defenderse con los puños, pero a los catorce años era demasiado joven e inexperto como para eludir los golpes del general.
Con el rostro desfigurado por una mueca de desprecio, su padre le había cortado en la mejilla con una daga, hundiéndola hasta el hueso. Y todo porque había pescado a su esposa mirándolo mientras comían.
«Veamos si ahora te desea.»
El lacerante dolor del corte fue insoportable, y la hemorragia no se detuvo en todo el día. A la mañana siguiente, la herida había desaparecido sin dejar huella.
La ira de su progenitor había sido inconmensurable.
— ¿Julián?
Sobresaltado, dio un pequeño brinco al escuchar una voz olvidada desde hacía dos mil años.
Echó un vistazo a la estancia, pero no vio nada.
Sin estar muy seguro de haber escuchado la voz, habló en voz baja.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:32 am

— ¿Atenea?
La diosa se materializó delante de él, justo en el hueco de la puerta. Aunque llevaba ropas modernas, tenía el pelo negro recogido sobre la cabeza, al estilo griego, con mechones rizados que le caían sobre los hombros. Sus pálidos ojos azules se llenaron de ternura al sonreír.
— Vengo en representación de tu madre.
— ¿Todavía no es capaz de enfrentarme?
Atenea apartó la mirada.
Julián sintió el repentino impulso de reírse a carcajadas. ¿Por qué se molestaba en esperar que su madre quisiera verlo?
Debería estar acostumbrado.
Atenea jugueteaba con uno de sus rizos, envolviéndoselo en el dedo, mientras lo observaba con una extraña expresión de melancolía en el rostro.
— Que conste que te habría ayudado de haber sabido esto. Eras mi general favorito.
De repente, comprendió lo que había ocurrido tantos siglos atrás.
— Me utilizaste en tu pulso contra Príapo, ¿verdad?
Vio la culpa reflejada en los ojos de la diosa antes de que ella pudiese ocultarla.
— Lo hecho, hecho está.
Con los labios fruncidos por la ira, la miró furioso.
— ¿Ah, sí? ¿Por qué me enviaste a esa batalla cuando sabías que Príapo me odiaba?
— Porque sabía que podías ganar, y yo odiaba a los romanos. Eras el único general que tenía que podía deshacerse de Livio, y así lo hiciste. Jamás me he sentido más orgullosa de ti que aquel día, cuando le cortaste la cabeza.
Cegado por la amargura, era incapaz de creer lo que estaba escuchando.
— ¿Ahora me dices que estabas orgullosa?
Ella ignoró su pregunta.
— Tu madre y yo hemos hablado con Cloto para que te ayude.
Julián se paralizó al escucharla. Cloto era la Parca encargada de las vidas de los humanos. La hilandera del destino.
— ¿Y?
— Si consigues romper la maldición, podremos devolverte a Macedonia; regresarás al mismo día en que fuiste maldecido a permanecer en el pergamino.
— ¿Puedo regresar? —repitió, anonadado por la incredulidad.
— Pero no se te permitirá volver a luchar. Si lo haces, podrías cambiar el curso de la historia. Si te enviamos de vuelta, deberás jurar que vivirás retirado en tu villa.
Siempre había una trampa. Debería haberlo recordado antes de pensar que podían ayudarlo.
— ¿Con qué propósito, entonces?
— Vivirás en tu época. En el mundo que conoces —diciendo esto, echó un vistazo al cuarto de baño—. O puedes permanecer aquí, si lo prefieres. La elección es tuya.
Julián resopló.
— Menuda elección.
— Es mejor que no tener ninguna.
¿Sería cierto? Ya no estaba seguro de nada.
— ¿Y mis hijos? —preguntó. Quería, no, deseaba volver a ver a su familia, a las dos únicas personas que habían significado algo para él.
— Sabes que no podemos cambiar eso.
Julián maldijo a Atenea. Los dioses siempre conseguían atormentarlo quitándole todo lo que le importaba. Jamás le habían concedido nada.
Atenea alargó el brazo y lo acarició ligeramente en la mejilla.
— Elige con cuidado —susurró, y se desvaneció.
— ¿Julián?, ¿con quién hablas?
Parpadeó al escuchar a Grace en el pasillo.
— Con nadie —contestó—. Hablo solo.
— ¡Ah! —exclamó ella, aceptando la mentira sin problemas—. Estaba pensando en llevarte de nuevo al Barrio Francés esta tarde. Podemos visitar el Acuario. ¿Qué te parece?
— Claro —respondió él, saliendo del baño.
Grace frunció el ceño, pero no dijo nada mientras se dirigía hacia las escaleras.
Julián fue a cambiarse a la habitación. Mientras se ponía los pantalones, se fijó en las fotografías que Grace tenía en el vestidor. Parecía una niña tan feliz… tan libre. Le gustaba especialmente una en la que su madre le pasaba los brazos alrededor del cuello y ambas se reían a carcajadas.
En ese momento, supo lo que debía hacer. No importaba lo mucho que deseara otras cosas, jamás podría quedarse con ella. Se lo había dicho ella misma la noche que lo invocaron.
Tenía su propia vida. Una en la que él no estaba incluido.
No, Grace no necesitaba a alguien como él. A alguien que sólo atraería la indeseada atención de los dioses sobre su cabeza.
Rompería la maldición y aceptaría la oferta de Atenea.
No pertenecía a esta época. Su mundo era la antigua Macedonia. Y la soledad.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:33 am

Capítulo 10


Algo iba mal. Grace lo notaba en el ambiente mientras conducía hacia el Barrio Francés. Julián iba sentado junto a ella, mirando por la ventana.
Había intentado varias veces hacerlo hablar, pero no había modo de que despegara los labios. Todo lo que se le ocurría era que estaba deprimido por lo sucedido en el cuarto de baño. Debía ser duro para un hombre habituado a mantener un férreo control de sí mismo perderlo de aquel modo.
Aparcó el coche en el estacionamiento público.
— ¡Vaya, qué calor hace! —exclamó al salir y sentirse inmediatamente asaltada por el aire cargado y denso.
Echó un vistazo a Julián, que estaba realmente deslumbrante con las gafas de sol oscuras que le había comprado. Una fina capa de sudor le cubría la piel.
— ¿Hace demasiado calor para ti? —le preguntó, pensando en lo mal que lo estaría pasando con los vaqueros y el polo de punto.
— No voy a morirme, si te refieres a eso —le contestó mordazmente.
— Estamos un poco irritados, ¿no?
— Lo siento —se disculpó al llegar a su lado—. Estoy pagando mi mal humor contigo, cuando no tienes la culpa de nada.
— No importa. Estoy acostumbrada a ser el chivo expiatorio. De hecho, lo he convertido en mi profesión.
Puesto que no podía verle los ojos, Grace no sabía si sus palabras le habían hecho gracia o no.
— ¿Eso es lo que hacen tus pacientes?
Ella asintió.
— Hay días que son espeluznantes. Pero prefiero que me grite una mujer a que lo haga un hombre.
— ¿Te han hecho daño alguna vez? —El afán de protección de su voz la dejó perpleja. Y encantada. Había echado mucho de menos tener a alguien que la cuidase.
— No —contestó, intentando disipar la evidente tensión de su cuerpo. Esperaba que nunca le hiciesen daño, pero después de la llamada de Rodney, no estaba muy segura, y era bastante posible que ese tipo acabase con su buena suerte.
Estás siendo ridícula. Sólo porque el hombre te ponga los pelos de punta no significa que sea peligroso.
La expresión del rostro de Julián era dura y muy seria.
— Creo que deberías buscarte una nueva profesión.
— Tal vez —le dijo evasivamente. No tenía ninguna intención de dejar su trabajo—. A ver, ¿dónde vamos primero?
Él se encogió de hombros despreocupadamente.
— Me da exactamente igual.
— Entonces, vamos al Acuario. Por lo menos hay aire acondicionado —y cogiéndolo del brazo, cruzó el estacionamiento y se encaminó por Moonwalk hacia el lugar.
Julián permaneció en silencio mientras ella compraba las entradas y lo guiaba hacia el interior. No dijo nada hasta que estuvieron paseando por los túneles subacuáticos, que les permitían observar las distintas especies marinas en su hábitat natural.
— Es increíble —balbució cuando una enorme raya pasó sobre sus cabezas. Tenía una expresión infantil, y la luz que chispeaba en sus ojos la llenó de calidez.
Súbitamente, sonó su busca. Soltó una maldición y miró el número. ¿Una llamada desde el despacho un sábado?
Qué raro.
Sacó el móvil del bolso y llamó.
— ¡Hola, Grace! —le dijo Beth, tan pronto como descolgó—. Escucha, estoy en mi consulta. Anoche entró alguien al despacho.
— ¡No!, ¿quién haría algo así?
Grace captó la mirada curiosa en los ojos de Julián. Le ofreció una sonrisa insegura, y siguió escuchando a Beth Livingston, la psiquiatra que compartía la consulta con Luanne y con ella.
— Ni idea. Hay un equipo de la policía buscando huellas y todo está acordonado. Por lo que he visto, no se han llevado nada importante. ¿Tenías algo de valor en tu consulta?
— Sólo el ordenador.
— Está todavía allí. ¿Algo más? ¿Dinero, cualquier otra cosa?
— No, nunca dejo objetos de valor ahí.
— Espera, el oficial quiere hablar contigo.
Grace esperó hasta escuchar una voz masculina.
— ¿Doctora Alexander?
— Sí, soy yo.
— Soy el oficial Allred. Parece que se llevaron su organizador Rodolex y unos cuantos archivadores. ¿Sabe de alguien que pudiera estar interesado en ellos?
— Pues no. ¿Necesita que vaya para allá?
— No, no. Estamos buscando huellas, pero si se le ocurre algo, por favor, llámenos —y le pasó el teléfono a Beth.
— ¿Quieres que vaya? —le preguntó.
— No. No hay nada que puedas hacer. En realidad, es bastante aburrido.
— Vale, avísame al busca si necesitas algo.
— Lo haré.
Grace colgó el teléfono y lo devolvió al bolso.
— ¿Ha pasado algo? —preguntó Julián.
— Alguien entró anoche en mi despacho.
Él frunció el ceño.
— ¿Para qué?
— Ni idea —la pausa de Grace hizo que el ceño de Julián se intensificara, mientras ella pensaba en los posibles motivos—. No puedo imaginarme para qué iba a querer alguien mi Rodolex. Desde que me compré el Palm Pilot, ni siquiera lo he usado. Es muy extraño.
— ¿Tenemos que irnos?
Ella agitó la cabeza.
— No hace falta.
Julián dejó que Grace lo guiara alrededor de los diferentes acuarios, mientras le leía las extrañas inscripciones que explicaban detalles sobre las distintas especies y sus hábitats.
¡Por los dioses!, cómo le gustaba escuchar el sonido de su voz al leer. Había algo muy relajante en la voz de Grace. Le pasó un brazo por los hombros mientras paseaban. Ella le rodeó la cintura y enganchó un dedo en una de las trabillas del cinturón.
El gesto consiguió debilitarlo. Se dio cuenta de que pasaba las horas deseando sentir el roce de su cuerpo. Y la sensación sería mucho más placentera si ambos estuviesen desnudos en ese mismo momento.
Cuando ella le sonrió, el corazón se le aceleró descontroladamente. ¿Qué tenía esta mujer que despertaba algo en él que jamás había sentido?
Pero en el fondo lo sabía. Era la primera mujer que lo veía. No a su apariencia física, ni a sus proezas de guerrero. Ella veía su alma.
Jamás había pensado que podía existir una persona así.
Grace lo trataba como a un amigo. Y su interés en ayudarlo era genuino. O al menos, eso parecía.
Es parte de su trabajo.
¿O era de verdad?
¿Podía una mujer tan maravillosa y compasiva como ella preocuparse realmente por un tipo como él?
Grace se detuvo delante de otra inscripción. Julián se quedó tras ella y le pasó ambos brazos por los hombros. Ella le acarició distraídamente los antebrazos mientras leía.
Con el cuerpo en llamas por el deseo que despertaba en él, inclinó la barbilla hasta apoyarla sobre su cabeza y escuchar de ese modo la explicación, mientras observaba cómo nadaban los peces. El olor de su piel invadió sus sentidos y anheló volver a su casa, donde podría quitarle la ropa.
No era capaz de recordar cuándo había sido la última vez que deseó tanto a una mujer como le ocurría con Grace. De hecho, no creía posible que algo así le hubiese ocurrido antes. Deseaba perderse en su interior. Sentir sus uñas arañándole la espalda mientras gritaba al llegar al clímax.
Que las Parcas se apiadasen de él. Grace se le había metido bajo la piel.
Y estaba aterrado. Ella ocupaba un lugar en su corazón que acabaría destrozándolo si le faltaba. Sólo ella podía acabar realmente con él. Hacerlo pedazos.
Era casi la una del mediodía cuando salieron del Acuario. Grace se encogió tan pronto como volvieron a la calle, asaltada por la oleada de calor. En días como éste, se preguntaba cómo podría la gente sobrevivir antes de que se inventara el aire acondicionado.
Miró a Julián y sonrió. Por fin había encontrado a alguien a quien preguntar.
— Dime una cosa, ¿qué hacíais para sobrevivir en días tan calurosos como éste?
Él arqueó una ceja con un gesto arrogante.
— Hoy no hace calor. Si quieres saber lo que es el calor, intenta atravesar un desierto con todo tu ejército, llevando la armadura y con sólo medio odre de agua para mantenerte.
Ella hizo un gesto compasivo.
— Abrasador, supongo.
Él no respondió.
Grace echó un vistazo a la plaza, atestada de gente.
— ¿Quieres que vayamos a ver a Selena y demos una vuelta por la plaza? Debe estar en su tenderete. El sábado suele ser uno de sus mejores días.
— Vamos.
Agarrados de la mano, bajaron la calle hasta llegar a Jackson Square. Como era de esperar, Selena estaba en su puestecillo con un cliente. Grace comenzó a alejarse para no interrumpir, pero Selena la vio y le hizo un gesto para que se acercara.
— Oye, Gracie, ¿te acuerdas de Ben? Bueno, mejor del doctor Lewis, de la facultad.
Grace dudó en acercarse al reconocer al tipo corpulento, entrado ya en los cuarenta.
¿Que si lo recordaba? Le había puesto una nota bajísima en su asignatura, con lo cual, le bajó la media de todo el curso. Sin mencionar que el hombre tenía un ego tan grande como el territorio de Alaska, y le encantaba hacer pasar un mal rato a sus alumnos. De hecho, aún recordaba a una pobre chica que se echó a llorar cuando él dio el sádico examen final que había preparado. El tío se rió, literalmente a carcajadas, cuando vio la reacción de la chica.
— ¡Hola! —saludó, Grace intentando no demostrar su antipatía. Suponía que el hombre no podía evitar ser detestable. Como buen licenciado por la universidad de Harvard, debía pensar que el mundo giraba a su alrededor.
— Señorita Alexander —la saludó con el mismo tono despectivo tan insoportable que ella recordaba a la perfección.
— En realidad debería llamarme doctora Alexander —lo corrigió, encantada al ver cómo abría los ojos por la sorpresa.
— Discúlpeme —le dijo con un tono de voz que distaba mucho de parecer arrepentido.
— Ben y yo estábamos charlando sobre la Antigua Grecia —explicó Selena, dedicándole una diabólica sonrisa a Julián—. Soy de la opinión de que Afrodita era hija de Urano.
Ben puso los ojos en blanco.
— No me cansaré de decirte que, según la opinión más extendida, era hija de Zeus y Dione. ¿Cuándo vas a aceptarlo y a unirte a nosotros?
Selena lo ignoró.
— Dime, Julián, ¿quién tiene razón?
Ben recorrió a Julián de arriba abajo con una arrogante mirada. Grace sabía que lo único que veía en él era a un hombre excepcionalmente apuesto, que parecía sacado de un anuncio de automóviles.
— Joven, ¿ha leído usted alguna vez a Homero?, ¿sabe quién es?
Grace suprimió una carcajada ante la pregunta. Estaba deseando escuchar la respuesta de Julián.
Él se rió con ganas.
— He leído a Homero en profundidad. Las obras que se le atribuyen no son más que una amalgama de leyendas, fusionadas con datos reales a lo largo de los siglos, y cuyos verdaderos orígenes se han perdido en las brumas del tiempo. Muy al contrario que la Teogonía de Hesíodo, la cual escribió con la ayuda directa de Clío.
El doctor Lewis dijo algo en griego clásico.
— Es más que una simple opinión, doctor —le contestó Julián en inglés—. Es un hecho probado.
Ben volvió a mirarlo con atención, pero Grace sabía que aún no estaba muy dispuesto a creer que alguien con el aspecto de Julián pudiese darle una lección en su propio campo.
— ¿Y usted cómo lo sabe?
Julián le respondió en griego.
Por primera vez desde que conocía a aquel hombre, hacía ya más de una década, Grace le vio totalmente sorprendido.
— ¡Dios mío! —jadeó—. Habla griego como si fuese su lengua materna.
Julián miró a Grace con una sonrisa sincera; se estaba divirtiendo.
— Ya te lo dije —le dijo Selena—. Conoce a los dioses griegos mejor que cualquier otra persona.
El doctor Lewis vio entonces el anillo de Julián.
— ¿Es eso lo que creo que es? —inquirió—. ¿Un anillo de general?
Julián asintió.
— Sí.
— ¿Le importa si le echo un vistazo?
Julián se lo quitó y se lo ofreció. El doctor Lewis contuvo el aliento.
— ¿Macedonio? Creo que del siglo II AC.
— Exacto.
— Es una reproducción increíble —comentó Ben, mientras se lo devolvía.
Julián se lo puso de nuevo.
— No es una reproducción.
— ¡No puede ser! —jadeó Ben, incrédulo—. No puede ser original, es excesivamente antiguo.
— Lo tenía un coleccionista privado —apuntó Selena. Ben no dejaba de mirarla para, al momento, volver a centrar su atención en Julián.
— ¿Cómo lo consiguió? —le preguntó.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:33 am

Julián tardó en contestar mientras recordaba el día en que se lo dieron. Kyrian de Tracia y él habían sido ascendidos a la vez, después de salvar, prácticamente los dos solos, la ciudad de Temópolis de las garras de los romanos.
Había sido una batalla larga, sangrienta y brutal. Su ejército se había desperdigado, dejándolos solos a Kyrian y a él para defender la ciudad. Julián había esperado que Kyrian lo abandonara también, pero el idiota le había sonreído, sosteniendo una espada en cada mano, y le había dicho: «Es un hermoso día para morir. ¿Qué te parece si matamos unos cuantos bastardos romanos antes de pagar a Caronte?»
Kyrian de Tracia, un lunático total y absoluto, siempre había tenido más agallas que cerebro.
Cuando todo hubo acabado, bebieron hasta acabar debajo de las mesas. Y a la mañana siguiente, los despertaron con la noticia del ascenso.
¡Por los dioses! De todas las personas que había conocido en Macedonia, Kyrian era a quién más echaba de menos. Era el único que siempre le guardó las espaldas y lo defendió.
— Fue un regalo —contestó Julián a Ben.
Él echó un vistazo a la mano de Julián, con los ojos cargados de codicia.
— ¿Consideraría usted la posibilidad de venderlo? Yo estaría a dispuesto a pagar lo que pidiese.
— Nunca —contestó Julián, recordando las heridas que había recibido durante la batalla de Temópolis—. No sabe por lo que pasé para conseguirlo.
Ben meneó la cabeza.
— Ojalá alguien me hiciese alguna vez un regalo como ése. ¿Tiene la más ligera idea de lo que le darían por él?
— La última vez que lo comprobé, me ofrecieron mi peso en oro.
Ben soltó una carcajada y dio una palmada sobre la mesa de Selena.
— Muy bueno. Ése era el precio para liberar a un general capturado, ¿verdad?
— Para aquellos cobardes que no eran capaces de morir luchando, sí.
Los ojos de Ben mostraron un nuevo respeto al observar a Julián.
— ¿Sabe a quién perteneció?
Selena contestó.
— A Julián de Macedonia. ¿Has oído hablar de él en alguna ocasión, Ben?
Él se quedó con la boca abierta y los ojos como platos.
— ¿Estás hablando en serio? ¿Es que no sabes quién fue?
Selena puso una expresión extraña. Asumiendo que no lo sabía, Ben continuó hablando.
— Tesio dijo de él que iba a ser el nuevo Alejandro Magno. Julián era hijo de Diocles de Esparta, también conocido como Diocles el Carnicero. Ese hombre haría que el Marqués de Sade pareciese Ronald McDonald. Según los rumores, Julián nació de una relación entre Afrodita y el general, después de que Diocles salvara uno de los templos de la diosa de ser profanado. La opinión más extendida hoy en día es que su madre fue una de las sacerdotisas del templo.
— ¿De verdad? —preguntó Grace.
Julián puso los ojos en blanco.
— A nadie le interesa quién pudo ser el tal Julián. Ese tipo murió hace siglos.
Ben lo ignoró y siguió alardeando de sus conocimientos.
— Los romanos lo conocían como Augusto Julio Punitor… —miró a Grace y añadió para que ella lo entendiera: — Julián, el Ejecutor. Él y Kyrian de Tracia dejaron un rastro sangriento a lo largo de todo el Mediterráneo, durante la cuarta guerra macedonia contra Roma. Julián despreciaba a los romanos, y juró que vería la ciudad arrasada bajo su ejército. Él y Kyrian estuvieron a punto de conseguir que Roma se arrodillara ante ellos.
La mandíbula de Julián se relajó un poco.
— ¿Sabe qué le ocurrió a Kyrian de Tracia?
Ben dejó escapar un silbido.
— No tuvo un final agradable. Fue capturado; los romanos lo crucificaron en el año 47 a.C.
Julián retrocedió al escucharlo. Con una mirada apesadumbrada y jugueteando con el anillo, dijo:
— Ese hombre era, sin duda, uno de los mejores guerreros que jamás han existido. Amaba la lucha como ningún otro que haya conocido —movió la cabeza—. Recuerdo que una vez Kyrian condujo su carro hasta atravesar una barrera de escudos, rompiendo los cuellos de los soldados romanos y permitiendo que sus hombres los derrotaran con tan sólo un puñado de bajas —frunció el ceño—. No puedo creer que lo capturaran.
Ben encogió los hombros con un gesto indiferente.
— Bueno, una vez desaparecido Julián, Kyrian era el único general macedonio digno de dirigir un ejército; por eso los romanos fueron tras él con todo lo que tenían.
— ¿Qué le sucedió a Julián? —preguntó Grace, intrigada por lo que los historiadores opinaban del tema.
Julián la miró furioso.
— Nadie lo sabe —le respondió Ben—. Es uno de los grandes misterios del mundo antiguo. Aquí tenemos a un general al que nadie puede derrotar en el campo de batalla y, de repente ¡puf! Desaparece sin dejar rastro —tamborileó con un dedo sobre la mesa de Selena—. La última vez que se le vio fue en la batalla de Conjara. En un brillante movimiento táctico, engañó a Livio, que perdió su, hasta entonces, inexpugnable posición. Fue una de las mayores derrotas en la historia del Imperio Romano.
— ¿Y a quién le importa? —se quejó Julián.
Ben ignoró la interrupción.
— Tras la batalla, se supone que Julián mandó decir a Escipión el Joven que le perseguiría, en venganza por la derrota que acababa de infligirle al ejército macedonio. Aterrorizado, Escipión abandonó su carrera militar en Macedonia y se marchó como voluntario a la Península Ibérica, para seguir luchando allí —el profesor agitó la cabeza—. Pero antes de que Julián pudiese llevar a cabo la amenaza, se desvaneció. Encontraron a toda su familia asesinada en su propio hogar. Y ahí es donde la cosa se pone interesante —miró entonces a Selena. Los escritos macedonios que han llegado hasta nuestros días, afirman que Livio lo hirió de muerte durante la batalla, y que en mitad de un increíble dolor, regresó cabalgando a casa para asesinar a su familia y evitar, de este modo, que su enemigo los tomara como esclavos. Los textos romanos aseguran que Escipión envió a varios de sus soldados, que atacaron a Julián en mitad de la noche. Supuestamente, lo mataron junto al resto de su familia, lo descuartizaron y ocultaron los pedazos de su cuerpo.
Julián resopló ante la idea.
— Escipión era un cobarde y un fanfarrón. Jamás se habría atrevido a atacarm…
— ¡Bueno! —exclamó Grace, interrumpiendo a Julián antes de que se delatase—. Hace un tiempo espléndido, ¿verdad?
— Escipión no era ningún cobarde —le respondió Ben—. Nadie puede discutir sus éxitos en la Península Ibérica.
Grace vio como el odio se reflejaba en los ojos de Julián.
Pero Ben no pareció notarlo.
— Joven, el valor de ese anillo que lleva es incalculable. Me encantaría saber cómo puede conseguirse algo así. Y a ese respecto, mataría por saber qué le ocurrió a su dueño original.
Grace miró incómoda a Selena.
Julián hizo una mueca sarcástica a Ben.
— Julián de Macedonia desató la ira de los dioses y fue castigado por su arrogancia.
— Supongo que esa podría ser otra explicación —en ese momento, sonó la alarma de su reloj—. ¡Joder! Tengo que recoger a mi esposa.
Se puso en pie y le ofreció la mano a Julián.
— No nos han presentado adecuadamente. Soy Ben Lewis.
— Julián —le contestó, aceptando el saludo.
El doctor Lewis se rió. Hasta que se dio cuenta que Julián no bromeaba.
— ¿En serio?
— Me pusieron el nombre de su general macedonio, se podría decir.
— Su padre debe haber sido como el mío. Dos amantes de todo lo griego.
— En realidad, en mi caso su lealtad iba para Esparta.
Ben se rió con más ganas. Echó una mirada rápida a Selena.
— ¿Por qué no lo traes a la próxima reunión del Sócrates? Me encantaría que los chicos lo conocieran. No es muy frecuente encontrar a alguien que conoce la historia griega tan profundamente como yo.
Dicho esto, volvió a dirigirse a Julián.
— Ha sido un placer. ¡Nos vemos! —le dijo a Selena.
— Bueno —comenzó a decir Selena una vez que Ben hubo desaparecido entre el gentío—, amigo mío, has logrado lo imposible. Acabas de dejar impresionado a uno de los investigadores de la Antigua Grecia más importantes de este país.
Julián no pareció impresionarse demasiado, pero Grace sí lo hizo.
— Lanie, ¿crees que es posible que Julián pueda trabajar como profesor en la facultad una vez acabemos con la maldición? Estaba pensando que pod…
— No, Grace —la interrumpió él.
— ¿Que no qué? Vas a necesitar…
— No voy a quedarme aquí.
La mirada fría y vacía que tenía en aquel momento era la misma con la que la había mirado la noche en que lo convocaron. Y a Grace la partió en dos.
— ¿Qué quieres decir? —inquirió ella.
El desvió la mirada.
— Atenea me ha hecho una oferta para devolverme a casa. Una vez rompamos la maldición, me enviará de nuevo a Macedonia.
Grace se esforzó por seguir respirando.
— Entiendo —dijo, aunque se estaba muriendo por dentro—. Usarás mi cuerpo y después te irás. —Y siguió con un nudo en la garganta: — Al menos no tendré que pedir a Selena que me lleve a casa después.
Julián retrocedió como si lo hubiese abofeteado.
— ¿Qué quieres de mí, Grace? ¿Por qué ibas a querer que me quedara aquí?
Ella no conocía la respuesta. Lo único que sabía era que no quería que se marchara. Quería que se quedara.
Pero no en contra de su voluntad.
—Te voy a decir algo —le dijo. Comenzaba a enfadarse ante la idea de que él desapareciera—; no quiero que te quedes. De hecho, se me está ocurriendo una cosa, ¿qué tal si te vas a casa de Selena por unos días? —y entonces miró a su amiga—, ¿te importaría?
Selena abría y cerraba la boca como un pez luchando por respirar. Julián alargó un brazo hacia Grace.
— Grace…
— No me toques —le advirtió apartando su propio brazo—. Me das asco.
— ¡Grace! —exclamó Selena—. No puedo creer que tú…
— No importa —dijo Julián con voz fría y carente de emoción—. Al menos no me ha escupido a la cara con su último aliento.
Lo había herido. Grace podía verlo en sus ojos; pero ella también se sentía muy herida. Terriblemente herida.
— Hasta luego —le dijo a Selena y se marchó, dejando allí a Julián.
Selena dejó escapar el aire lentamente mientras observaba a Julián, que contemplaba cómo Grace se alejaba de ellos. Su cuerpo estaba totalmente rígido y tenía un tic en la mandíbula.
— Donde pone el ojo, pone la bala. Un golpe directo al corazón. Una herida en carne viva.
Julián la dejó clavada con una mirada francamente hostil.
— Dime, Oráculo. ¿Cuáles deberían haber sido mis palabras?
Selena barajó sus cartas.
— No lo sé —le contestó melancólicamente—. Imagino que no te habría ido tan mal si hubieses sido honesto.
Julián se frotó los ojos y se sentó en la silla, frente a Selena. No había tenido intención de herir a Grace.
Y jamás podría olvidar esa mirada, mientras le escupía las horribles palabras: «No me toques. Me das asco.»
Se esforzó por seguir respirando, aguantando la agonía. Las Parcas seguían burlándose de él.
Debían tener un día aburrido en el Olimpo.
— ¿Quieres que te lea las cartas? —le preguntó Selena, devolviéndolo al presente.
— Claro, ¿por qué no? —contestó. No iba a decirle nada que no supiera ya.
— ¿Qué quieres saber?
— ¿Alguna vez…? —se detuvo antes de formular la misma pregunta que hiciera, siglos atrás, al Oráculo de Delfos— ¿…conseguiré romper la maldición? —preguntó en voz baja.
Selena barajó las cartas, y sacó tres de ella. Abrió unos ojos como platos.
Julián no necesitaba que las interpretara. Ya lo veía por sí mismo: una torre destrozada por un rayo, un corazón atravesado por tres espadas, y dos personas encadenadas y arrastradas por un demonio.
— No pasa nada —le dijo a Selena—. Jamás he pensado que pudiese salir bien.
— Eso no es lo que nos dicen las cartas —susurró—. Pero tienes toda una batalla por delante.
Julián soltó una amarga carcajada.
— Manejo bien las batallas —era el dolor que sentía en el corazón lo que iba a acabar con él.

Grace se limpió las lágrimas de la cara mientras entraba en el camino de acceso al jardín. Apretó los dientes al bajarse del coche, y cerró la puerta con un fuerte golpe.
Al infierno con Julián. Podía quedarse atrapado en el libro para toda la eternidad. Ella no era un trozo de carne a su entera disposición.
¿Cómo pod…?
Buscó en el bolsillo las llaves de la entrada.
— ¿Y cómo no iba a hacerlo? —murmuró. Sacó la llave y abrió la puerta.
La ira la consumía. Estaba siendo irrazonable, y lo sabía. Julián no tenía la culpa de que Paul hubiese sido un cerdo egoísta. Como tampoco era culpable de que ella temiese ser utilizada.
Estaba culpando a Julián por algo en lo que no había participado, pero aún así…
Sólo quería a alguien que la amara. Que alguien quisiera quedarse a su lado.
Y había esperado que al ayudar a Julián se quedara cerca y…
Cerró la puerta y meneó la cabeza. Por mucho que deseara que las cosas fuesen distintas, nada iba a cambiar, puesto que no estaba escrito que fuesen de otro modo. Había escuchado lo que Ben contó acerca de la vida de Julián. La historia que el mismo Julián contó a los niños sobre la batalla.
Recordaba el modo en que había cruzado la calle como una exhalación para salvar al niño.
Él había nacido para liderar un ejército. No pertenecía a esta época. Pertenecía a su mundo antiguo.
Era muy egoísta por su parte intentar mantenerlo a su lado, como si fuese una mascota que acabase de rescatar.
Subió las escaleras penosamente, con el corazón destrozado. Tendría que alejarse de él. Era todo lo que podía hacer. Porque, en el fondo, sabía que cuanto más supiese acerca de Julián, más cariño le cogería. Y si él no tenía intención de quedarse, acabaría muy herida.
Había subido la mitad de la escalera, cuando alguien llamó a la puerta principal. Por un instante, se le levantó el ánimo al pensar que podía ser Julián; hasta que llegó a la puerta y vio la silueta de un hombre bajito esperando en el porche.
Entreabrió la puerta y emitió un jadeo.
Era Rodney Carmichael.
Llevaba un traje marrón oscuro, con una camisa amarilla y corbata roja. Se había peinado hacia atrás el pelo corto y negro, y le dedicaba una radiante sonrisa.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:34 am

— ¡Hola Grace!
— Señor Carmichael —lo saludó glacialmente, aunque el corazón le latía a toda prisa. Había algo definitivamente espeluznante en este tipejo delgado—. ¿Qué está haciendo aquí?
— Pasaba por aquí y me detuve para saludar. Se me ocurrió que pod…
— Tiene que marcharse.
Él frunció el ceño.
— ¿Por qué? Sólo quiero hablar contigo.
— Porque no atiendo a mis pacientes en casa.
— Vale, pero yo no soy…
— Señor Carmichael —le dijo con brusquedad—. Tiene que marcharse. Si no lo hace, llamaré a la policía.
Sin hacer mucho caso a la ira de Grace, asintió con la cabeza, demostrando tener la paciencia de un santo.
— ¡Vaya! Entonces debes estar ocupada. Puedo pasar por aquí más tarde. Yo también tengo mucho que hacer. ¿Vengo luego entonces? Podemos cenar juntos.
Totalmente muda de asombro, Grace lo miró fijamente a los ojos.
— No.
Él sonrió ante la negativa.
— Vamos, Grace. No seas así. Sabes que estamos hechos el uno para el otro. Si me dejas…
— ¡Márchese!
— Muy bien; pero volveré. Tenemos mucho de qué hablar —se dio la vuelta y bajó la escaleras del porche.
Con el corazón martilleando en el pecho, ella cerró la puerta y echó el seguro.
— Voy a matarte, Luanne —dijo mientras se dirigía a la cocina. Al pasar por la salita de estar, una sombra en la ventana llamó su atención.
Era Rodney.
Aterrada, cogió el teléfono y llamó a la policía.
Tardaron casi una hora en llegar. Rodney permaneció en el jardín todo el tiempo, de ventana en ventana, observándola a través de las rendijas de las persianas. Hasta que no vio que el coche de policía subía por el camino de entrada no desapareció por el patio trasero.
Grace tomó una profunda bocanada de aire para calmar sus nervios y abrió la puerta para que pasaran los agentes.
Se quedaron el tiempo suficiente para informarle de que no podían hacer nada para mantener a Rodney alejado de ella. Lo mejor que podía hacer era conseguir una orden de alejamiento, pero puesto que era ella la que debía encargarse del tratamiento de Rodney hasta que Luanne regresara, era algo totalmente inútil.
— Lo siento —se disculpó el policía en la puerta, mientras los acompañaba—, pero no ha incumplido ninguna ley que nos permita ayudarle a librarse de él. Podría solicitar una orden de detención por allanamiento, pero a menos que tenga antecedentes no servirá de nada.
El agente, un hombre joven, la miró compasivo.
— Sé que no le va a servir de mucho consuelo, pero podemos intentar patrullar la zona con más frecuencia. Aunque el verano es una época especialmente ajetreada para nosotros. A modo personal, le aconsejo que se marche a casa de un amigo durante un tiempo.
— De acuerdo, muchas gracias —tan pronto como se marcharon, corrió por toda la casa, asegurando puertas y ventanas con los cerrojos y pestillos.
Intranquila, lanzaba miradas en torno a su propio hogar, esperando ver a Rodney entrar a través de un agujero en la pared, como si se tratara de una cucaracha.
Si tan sólo supiera realmente si el tipo era o no peligroso… Su informe del hospital psiquiátrico mencionaba un comportamiento desviado y persecutorio hacia mujeres, a las que acosaba pero jamás hería físicamente. Se limitaba a aterrorizar a sus víctimas imponiéndoles su presencia continuamente, por lo cual había sido enviado al hospital para comenzar a tratarlo.
Como psicóloga, Grace sabía que no había nada especialmente peligroso en Rodney, pero como mujer estaba asustada.
Lo último que quería era acabar como una estadística más.
No, no podía quedarse allí esperando que el tipo regresara y la encontrara sola.
Se apresuró a subir las escaleras para hacer el equipaje.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:34 am

Capítulo 11

Selena observaba cómo Julián se paseaba nervioso, por delante de su puesto, mientras hacía una tirada para un turista. ¡Dios santo!, podría pasarse todo el día observándolo caminar. Ese modo de andar hacía saltar los ojos de las órbitas, y a ella le entraban unos deseos terribles de salir corriendo a casa, agarrar a Bill y hacerle unas cuantas cosas pecaminosas.
Una y otra vez, las mujeres se acercaban a él, pero Julián no tardaba en quitárselas de en medio. Era ciertamente divertido ver a todas esas chicas pavoneándose a su alrededor mientras él permanecía ajeno a sus estratagemas. Nunca le había parecido posible que un hombre actuara así.
Pero claro, hasta ella podía llegar a aborrecer el chocolate si se daba un atracón.
Y por el modo en que las mujeres respondían a la presencia de Julián, dedujo que él ya había sufrido más de un dolor de tripa causado por un empacho. La verdad es que parecía muy preocupado.
Y Selena se sentía fatal por lo que les había hecho a ambos, a él y a Grace. Su idea parecía bastante sencilla en un principio. Si hubiese reflexionado un poco más…
¿Pero cómo iba a saber quién era Julián? Claro, que su nombre podía haber hecho sonar algún timbre en su mente; de todos modos, su especialidad era la Edad de Bronce griega que, hasta para la época de Julián, era la Prehistoria.
Y tampoco había creído que el tipo del libro fuese realmente humano. Pensaba que era alguna clase de genio o criatura mágica, sin pasado ni sentimientos.
¡Señor!, cuando metía la pata lo hacía hasta el fondo.
Meneando la cabeza, observó cómo Julián rechazaba otra oferta, esta vez procedente de una atractiva pelirroja. El hombre era un verdadero imán de estrógenos.
Acabó la lectura.
Julián esperó unos minutos y se acercó a la mesa.
— Llévame con Grace.
No era una petición, no. Estaba segura de que era el mismo tono de voz que empleaba para dirigir a su ejército en mitad de una batalla.
— Dijo que…
— No me importa lo que dijese. Necesito verla.
Selena envolvió la baraja en el pañuelo negro de seda. ¿Qué demonios? Tampoco es que necesitara que su mejor amiga volviera a hablarle.
— Vas directo a tu funeral.
— Ojalá —dijo en voz tan baja que ella no pudo estar segura de haber escuchado correctamente.
La ayudó a recoger sus trastos para meterlos en el carrito, y llevarlo todo hasta la pequeña caseta que tenía alquilada para guardarlo.
Sin pérdida de tiempo, llegaron a casa de Grace.
Aparcaron en el camino del jardín justo cuando Grace estaba guardando sus maletas.
— ¡Hola, Gracie! —saludó Selena—. ¿Dónde vas?
Ella miró furiosa a Julián.
— Me marcho por unos días.
— ¿Dónde? —le preguntó su amiga.
Grace no contestó.
Julián salió del coche y se acercó a ella. Iba a arreglar las cosas, costase lo que costase.
Grace arrojó una bolsa al maletero y se alejó de Julián.
Él la cogió por un brazo.
— No has contestado a la pregunta.
Ella se zafó de su mano.
— ¿Y qué vas a hacer, pegarme si no lo hago? —le dijo, mirándolo con los ojos entrecerrados.
Julián se encogió ante el evidente rencor.
— ¿Y te extrañas de que quiera marcharme? —Entonces se dio cuenta. A Grace le estaba costando horrores contener las lágrimas. Tenía los ojos húmedos y brillantes. La culpa lo asaltó—. Lo siento, Grace —murmuró mientras cubría su mejilla con la mano—. No pretendía hacerte daño.
Grace observó la batalla que mantenían el arrepentimiento y el deseo en el rostro de Julián. Su caricia era tan tierna y tan suave… Por un instante, estuvo a punto de creer que, en realidad, él se preocupaba por ella.
— Yo también lo siento —susurró—. Ya sé que no tienes la culpa.
Él soltó una brusca y amarga carcajada.
— En realidad, todo lo que sucede es culpa mía.
— ¡Eh! ¿Me puedo fiar de vosotros? —preguntó Selena.
Julián miró a Grace con ardiente intensidad, atrapando su mirada y haciéndola temblar.
— ¿Quieres que me vaya? —le preguntó.
No, no quería. Ésa era la base de todo el problema. Que no quería que volviera a abandonarla. Jamás.
Grace cogió las manos de Julián entre las suyas y las apartó de su rostro.
— Todo está solucionado, Selena.
— En ese caso, me voy a casa. Nos vemos.
Grace apenas si fue consciente de que su amiga ponía en marcha el coche y se alejaba. Toda su atención estaba puesta en Julián.
— ¿Ahora me vas a decir dónde vas? —le preguntó.
Por primera vez, desde que la policía se marchó, Grace sintió que podía respirar. Con la presencia de Julián, el miedo se desvaneció como la niebla bajo el sol.
Se sentía segura.
— ¿Recuerdas lo que te conté sobre Rodney Carmichael?
Él asintió.
— Estuvo aquí hace un rato. Él… él me inquieta.
La expresión gélida y severa que adoptó el rostro de Julián la dejó atónita.
— ¿Dónde está ahora?
— No lo sé. Se esfumó al llegar la policía. Por eso me marchaba. Iba a quedarme en un hotel.
— ¿Todavía quieres marcharte?
Grace negó con la cabeza. Con él allí, se sentía completamente a salvo.
— Cogeré tu bolsa —le dijo. La sacó y cerró el maletero.
Grace se encaminó hacia la casa.
Pasaron el resto del día en una apacible soledad. Al llegar la noche, se tumbaron delante del sofá, reclinados sobre los cojines.
Grace apoyó la cabeza en el duro vientre de Julián mientras acaba de leerle Peter Pan y hacía todo lo posible para no distraerse con el maravilloso olor que desprendía su cuerpo. Y con lo maravillosamente bien que estaba, apoyada sobre sus abdominales.
Tenía que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no darse la vuelta y explorar los firmes músculos de su torso con la boca.
Julián le acariciaba lentamente el pelo mientras la observaba. Señor, sus manos hacían que le ardiera la piel. Le hacían desear arrancarle la ropa y saborear cada centímetro de su cuerpo.
— Fin —dijo ella, cerrando el libro.
La abrasadora mirada de Julián le quitó el aliento.
Se estiró y arqueó levemente la espalda, apoyándose con más fuerza sobre él.
— ¿Quieres que te lea algo más?
— Sí, por favor. Tu voz me relaja.
Ella lo miró fijamente por un instante y, después, sonrió. No recordaba que ningún otro cumplido hubiese significado tanto para ella como aquél.
— Tengo la mayoría de los libros en mi habitación —le dijo mientras se ponía en pie—. Vamos, te enseñaré mi tesoro escondido y encontraremos algo que nos guste.
La siguió escaleras arriba.
Grace notó que Julián observaba la cama con deseo y después la miraba a ella.
Fingió no darse cuenta y abrió la puerta del enorme vestidor. Encendió la luz y pasó una mano con cariño por las estanterías que su padre había colocado tantos años atrás.
Su padre y su mejor amigo se lo habían pasado en grande mientras colocaban las estanterías. Los dos eran profesores, y tenían la habitación hecha un desastre. Su padre acabó con dos uñas negras antes de que todo estuviese terminado. Su madre no había dejado de reírse y de llamar a su marido «carpintero profesional», pero a él no parecía importarle. La expresión de orgullo en su rostro cuando todo estuvo terminado, y los libros de Grace colocados en las estanterías, quedó impresa para siempre en el corazón de su hija.
Cómo adoraba esa estancia. Aquí era donde realmente sentía el amor de sus padres. Aquí se refugiaba y huía de los problemas y sufrimientos que la perseguían.
Cada libro guardado allí era un recuerdo especial, y todos ellos formaban parte de su mundo. Miró a su izquierda y vio Shanna, con la que había comenzado su afición a la novela romántica. The Wolfling, la había introducido en la ciencia ficción. Y su adorado Bimbos del Sol Muerto, su primera novela de misterio.
También estaban allí las viejas novelas de sus padres, y las tres copias de los libros de texto que su padre había escrito antes de que ella naciera.
Éste era su santuario y Julián era, sin contar a sus padres, la primera persona que ponía un pie en él.
— Llevas tiempo coleccionando libros —comentó él mientras echaba un vistazo a las estanterías.
Ella asintió.
— Fueron mis mejores amigos mientras crecía. Creo que el amor por la lectura es el mejor regalo que mis padres me han dado —alzó el libro de Peter Pan—. Éste era de mi padre, de cuando era niño. Es mi posesión más preciada.
Lo devolvió a una de las estanterías y cogió un ejemplar de Belleza Negra.
— Mi madre me leía éste una y otra vez.
Hizo un pequeño recorrido, mostrándole sus libros.
— Rebeldes —susurró con adoración—. Era mi libro favorito en el instituto. ¡Ah!, junto con éste, ¿Puedes demandar a tus padres por abuso de autoridad?
Julián se rió.
— Ya veo que significan mucho para ti. Se te ilumina el rostro cuando hablas de ellos.
Algo en su mirada le dijo a Grace que él estaba pensando en otro modo de hacer que se iluminara…
Tragando saliva ante la idea, se dio la vuelta y rebuscó en la estantería de la derecha, donde guardaba los clásicos, mientras Julián seguía mirando los de la izquierda.
— ¿Qué te parece éste? —le preguntó él, con una de sus novelas románticas en la mano.
Grace soltó una risita nerviosa al ver a la pareja que se abrazaba medio desnuda en la portada.
— ¡Señor!, me parece que no.
Él miró la portada y alzó una ceja.
— Vale —dijo Grace quitándole el libro de la mano—. Has descubierto mi más profundo secreto. Soy una adicta a las novelas románticas, pero lo último que necesitas es que te lea una apasionada escena de amor en voz alta. Muchísimas gracias, pero no.
Julián le miró fijamente los labios.
— Preferiría recrear una apasionada escena de amor contigo —dijo en voz baja, acercándose a ella.
Grace comenzó a temblar. Tenía la espalda pegada a la estantería y no podía retroceder más. Julián colocó un brazo sobre su cabeza y acercó su cuerpo al suyo, hasta dejarlos unidos. Entonces, bajó la cabeza y se acercó a su boca.
Grace cerró los ojos. La presencia de Julián inundaba todos sus sentidos. La rodeaba de una forma extremadamente perturbadora.
Por una vez, él mantuvo las manos quietas y se limitó a tocarla tan sólo con los labios. Daba igual. La cabeza de Grace comenzó a girar de todos modos.
¿Cómo había podido su esposa elegir a otro hombre teniéndolo a él? ¿Cómo podía rechazarlo una mujer en su sano juicio? Este hombre era el paraíso.
Julián profundizó el beso, explorando su boca con la lengua. Grace sentía los latidos de su corazón mientras él se acercaba aún más y sus músculos la envolvían.
Jamás había sido tan consciente de la presencia de otro ser humano. Él la ponía al límite, le hacía experimentar sensaciones que no sabía que pudiesen existir.
Julián se retiró un poco y apoyó la mejilla sobre la de Grace. Su aliento caía sobre su pelo y le erizaba la piel.
— Tengo unos deseos horribles de estar dentro de ti, Grace —murmuró—. Quiero sentir tus piernas alrededor de mi cuerpo, sentir tus pechos debajo de mí, escucharte gemir mientras te hago el amor lentamente. Quiero que tu aroma quede impreso en mi cuerpo y que tu aliento me queme la piel.
Todo su cuerpo se tensó antes de separarse de ella.
— Pero ya estoy acostumbrado a desear cosas que no puedo tener —susurró.
Ella le tocó el brazo. Julián cogió su mano, se la llevó a los labios y depositó un rastro de pequeños besos sobre los nudillos.
El deseo que se reflejaba en su apuesto rostro hacía que a Grace le doliera todo el cuerpo.
— Busca un libro y me comportaré.
Tragó saliva mientras él se alejaba. Entonces, se fijó en su viejo ejemplar de La Ilíada. Sonrió. Le iba a encantar, estaba segura.
Lo cogió y bajó las escaleras.
Julián estaba sentado delante del sofá.
— ¡Adivina lo que he encontrado! —exclamó Grace excitada.
— No tengo la más remota idea.
Ella lo sostuvo en alto y sonrió.
— ¡La Ilíada!
Julián se animó al instante y los hoyuelos relampaguearon en su rostro.
— Cántame, ¡Oh Diosa!
— Muy bien —respondió ella, sentándose a su lado—. Y esto te va a gustar todavía más: es una versión bilingüe; con el original griego y la traducción inglesa.
Y se lo dejó para que lo viera.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:35 am

La expresión de Julián fue la misma que habría puesto si le hubieran entregado el tesoro de un rey. Abrió el libro y, de inmediato, sus ojos volaron sobre las páginas mientras pasaba la mano reverentemente por las hojas, cubiertas con la antigua escritura griega.
Era incapaz de creer que estuviese viendo de nuevo su idioma escrito, después de tanto tiempo. Hacía una eternidad que no lo leía en otro lugar que no fuese su brazo.
Siempre le habían encantado La Ilíada y La Odisea. De niño, había pasado horas oculto tras los barracones, leyendo pergaminos una y otra vez; o escabulléndose para escuchar a los bardos en la plaza de la ciudad.
Entendía muy bien lo que sentía Grace por sus libros. Él había sentido lo mismo en su juventud. A la más mínima oportunidad, se escapaba a su mundo de fantasía, donde los héroes siempre triunfaban, los demonios y villanos eran aniquilados, y los padres y las madres amaban a sus hijos.
En las historias no había hambre ni dolor, sino libertad y esperanza. Fue a través de esas historias como aprendió lo que eran la compasión y la ternura. El honor y la integridad.
Grace se arrodilló junto a él.
— Echas de menos tu hogar, ¿verdad?
Julián apartó la mirada. Sólo echaba de menos a sus hijos.
Al contrario que a Kyrian, la lucha nunca le había atraído. El hedor de la muerte y la sangre, los quejidos de los moribundos. Sólo había luchado porque era lo que se esperaba de él. Y había liderado un ejército porque, como bien dijo Platón, cada ser humano está capacitado por naturaleza para realizar una actividad a la cual se entrega. Por su naturaleza, Julián siempre había sido un líder y no podía seguir las órdenes de nadie.
No, no lo echaba de menos, pero…
— Fue lo único que conocí.
Grace le rozó el hombro, pero fue la preocupación que reflejaban sus ojos grises lo que le desarmó.
— ¿Querías que tu hijo fuese un soldado?
Él negó con la cabeza.
— Jamás quise que truncaran su juventud como les ocurrió a tantos de mis hombres —contestó con la voz ronca—. Bastante irónico, ¿no es cierto? Ni siquiera le habría permitido que jugara con la espada de madera que Kyrian le regaló para su cumpleaños; ni le hubiese dejado tocar la mía mientras estuviese en casa.
Grace enlazó las manos en su cuello y tiró de él para acercarlo. Sus caricias eran tan increíblemente relajantes… Hacían que la soledad doliese aún más.
— ¿Cómo se llamaba?
Julián tragó saliva. No había pronunciado los nombres de sus hijos desde el día de su muerte. No se había atrevido pero, no obstante, quería compartirlos con Grace.
— Atolycus. Mi hija se llamaba Calista.
Grace lo miró con una sonrisa triste, como si compartiera su dolor por la pérdida.
— Tenían unos nombres preciosos.
— Eran unos niños preciosos.
— Si se parecían en algo a ti, me lo creo.
Eso había sido lo más hermoso que nadie le había dicho jamás.
Julián le pasó la mano por el pelo, dejando que los mechones se escurrieran sobre su palma. Cerró los ojos y deseó poder quedarse así para siempre.
El miedo a tener que abandonarla lo estaba destrozando. Nunca le había gustado la idea de ser engullido por aquel desolado infierno que era el libro; pero ahora, al pensar que jamás volvería a verla, que jamás volvería a oler el dulce aroma de su piel, que sus manos jamás volverían a rozar el suave rubor de sus mejillas…
No podía soportarlo. Era demasiado.
¡Por los dioses!, y había creído hasta entonces que estaba maldito…
Grace se alejó un poco, lo besó suavemente en los labios y cogió el libro.
Julián tragó. Ella quería rescatarlo y, por primera vez durante todos aquellos siglos, quería ser rescatado.
Se tendió en el suelo para que Grace pudiese apoyar la cabeza en él. Le encantaba sentirla así. Sentir su pelo extendiéndose sobre los brazos y el torso.
Estuvieron tendidos en el suelo hasta las primeras horas de la madrugada; Julián la escuchaba mientras leía la Odisea y narraba las historias de Aquiles.
Observaba cómo el cansancio iba haciendo mella en ella, pero continuaba leyendo. Finalmente, cerró los ojos y se quedó dormida.
Julián sonrió y le quitó el libro de las manos para dejarlo a un lado. Le acarició la mejilla con la palma de la mano durante un instante.
No tenía sueño. No quería desaprovechar ni un solo segundo del tiempo que tenía para estar a su lado. Quería contemplarla, tocarla. Absorberla. Porque atesoraría esos recuerdos durante toda la eternidad.
Nunca había pasado una noche así: tumbado tranquilamente en el suelo junto a una mujer, sin que ella montara su cuerpo y le exigiese que la tocara y la poseyera.
En su época, los hombres y las mujeres no solían pasar demasiado tiempo juntos. Durante las temporadas que pasó en su hogar, Penélope le hablaba en raras ocasiones. De hecho, no había demostrado mucho interés en él.
Por las noches, cuando la buscaba, no lo rechazaba. Pero, no obstante, no estaba ansiosa por sus caricias. Siempre había conseguido engatusarla para que su cuerpo le respondiera apasionadamente, pero no así su corazón.
Deslizó las manos por el pelo negro de Grace, extasiado por la sensación de tenerlo entre los dedos. Su mirada se detuvo sobre su anillo. Brillaba tenuemente, captando la escasa luz de la estancia.
En su mente, lo veía cubierto de sangre. Recordaba cómo se le clavaba en el dedo mientras blandía la espada en mitad de una batalla. Ese anillo lo había significado todo para él, y no le había resultado fácil conseguirlo. Se lo había ganado con el sudor de su frente y con las numerosas heridas que sufrió su cuerpo. Le había costado mucho, pero había merecido la pena.
Durante un tiempo fue respetado, aunque no lo amaran. En su vida como mortal, eso había sido esencial.
Suspirando, echó la cabeza hacia atrás para apoyarse en el cojín del sofá que había puesto sobre el suelo y cerró los ojos.
Cuando por fin se deslizó entre las neblinas del sueño, no fueron los rostros del pasado los que poblaron su mente, fue la imagen de unos claros ojos grises que se reían con él, de una negra melena que se desparramaba por su pecho y de una voz suave que leía palabras que le resultaban familiares aunque, de algún modo, extrañas.

Grace se desperezó lánguidamente al despertarse. Abrió los ojos y se sorprendió al darse cuenta de que tenía la cabeza sobre el abdomen de Julián. Él tenía la mano enterrada en su pelo y, por la respiración relajada y profunda, supo que todavía estaba dormido.
Alzó la mirada hacia su rostro. Tenía una expresión tranquila, casi infantil.
Y entonces fue consciente de algo: no había tenido la pesadilla. Había dormido toda la noche.
Sonriendo, intentó levantarse muy despacio para no despertarlo.
No funcionó. Tan pronto como levantó la cabeza, Julián abrió los ojos y la abrasó con una intensa mirada.
— Grace —dijo en voz baja.
— No quería despertarte.
Ella señaló las escaleras con el pulgar.
— Iba arriba a darme una ducha. ¿Debería cerrar la puerta?
La recorrió con ojos ardientes.
— No, creo que puedo comportarme.
Ella sonrió.
— Me parece que ya he oído eso antes.
Julián no contestó.
Grace subió y se dio una ducha rápida.
Una vez acabó, fue a su habitación y se encontró a Julián tumbado en la cama, hojeando su ejemplar de La Ilíada.
La miró con expresión absorta al darse cuenta de sólo llevaba puesta una toalla. Una lasciva sonrisa hizo que sus hoyuelos aparecieran en todo su esplendor, y la temperatura del cuerpo de Grace ascendió varios grados.
— Me pongo la ropa y…
— No —le dijo con tono autoritario.
— ¿Que no qué? —preguntó incrédula.
La expresión de Julián se suavizó.
— Preferiría que te vistieras aquí.
— Julián…
— Por favor.
Grace se puso muy nerviosa ante la petición. Jamás había hecho algo así en su vida. Y se sentía avergonzada.
— Por favor, por favor… —volvió a rogarle con una leve sonrisa.
¿Qué mujer le diría que no a una expresión como ésa?
Lo miró con recelo.
— No te atrevas a reírte —le dijo mientras abría vacilante la toalla.
Julián miró sus pechos con ojos hambrientos.
— Puedes estar completamente segura de que la risa es lo último que se me pasa por la mente en estos momentos.
Y entonces, se levantó de la cama y se acercó a la cómoda, donde Grace guardaba la ropa interior, con los movimientos gráciles de un depredador. Un extraño escalofrío recorrió la espalda de Grace mientras observaba cómo la mano de Julián rebuscaba entre sus braguitas hasta encontrar las de seda negra que Selena le había regalado de broma.
Julián las sacó y se arrodilló en el suelo delante de ella, con toda la intención de ayudarla a ponérselas. Sin aliento y totalmente entregada a la seducción, Grace miró sus rizos rubios mientras elevaba una pierna para dejar que él le pasara las braguitas por el pie.
Tras sus manos, que deslizaban la seda ascendiendo por su pierna, sus labios dejaban un reguero de besos que la hicieron estremecerse. Para mayor devastación de todos sus sentidos, abrió las manos y las colocó sobre sus muslos con los dedos totalmente extendidos. Y lo que fue aún peor, una vez las braguitas estuvieron colocadas en su sitio, la acarició levemente entre las piernas antes de apartarse.
A continuación, sacó el sujetador negro a juego.
Como una muñeca sin voluntad propia, dejó que se lo pusiera. Las manos de Julián rozaron los pezones, mientras abrochaba el enganche delantero; una vez cerrado, las deslizó bajo el satén y la acarició con deleite, erizándole la piel.
Julián inclinó la cabeza y capturó sus labios. Podía sentir el fuego consumiéndolo, exigiéndole que la poseyera. Exigiéndole que aliviara el dolor de su entrepierna aunque fuese por un instante.
Grace gimió cuando él profundizó el beso y se dejó llevar por completo. Julián la alzó en brazos para tenderla sobre la cama. De forma instintiva, ella le rodeó la cintura con las piernas y siseó al sentir los duros abdominales presionando sobre su sexo.
Julián le pasó las manos por la espalda. La visión de su cuerpo húmedo y desnudo estaba grabada a fuego en su mente. Había llegado a un punto sin retorno cuando un destello de luz cegadora iluminó la habitación.
Con los ojos doloridos por el resplandor, Julián se separó de ella.
— ¿Has sido tú? —le preguntó ella sin aliento, mirándolo arrobada.
Risueño, Julián negó con la cabeza.
— Ojalá pudiera atribuírmelo, pero estoy bastante seguro de que tiene otro origen.
Echó un vistazo a la habitación y sus ojos se detuvieron sobre la cama. Parpadeó.
No podía ser…
— ¿Qué es eso? —preguntó Grace, girándose para mirar la cama.
— Es mi escudo —contestó Julián, incapaz de creerlo.
Hacía siglos que no veía su escudo. Atónito, lo contempló fijamente. Estaba en el mismo centro de la cama y emitía débiles destellos bajo la luz.
Conocía cada muesca y arañazo que había en él; recordaba cada uno de los golpes que los habían producido.
Temeroso de estar soñando, alargó el brazo para tocar el relieve en bronce de Atenea y su búho.
— ¿Y tu espada también?
Julián le agarró la mano antes de que pudiera tocarla.
— Ésa es la Espada de Cronos. No la toques jamás. Si alguien que no lleva su sangre la toca, su piel quedará marcada para siempre con una terrible quemadura.
— ¿En serio? —preguntó, bajándose de la cama para alejarse de la espada.
— En serio.
Grace miró a la cama con el ceño fruncido.
— ¿Qué hacen aquí?
— No lo sé.
— ¿Y quién los envía?
— No lo sé.
— Pues no me estás ayudando mucho.
Julián no pareció captar su sarcasmo. En lugar de darse por aludido, Grace lo observó contemplar su escudo. Pasaba la mano sobre él como un padre que mira con adoración a un hijo largo tiempo perdido.
Cogió su espada y la depositó en el suelo, debajo de la cama.
— No olvides que está aquí —le dijo muy serio—. Ten mucho cuidado de no tocarla.
Su expresión se volvió más ceñuda al incorporarse. Miró de nuevo el escudo.
— Debe ser obra de mi madre. Sólo ella o uno de sus hijos podrían enviármelos.
— ¿Y por qué iba a hacerlo?
Julián entrecerró los ojos mientras recordaba el resto de la leyenda que rodeaba a su espada.
— Estoy seguro de que ha enviado mi espada por si tengo que enfrentarme con Príapo. La Espada de Cronos también es conocida como la Espada de la Justicia. No acabará con su vida, pero hará que ocupe mi lugar en el libro.
— ¿Estás hablando en serio?
Julián asintió.
— ¿Puedo tocar el escudo?
— Claro.
Grace pasó la mano sobre las incrustaciones doradas y negras que formaban la imagen de Atenea y el búho.
— Es muy bonito —dijo, maravillada.
— Kyrian lo mandó hacer cuando me nombraron General Supremo.
Grace acarició la inscripción grabada bajo la figura de Atenea.
— ¿Qué dice aquí?
— «La muerte antes que el deshonor» —dijo con un nudo en la garganta.
Julián sonrió con melancolía al recordar a Kyrian junto a él durante las batallas.
— El escudo de Kyrian decía: «El botín para el vencedor». Solía mirarme antes de la lucha, y decir: «Tú te llevas el honor, adelfos , y yo me quedo con el botín».
Grace permaneció en silencio al escuchar el extraño tono de su voz. Intentando imaginar su apariencia con el escudo en alto, se acercó un poco más.
— ¿Kyrian? ¿El hombre que fue crucificado?
— Sí.
— Lo apreciabas mucho, ¿verdad?
Él sonrió con tristeza.
— Le llevó un tiempo acostumbrarse a mí. Yo tenía veintitrés años cuando su tío lo asignó a mi tropa, después de advertirme concienzudamente de lo que me sucedería si dejaba que Su Alteza fuese herido.
— ¿Era un príncipe?
Julián asintió.
— Y no tenía miedo a nada. Apenas si llegaba a los veinte años y luchaba o se metía en peleas sin estar preparado, sin creer que pudiesen hacerle daño. Me daba la sensación de que cada vez que me daba la vuelta, tenía que sacarlo a rastras de algún extraño contratiempo. Pero resultaba muy difícil no apreciarlo. A pesar de su carácter exaltado, tenía un gran sentido del humor y era completamente leal. —Pasó la mano por el escudo—. Ojalá hubiese estado allí para poder salvarlo de los romanos.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:36 am

Grace le acarició el brazo en un gesto comprensivo.
— Estoy segura de que los dos juntos habríais sido capaces de salir de cualquier atolladero.
Los ojos de Julián se iluminaron al escucharla.
— Cuando nuestros ejércitos marchaban juntos, éramos invencibles. —Tensó la mandíbula al mirarla—. Hubiese sido cuestión de tiempo que Roma fuese nuestra.
— ¿Por qué depreciabais tanto al Imperio Romano?
— Juré que destruiría Roma el mismo día que conquistaron Primaria. Kyrian y yo fuimos enviados para ayudarlos en la lucha, pero cuando llegamos era demasiado tarde. Los romanos habían rodeado la ciudad y habían asesinado salvajemente a todas las mujeres y a los niños. Jamás había visto una carnicería semejante. —Su mirada se oscureció—. Estábamos intentando enterrar a los muertos cuando los romanos nos tendieron una emboscada.
Grace se quedó helada al escucharlo.
— ¿Qué ocurrió?
— Derroté a Livio y estaba a punto de matarlo en el momento en que intervino Príapo. Lanzó un rayo a mi caballo y caí en mitad de las tropas romanas. Estaba seguro de iba a morir cuando Kyrian apareció de la nada. Hizo retroceder a Livio hasta que pude ponerme en pie de nuevo. Livio llamó a sus hombres a retirada y desapareció antes de que pudiésemos acabar con él.
Grace fue consciente de la proximidad de Julián. Estaba detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de él. Colocó los brazos a ambos lados de su cuerpo, atrapándola entre él y la cama, y se apoyó sobre su espalda.
Ella apretó los dientes ante la ferocidad del deseo que la invadió. Julián no la estaba tocando, pero sus sentidos estaban tan desbocados como si sus manos la acariciasen. Él inclinó la cabeza y le mordisqueó el cuello.
La sensación de su lengua sobre la piel consiguió que todas sus hormonas cobraran vida. Arqueó la espalda mientras un estremecimiento le recorría los pechos. Si no lo detenía…
— Julián —balbució; su voz no logró trasmitir la advertencia que pretendía.
— Lo sé —susurró él—. Voy de camino a darme una ducha fría.
Mientras salía de la habitación, Grace lo escuchó gruñir una palabra en voz baja:
— Solo.

Después de desayunar, Grace decidió enseñarle a conducir.
— Esto es ridículo —protestó Julián mientras Grace aparcaba en el estacionamiento del instituto.
— ¡Venga ya! —se burló ella—. ¿No sientes curiosidad?
— No.
— ¿Que no?
Julián suspiró.
— Esta bien, un poco.
— Bueno, entonces imagina las historias sobre la gran bestia de acero que condujiste alrededor de un aparcamiento que podrás contarles a tus hombres cuando regreses a Macedonia.
Julián la miró perplejo.
— ¿Eso significa que estás de acuerdo con que me marche?
No, quiso gritarle. Pero en lugar de eso, suspiró. En el fondo, sabía que jamás podría pedirle que abandonara todo lo que había sido para quedarse con ella.
Julián de Macedonia era un héroe. Una leyenda.
Jamás podría ser un hombre de carácter tranquilo del siglo veintiuno.
— Sé que no puedo hacer que te quedes conmigo. No eres un cachorrito abandonado que me ha seguido a casa.
Julián se tensó al escucharla. Tenía razón. Por eso le resultaba tan difícil abandonarla. ¿Cómo podía separarse de la única persona que lo veía como a un hombre?
No sabía por qué quería enseñarlo a conducir pero, de todas formas, notaba que se sentía feliz compartiendo su mundo con él. Y, por alguna razón que no quería analizar demasiado a fondo, le gustaba hacerla feliz.
— Muy bien. Enséñame a dominar a esta bestia.
Grace salió del coche para que Julián pudiese sentarse en el asiento del conductor.
Tan pronto como Julián se sentó, ella hizo una mueca al ver a un hombre, de casi un metro noventa, encogido para poder acomodarse en un asiento dispuesto para una mujer de uno cincuenta y cinco.
— Lo siento, se me ha olvidado mover el asiento.
— No puedo moverme ni respirar, pero no te preocupes, estoy bien.
Ella se rió.
— Hay una palanca bajo el asiento. Tira de ella y podrás moverlo hacia atrás.
Julián lo intentó, pero el espacio era tan estrecho, que no la alcanzaba.
— Espera, yo lo haré.
Echó la cabeza hacia atrás cuando Grace se inclinó por encima de su muslo y apretó los pechos sobre su pierna para pasarle el brazo entre las rodillas. Su cuerpo reaccionó de inmediato, endureciéndose y comenzando a arder.
Cuando ella apoyó la mejilla sobre su entrepierna al tirar de la palanca, Julián pensó que estaba a punto de morir.
— ¿Te has dado cuenta de que estás en la posición perfecta para…?
— ¡Julián! —exclamó ella, retrocediendo para ver el abultamiento de sus vaqueros. Su rostro adquirió un brillante tono rojo—. Lo siento.
— Yo también —contestó él en voz baja.
Desafortunadamente, todavía tenía que mover el asiento, así que Julián se vio forzado a soportar la postura una vez más.
Apretando los dientes, alzó un brazo y se agarró al reposacabezas con fuerza. Era lo único que podía hacer para no ceder a la salvaje lujuria.
— ¿Estás bien? —le preguntó ella, una vez colocó el asiento en su sitio y volvió al suyo.
— ¡Claro! —contestó él con tono sarcástico—. Teniendo en cuenta que he caminado sobre brasas que resultaron menos dolorosas que lo que está soportando en este momento mi entrepierna, estoy fenomenal.
— Ya te he pedido perdón.
Él la miró fijamente.
Grace le dio unas palmaditas en el brazo.
— Venga, ¿llegas bien a los pedales?
— Me encantaría llegar hasta los tuyos…
— ¡Julián! —exclamó de nuevo Grace. Era un hombre verdaderamente libidinoso—. ¿Quieres concentrarte?
— De acuerdo, ya me estoy concentrando.
— En mis pechos, no.
Julián bajó la mirada hacia el regazo de Grace.
— Ni ahí tampoco.
Para su sorpresa, hizo un puchero semejante al de un niño enfadado. La expresión era tan extraña en él que Grace no tuvo más remedio que reírse de nuevo.
— Vale —le dijo ella—. El pedal que está a tu izquierda, es el embrague; el del medio es el freno y el de la derecha, el acelerador. ¿Te acuerdas de lo que te explicado sobre ellos?
— Sí.
— Bien. Ahora, lo primero que tienes que hacer es apretar el embrague y meter la marcha. —Y diciendo esto, colocó la mano sobre la palanca de cambios, situada entre los dos asientos, y le enseñó cómo debía moverla.
— En serio, Grace. No deberías acariciar eso de esa forma delante de mí. Es una crueldad por tu parte.
— ¡Julián! ¿Te importaría prestar atención? Estoy intentando enseñarte a cambiar de marcha.
Él resopló.
— Ojalá me cambiaras a mí las marchas del mismo modo.
Con un brillo malicioso en los ojos, soltó el embrague antes de la cuenta y el coche se caló.
— Se supone que esto no debería pasar, ¿verdad? —preguntó.
— No, a menos que quieras tener un accidente.
Él suspiró y lo intentó de nuevo.
Una hora más tarde, después que se las hubiera arreglado para dar una vuelta alrededor del estacionamiento sin golpear los postes y sin que el coche se le calara, Grace se dio por vencida.
— Menos mal que fuiste mejor general que conductor.
— Ja, ja —exclamó él sarcásticamente, pero con un brillo en la mirada que indicó a Grace que no estaba ofendido—. Lo único que alegaré en mi defensa es que el primer vehículo que conduje fue un carro de guerra.
Grace le sonrió.
— Bueno, en estas calles no estamos en guerra.
Con una mirada escéptica, él le respondió:
— Yo no diría eso después de haber visto las noticias de la noche. —Apagó el motor—. Creo que dejaré que conduzcas un rato.
— Muy inteligente por tu parte. No puedo permitirme comprar un coche nuevo de ninguna forma.
Salió del coche para cambiar de asiento; pero al cruzarse a la altura del maletero, Julián la sostuvo para darle un beso tan tórrido que ella acabó mareada. Él le cogió las manos y las sostuvo sobre sus estrechas caderas mientras mordisqueaba sus labios.
¡Santo Dios! Una mujer podía acostumbrarse a eso con mucha facilidad. Mucha, mucha facilidad.
Julián se separó.
— ¿Quieres llevarme a casa para que te mordisquee otras cosas?
Sí, eso era lo que quería. Y por eso no se atrevía. De hecho, el beso la había dejado tan trastornada que no podía ni hablar.
Julián sonrió ante la mirada extraviada y hambrienta de Grace. Estaba observando sus labios como si aún pudiese saborearlos. En ese momento, la deseó más que nunca. Deseó poder arrancarle la goma del pelo y dejar que su melena se desparramara sobre su pecho, una vez estuviera tendida sobre él.
Cómo deseaba estar de regreso en su casa donde pudiese quitarle los pantalones cortos y escuchar sus dulces murmullos de placer mientras él le…
— El coche —dijo ella, parpadeando como si despertara de un sueño—. Íbamos a entrar en el coche.
Julián le dio un pequeño beso en la mejilla.
Una vez dentro del coche y con los cinturones de seguridad abrochados, Grace lo miró de soslayo.
— ¿Sabes una cosa? Creo que hay dos cosas en Nueva Orleáns que deberías experimentar.
— En primer lugar, tengo que poseerte en un…
— ¿Es que no vas a parar?
Julián se aclaró la garganta.
— Está bien. ¿Cuál es tu lista?
— Bourbon Street y la música moderna. Y de una de ellas nos podemos encargar ahora mismo. —Y puso la radio.
Se rió al reconocer Hot Blooded de Foreigner. Qué apropiado, dado su pasajero.
Julián lo escuchó, pero no pareció muy impresionado.
Grace cambió la emisora.
Él frunció el ceño.
— ¿Qué has hecho?
— He cambiado de emisora. Lo único que hay que hacer es apretar los botones.
Él jugueteó y cambió de emisora un rato, hasta que encontró Love Hurts de Nazareth.
— Vuestra música es interesante.
— ¿Te hace añorar la tuya?
— Dado que la mayoría de la música que escuchaba procedía de las trompetas y los tambores que nos acompañaban a la batalla, no. Creo que soy capaz de apreciar esto.
— ¿El qué? —preguntó ella juguetona—. ¿La música o el hecho de que el amor hace daño?
El rostro de Julián adquirió una expresión seria, dejando de lado el humor.
— Puesto que no he conocido nunca lo que es el amor, no sabría decirte si hace daño o no. Pero me imagino que ser amado no debe hacer tanto daño como el no serlo.
El pecho de Grace se encogió ante sus palabras.
— Entonces —dijo ella cambiando de tema—, ¿qué quieres hacer cuando regreses a tu casa?
— No lo sé.
— Probablemente irás a darle una buena patada en el culo a Escipión, ¿verdad?
Él se rió ante la idea.
— Ya me gustaría.
— ¿Por qué? ¿Qué te hizo?
— Se cruzó en mi camino.
Vale, no era eso lo que ella esperaba escuchar.
— Y a ti no te gusta que nadie se cruce en tu camino, ¿cierto?
— ¿Te gusta a ti?
Ella sopesó la pregunta antes de responder.
— Supongo que no.
Para cuando llegaron a Bourbon Street, la calle había sido invadida por la multitud típica de un domingo por la tarde. Grace se abanicó el rostro, luchando contra el intenso calor.
Miró a Julián, que apenas si sudaba; las gotitas de sudor le conferían un nuevo atractivo. El pelo húmedo se le rizaba alrededor de la cara y con esas gafas oscuras… ¡Ooooh, Señor!
Por supuesto que su atractivo quedaba aún más enfatizado gracias a la camiseta blanca, de mangas cortas, que se le adhería a los hombros y a la tableta de chocolate que tenía por abdominales. Mientras dejaba que su mirada vagara hasta el botón de sus vaqueros, deseó haberle comprado unos más anchos.
Pero dado su seductor modo de andar, que decía mucho acerca de su confianza en sí mismo, Grace dudaba mucho de que unos vaqueros más anchos pudiesen ocultar tan tremenda sensualidad.
Julián se detuvo al pasar junto a un club de striptease. A su favor Grace tuvo que admitir que ni siquiera jadeó al mirar a las mujeres tan escandalosamente vestidas, que se contoneaban tras el cristal, pero su sorpresa fue bastante evidente.
Mirándole como si quisiera devorarlo, una exótica bailarina se mordió el labio inferior y se pasó la lengua por él de forma sugerente, mientras se tocaba los pechos. Le hizo un gesto con un dedo para que entrara al local.
Julián se dio la vuelta.
— Nunca habías visto algo así, ¿verdad? —preguntó Grace, intentando disimular el malestar que sentía ante los gestos de la mujer, y el alivio que la invadió al ver la reacción de Julián.
— Roma —contestó simplemente.
Ella se rió.
— No eran tan decadentes, ¿o sí?
— Te sorprendería saber cuánto. Por lo menos aquí nadie hace una orgía en… —y su voz se perdió al pasar junto a una pareja que se lo estaba montando en una esquina—. Déjalo.
Grace se rió a carcajadas.
— ¡Ooooh Señor! —exclamó una prostituta, al pasar junto a otro club, haciendo un gesto a Julián—. Entra y te lo hago gratis.
Él meneó la cabeza sin detenerse. Grace lo cogió de la mano y lo detuvo.
— ¿Se comportaban así las mujeres antes de la maldición?
Él asintió.
— Por eso el único amigo que tuve fue Kyrian. Los hombres que conocía no podían aguantar la atención que me prestaban; las mujeres me perseguían allí donde estuviésemos, intentando arrancarme la armadura.
Grace se detuvo a pensar por un momento.
— Y tú no estás seguro de que todas esas mujeres te amaran, ¿verdad?
La miró con una chispa de diversión.
— El amor y la lujuria no son lo mismo. ¿Cómo puedes amar a alguien a quien no conoces?
— Supongo que tienes razón.
Siguieron caminando por la calle.
— Cuéntame cosas sobre tu amigo. ¿Por qué no le importaba que las mujeres se quedaran con la boca abierta al verte?
Julián sonrió, mostrando sus hoyuelos.
— Kyrian estaba profundamente enamorado de su esposa, y no le importaba ninguna otra mujer. Jamás me vio como un competidor.
— ¿Conociste a su esposa?
Julián negó con la cabeza.
— Aunque nunca lo hablamos, creo que los dos intuíamos que sería una mala idea.
Grace percibió el cambio en su rostro. Estaba recordando a Kyrian, seguro.
— Te culpas por lo que le sucedió, ¿verdad?
Él apretó los dientes mientras imaginaba lo que debía haber sentido su amigo al ser capturado por los romanos. Considerando las ganas que habían tenido de atraparlos a ambos, no había duda de lo que lo habían hecho sufrir antes de matarlo.
— Sí —contestó en voz baja—. Sé que tengo la culpa. Si no hubiese despertado la ira de Príapo, habría estado allí para ayudar a Kyrian a luchar contra ellos.
Y sabía con absoluta certeza que la desgracia de Kyrian provenía del hecho de haber sido tan estúpido como para ser su amigo.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:37 am

Lanzó un suspiro.
— Una vida brillante que no debería haber acabado así. Si tan sólo hubiese aprendido a controlar su osadía, habría llegado a ser un magnífico gobernador —dijo, cogiendo la mano de Grace y dándole un ligero apretón.
Caminaron en silencio, mientras Grace intentaba pensar en el modo de animarlo.
Al pasar por la Casa del Vudú de Marie Laveau, ella se detuvo y lo arrastró al interior.
Le explicó los orígenes del vudú mientras recorrían el museo de miniaturas.
— ¡Uuuh! —dijo cogiendo un muñeco de vudú de una estantería—. ¿Quieres vestirlo como Príapo y clavarle unos cuantos alfileres?
Julián se rió.
— ¿Por qué no imaginarnos que es Rodney Carmichael?
Grace suprimió una sonrisa.
— Eso sería muy poco profesional por mi parte, ¿no es cierto?... Pero me resulta muy tentador.
Dejó el muñeco en su sitio y se fijó en el mostrador de cristal, donde estaban colocados los amuletos y la bisutería. Justo en el centro, había un collar de cuentas negras, azules y verdes, trenzadas de un modo tan intrincado que daban la sensación de ser un delgado hilo negro.
— Trae buena suerte a quien lo lleva —le dijo la vendedora al percibir el interés de Grace—. ¿Le gustaría verlo de cerca?
Grace asintió.
— ¿Funciona?
— ¡Sí! Está trenzado siguiendo un poderoso diseño.
Grace no estaba muy segura de que debiera creérselo; pero entonces recordó que, hacía apenas una semana, jamás habría creído que dos mujeres borrachas pudieran devolver a la vida a un general Macedonio.
Pagó a la mujer y se acercó a Julián.
— Agáchate —le dijo.
Él la miró con escepticismo.
— ¡Vamos! —le acució ella—. Dame el gusto, anda.
La vendedora se rió al ver a Grace colocarle el amuleto a Julián en el cuello.
— Ese chico no necesita ningún tipo de suerte para aumentar su encanto. Lo que necesita es un hechizo que disperse la atención de todas esas mujeres que le están mirando el trasero ahora que está agachado.
Grace miró por encima del hombro de Julián y observó a tres mujeres que babeaban al mirarle el culo. Por primera vez, sintió un horrible ramalazo de celos.
Pero la sensación se evaporó por completo cuando Julián le dio un cariñoso beso en la mejilla antes de incorporarse. Con una mirada diabólica, le pasó un brazo alrededor de los hombros en un gesto posesivo.
Al pasar junto a las mujeres, Grace no pudo suprimir un travieso impulso. Se detuvo junto a ellas y las interpeló.
— Por cierto, desnudo está muchísimo mejor.
— Y tú que no pierdes oportunidad de comprobarlo, cariño —comentó Julián mientras se ponía las gafas de sol y comenzaba a andar con el brazo aún sobre sus hombros.
Ella le pasó la mano por la cintura y la metió en el bolsillo delantero del pantalón, mientras él la atraía más hacia su cuerpo.
— ¿Sabes una cosa? —le susurró al oído—. Si bajases la mano un poquito más, no me importaría en absoluto.
Ella le dio un pequeño apretón, pero dejó la mano donde estaba.
Las miradas de envidia de las mujeres los persiguieron mientras se alejaban caminando por la acera.
Para cenar, Grace llevó a Julián a la Marisquería de Mike Anderson. Hizo una mueca al ver que depositaban un plato de ostras para Julián sobre la mesa.
— ¡Puaj! —exclamó ella cuando él se comió una.
Muy ofendido, Julián resopló.
— Están deliciosas.
— Para nada.
— Eso es porque no sabes cómo tienes que comerlas.
— Claro que sé. Abres la boca y dejas que ese bicho viscoso se deslice por tu garganta.
Julián bebió un trago de su cerveza.
— Ésa es una forma de comerlas.
— Así acabas de hacerlo tú.
— Cierto, pero ¿no te gustaría probar otro modo?
Ella se mordió el labio, indecisa. Algo en el comportamiento de Julián le indicaba que podía ser peligroso aceptar su desafío.
— No sé.
— ¿Confías en mí?
— No mucho —resopló ella.
Él se encogió de hombros y dio otro trago a la cerveza.
— Tú te lo pierdes.
— ¡Vale, está bien! —se rindió ella, demasiado curiosa como para continuar negándose—. Pero si me dan arcadas, recuerda que te lo advertí.
Julián tiró de la silla de Grace con los talones hasta colocarla a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaban. Se secó las manos en los vaqueros, y cogió la ostra más pequeña.
— Muy bien entonces —le susurró al oído y le pasó el otro brazo por los hombros—. Echa la cabeza hacia atrás.
Grace obedeció. Él deslizó los dedos por su garganta, causándole una oleada de escalofríos. Ella tragó, sorprendida por la ternura de sus caricias. Sorprendida por lo bien que se sentía con él a su lado.
— Abre la boca —le dijo en voz baja, mientras le rozaba el cuello con la nariz.
Ella volvió a obedecer.
Julián dejó que la ostra resbalara hasta su boca. Cuando Grace la tragó y comenzó a bajar por su garganta, Julián pasó la lengua por su cuello en dirección contraria.
Grace se estremeció ante la inesperada sensación. Los pezones se le endurecieron y un millón de escalofríos recorrieron su piel. ¡Era increíble! Y por primera vez, no le importó para nada el sabor de la ostra.
— ¿Te ha gustado? —le preguntó, juguetón.
Ella no pudo evitar sonreír.
— Eres incorregible.
— Eso intento.
— Y lo consigues a las mil maravillas.
Antes de que Julián pudiera responder, sonó su teléfono móvil.
— ¡Puf! —resopló mientras lo sacaba del bolso. Quienquiera que fuese, ya podía tener algo importante que decirle.
Contestó.
— ¿Grace?
Ella se encogió al escuchar la voz de Rodney.
— Señor Carmichael, ¿cómo ha conseguido este número de teléfono?
— Estaba apuntado en tu Rodolex. Vine a tu casa a verte, pero no estás —y suspiró—. Estaba deseando pasar el día contigo. Tenemos una conversación pendiente. Pero no pasa nada. Puedo reunirme contigo, ¿estás en el Barrio Francés con tu amiga la vidente?
El miedo la paralizó.
— ¿Cómo conoce a mi amiga?
— Sé muchas cosas de ti, Grace. ¡Mmm! —masculló en voz baja—. Perfumas los cajones de tu ropa interior con popurrí de rosas.
El terror la poseyó por completo y no pudo moverse. Comenzaron a temblarle las manos.
— ¿Está en mi casa?
Podía oír cómo abría y cerraba los cajones de su cómoda, a través del teléfono. De repente, el tipo soltó una maldición.
— ¡Zorra! —espetó Rodney—. ¿Quién es él? ¿Con quién coño te has estado acostando?
— Eso es…
La comunicación se cortó.
Grace estaba temblando, tanto que apenas si podía respirar cuando colgó el teléfono.
— ¿Qué sucede? —le preguntó Julián, con el ceño fruncido por la preocupación.
— Rodney está en mi casa —le dijo con voz temblorosa. Marcó de inmediato el número de la policía para notificarlo.
— Nos encontraremos allí —le informó el agente—. No entre en su domicilio hasta que lleguemos.
— No se preocupe, no lo haré.
Julián le cogió las manos.
— Estás temblando.
— ¡No me digas! Resulta que tengo a un psicópata metido en mi casa, olfateando mi lencería e insultándome. ¿Por qué iba a temblar?
Sus ojos de azul profundo la tranquilizaron con una mirada protectora. Le apretó las manos suavemente.
— Sabes que no voy a permitir que te haga daño.
— Te lo agradezco mucho, Julián. Pero este hombre está…
— Muerto si se acerca a ti. Sabes que no te abandonaré.
— Por lo menos no hasta la próxima luna llena.
Julián apartó la mirada y ella asimiló la verdad.
— No pasa nada —dijo ella con valentía—. Puedo hacerme cargo de esto, de verdad. He estado sola durante años. Ésta no es la primera vez que un cliente me acosa. Y dudo mucho que vaya a ser el último.
Los ojos de Julián lanzaron llamaradas azules cuando la miró.
— ¿Cuántos de tus pacientes te han acosado?
— No es tu problema, sino el mío.
Julián siguió mirándola como si estuviese a punto de estrangularla.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:37 am

Capítulo 12

Llegaron a casa al mismo tiempo que la policía.
El joven y musculoso agente miró con suspicacia a Julián.
— ¿Quién es?
— Un amigo —le contestó Grace.
El policía alargó la mano hacia ella.
— De acuerdo, déme las llaves y déjenos echar un vistazo. El agente Reynolds se quedará con ustedes aquí fuera hasta que lo revisemos todo.
Grace le entregó obedientemente el juego de llaves.
Comenzó a mordisquearse las uñas mientras observaba cómo el policía entraba a su hogar.
Por favor, que Rodney Carmichael esté dentro todavía.
Pero no estaba. El policía salió poco después meneando la cabeza.
— ¡Joder! —exclamó Grace en voz baja.
El agente Reynolds la acompañó hasta la casa y Julián los siguió un poco rezagado.
— Necesitamos que entre y eche un vistazo para ver si falta algo.
— ¿Ha hecho algún estropicio? —preguntó ella.
— Sólo en los dormitorios.
Con el corazón en un puño, Grace entró en su casa y subió las escaleras para ir a su habitación.
Julián la siguió y observó cómo se mantenía rígida y distante. Tenía el rostro tan pálido que las pecas resultaban mucho más evidentes. Podría matar al tipo que le había hecho esto. Ninguna mujer debería pasar tanto miedo, especialmente en su propio hogar.
Cuando llegaron al piso superior, Julián vio que la puerta de la habitación del final del pasillo estaba entreabierta. Grace corrió hacia allí.
— ¡No! —jadeó.
Se apresuró a seguirla.
Julián comenzó a verlo todo rojo al contemplar el sufrimiento que reflejaba el rostro de Grace. Podía sentir su dolor en el corazón como si fuese el suyo propio.
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras observaba el desorden. El colchón estaba tirado en el suelo, las sábanas desgarradas, los cajones abiertos y su contenido esparcido, como si Céfiro hubiera pasado por allí en mitad de un arranque de mal humor.
Julián le colocó las manos sobre los hombros para reconfortarla.
— ¿Cómo ha podido hacerle esto a su habitación? —preguntó Grace.
— ¿De quién es esta habitación? —preguntó el agente Reynolds—. Creía que vivía sola.
— Y lo hago. Ésta era la habitación de mis padres. Murieron hace tiempo —miró a uno y otro lado, incrédula. Una cosa era que fuese tras ella, pero ¿por qué había hecho esto?
Contempló la ropa esparcida por el suelo; ropa que le traía a la memoria tantos recuerdos maravillosos… Las camisas que su padre llevaba al trabajo; el jersey favorito de su madre y que ella siempre le pedía prestado; los pendientes que su padre había regalado a su madre en su último aniversario de boda. Todo estaba desparramado por la habitación, como si no tuviese valor alguno.
Pero para ella eran objetos muy valiosos. Era lo único que le quedaba de ellos. El dolor le desgarraba el corazón.
— ¿Cómo ha podido hacerlo? —preguntó, mientras la rabia se abría paso en su interior.
Julián la atrajo hacia sus brazos y la sostuvo con fuerza.
— No pasa nada, Grace —murmuró sobre su pelo.
Pero sí que pasaba. Grace dudaba poder superar aquello alguna vez. No podía dejar de pensar en las manos de ese animal tocando la ropa de su madre o desgarrando las sábanas. ¡Cómo se había atrevido!
Julián miró al agente de policía.
— No se preocupe —dijo el hombre—, encontraremos al tipo.
— ¿Y después qué? —preguntó Julián.
— Eso tendrá que decidirlo un tribunal.
Julián lo miró de arriba abajo y soltó un gruñido, asqueado. Tribunales. No entendía cómo un tribunal moderno podía permitir que un animal así estuviese suelto.
— Sé que todo esto es duro —comentó el agente—. Pero necesitamos que compruebe si se ha llevado algo, doctora Alexander.
Ella asintió.
A Julián le sorprendió el coraje que demostró al desprenderse de su abrazo y limpiarse las lágrimas. Comenzó a inspeccionar todo aquel desastre. Él se arrodilló a su lado; quería estar cerca por si lo necesitaba de nuevo.
Después de comprobarlo todo concienzudamente, Grace cruzó los brazos sobre el pecho y lanzó una rápida mirada al agente.
— No falta nada —le dijo, y salió de la habitación para ir a la suya.
Entró en ella con mucha aprensión. Un rápido vistazo le indicó que su dormitorio había sufrido los mismos daños que el de sus padres. Había registrado meticulosamente tanto la ropa de Julián como la suya. Toda la lencería estaba tirada por el suelo, había desgarrado las sábanas y el colchón estaba ladeado.
Ojalá Rodney hubiese encontrado la espada de Julián bajo la cama y hubiese cometido el error de tocarla. Eso sí que habría sido una justa recompensa.
Pero no la había visto. De hecho, el escudo aún seguía apoyado sobre la pared, junto a la cama, donde él lo dejó.
Grace se sentía casi violada al contemplar toda su ropa esparcida por la habitación; como si las manos de Rodney hubiesen tocado su cuerpo.
En ese momento, vio la puerta del vestidor ligeramente abierta. Estaba muerta de miedo mientras se acercaba para abrirla y mirar en el interior. Entonces se sintió como si el tipo le hubiese arrancado el corazón y lo hubiese aplastado.
— Mis libros —murmuró.
Julián cruzó la habitación para ver lo que Grace estaba mirando. Se quedó sin respiración al llegar junto a ella.
Todos los libros habían sido destrozados.
— Mis libros no —balbució, cayendo de rodillas.
Le temblaba la mano al pasarla sobre las hojas de los libros que su padre había escrito. Eran irremplazables. Jamás podría abrirlos de nuevo y escuchar su voz hablándole desde el pasado. No podría abrir Belleza Negra y oír a su madre mientras se lo leía.
Todo había desaparecido.
Rodney Carmichael acababa de matar de nuevo a sus padres.
Grace se fijó entonces en lo que quedaba de su ejemplar de La Ilíada. Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar la expresión de Julián mientras pasaba sus páginas. Las horas que habían pasado juntos mientras ella lo leía. Habían sido unos momentos muy especiales, mágicos; los dos tumbados frente al sofá, perdidos en la historia, como si hubiesen estado en un reino privado, sólo de ellos dos. Su propio paraíso.
— Los ha destrozado todos —murmuró—. ¡Dios! Ha debido pasar horas aquí.
— Señora, sólo son…
Julián agarró al agente Reynolds por el brazo y lo sacó de la habitación.
— Para ella son mucho más que simples libros —le dijo entre dientes—. No se atreva a burlarse de su dolor.
— ¡Vaya! —exclamó el hombre avergonzado—. Lo siento.
Julián volvió junto a Grace.
Sollozaba incontrolablemente mientras pasaba las manos sobre las hojas sueltas.
— ¿Por qué lo ha hecho?
Él la levantó, la sacó del vestidor y la acostó en la cama. Ella no lo soltó. Se aferraba a él con tanta fuerza que a Julián le costaba trabajo respirar, y lloraba como si el corazón estuviese rompiéndosele a pedazos.
En ese momento, Julián quiso matar al hombre que le había hecho esto.
Sonó el teléfono.
Grace gritó y forcejeó para incorporarse.
— Shh —le dijo Julián, mientras le limpiaba las lágrimas y la sostenía, impidiendo que se moviera—. No pasa nada. Estoy aquí, contigo.
El agente Reynolds le pasó el teléfono.
— Conteste, por si es él.
Julián miró con furia al hombre. ¿Cómo podía ser tan insensible? ¿Cómo podía pedirle que hablara con ese perro rabioso?
— Hola, Selena —saludó Grace, y volvió a estallar en lágrimas mientras le contaba a su amiga lo que había sucedido.
La mente de Julián bullía al pensar en el hombre que había invadido la casa de Grace y la había herido tan profundamente. Lo que más le preocupaba era que el tipo sabía dónde golpear. Conocía a Grace. Sabía lo que era importante para ella.
Y eso le hacía mucho más peligroso de lo que la policía sospechaba.
Ella colgó el teléfono.
— Siento mucho haber perdido el control —dijo, limpiándose las lágrimas—. Ha sido un día muy largo.
— Sí, señora, lo entendemos.
Julián observó cómo se recomponía; Grace tenía una fuerza de voluntad que muy pocos hombres poseían.
Acompañó al policía por el resto de la casa.
— No debe haber visto este libro —dijo uno de los agentes con el libro de Julián en la mano, ofreciéndoselo a ella.
Julián lo cogió de las manos de Grace. Al contrario que el agente, él no estaba tan seguro. Si el bastardo había intentado romperlo, se habría llevado una desagradable sorpresa.
No podía ser destruido. Él mismo había intentado hacerlo en incontables ocasiones a lo largo de los siglos. Pero ni siquiera el fuego hacía mella en él. El libro le hizo recordar las palabras de Grace.
Él se iría en unos cuantos días y ella se quedaría sola, sin nadie que la protegiera. Y esa idea lo enfermaba.

Los agentes se marcharon en el mismo instante que Selena llegaba en su coche. Salió del Jeep acompañada de un hombre alto y moreno que llevaba el brazo en un cabestrillo. Selena prácticamente corrió hasta la puerta.
— ¿Estás bien? —le preguntó a Grace mientras la abrazaba con fuerza.
— Sí —le contestó ella. Miró sobre su hombro y entonces saludó al hombre—. Hola Bill.
— Hola Grace. Hemos venido a echarte una mano.
Ella le presentó a Julián y los cuatro entraron en la casa.
Julián detuvo a Selena tan pronto como estuvieron dentro, y la llevó aparte.
— ¿Puedes mantenerla un rato aquí abajo?
— ¿Por qué?
— Tengo que ocuparme de algo.
Selena frunció el ceño.
— Claro, no hay problema.
Esperó hasta que Selena y su marido sentaron a Grace en el sofá. Entonces, fue a la cocina, cogió un par de bolsas de basura y se encaminó al vestidor.
Tan rápido como pudo, comenzó a ordenar todo aquel desastre para que Grace no tuviera que verlo de nuevo. Pero con cada trozo de papel que tocaba, su ira crecía.
Una y otra vez acudía a su mente la tierna expresión de Grace mientras buscaba un libro entre toda su colección. Si cerraba los ojos podía ver su pelo desparramado sobre su pecho mientras leía.
En ese momento, quiso la sangre de este tipo.
— ¡Joder! —exclamó Bill desde la puerta—. ¿Esto lo ha hecho él?
— Sí.
— Tío, menudo psicópata.
Julián no dijo nada y continuó arrojando los papeles a la bolsa. Su alma gritaba, clamando venganza. Lo que sentía hacia Príapo era una leve sombra de lo que en esos momentos pasaba por su mente.
Una cosa era hacerle daño a él. Pero herir a Grace…
Ya podían tener las Parcas compasión de ese tipo, porque él no pensaba tener ninguna.
— ¿Llevas mucho saliendo con Grace?
— No.
— Eso me parecía. Selena no te ha mencionado, pero pensándolo bien, tampoco se ha mostrado tan preocupada porque Grace se quedara sola desde su cumpleaños. Supongo que os conocisteis entonces.
— Sí.
— Sí, no, sí. No eres muy hablador, ¿verdad?
— No.
— Vale, lo he cogido. Hasta luego.
Julián se detuvo cuando encontró la cubierta de Peter Pan. La cogió y apretó los dientes. El dolor lo asaltó de nuevo. Ese libro era el preferido de Grace.
Lo apretó con fuerza un instante y después lo arrojó a la bolsa con el resto.

Grace no fue consciente del tiempo que pasó sentada en el sofá, sin moverse. Sólo sabía que se encontraba muy mal. El golpe de Rodney había sido muy fuerte.
Selena le trajo una taza de chocolate caliente.
Ella intentó beber, pero le temblaban tanto las manos que tuvo miedo de derramarlo y lo dejó a un lado.
— Supongo que necesito limpiarlo todo.
— Ya lo está haciendo Julián —le dijo Bill, que estaba sentado en el sillón haciendo zapping.
Grace frunció el ceño.
— ¿Qué?, ¿desde cuando?
— Hace poco estaba arriba, recogiéndolo todo en el vestidor.
Boquiabierta por la sorpresa, Grace subió en su búsqueda.
Julián estaba en la habitación de sus padres. Desde la puerta, observó cómo acaba de poner orden y se enderezaba. Dobló los pantalones de su padre de un modo que haría que Martha Stewart hiciese una mueca de dolor, los colocó en el cajón y lo cerró.
La ternura la invadió ante la imagen del que fuera un legendario general ordenando su casa para evitar que ella sufriera. Su delicadeza le llegó al corazón.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:38 am

Julián alzó los ojos y descubrió a Grace. La honda preocupación que reflejaban sus ojos azules la reconfortó.
— Gracias —dijo ella.
Él se encogió de hombros.
— No tenía otra cosa que hacer. —Aunque lo dijo con un tono despreocupado, algo en su actitud traicionaba su pretendida indiferencia.
— Aún así, te lo agradezco mucho —le dijo ella mientras entraba y miraba todo el trabajo que había hecho. Con el corazón en la garganta, colocó las manos sobre la cama de caoba—. Ésta era la cama de mi abuela —le dijo—. Todavía escucho la voz de mi madre cuando me contaba cómo mi abuelo la hizo para ella. Era carpintero.
Con la mandíbula tensa, Julián contempló la mano de Grace.
— Es duro, ¿verdad?
— ¿Qué?
— Dejar que los seres amados se vayan.
Grace sabía que Julián hablaba desde el fondo de su corazón. El corazón de un padre que añoraba a sus hijos.
Aunque la pesadilla ya no le persiguiese por las noches, ella le oía susurrar sus nombres, y se preguntaba si era consciente de la frecuencia con la que soñaba con ellos. Se preguntaba cuántas veces al día pensaba en ellos y sufría por su muerte.
— Sí —le contestó en voz baja—, pero tú lo sabes mejor que yo, ¿no es cierto?
Julián no contestó.
Grace dejó que su mirada vagara por la habitación.
— Supongo que ya va siendo hora de seguir adelante, pero te juro que aún puedo escucharlos, sentirlos.
— Es su amor lo que percibes. Aún está dentro de ti.
— ¿Sabes? creo que tienes razón.
— ¡Eh! —gritó Selena desde la puerta, interrumpiéndolos—. Bill está encargando una pizza, ¿os apetece comer algo?
— Sí —contestó Grace.
— ¿Y tú? —le preguntó Selena a Julián.
Julián sonrió a Grace.
— Me encantaría comer pizza.
Grace soltó una carcajada al recordar cómo Julián le había pedido pizza la noche que lo invocaron.
— Vale —dijo Selena—, pizza para todos.
Julián le dio a Grace los anillos de su madre.
— Los encontré en el suelo.
Se acercó a la cómoda para guardarlos, pero se detuvo. En lugar de eso, se los colocó en la mano derecha y, por primera vez después de unos cuantos años, se sintió reconfortada al verlos.
Al salir de la habitación, Julián cerró la puerta.
— No —le dijo Grace—, déjala abierta.
— ¿Estás segura?
Ella asintió.
Cuando entraron en su dormitorio, vio que Julián también lo había ordenado. Pero al contemplar las estanterías que habían guardado sus libros, ahora vacías, se le rompió de nuevo el corazón.
En esta ocasión no protestó cuando Julián cerró la puerta.

Horas más tarde y después de haber comido, Grace pudo convencer a Selena y a Bill de que se fueran.
— Estoy bien, de verdad —les aseguró por enésima vez en la puerta. Agradecida por la presencia de Julián, colocó la mano sobre su brazo—. Además, tengo a Julián.
Selena la miró con severidad.
— Si necesitas algo, me llamas.
— Lo haré.
Sin sentirse segura del todo, Grace cerró la puerta principal y subió a la habitación. Julián la siguió.
Se tumbaron en la cama, uno junto al otro.
— Me siento tan vulnerable… —susurró.
Él le acarició el pelo.
— Lo sé. Cierra los ojos y duerme tranquila. Estoy aquí. Yo te mantendré a salvo.
La rodeó con sus brazos y ella suspiró, reconfortada. Nadie la había consolado nunca como él lo hacía.
Tardó horas en dormirse. Cuando lo hizo, estaba rendida.

Se despertó con un silencioso grito.
— Estoy aquí, Grace.
Escuchó la voz de Julián a su lado y se calmó al instante.
— Gracias a Dios que eres tú —murmuró—. Tenía una pesadilla.
Julián depositó un ligero beso en su hombro.
— Lo sé.
Ella le dio un apretón en la mano antes de salir de la cama y prepararse para ir al trabajo.
Cuando intentó vestirse, le temblaban tanto las manos que no fue capaz de abotonarse la camisa.
— Déjame a mí —se ofreció Julián, apartándole las manos para poder hacerlo él—. No tienes por qué estar asustada, Grace. No dejaré que ese tipo te haga nada.
— Lo sé. Sé que la policía lo atrapará y, entonces, todo habrá acabado.
Él no contestó, y siguió ayudándola a colocarse la ropa.
Una vez estuvieron preparados, Grace condujo hasta la consulta, situada en el centro de la ciudad. Tenía un nudo tan grande en el estómago que le costaba respirar. Pero no podía encerrarse. No iba a dejar que Rodney controlara su vida. Ella era la que llevaba las riendas y nadie iba a cambiar eso. No sin luchar.
No obstante, estaba muy agradecida por la presencia de Julián. La reconfortaba de tal modo que no quería pensar demasiado a fondo en el porqué.
— ¿Cómo se llama esto? —preguntó Julián cuando entraron al antiguo ascensor del edificio de finales de siglo.
Ella le enseñó cómo tirar para cerrar la puerta y, de inmediato, percibió la incomodidad de Julián al quedarse encerrados.
— Es un ascensor —le explicó Grace—. Aprietas estos botones y subes a la planta que quieres. Yo trabajo en el último piso, que es el octavo. —Y apretó el botón de diseño antiguo.
Julián se puso aún más nervioso cuando comenzaron a ascender.
— ¿Es seguro?
Ella alzó una ceja y lo miró con curiosidad.
— No me puedo creer que el hombre que se enfrentaba sin miedo a los ejércitos romanos esté ahora asustado de un simple ascensor.
Julián le dedicó una mirada irritada.
— Sé lo que son los romanos, pero esto me resulta desconocido
Grace le rodeó el brazo con el suyo.
— No es muy complicado. —Señaló a la trampilla del techo—. Sobre esa puertecilla hay unos cables que suben y bajan la cabina, y también hay un teléfono —dijo, señalando el intercomunicador situado bajo los botones—. Si el ascensor se queda atascado, lo único que hay que hacer es apretar el botón del teléfono y, el equipo de emergencia acudirá de inmediato.
Los ojos de Julián se oscurecieron.
— ¿Y suele quedarse atascado con mucha frecuencia?
— La verdad, no. Llevo trabajando en este edificio cuatro años y no ha sucedido ni una sola vez.
— Y si no estabas dentro, ¿cómo lo sabes?
— Los ascensores tienen una alarma que se activa si se quedan atascados. Confía en mí, si nos quedamos encerrados aquí dentro alguien nos oirá.
Julián dejó vagar su mirada alrededor del reducido espacio y, por la luz que había en sus ojos Grace supo las malvadas ideas que le pasaban por la cabeza.
— ¿Puedes hacer que se detenga a propósito?
Ella se rió a carcajadas.
— Sí, pero no quiero que me pillen en flagrante delicto en el trabajo.
Él inclinó la cabeza y depositó un leve beso en su mejilla.
— Pero ser pillado en flagrante delicto en el trabajo puede ser muy divertido.
Grace lo abrazó con fuerza. ¿Qué había en él que le hacía sentirse feliz? Sin importar lo que ocurriera, Julián siempre conseguía que las cosas fueran mucho más divertidas. Más brillantes.
— Eres malo —le dijo, y se apartó de él de mala gana.
— Cierto, pero te encanta.
Ella volvió a reírse.
— Tienes toda la razón. Me encanta que seas malo.
Las puertas se abrieron y Grace se encaminó hacia su consulta, situada muy cerca del ascensor. Julián la siguió.
Lisa los miró cuando entraron y abrió los ojos de par en par. Sus labios dibujaron una amplia sonrisa al contemplar a Julián.
— Doctora Grace —dijo, jugueteando con un mechón rubio de sus cabellos—, su novio es una bomba.
Meneando la cabeza, Grace los presentó y, después, le enseño a Julián su consulta. Él se quedó de pie, observando a través de los ventanales mientras Grace encendía el ordenador y dejaba el bolso en el cajón de su escritorio.
Ella se detuvo al percibir que Julián la miraba fijamente.
— ¿De verdad vas a pasarte todo el día aquí?
Él se encogió de hombros.
— No tengo nada mejor que hacer.
— Te vas a aburrir.
— Te aseguro que estoy más que acostumbrado al aburrimiento.
Lo malo era que Grace lo sabía. Colocó una mano sobre su mejilla al imaginárselo dentro del libro, solo, encerrado en la más completa oscuridad.
Se puso de puntillas y lo besó con ternura.
— Gracias por acompañarme hoy. No creo que hubiera podido estar aquí de no ser por ti.
Él mordisqueó sus labios.
— Es un placer.
Lisa la llamó por el intercomunicador.
— Doctora Grace, su cita de las ocho está aquí.
— Esperaré fuera —le dijo Julián.
Grace le dio un apretón en la mano antes de dejar que se marchara.
Durante la siguiente hora, no fue capaz de concentrarse en su paciente. Sus pensamientos volaban al hombre que la aguardaba fuera, y no paraban de dar vueltas a lo mucho que significaba para ella.
Y a lo aborrecible que encontraba el hecho de que se marchara.
Tan pronto como acabó la sesión, acompañó a su paciente a la puerta.
Lisa estaba enseñando a Julián a hacer solitarios en el ordenador.
— Doctora Grace —le dijo—, ¿sabe que Julián no había jugado antes al solitario?
Grace intercambió una sonrisa chispeante con Julián.
— ¿En serio?
Lisa se apartó de Julián para echar un vistazo a la agenda.
— Por cierto, su cita de las tres ha sido cancelada. Y la de las nueve ha llamado para decir que llegará unos minutos tarde.
— De acuerdo. —Grace señaló a la puerta con el pulgar—. Mientras jugáis, voy un momento al coche. Olvidé mi Palm Pilot.
Julián alzó la mirada.
— Yo iré.
Grace negó con la cabeza.
— Yo puedo hacerlo.
Sin contestarle, él rodeó el escritorio de Lisa y extendió la mano para que Grace le diera las llaves.
— Yo iré —dijo con un tono que no admitía réplicas.
Como no tenía ganas de discutir, le dio las llaves.
— Está bajo mi asiento.
— Vale, no tardaré nada.
Grace le hizo un saludo militar.
Con gesto de pocos amigos, salió de la oficina y se encaminó hacia el ascensor, al final del pasillo.
Iba a apretar el botón cuando se detuvo. ¡Por los dioses!, cómo odiaba esa cosa estrecha y cuadrada.
Y la idea de estar allí dentro, solo…
Echó un vistazo a su alrededor y vio las escaleras. Sin dudarlo ni un instante, se dirigió hacia ellas.
Grace estaba intentando encontrar el informe de Rachel en su maletín, pero cayó en la cuenta de que había dejado un par de archivadores en el asiento trasero del coche.
— ¿Dónde tengo hoy la cabeza? —se reprendió. Pero no hizo falta que pensara mucho la respuesta. Sus pensamientos estaban divididos entre dos hombres que habían alterado su vida por completo.
Enfadada consigo misma por no ser capaz de concentrarse, cogió el maletín y salió de la consulta, detrás de Julián.
— ¿Dónde va, Doctora? —le preguntó Lisa.
— Me he dejado unos cuantos informes en el coche. No tardo.
Lisa asintió.
Grace se acercó al ascensor. Aún estaba rebuscando en el maletín en busca de los archivos cuando se abrieron las puertas.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:39 am

Sin prestar mucha atención, entró en al ascensor y, de forma automática, apretó el botón de la planta baja.
Justo cuando las puertas se cerraron, se percató de que no estaba sola.
Rodney Carmichael estaba justo enfrente, mirándola fijamente.
— ¿Me vas a decir quién es él?
Grace se quedó helada mientras la invadían el terror y la furia. ¡Sentía deseos de despedazarlo! Pero aunque su altura fuese escasa para ser un hombre, aún le sacaba una cabeza.
Y era muy inestable.
Ocultando el pánico, ella le habló con calma
— ¿Qué hace usted aquí?
Él hizo un mohín.
— No me has contestado. Quiero saber de quién era la ropa que había en tu casa.
— Eso no es de su incumbencia.
— ¡No digas tonterías! —chilló.
Se balanceaba al borde de la locura y lo último que Grace necesitaba era que él se hundiera en el abismo mientras estuvieran encerrados en el ascensor.
— Todo lo que te rodea es asunto mío.
Grace intentó hacerse con el control de la situación.
— Escúcheme, señor Carmichael. No le conozco de nada, y usted no me conoce a mí. No entiendo por qué se ha obsesionado conmigo, pero quiero que esta situación llegue a su fin.
Él apretó el botón que detenía el ascensor.
— Ahora, me vas a escuchar, Grace. Estamos hechos el uno para el otro. Lo sabes igual que yo.
— Muy bien —le contestó ella, intentando apaciguarlo—. Vamos a discutir esto en mi consulta. —Y apretó el botón para que el ascensor comenzara a moverse de nuevo.
Él volvió a detenerlo.
— Hablaremos aquí.
Grace tomó una profunda bocanada de aire; las manos empezaban a temblarle. Tenía que salir de allí sin enfadarlo aún más.
— Estaríamos mucho más cómodos en mi consulta.
En esta ocasión, cuando ella fue a apretar el botón él le cogió la mano.
— ¿Por qué no hablas conmigo? —le preguntó él.
— Estamos hablando —contestó Grace mientras se aproximaba lentamente al intercomunicador.
— Apuesto a que hablas con él, ¿verdad? Apuesto a que pasas horas riendo y haciendo Dios sabe qué cosas con él. Dime quién es.
— Señor Carmichael…
— ¡Rodney! —gritó—. ¡Maldita sea! Me llamo Rodney.
— Vale, Rodney. Vamos a…
— Apuesto a que te ha puesto sus sucias manos encima, ¿verdad? —le preguntó mientras la aprisionaba en el rincón, de espaldas al teléfono—. ¿Cuántas veces te has acostado con él desde que me conociste, eh?
Grace se estremeció ante la salvaje mirada de aquellos ojos, pequeños y brillantes. Estaba perdiendo el control de su mente.
Grace intentó agarrar el auricular pero, antes de poder acercárselo a la oreja, él lo agarró.
— ¿Qué coño estás haciendo? —le preguntó él.
— Necesitas ayuda.
Rodney estrelló el auricular contra el panel de botones.
— No necesito ninguna ayuda. Sólo necesito que hables conmigo. ¿Es que no me oyes? ¡Sólo necesito que hables conmigo! —gritó, mientras estrellaba el teléfono contra el panel, enfatizando cada palabra con un golpe.
Aterrorizada, Grace contempló cómo el auricular se hacía pedazos. Rodney comenzó a tirarse del pelo.
— Te ha besado, lo sé. —Repetía una y otra vez la misma frase, mientras se arrancaba el pelo a tirones.
¡Santo Dios! Estaba atrapada con un loco.
Y no había salida.

Julián regresó a la consulta de Grace con el Palm Pilot.
— ¿Dónde está Grace? —le preguntó a Lisa al no encontrarla en su escritorio.
— ¿No se ha encontrado con ella? Salió unos minutos después que usted. Iba a su coche.
Julián frunció el ceño.
— ¿Está segura?
— Claro. Dijo que se había dejado unos informes o algo.
Antes de poder preguntarle cualquier otra cosa, una atractiva mujer afroamericana vestida con un conservador traje negro y con un maletín en la mano, entró a la oficina.
Se detuvo en la puerta y se quitó un zapato con un puntapié, para frotarse el talón.
— Definitivamente, hoy es lunes —le dijo a Lisa—. Sólo me faltaba tener que subir ocho pisos por la escalera porque el ascensor se ha quedado atascado. Y ahora, ¿qué maravillosas noticias tienes para mí?
— Hola, doctora Beth —la saludó Lisa alegremente, mientras pasaba la mano sobre el libro de citas—. Su cita de las nueve es Rodney Carmichael.
Julián se quedó paralizado.
— Oh, no. Espere —dijo Lisa—. Esa cita es de la doctora Grace. La suya…
— ¿Ha dicho Rodney Carmichael? —le preguntó a la secretaria.
— Sí. Llamó para cambiar la cita.
Julián no esperó a que Lisa terminara de hablar. Arrojó el Palm Pilot sobre el escritorio y salió corriendo de la oficina hacia el ascensor. Con el corazón latiendo desbocado, sólo podía pensar en llegar hasta Grace lo más rápido posible.
Fue entonces cuando comprendió que el ruido que había estado escuchando era una alarma.
Un escalofrío de terror le recorrió la espalda al comprender lo que había sucedido. Rodney había detenido el ascensor con Grace dentro. Estaba seguro.
De repente, se escuchó un grito sofocado tras las puertas cerradas del ascensor.
Con la visión nublada por la furia y el miedo, tiró de las puertas hasta abrirlas.
Y se quedó helado.
No se veía el ascensor. Sólo un abismo negro, muy parecido al libro. Peor aún, bajar por allí sería como descender hacia su infierno. Un infierno oscuro, asfixiante y estrecho.
Luchó para poder respirar y superar el miedo.
En su corazón, sabía que Grace estaba allí abajo. Sola con un loco y sin nadie que la ayudara.
Apretando los dientes, dio un paso hacia atrás y tomó impulsó para alcanzar de un salto los cables.


Grace apartó a Rodney con un violento empujón.
— ¡No voy a compartirte con nadie! —gruñó él, agarrándola de nuevo por el brazo—. Eres mía.
— No pertenezco a nadie —le contestó ella, propinándole un rodillazo en la entrepierna.
El hombre cayó de rodillas al suelo.
Desesperada, Grace intentó subir por las barras laterales para poder alcanzar la trampilla del techo. Si pudiese llegar hasta allí…
Rodney la agarró por la cintura y la estrelló de espaldas contra el rincón.
Con el rostro contraído por la furia, colocó los brazos a ambos lados de Grace.
— ¡Dime cómo se llama el hombre que ha estado dentro de ti, Grace! Dímelo para que sepa a quién tengo que matar.
Con una escalofriante mirada en sus ojos vacíos, comenzó a arañarse el rostro y el cuello hasta hacerse sangrar.
— ¿No sabes que eres mi mujer? Vamos a estar juntos. Sé cómo cuidar de ti. Sé lo que necesitas. ¡Soy mucho mejor que él!
Grace se agachó, para alejarse un poco de él, se quitó los zapatos de tacón y los cogió. No es que fuesen las mejores armas, pero eran mejor que nada.
— ¡Quiero saber con quién has estado! —chilló él.
En el mismo instante en que Rodney daba un paso hacia atrás, la trampilla se abrió. Grace miró hacia arriba.
Julián se tiró desde el hueco y cayó agachado como un sigiloso depredador. Lo rodeaba un aura de peligrosa tranquilidad, pero la expresión de sus ojos era aún más terrorífica. Iluminados por la ira del infierno, estaban clavados en Rodney con mortal determinación, y lanzaban fuego.
Se puso en pie lentamente, hasta enderezarse del todo.
Rodney se quedó paralizado al ser consciente de la altura de Julián.
— ¿Quién coño eres tú?
— El hombre con el que ella ha estado.
Rodney abrió la boca por la sorpresa.
Julián miró escuetamente a Grace para asegurarse de que se encontraba sana y salva, y volvió su atención de nuevo a Rodney, lanzando un rugido.
Aplastó al tipo contra la pared con tanta fuerza que Grace pensó que habían dejado una señal en los paneles de madera.
Julián lo agarró por la camisa y volvió a golpearlo contra la pared.
Cuando habló, la frialdad de su voz hizo que Grace se estremeciera.
— Es una pena que no seas lo suficientemente grande para poder matarte, porque quiero verte muerto —le dijo apretando los puños—. Pero pequeño o no, si vuelvo a encontrarte cerca de Grace otra vez o haces que derrame una sola lágrima más, no habrá fuerza en este mundo ni en el más allá que me impida hacerte trizas. ¿Lo has entendido?
Rodney luchó inútilmente para zafarse de los puños de Julián.
— ¡Es mía! Te mataré antes de que te interpongas entre nosotros.
Julián ladeó la cabeza como si no pudiese creer lo que acababa de oír.
— ¿Estás loco?
Rodney lanzó una patada al vientre de Julián.
Él le dio un puñetazo en la mandíbula con los ojos ensombrecidos. Rodney cayó desmadejado al suelo.
Mientras Julián se agachaba junto al tipo, Grace suspiró aliviada. Todo había acabado.
— Es mejor que te mantengas inconsciente —lo amenazó Julián.
Se enderezó y abrazó a Grace hasta casi aplastarla.
— ¿Estás bien, Grace?
Ella no podía respirar pero, en ese momento, no le importaba.
— Sí, ¿y tú?
— Mejor, ahora que sé que estás bien.
Unos minutos después, la policía consiguió abrir las puertas del ascensor y Grace vio que habían quedado atrapados entre dos pisos.
Julián la alzó por la cintura y ella agarró la mano que le tendía un policía para ayudarla a llegar hasta el suelo.
Una vez estuvo fuera del ascensor, frunció el ceño mientras observaba a los tres agentes que estaban ayudando a Julián a sacar el cuerpo inconsciente de Rodney.
— ¿Cómo supieron que estábamos ahí?
El agente de más edad retrocedió un paso y dejó que los otros dos hombres alzaran a Rodney para sacarlo.
— La operadora del servicio de emergencias nos llamó. Dijo que parecía haber una guerra en el ascensor.
— Y lo fue —le contestó ella, nerviosa.
— ¿A quién esposamos?
— Al que está inconsciente.
Mientras Grace esperaba que Julián llegara a su lado, observó la oscuridad que reinaba en el hueco del ascensor, por donde él había bajado para llegar hasta ella. Era un espacio muy reducido.
Recordó la mirada en el rostro de Julián, la noche que apagó la luz. Y la expresión alterada que tenía poco antes, cuando subieron a su consulta.
Aún así, había venido a rescatarla.
Abrumada, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Ha sido capaz de pasar por eso para protegerme.
Tan pronto como salió del ascensor, Grace lo abrazó con fuerza.
Julián temblaba a causa de la fuerza de las emociones que sentía. Estaba tan aliviado al verla sana y salva… La cogió por la cintura y la besó.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:39 am

— ¡No!
Julián la soltó en el mismo instante que Rodney se zafaba de una patada del policía. Las esposas le colgaban de una de las muñecas mientras se hacía con la pistola del agente y apuntaba.
Acostumbrado a reaccionar en mitad de una batalla, Julián agarró a Grace y la empujó hacia la izquierda en el instante en que Rodney disparaba.
El disparo pasó rozándolos, y fue seguido por otros dos más. Otro de los agentes, el de más edad, había disparado a Rodney.
Grace intentó acercarse, pero Julián se lo impidió.
La mantuvo pegada a él, con el rostro enterrado en su pecho, mientras observaba cómo Rodney moría.
— No mires, Grace —susurró—. Hay ciertos recuerdos que no necesitas conservar.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:42 am

Capítulo 13

— Sí, Selena —le contestó Grace por teléfono mientras se vestía para ir a trabajar—. Ya ha pasado una semana. Estoy bien.
— Pues no lo parece —replicó Selena, incrédula—. Tienes la voz temblorosa.
Y realmente aún no lo había superado del todo. Pero estaba bien, gracias a Julián y al hecho de no haber visto morir al pobre Rodney Carmichael.
Una vez la policía hubo acabado con los interrogatorios, Julián la llevó a casa y ella había procurado no pensar demasiado en lo sucedido.
— De verdad. Estoy bien.
Julián entró en la habitación.
— Vas a llegar tarde. —Le quitó el auricular de la mano y le ofreció una galleta—. Acaba de vestirte —le dijo, y comenzó a hablar con Selena.
Grace frunció el ceño cuando Julián salió de la habitación; ya no podía escuchar la conversación.
Mientras se vestía, cayó en la cuenta de lo cómoda que se sentía junto a Julián. Le encantaba tenerlo a su alrededor, cuidarlo y que él la cuidara. La reciprocidad de su relación era maravillosa.
— Grace —le dijo, asomando la cabeza por la puerta—. Vas a llegar tarde.
Ella se rió y se puso los zapatos de tacón.
— Ya voy, ya voy.
Cuando atravesaron la puerta principal Grace vio que él no se había puesto los zapatos.
— ¿No vas a venir hoy conmigo?
— ¿Me necesitas?
Ella dudó. En el fondo le encantaba almorzar junto a él y bromear entre paciente y paciente. Pero claro, seguro que para él sentarse horas seguidas esperándola era muy aburrido.
— No.
Él le dio un beso hambriento.
— Hasta la noche.
De mala gana, se apresuró hacia el coche.
Fue uno de los días más largos de la historia. Grace lo pasó sentada tras el escritorio, contando los segundos que faltaban para acompañar a sus pacientes hasta la puerta.
A las cinco en punto, echó a la pobre Rachel de la oficina, recogió rápidamente todas sus cosas y se marchó a casa.
No tardó mucho en llegar. Frunció el ceño cuando vio a Selena, que la esperaba en el porche delantero.
— ¿Ha pasado algo? —le preguntó Grace al acercarse.
— Nada de importancia. Pero te daré un consejo: rompe la maldición. Julián es un tesoro.
Grace la miró aún más ceñuda mientras Selena se alejaba hacia su Jeep. Confundida, abrió la puerta para entrar en casa.
— ¿Julián? —lo llamó.
— Estoy en la habitación.
Grace subió las escaleras. Lo encontró tumbado sobre la cama en una postura mucho más que deliciosa, con la cabeza apoyada en una mano. Había una rosa roja delante de él. Estaba increíblemente seductor y maravilloso con aquellos hoyuelos y esa luz en sus celestiales ojos azules, que en esos momentos eran decididamente perversos.
— Tienes toda la apariencia del gato que se ha comido al canario —le dijo en voz baja—. ¿Qué habéis estado haciendo Selena y tú hoy?
— Nada.
— Nada —repitió ella, escéptica. ¿Y por qué no se lo creía? Porque Julián tenía la apariencia de un niño que acaba de hacer una travesura.
Su mirada bajo hasta la rosa.
— ¿Es para mí?
— Sí.
Ella sonrió ante su escueta y cortante respuesta. Dejó caer sus zapatos al lado de la cama y se quitó las medias.
Al alzar la vista, captó la mirada de Julián que había estirado el cuello para no perderse nada. Él volvió a sonreír.
Grace cogió la rosa y aspiró su dulce aroma.
— Es una sorpresa encantadora —dijo, besándolo en la mejilla—. Gracias.
— Me alegra que te guste —susurró, acariciándole el mentón.
Grace se alejó con renuencia y cruzó la habitación para depositar la rosa sobre la cómoda, y abrir el cajón superior.
Se quedó paralizada. Sobre la ropa había un pequeño ejemplar de Peter Pan, adornado con un gran lazo rojo.
Boquiabierta, lo cogió y desató el lazo. Al pasar la primera página, su corazón dejó de latir un instante.
— ¡Oh Dios mío! ¡Es una primera edición, y firmada!
— ¿Te gusta?
— ¿Que si me gusta? —le contestó con los ojos humedecidos—. ¡Julián!
Se arrojó sobre él y depositó una lluvia de besos sobre su rostro.
— ¡Eres tan maravilloso! ¡Gracias!
Y por primera vez, Grace lo vio avergonzado.
— Esto es… —su voz se desvaneció al mirar hacia el vestidor. La puerta estaba entreabierta y la luz del interior encendida.
No podía haber…
Muy lentamente, Grace se acercó. Abrió la puerta y miró dentro.
Los ojos se le llenaron de lágrimas de alegría y la invadió una oleada de calidez. Las estanterías estaban de nuevo llenas de libros. La mano le temblaba mientras acariciaba los lomos de su nueva colección.
— ¿Esto es un sueño? —susurró.
Sintió a Julián tras ella. No la estaba tocando, pero podía percibirlo con cada poro, con cada sentido de su cuerpo. No era nada físico pero conseguía que la tierra temblara bajo sus pies. Y la dejaba sin aliento.
— No pudimos encontrarlos todos, especialmente las ediciones de bolsillo, pero Selena me ha asegurado que hemos conseguido los más importantes.
Una única lágrima descendió por la mejilla de Grace al ver las copias de los libros de su padre. ¿Cómo los habían podido conseguirlos?
El corazón le latía con fuerza mientras veía sus títulos favoritos: Los tres Mosqueteros, Beowulf, La Letra Escarlata, El Lobo y la Paloma, Armas de Caballero, Fallen, Amores en Peligro… y seguían y seguían hasta dejarla aturdida.
Abrumada y con una sensación de mareo, dejó que las lágrimas corrieran por su rostro.
Se dio la vuelta y se lanzó a los brazos de Julián.
— Gracias —sollozó—. ¿Cómo…? ¿Cómo lo has hecho?
Él se encogió de hombros, y alzó una mano para enjugarle las lágrimas. En ese momento, Grace se dio cuenta de que algo faltaba en su mano.
— Tu anillo no —murmuró mientras contemplaba la señal blanquecina en el dedo de su mano derecha, donde había llevado el anillo—. Dime que no lo has hecho.
— Sólo era un anillo, Grace.
No, no lo era. Ella recordaba la expresión de su rostro cuando el doctor Lewis quiso comprárselo.
«Jamás» —había dicho él— «No sabe por lo que pasé para conseguirlo»
Pero Grace sí lo sabía después de haber escuchado las historias de su pasado. Y lo había vendido por ella.
Temblando, se puso de puntillas y lo besó con fiereza.
Julián se quedó helado al sentir sus labios. Jamás se había entregado a él de aquel modo. Cerró los ojos, hundió las manos en su pelo para dejar que le acariciara los brazos, y gimió ante el asalto de Grace.
La cabeza de Julián comenzó a dar vueltas al saborear su boca, al sentir el cuerpo de Grace pegado al suyo, al ser consciente de la ferocidad de su beso, que nunca antes había experimentado; jamás le habían besado así…
Hasta su alma maldita se estremeció.
En ese momento, deseó poder permanecer sereno durante más tiempo. No quería vivir otro segundo más separado de Grace. No podía imaginarse un solo día sin que ella estuviese a su lado.
Julián notó cómo, poco a poco, perdía el control. La locura lo asaltaba dolorosamente, le atravesaba la cabeza al mismo tiempo que la entrepierna.
¡Todavía no! Gritó su mente. No quería que ese momento terminara. Ahora no. No cuando ella estaba tan cerca.
Tan cerca… pero no tenía opción
La separó de la mala gana.
— Ya veo que te ha gustado el regalo, ¿no?
Ella se rió.
— Por supuesto que me ha gustado. Julián, estás loco. —Le pasó los brazos alrededor de la cintura y apoyó la cabeza sobre su pecho.
Julián se estremeció mientras unas desconocidas emociones hacían vibrar su cuerpo. La envolvió entre sus brazos y sintió cómo sus corazones latían al unísono.
Si pudiera, se quedaría así, abrazándola para toda la eternidad. Pero no podía. Retrocedió un paso. Ella lo miró con una ceja alzada. Julián borró con una caricia las arrugas de preocupación que se habían formado en la frente de Grace.
— No te estoy rechazando, cariño —le susurró—. Lo que ocurre es que no me siento muy bien en este momento.
— ¿Es la maldición?
Él asintió.
— ¿Puedo ayudarte?
— Dame un minuto para controlarlo.
Grace se mordió el labio mientras lo observaba acercarse a la cama. Era la única vez que Julián no parecía moverse con su habitual elegancia y fluidez. Daba la impresión de que apenas podía respirar, como si tuviese un terrible dolor de estómago. Agarró con tanta fuerza el poste de la cama que los nudillos se le pusieron blancos.
El dolor se apoderó de Grace ante aquella imagen y quiso reconfortarlo. Quería ayudarlo más que nunca. De hecho quería… Lo quería a él. Y punto.
Abrió la boca ante el repentino impacto de sus pensamientos. Lo amaba.
Profunda, verdadera y totalmente. Lo amaba. ¿Cómo no iba a amarlo?
Con el corazón enloquecido, Grace deslizó la mirada sobre los libros del vestidor. Los recuerdos la asaltaron: Julián la noche que apareció y se le ofreció; Julián haciéndole el amor en la ducha; Julián tranquilizándola, haciéndola reír; Julián bajando por la trampilla del ascensor para rescatarla; Julián tumbado en la cama con la rosa, observándola mientras ella descubría sus regalos.
Selena tenía razón. Era el mayor de los tesoros y no quería dejarlo marchar.
Estuvo a punto de decírselo, pero se contuvo. No era el momento. No cuando estaba soportando una tremenda agonía. No cuando era tan vulnerable.
Él querría saberlo.
¿O no?
Grace consideró las consecuencias de su posible confesión. A Julián no le gustaba esta época, estaba claro. Quería irse a casa. Si ella le confesaba cuáles eran sus sentimientos, él se quedaría por esa razón; pero no sería justo, porque casi lo haría por obligación. Quizás algún día acabara resentido con ella por haberle negado la posibilidad de regresar al mundo que una vez conoció. A lo que había sido.
O peor aún, ¿y si su relación no funcionaba?
Como psicóloga, sabía mejor que nadie los problemas que podían ocasionarse en una pareja, y cómo podían acabar destruyéndola.
Una de las causas más frecuentes de ruptura era la falta de intereses comunes; parejas que se mantenían unidas por la simple atracción física y que acaban separándose.
Julián y ella eran completamente diferentes. Ella era una psicóloga del siglo XXI y él era un maravilloso general macedonio del sigo II a.C. ¡Era como hablar de emparejar a un pez y un pájaro!
Jamás habían existido dos personas más diferentes en el mundo que hubieran sido obligadas a permanecer juntas.
En ese momento estaban disfrutando de la novedad de la relación. Pero no se conocían en absoluto. ¿Y si dentro de un año descubrían que no estaban enamorados?
¿Y si él cambiaba una vez acabaran con la maldición?
Julián le había dicho que en Macedonia era un hombre totalmente distinto. ¿Qué ocurriría si parte de su encanto o de la atracción que sentía por ella se debían a la maldición? Según Cupido, la maldición hacía que Julián se sintiese irremediablemente atraído hacia ella.
¿Y si rompían la maldición y él se convertía en una persona diferente? ¿En alguien que no quisiese estar con ella?
¿Qué pasaría entonces?
Una vez rechazara la oportunidad de regresar a su hogar, Grace sabía que no tendría otra ocasión de volver.
Se esforzó por respirar cuando cayó en la cuenta de que jamás podría decirle: «Intentémoslo y veamos si funciona». Porque una vez tomaran la decisión, no habría vuelta atrás.
Grace tragó y deseó ser capaz de ver el futuro, como Selena. Pero hasta ella se equivocaba a veces. No podía permitirse una equivocación; Julián no se lo merecía.
No, tendría que haber otra razón de peso para que él se quedara. Él tendría que amarla tanto como ella lo amaba.
Y eso era tan probable como que el cielo se derrumbase sobre la tierra en los próximos diez minutos.
Cerró los ojos y se encogió ante la verdad. Julián jamás sería suyo. De una forma o de otra, tendría que dejarlo marchar.
Y eso acabaría con ella.
Julián soltó un suspiro entrecortado y soltó el poste de la cama. Miró a Grace con una leve sonrisa.
— Eso ha dolido —le dijo.
— Me he dado cuenta —le contestó Grace acercándose a él, pero Julián se alejó como si acabara de tocar a una serpiente.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:42 am

Ella dejó caer la mano.
— Voy a preparar la cena.
Julián la observó mientras salía de la habitación. Deseaba tanto ir tras ella que apenas si podía contenerse. Pero no se atrevía.
Necesitaba un poco más de tiempo para serenarse. Más tiempo para aplacar el fuego maldito que amenazaba con devorarlo.
Meneó la cabeza. ¿Cómo podían las caricias de Grace insuflarle tanta fuerza y al mismo tiempo dejarlo tan débil?

Grace acababa de preparar una sopa de sobre y unos sándwiches cuando Julián entró a la cocina.
— ¿Te sientes mejor?
— Sí —le contestó mientras se sentaba a la mesa.
Grace removió su sopa con la cuchara y lo observó comer. Su cabello reflejaba la luz del sol del atardecer y lo hacía parecer aún más claro. Se sentaba con una postura muy erguida, y el más leve de sus movimientos despertaba una oleada de deseo en ella. Podría pasarse todo el día contemplándolo de ese modo y no se cansaría.
No. Lo que en realidad deseaba era levantarse de la silla, acercarse a él, sentarse en su regazo y pasarle las manos por esas maravillosas ondas doradas mientras lo besaba ardorosamente.
¡Déjalo ya! Si no se controlaba, ¡sucumbiría a la tentación!
— ¿Sabes? —le dijo, insegura—. He estado pensando… ¿Y si te quedaras aquí? ¿Tan malo sería vivir en mi época?
La mirada que le dedicó hizo que se sofocara.
— Ya hemos hablado de esto. Éste es no es mi mundo; no lo comprendo, no entiendo vuestras costumbres. Me siento extraño, y odio esa sensación.
Grace se aclaró la garganta. De acuerdo, no volvería a mencionar el tema.
Suspirando, cogió el sándwich y comenzó a comérselo, aunque lo único que le apetecía era discutir.
Una vez acabada la cena, Julián la ayudó a limpiar la cocina.
— ¿Quieres que te lea? —le preguntó.
— Claro —le contestó.
Pero Grace sabía que algo iba mal. Le estaba ocultando algo; se mostraba casi frío.
No lo había visto así desde que lo conoció.
Grace subió, cogió su libro nuevo de Peter Pan y volvió a bajar. Julián ya estaba tumbado en el suelo, apilando los cojines.
Ella se acomodó en el suelo, perpendicular a él y recostó la cabeza sobre su estómago. Pasó la primera página y empezó a leer.
Julián escuchó la voz suave y melodiosa de Grace, y no dejó de mirarla un solo instante. Observaba cómo sus ojos bailaban sobre las páginas mientras leía.
Se había prometido no tocarla pero, en contra de su voluntad, alargó un brazo y comenzó a acariciarle el pelo. El contacto de su cabello sobre la piel lo inflamó e hizo que su entrepierna se endureciera aún más, anhelando dolorosamente poseerla.
Mientras las oscuras y sedosas hebras acariciaban sus dedos, dejó que la voz de Grace lo alejara de allí y lo llevara a un lugar acogedor. Se sentía en ese hogar esquivo que había perseguido durante toda la eternidad.
Un lugar en donde sólo existían ellos dos. Sin dioses ni maldiciones.
Maravilloso.
Grace arqueó una ceja cuando notó que la mano de Julián se apartaba de su cabello y le desabrochaba el botón superior de la camisa. Contuvo la respiración y aguardó expectante, pero aún así no estaba muy segura de sus intenciones.
— ¿Qué estás…?
— Sigue leyendo —le dijo mientras acababa de desabrochar el botón.
Con el cuerpo cada vez más acalorado, Grace leyó el siguiente párrafo. Julián le desabrochó el siguiente botón.
— Julián…
— Lee.
Ella leyó otro párrafo mientras su mano descendía hasta el siguiente botón. Sus acciones le hacían perder el control y respiraba entrecortadamente con el corazón latiendo a un ritmo cada vez más frenético.
Alzó la mirada y se encontró con los ojos hambrientos de Julián.
— ¿Qué es esto? ¿Una sesión de lectura con striptease incluido? ¿Yo leo un párrafo y tú desabrochas un botón?
Como respuesta, Julián deslizó una cálida mano por encima del sujetador hasta cubrir con ternura uno de sus pechos. Grace gimió de placer cuando él empezó a acariciarla por encima del satén y la piel de sus brazos se erizó ante el calor que emanaba de él.
— Lee —le ordenó de nuevo.
— Sí, claro. Como si pudiese leer mientras tú…
En ese momento, Julián le desabrochó el cierre delantero del sujetador y cubrió su pecho desnudo con una mano.
— ¡Julián!
— Léeme, Grace. Por favor.
¡Como si fuese posible!
Pero la súplica que teñía su voz le llegó al corazón. Obligándose, se concentró en el libro y Julián siguió pasando las manos sobre su piel.
Sus caricias eran relajantes y dulces. Sublimes. No se parecían en nada a las que usaba para inflamarla y seducirla, eran algo muy diferente. Más allá de los límites de la carne. Involucraban directamente al corazón.
Después de un tiempo, se acostumbró a los círculos que Julián trazaba alrededor de sus pechos, de sus pezones y de su ombligo. Se perdió en el instante, en la extraña intimidad que estaban compartiendo.
Acabó el libro cerca de las diez. Julián pasó los nudillos sobre un endurecido pezón mientras ella dejaba el libro a un lado.
— Tus pechos son preciosos.
— Me alegra que digas eso. —Escuchó que el estómago de Julián rugía bajo su oreja—. Me da la sensación de que tienes hambre.
— El hambre que tengo no puede ser saciada con comida.
El rostro de Grace adquirió un tono escarlata.
Él deslizó las manos desde su ombligo hasta la garganta, una vez allí trazó la línea de la mandíbula y ascendió hasta el cabello. Con los pulgares, dibujó el contorno de sus labios.
— Qué extraño —dijo—. Sólo cuando me besas llego al borde del abismo.
— ¿Cómo?
Bajó las manos de nuevo hasta su vientre.
— Adoro la sensación de tu piel contra la mía. La suavidad de tu cuerpo bajo mi mano —le confesó en voz baja—. Pero sólo cuando tus labios rozan los míos siento que pierdo el control. ¿A qué crees que se deberá?
— No lo sé.
En ese momento sonó el teléfono.
Julián lanzó una maldición.
— Odio esos chismes.
— Yo estoy empezando a odiarlos también.
Julián retiró la mano para que Grace pudiera levantarse.
Ella la cogió y la volvió a poner sobre su pecho.
— Déjalo que suene.
Él sonrió ante su actitud e inclinó la cabeza, acercándola a la suya. Sus labios estaban tan cerca que Grace podía sentir su aliento en el rostro. De repente, Julián retrocedió bruscamente.
Ella vio la agonía, el deseo en sus ojos un instante antes de que los cerrara y apretara los dientes como si luchara para contenerse.
— Ve a contestar el teléfono —susurró, liberándola. Grace se puso en pie; le temblaban tanto las piernas que apenas si la sostenían. Cruzó la habitación y cogió el inalámbrico mientras se tapaba los pechos con la camisa.
— Hola, Selena.
Julián la escuchó hablar con el corazón pesado como el plomo, luchando contra el fuego que lo arrasaba.
Lo último que quería era dejar este refugio. Jamás había disfrutado tanto en su vida como desde que conoció a Grace. Y ahora estaba ansioso por pasar con ella cada segundo del tiempo que disponían para estar juntos.
— Espera y le pregunto. —Grace volvió a su lado—. Selena y Bill quieren saber si nos apetecería salir con ellos el sábado.
— Tú decides —le contestó Julián, esperando que declinara la invitación.
Ella sonrió y se colocó de nuevo el teléfono en la oreja.
— Eso suena genial, Selena. Será muy divertido… Vale. Nos vemos entonces. —Dejó el teléfono en su sitio—. Voy a darme una ducha rápida antes de ir a la cama. ¿Vale?
Julián asintió. La observó subir las escaleras. Deseaba más que nunca volver a ser mortal.
Daría cualquier cosa por poder seguirla en ese momento, tumbarse junto a ella en la cama y enterrarse profundamente en su cuerpo.
Cerrando los ojos podría jurar que era capaz de sentir la humedad de Grace rodeándolo.
Se mesó el cabello. ¿Cuántos días más podría soportar esta tortura?
Pero quería luchar contra ella. Se negaba a rendirse, a entregar su cordura un segundo antes del plazo que las Parcas habían decretado.

Grace sintió la presencia de Julián. Se giró y lo vio de pie junto a la bañera, completamente desnudo.
Grace dejó que su mirada se recreara con avidez en cada centímetro de aquel cuerpo bronceado, pero fue su sonrisa, cálida y fascinante, la que le robó el corazón y la dejó sin aliento.
Sin decir una sola palabra, él se metió en la ducha.
— ¿Sabes? —comentó con una naturalidad que la dejó pasmada—. Esta mañana encontré algo interesante.
Ella observó cómo el agua resbalaba sobre él, mojándole el pelo hasta convertirlo en una masa de rizos húmedos que caían sobre su rostro.
— ¿Sí? —contestó ella, resistiéndose al impulso de alzar el brazo y coger uno de sus rizos. O mejor aún, mordisquearlo.
— Mmm —murmuró Julián, deslizando la mano por el cordón de la ducha hasta sacarla de su soporte en la pared. Giró hasta encontrar la posición de un ligero masaje—. Date la vuelta.
Grace dudó antes de obedecerle.
Julián deslizó su mirada por su espalda desnuda y húmeda. Jamás había visto una mujer más tentadora en todos los días de su vida.
Era todo lo que había soñado, pero que no podía ni siquiera anhelar. No se atrevía. Era un sueño lejano.
Bajó los ojos hasta sus voluptuosas curvas. Tenía las piernas ligeramente abiertas. Una imagen de él separándoselas y sumergiéndose en ella se abrió paso en su mente.
Esforzándose por mantener la respiración, acercó el cabezal de la ducha hasta los hombros de Grace.
— Eso es estupendo —murmuró ella.
Julián no podía hablar. Mantenía la mandíbula fuertemente apretada para controlar las voraces exigencias de su cuerpo. Su necesidad de tocarla era tan honda que hacía que el hambre y la sed que padecía mientras permanecía en el libro fuesen una broma.
Grace se dio la vuelta para mirarlo; su rostro resplandecía. Alargó el brazo para coger la manopla que se encontraba en la repisa, detrás de Julián. Él no se movió mientras lo lavaba, pasando las manos por su pecho y su abdomen, avivando la hoguera del deseo que sentía por ella.
Contuvo la respiración, anticipando el momento en que su mano bajara más y más.
Grace se mordió el labio al tocar los duros abdominales. Miró hacia arriba y vio que Julián la observaba. Tenía los ojos medio cerrados y parecía estar saboreando cada caricia que sus manos dejaban sobre su cuerpo.
Deseando complacerlo, pasó la manopla sobre los rizos oscuros de su entrepierna. Julián jadeó cuando lo tomó entre sus manos con suavidad. Ella sonrió al sentir el repentino estremecimiento que agitó su cuerpo.
La expresión de sumo placer que se veía en su rostro hizo que Grace se sintiera encandilada. Con el corazón acelerado, deslizó la mano hacia arriba, para poder acariciar su miembro hinchado.
Escuchó cómo la ducha golpeaba la bañera un segundo antes de que él la envolviera entre sus brazos y enterrara los labios en su cuello.
Grace tembló ante la sensación de sus cuerpos húmedos, desnudos y entrelazados. El amor que sentía por él fluyó por sus venas, rogando que sucediese un milagro que les permitiera pasar la vida juntos.
En ese instante, deseó poder sentirlo en su interior. Sentir cómo el tomaba posesión de su cuerpo de la misma forma que se había apoderado de su corazón.
Mientras la torturaba con los labios deliciosamente, enterró un muslo entre sus piernas y la sensación del vello sobre su carne hizo que el sentido común de Grace acabara por derretirse.
Enfebrecida, Grace se restregó contra su muslo y se deleitó al moverse contra los duros músculos que se contraían bajo sus piernas mientras seguía lamiendo su cuello. Cuánto amaba a este hombre. Cómo deseaba escucharle decir que significaba para él tanto como él para ella.
Julián pasó las manos a lo largo de la espalda de Grace y luego las movió hacia el frente.
Su mirada la abrasaba mientras la ayudaba a sentarse en la bañera.
— ¿Qué estás h…? —su pregunta acabó con un jadeo al sentir la lengua de Julián en la oreja.
Grace percibió la tensión en los músculos de su brazo de él cuando cogió el cabezal de la ducha y volvió a atormentar su cuerpo con su pulsante calor. Lo movió lentamente, trazando círculos sensuales sobre sus pechos y su vientre. Enardecida por la estimulación del agua y el cuerpo de Julián, Grace luchaba por respirar.
Julián temblaba por la necesidad. Quería complacer a Grace como jamás había querido hacerlo con nadie. Deseaba verla retorcerse bajo él. Escucharla gritar cuando llegara al clímax.
Julián le separó los muslos con el codo y dejó que el agua de la ducha cayera directamente entre sus piernas.
Grace emitió un entrecortado gemido al ser asaltada por una indescriptible oleada de placer.
— ¿Julián? —jadeó, mientras su cuerpo se estremecía. Los dedos de Julián la penetraron y comenzaron a moverse en su interior a la vez que los chorros de agua intensificaban sus caricias.
Jamás, jamás había experimentado algo parecido. Julián giraba la muñeca haciendo que el agua cayera sobre ella en pequeños movimientos circulares, hasta que ya no pudo más.
Cuando alcanzó el orgasmo un segundo después, gritó aliviada.
Julián sonrió y mantuvo su cuerpo completamente inmóvil para no poseerla. Aún no había acabado con ella. Jamás podría acabar con ella.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:43 am

Con las manos, la lengua y el cabezal de la ducha hizo que Grace disfrutara de cinco orgasmos más.
— Por favor —le rogó ella tras el último—. Ten compasión. No puedo más.
Decidiendo que ya habían tenido los dos suficiente tortura, Julián se giró y cortó el agua.
Grace era incapaz de moverse. Cualquier sensación, por pequeña que fuera, la hacía estremecerse. Observó cómo Julián se ponía de pie entre sus piernas y la miraba con una leve sonrisa.
— Acabas de matarme —balbució—. Ahora tienes que enterrar el cadáver.
Él se rió ante la ocurrencia. Salió de la bañera, alargó los brazos y la alzó.
Grace se quedó embelesada al sentir su piel desnuda mientras la llevaba hasta la cama y la secaba con la toalla.
Muy lentamente y con mucho cuidado, utilizó el albornoz de un modo que Grace juraría que a nadie se le había ocurrido antes. Lo pasó sensualmente por sus hombros, sus brazos y sus pechos, y después descendió hasta el estómago trazando sensuales espirales.
— Abre tus piernas para mí, Grace.
Sin fuerza de voluntad alguna, ella obedeció.
Grace gimió al sentir la felpa sobre la trémula carne de su sexo. Súbitamente el albornoz fue reemplazado por los dedos de Julián.
— Julián, por favor. No creo que pueda soportarlo de nuevo.
Él no le hizo caso. Ni siquiera su propio cuerpo tuvo en cuenta su opinión. Y para su sorpresa, un nuevo orgasmo la asaltó.
Julián se inclinó y le susurró al oído:
— Podríamos seguir así toda la noche.
Ella lo miró a los ojos y entonces se dio cuenta del alcance de la maldición: su miembro estaba aún completamente erecto y tenía la frente cubierta de sudor.
¿Cómo podía soportar verla correrse una y otra vez sabiendo que él no podría hacerlo?
Pensando tan sólo en el amor que sentía por él, se incorporó hasta quedar sentada y lo besó.
Julián se echó atrás con un movimiento violento. Cayó al suelo agitándose como si le golpeasen.
Aterrorizada por lo que había hecho, Grace bajó de la cama.
— Lo siento —dijo al llegar junto a él—. Lo olvidé.
Julián se giró en ese instante para mirarla. Tenía los ojos de aquel espantoso color oscuro.
Temblaba como si estuviese luchando por alejarse de la locura. Fue el miedo en el rostro de Grace lo que finalmente lo ayudó a calmarse.
Se alejó de ella como si fuera venenosa.
Grace lo observó mientras utilizaba los peldaños de su cama como apoyo para ponerse en pie.
— Cada vez es peor —dijo con voz ahogada.
Grace no podía hablar. No podía soportar verlo sufrir de aquella manera. Y se odiaba a sí misma por haberlo llevado hasta el borde del abismo.
Sin mirarla siquiera, Julián recogió su ropa y salió de la habitación.
Pasaron varios segundos antes de que Grace pudiese moverse. Cuando finalmente consiguió ponerse de pie, abrió la cómoda para sacar algo de ropa y sus ojos se quedaron clavados sobre la caja que contenía los grilletes.
¿Cuántos días más tendrían antes de que lo perdiera para siempre?

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:43 am

Capítulo 14

Los días siguientes fueron los mejores de la vida de Grace. Una vez se acostumbró a la regla que Julián impuso, que prohibía los besos y las caricias íntimas e incitantes, desarrollaron una relación agradable que fue casi una sorpresa para ella.
Pasaba los días en el trabajo, almorzaba a menudo con Julián y Selena, y dedicaba las noches a tumbarse entre sus maravillosos brazos.
Sin embargo, con cada día que pasaba, saber que iba a abandonarla a final del mes la dejaba destrozada.
¿Cómo iba a soportarlo?
Aunque la idea no abandonaba nunca su mente, se negó a pensar en eso constantemente. Viviría el momento y se preocuparía del mañana cuando llegara.
El sábado por la noche quedaron con Selena y Bill en Tip’s, en el Barrio Francés. Aunque con bastante más afluencia de turistas que el original Tippitinas’s, era la noche de Zydeco y ella quería que Julián escuchara la música que Nueva Orleáns había hecho famosa.
— ¡Eh! —Les dijo Selena mientras se aproximaban a la mesa, en el fondo del local—. Empezaba a preguntarme si ibais a dejarnos colgados.
Grace se sintió enrojecer al recordar el motivo de su retraso. Algún día de estos aprendería a cerrar la puerta del baño mientras se duchaba…
— Hola Julián, Grace —les saludó Bill.
Grace sonrió al ver la escayola del brazo de Bill que Selena había decorado con pintura fluorescente.
Julián inclinó la cabeza a modo de saludo mientras retiraba una silla para que Grace se sentara y, después, hizo lo propio a su lado. En cuanto apareció el camarero pidieron cervezas y nachos, y Selena comenzó a seguir el ritmo de la música golpeando la mesa con la mano.
— Vamos, Lane —dijo Bill, malhumorado—. Será mejor que bailemos antes de que tenga que matarte por ese ruidito insoportable.
Con una ligera punzada de envidia, Grace observó cómo se alejaban.
— ¿Te gustaría bailar? —le preguntó Julián.
A ella le encantaba bailar, pero no quería que Julián pasara un mal rato. En su mente no había dudas de que él no sabía bailar música moderna. Pero, aún así, fue una invitación muy tierna por su parte.
— No, no pasa nada.
Pero él no la escuchó. Se puso en pie y le tendió la mano.
— Sí, claro que vas a bailar.
Tan pronto como llegaron a la pista de baile, Grace comprendió que aquel hombre bailaba tan bien como besaba.
Julián conocía cada paso y daba la sensación de que había nacido bailando. De hecho, sus movimientos eran elegantes sin perder el toque masculino y fascinante. Grace nunca había visto a nadie bailar así. Y por las envidiosas miradas femeninas que sentía clavadas en ella, podía imaginarse que todas aquellas mujeres tampoco habían presenciado antes nada semejante.
Cuando el grupo terminó de tocar se sentía excitada y estaba sin aliento.
— ¿Cómo…?
— Fue el regalo de Terpsícore —le contestó Julián mientras le pasaba el brazo por los hombros y la mantenía fuertemente pegada a su cuerpo.
— ¿De quién?
— De la musa de la danza.
Grace sonrió.
— Recuérdame que le envíe una nota de agradecimiento.
Al comenzar la siguiente canción, Julián miró fijamente a su izquierda y frunció el ceño.
— ¿Pasa algo? —preguntó ella, mientras seguía la dirección de su mirada.
Él meneó la cabeza y se frotó los ojos.
— Debo estar viendo visiones.
— ¿Qué has visto?
Julián volvió a mirar entre la multitud, buscando al hombre rubio y alto que acababa de ver por el rabillo del ojo. Aunque apenas había captado su imagen, juraría que se trataba de Kyrian de Tracia.
Con algo más de uno noventa de estatura, a Kyrian siempre le había resultado difícil perderse entre la multitud y, además, su modo de andar era bastante distintivo, ya que tenía un aura letal.
Pero pensar que Kyrian estuviese en esa época era algo imposible. Debía ser la locura que volvía a hacer mella en él; ahora comenzaba a ver visiones.
— Nada —contestó.
Apartó el tema de su mente y la miró con una sonrisa. La siguiente canción era lenta y la atrajo hacia sus brazos, manteniéndola muy cerca de su cuerpo, al tiempo que se movían suavemente al ritmo de la música. Grace le rodeó el cuello y apoyó la cabeza en su pecho; podía inhalar el cálido aroma a sándalo que desprendía Julián. No sabía cómo, pero aquel olor conseguía que perdiera la cabeza por completo y que la boca se le hiciera agua.
Con la mejilla apoyada sobre la cabeza de Grace, Julián comenzó a acariciarle el pelo mientras ella escuchaba los latidos de su corazón. Grace podría quedarse así para siempre.
Pero la pieza terminó demasiado pronto. Y después de dos canciones rápidas, Grace tuvo que regresar a su asiento. Simplemente, no tenía el aguante de Julián.
Al encaminarse hacia la mesa, se dio cuenta de que Julián ni siquiera tenía la respiración alterada; pero eso sí, su frente estaba cubierta de sudor.
Él le apartó la silla. Se sentó muy cerca de ella y cogió su jarra de cerveza para tomar un gran trago.
— ¡Julián! —dijo Selena con una carcajada—. No tenía ni idea de que podías moverte así.
Bill puso los ojos en blanco.
— ¿Pensamientos lujuriosos de nuevo, Lane?
Selena le dio un puñetazo a su marido en el estómago.
— Sabes que no es eso. Tú eres el único juguete con el que me apetece jugar.
Bill miró a Julián con escepticismo.
— Sí, claro.
Grace vio cómo el rostro de Julián se ensombrecía.
— ¿Estás bien? —le preguntó.
Él le contestó con su sonrisa plagada de hoyuelos y a ella se le olvidó la pregunta.
Permanecieron sentados en silencio escuchando al grupo, mientras Julián y Grace se ofrecían nachos el uno al otro.
Cuando Grace apartó la mano de los labios de él, Julián la capturó y se la llevó de nuevo a la boca para chupar un poco de queso que se le había quedado pegado en la yema de un dedo. Pasó la lengua sobre su piel y Grace sintió que el cuerpo le estallaba en llamas.
No pudo más que reírse al notar cómo el deseo la consumía. Cómo deseaba haberse quedado en casa. ¡Le encantaría quitarle la ropa a Julián y lamer queso fundido sobre su cuerpo toda la noche!
Definitivamente, iba a añadir Cheez Whiz a la lista de la compra.
Con los ojos brillantes, Julián llevó la mano de Grace hasta su regazo y comenzó a mordisquearle el cuello antes de apartarse y tomar otro trago de cerveza.
— Selena —le dijo Bill llamando la atención de su esposa, que estaba mirando a Grace y Julián. Le ofreció una servilleta—. Seguro que quieres limpiarte la baba que te gotea por la barbilla.
Selena puso los ojos en blanco.
— Gracie, necesito ir al baño. Vamos.
Julián se echó hacia atrás para dejarla pasar. Observó cómo Grace se perdía entre la multitud y, casi al instante, las mujeres comenzaron a acercársele.
El estómago se le contrajo. ¿Por qué siempre tenían que revolotear a su alrededor? En ese momento, deseó que por una vez en su vida pudiera sentarse tranquilo sin tener que mantener a raya a un puñado de mujeres, de las cuales ni siquiera conocía sus nombres, antes de que empezaran a sobarlo.
— Hola nene —coqueteó una atractiva rubia, que fue la primera en llegar a su lado—. Me gusta cómo bailas. ¿Qué tal si…?
— No estoy solo —le contestó él, entrecerrando los ojos a modo de advertencia.
— ¿Con ella? —se rió la mujer mientras señalaba con un dedo hacia el lugar por donde Grace había desparecido—. Venga ya. Pensaba que habías perdido una apuesta o algo así.
— Yo pensé que lo hacía por pena —comentó otra mujer que se acercó junto a una morena.
Dos hombres surgieron en ese momento de entre la multitud.
— ¿Qué hacéis aquí vosotras tres? —preguntaron los tipos a sus compañeras.
Las mujeres contemplaron contritas a Julián.
— Nada —ronroneó la rubia, mirándolo por última vez antes de darse la vuelta y marcharse.
Los hombres lo miraron furiosos.
Él alzó una ceja con un gesto burlón y tomó otro trago de cerveza con total normalidad. Los tipos debieron darse cuenta de que la idea de pelear con él era bastante estúpida, porque se reunieron con sus chicas y se marcharon.
Julián suspiró, disgustado. Daba igual la época en la que se encontrara, algunas cosas no cambiaban.
— Oye —le increpó Bill alzándose un poco por encima de la mesa—. Sé que últimamente has pasado mucho tiempo con mi mujer. Por tu bien, espero que no te estés metiendo en mi territorio. ¿Me has entendido?
Julián tomó una honda bocanada de aire. Bill no; él no.
— Por si no lo has notado, sólo estoy interesado en Grace.
— Sí, claro —masculló Bill—. No intentes confundirme; Grace me cae muy bien, pero no soy idiota. No puedo creer que seas el tipo de hombre que se conforma con una hamburguesa cuando tiene un montón de jugosos solomillos de ternera esperándolo.
— Sinceramente, me importa una mierda lo que creas.
Grace vaciló cuando Selena y ella regresaron junto a Julián y Bill. La tensión de Julián era palpable. Sostenía la cerveza con tanta fuerza que se sorprendía de que la botella no hubiera estallado, hecha añicos.
— Bill —le dijo Selena mientras le pasaba los brazos alrededor del cuello—. ¿Te importaría mucho si bailo con Julián?
— Joder, claro que me importa.
De inmediato, Julián se disculpó y se acercó a la barra.
Grace lo siguió con rapidez.
Pidió otra cerveza justo cuando ella llegó a su lado.
— ¿Estás bien? —le preguntó.
— Estupendamente.
Pero no lo parecía. Definitivamente, no parecía estar bien.
— ¿Sabes una cosa? Sé cuando no estás siendo sincero conmigo. Y ahora confiesa, Julián. ¿Qué pasa?
— Deberíamos marcharnos.
— ¿Por qué?
Julián lanzó una rápida mirada a Selena y Bill.
— Creo que sería lo más sensato.
— ¿Por qué?
Julián gruñó.
Antes de que pudiera contestarle, tres hombres aparecieron tras él y, por sus expresiones, Grace intuyó que no estaban muy contentos.
Peor aún, parecía que Julián era la fuente de todos sus problemas.
El más grande era un monstruoso culturista, siete centímetros más bajo que Julián, pero bastante más musculoso y voluminoso. Hizo una especie de mohín al mirar la espalda de Julián de arriba abajo. Y, en ese instante, Grace lo reconoció.
Paul.
El corazón empezó a latirle con rapidez. Físicamente, había cambiado muchísimo con los años. Tenía la cara más redonda, con arrugas prematuras alrededor de los ojos, y había perdido mucho pelo. Pero aún conservaba la misma sonrisa burlona.
— Éste era el que estaba con Amber —le dijo uno de sus acólitos.
Una calma mortal rodeó a Julián, haciendo que Grace se estremeciera de miedo. Ella no sabía de lo que era capaz y, por lo que estaba viendo, Paul no había cambiado por dentro tanto como por fuera. Un niñato de anuncio, rodeado de seguidores, que siempre se movía con su séquito. Todo lo que hacía tenía que ser notorio para dejar claro su poder. Con ese ego de chulo de playa, estaba claro que no se iría hasta que consiguiera enredar a Julián en una pelea.
Lo único que esperaba era que su general tuviera más sentido común y no cayera en la trampa.
— ¿Necesitáis algo? —preguntó, sin mirar a Paul ni a sus amigos.
Paul se rió y palmeó a uno de los suyos en el pecho.
— ¿Qué acento es ése? Tiene voz de pito. Pensaba que el niño bonito iba detrás de mi chica, pero por su pinta y por su voz, creo que iba detrás de uno de vosotros.
Julián se giró y miró furioso a Paul. A cualquier otra persona con más entendederas, esa mirada la habría hecho retirarse.
Paul, por supuesto, carecía de entendederas. No había tenido nunca ni una pizca de sentido común.
— ¿Qué pasa contigo, niño bonito? —se burló Paul—. ¿Te he ofendido? —Miró a sus amigos y meneó la cabeza—. Lo que pensaba; es un mariquita cobarde con voz de pito.
Julián soltó una carcajada siniestra.
— Venga Julián —le increpó Grace, cogiéndolo del brazo antes de que las cosas se pusieran peor—. Vámonos.
Paul la miró con aquella risita burlona y entonces la reconoció.
— Vaya, vaya, vaya. Grace Alexander. Hace mucho que no nos vemos. —Le dio una palmada en la espalda al tipo moreno que estaba a su lado—. Oye, Tom, ¿te acuerdas de Grace, la de la facultad? Sus braguitas blancas me hicieron ganar nuestra apuesta.
Julián se quedó paralizado ante sus palabras.
Grace sentía que el viejo dolor volvía, pero se negó a demostrarlo. Jamás le daría ese gusto a Paul de nuevo.
— No me extraña que fuera detrás de Amber —siguió Paul—. Probablemente quería probar a una mujer que no estuviese todo el rato llorando mientras se la tira.
Julián giró hacia Paul con tal rapidez que Grace apenas si fue capaz de percibir el movimiento. Paul se movió un poco pero Julián se agachó y le lanzó un puñetazo a las costillas que lo envió hasta la multitud, que se agolpaba unos metros detrás de ellos. Con una maldición, se arrojó a plena carrera hacia Julián. Él se ladeó un poco, le puso la zancadilla y lo empujó haciéndolo volar por los aires.
Paul aterrizó sobre la espalda.
Antes de que pudiera moverse, Julián colocó el pie sobre su garganta y le sonrió con tal frialdad que Grace comenzó a temblar de la cabeza a los pies.
Paul agarró el pie de Julián con las dos manos e intentó apartarlo. Comenzó a agitarse por el esfuerzo, pero Julián no se apartó.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:44 am

— ¿Sabías…—le preguntó Julián con un tono de voz tan pragmático que era realmente atemorizante—…que sólo son necesarios poco más de dos kilos para aplastarte el esófago por completo?
Los ojos y los brazos de Paul comenzaron a hincharse cuando Julián ejerció más presión sobre su cuello.
— Tío, por favor —suplicó Paul mientras intentaba quitarse el pie de Julián de encima—. Por favor, no me hagas daño, ¿vale?
Grace contuvo el aliento, aterrada, al ver que Julián le pisaba aún con más fuerza.
Tom se acercó a ellos.
— Hazlo —le advirtió Julián— y te saco el corazón para que tu amigo se lo coma.
Grace se quedó helada al ver la mirada de los ojos de Julián. Éste no era el hombre tierno que le hacía el amor por las noches. Éste era el rostro del general que una vez había mandado al infierno a los romanos más valientes.
No dudaba ni por un solo instante que Julián podía llevar a cabo la amenaza. Y por lo rápido que la sangre abandonó el rostro de Tom, Grace supo que el hombre también lo creyó.
— Por favor —volvió a implorar Paul, comenzando a llorar—. Por favor, no me hagas daño.
Grace tragó saliva mientras esas palabras la asaltaban; las mismas que ella pronunció llorando en la cama de Paul.
Fue entonces cuando Julián la miró a los ojos. Ella vio la furia y el deseo de acabar con Paul. Por ella.
— Déjalo, Julián —le dijo en voz baja—. No merece la pena. A tu lado no vale nada.
Julián miró a Paul con los ojos entrecerrados.
— Los cobardes inútiles como tú son descuartizados como entrenamiento allí de donde vengo.
Cuando Grace pensaba que iba a matarlo, Julián apartó el pie.
— Levántate.
Frotándose el cuello, Paul se puso en pie lentamente.
La mirada gélida y letal de Julián hizo que Paul se encogiera.
— Le debes una disculpa a mi mujer.
Paul se limpió la nariz con el dorso de la mano.
— Lo siento.
— Dilo como si lo sintieras de verdad —lo amenazó Julián en voz baja.
— Lo siento, Grace. De verdad. Lo siento muchísimo.
Antes de que ella pudiese responder, Julián pasó un brazo por sus brazos en un gesto posesivo y salieron a paso tranquilo del local.
Ninguno de ellos habló hasta que llegaron al coche. Grace notaba que algo iba muy mal con Julián. Estaba totalmente tenso, como la cuerda de un arco.
— Ojalá me hubieses dejado matarlo —le dijo Julián, mientras ella buscaba las llaves del coche en el bolsillo de los vaqueros.
— Julián…
— No tienes ni idea de lo que me cuesta dejarlo marchar. No soy el tipo de hombre que suele dejar de lado una situación como ésta —confesó mientras golpeaba con fuerza el techo del coche con la palma de la mano para después girarse rápidamente y lanzar un gruñido—. ¡Maldita sea, Grace! hubo una época en la que me alimentaba de las entrañas de tipos como ése. Y he pasado de eso a…
Julián dudó un instante cuando dos mil años de recuerdos reprimidos afluyeron a su mente. Volvió a verse como el respetado líder que fue. El héroe de Macedonia. El hombre que una vez consiguió que legiones completas de romanos se rindieran ante la simple aparición de su estandarte.
Y después vio en lo que se había convertido. En una cáscara vacía. En una codiciada mascota, sometida a la voluntad de aquélla que lo invocara.
Durante dos mil años había vivido sin emociones y sin pronunciar más que un puñado de palabras.
Había encontrado el punto exacto que le permitía sobrevivir. Y se había dejado arrastrar.
Hasta que Grace llegó y descubrió su faceta humana…
Ella observó la miríada de emociones que cruzaron por el rostro de Julián. Ira, confusión, horror y, finalmente, una terrible agonía. Se acercó hasta el otro lado del coche, donde él estaba, pero no dejó que lo tocara.
— ¿Es que no lo ves? —le preguntó con un tono brusco a causa de las intensas emociones—. Ya no sé quién soy. En Macedonia sabía quién era; después me convertí en esto —dijo, mientras alzaba el brazo para que Grace pudiera ver las palabras que Príapo grabó a fuego—. Y tú lo has cambiado todo —acabó, mirándola fijamente.
La angustia que reflejaban sus ojos desgarraba a Grace.
— ¿Por qué has tenido que cambiarme, Grace? ¿Por qué no me dejaste como estaba? Había aprendido, a fuerza de voluntad, a no sentir nada. Simplemente venía a este mundo, hacía lo que me ordenaban y me marchaba. No deseaba nada. Y ahora… —miró a su alrededor, como un hombre inmerso en una pesadilla de la que no puede escapar.
Ella alargó el brazo.
— Julián…
Negando con la cabeza, él se alejó de su mano.
— ¡No! —exclamó, mesándose el cabello—. No sé a dónde pertenezco. No lo entiendes.
— Entonces, explícamelo —le suplicó Grace.
— ¿Cómo voy a explicarte lo que es caminar entre dos mundos y ser despreciado por ambos? No soy humano, ni tampoco un dios; soy un híbrido abominable. No tienes idea de cómo crecí: mi madre me entregó a mi padre, que me entregó a su esposa, que me entregaba a cualquiera que estuviese cerca para alejarme de su vista. Y durante los últimos veinte siglos no he sido más que una moneda de cambio, algo que se podía comprar y vender. He pasado toda mi vida buscando un lugar al que poder llamar hogar. Buscando a alguien que me quisiera por lo que soy, no por mi rostro ni por mi cuerpo. —El tormento que reflejaban sus ojos hería a Grace como una quemadura.
— Yo te quiero, Julián.
— No, no es cierto. ¿Cómo ibas a quererme?
Ella se quedó boquiabierta ante su pregunta.
— Mejor di que cómo no iba a hacerlo. Dios mío, jamás en mi vida he deseado estar junto a alguien como ahora deseo estar contigo.
— Es lujuria, nada más.
Eso sí consiguió enfadarla. ¡Cómo se atrevía a despreciar sus sentimientos como si fuesen algo trivial! Lo que sentía hacia él era mucho más profundo que la mera lujuria, era algo que le llegaba hasta el alma.
— No me digas lo que siento o lo que no. No soy una niña.
Julián meneó la cabeza, incapaz de creer sus palabras. Se trataba de la maldición. Tenía que ser eso. Nadie podía amarlo. Nadie lo había hecho nunca, desde el día en que nació.
Pero que Grace lo amara…
Sería un milagro. Sería…
La gloria. Y él no había nacido para saborearla.
«Sufrirás como ningún otro hombre lo ha hecho.»
Sólo se trataba de otra estratagema de los dioses. Otro cruel engaño concebido para castigarlo.
Y ya estaba cansado. Exhausto y agotado por la lucha. Sólo quería escapar al sufrimiento. Buscaba un puerto donde refugiarse de aquellos aterradores sentimientos que lo asaltaban cada vez que la miraba.
Grace apretó los dientes al ver la negativa en los ojos de Julián. Pero, ¿quién podía culparlo?
Lo habían herido en incontables ocasiones. Pero de algún modo, de alguna forma, lograría probarle lo mucho que significaba para ella.
Tenía que hacerlo. Porque perderlo significaría la muerte para ella.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:44 am

Capítulo 15

Julián mantuvo la distancia entre ellos lo que quedaba del fin de semana. Por mucho que Grace intentaba derribar la barrera que lo rodeaba, él la apartaba sin dudarlo.
Ni siquiera quería que le leyera.
Totalmente descorazonada, se fue al trabajo el lunes por la mañana, pero ni siquiera debería haberse molestado en acudir a la consulta. No podía concentrarse en otra cosa que no fuesen sus celestiales ojos azules, cargados de confusión.
— ¿Grace Alexander?
Grace alzó la mirada del escritorio y vio a una mujer rubia, increíblemente hermosa, de poco más de veinte años que estaba parada en el hueco de la puerta. Parecía que acababa de salir de un desfile de modas en Europa, con aquel traje de seda roja de Armani y las medias y los zapatos a juego.
— Lo siento —le dijo Grace—. Mi hora de visitas ha acabado. Si quiere volver mañana…
— ¿Tengo aspecto de necesitar a una sexóloga?
A primera vista, no. Pero claro, Grace había aprendido hacía ya mucho tiempo a no hacer juicios apresurados sobre los problemas de la gente.
Sin que la invitara, la mujer entró tranquilamente a su consulta con un andar presuntuoso y elegante que le resultaba extrañamente familiar. Caminó hacia la pared donde estaban colgados los títulos y certificados de Grace.
— Impresionante —le dijo. Pero su tono expresaba todo lo contrario.
Se volvió para observar concienzudamente a Grace y, por la mueca burlona en su rostro, ésta supo que la mujer la encontraba seriamente deficiente.
— No eres lo bastante hermosa para él, ¿sabes? demasiado baja y demasiado rechoncha. ¿Y dónde has encontrado ese vestido?
Completamente ofendida, Grace adoptó una postura rígida.
— ¿Cómo dice?
La mujer ignoró su pregunta.
— Dime, ¿no te molesta estar cerca de un hombre como Julián, sabiendo que si tuviese oportunidad, jamás querría estar contigo? Tiene un cuerpo tan bien formado, es tan elegante… Tan fuerte y cruel… Sé que nunca antes has tenido detrás de ti a un hombre como él, y jamás volverás a tenerlo.
Atónita, Grace no era capaz de hablar.
Y tampoco tuvo que hacerlo; la mujer siguió sin detenerse.
— Su padre era como él. Imagínate a Julián con el pelo oscuro, un poco más bajo y de apariencia más vulgar, no tan refinado. Pero aún así, ese hombre tenía unas manos que… Mmm… —Sonrió pensativamente, con la mirada perdida—. Por supuesto Diocles tenía todo el cuerpo marcado por horribles cicatrices de las batallas; tenía una espantosa que le atravesaba la mejilla izquierda. —Entrecerró los ojos con ira—. Jamás olvidaré el día que intentó marcar a Julián con una daga, para hacerle esa misma cicatriz. En ese momento hubiera deseado que viviese lo suficiente para arrepentirse de esa infracción, pero me aseguré de que no lo hiciera. Julián es físicamente perfecto, y jamás permitiré que nadie estropee la belleza que yo le di. —La fría y calculadora mirada que Afrodita dedicó a Grace hizo que ésta se estremeciera.
— No compartiré a mi hijo contigo.
La posesividad de las palabras de la diosa despertó la ira de Grace. ¿Cómo se atrevía a aparecer ahora y a decir tal cosa?
— Si Julián significa tanto para ti, ¿por qué lo abandonaste?
Afrodita la miró, furiosa.
— ¿Crees que me dejaron otra opción? Zeus se negó a darle la ambrosía; ningún mortal puede vivir en el Olimpo. Antes de que pudiera siquiera protestar, Hermes me lo quitó de los brazos y lo entregó a su padre.
Grace vio el horror en el rostro de Afrodita al recordar aquel momento.
— Mi dolor por su pérdida iba más allá de los límites humanos. Inconsolable, me encerré para alejarme de todo. Cuando fui capaz de enfrentarme a todos ellos de nuevo, habían pasado catorce años en la tierra. Apenas si reconocí al bebé que yo había amamantado. Y él me odiaba. —Sus ojos brillaron como si estuviese luchando por contener las lágrimas.
» No tienes idea de lo que es ser madre, y que ese hijo que has llevado en tu vientre maldiga hasta tu propio nombre.
Grace comprendía su dolor, pero era a Julián a quien amaba; y su sufrimiento era lo que más le preocupaba.
— ¿Alguna vez intentaste decirle cómo te sentías?
— Por supuesto que lo hice —espetó la diosa—. Le envié a Eros con mis regalos. Me los devolvió, con un mensaje que un hijo no debería decirle a su madre jamás.
— Estaba herido.
— Y yo también —gritó Afrodita. Todo su cuerpo temblaba de furia.
Desconfiada y bastante asustada por lo que una diosa enfadada pudiera hacer con ella, Grace observó cómo Afrodita cerraba los ojos y respiraba hondo para calmarse.
Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz dura y el cuerpo tenso.
— Aún así, envié de nuevo a Eros con más regalos para Julián. Los rechazó todos. Me vi a obligada a presenciar cómo juraba lealtad y servicio a Atenea en venganza. —Masculló el nombre de la diosa como si la despreciara.
» Fue en su nombre que conquistó ciudades con los dones que yo le otorgué cuando nació: la fuerza de Ares, la templanza de Apolo y las bendiciones de las Musas y las Gracias. Incluso lo sumergí en el río Estigio para asegurarme de que ningún arma humana pudiera matarlo o dejarlo marcado y, a diferencia de lo que hizo Tetis con Aquiles, sumergí también sus tobillos para que no tuviese ni un solo punto vulnerable. —Meneó la cabeza como si aún no pudiese creer lo que Julián hizo.
» Hice todo lo que estuvo en mis manos por ese chico, y él no me demostró la más mínima gratitud. Ni el respeto que merecía. Finalmente, dejé de intentarlo. Puesto que rechazaba mi amor, me aseguré de que nadie lo amara jamás.
El corazón de Grace se detuvo al escuchar el egoísmo de la diosa.
— ¿Que hiciste qué?
Afrodita alzó la barbilla, altanera, como una reina orgullosa de sus frías y sangrientas hazañas.
— Le maldije del mismo modo que él lo hizo conmigo. Me aseguré de que ninguna mujer humana pudiese mirarlo sin desear su cuerpo, y de que todo hombre que estuviese a su alrededor lo envidiara profundamente.
Grace no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Cómo podía una madre ser tan cruel?
Y tan pronto como ese pensamiento se alejó de su mente, la asaltó otro aún más horrible:
— Tú fuiste la culpable de que Penélope muriera, ¿verdad?
— No, eso fue obra de Julián. Por supuesto que yo estaba enfurecida cuando Eros me contó lo que había hecho por su hermano, y también porque Julián había acudido a él y no a mí.
» Puesto que no podía deshacer lo que la flecha de Eros había conseguido, decidí mermar sus efectos. Lo que Julián tuvo con Penélope fue algo insípido, y él lo sabe. —Afrodita se acercó hasta la ventana y contempló la ciudad.
» Si Julián hubiese acudido a mí alguna vez, habría dejado que Penélope lo amara. Pero no lo hizo. Lo observé acercarse a ella, noche tras noche, tomándola una y otra vez, y percibí su malestar, su angustia porque sabía que su esposa no lo amaba. Y todavía seguía rechazándome y maldiciéndome.
» Fueron las lágrimas que derramé por él a lo largo de los años lo que puso a Príapo en su contra. Siempre ha sido el más leal de mis hijos. Debí detenerlo tan pronto como supe que quería la sangre de Julián, pero no lo hice. Ansiaba que la ira de Príapo consiguiera que Julián me buscara e implorara mi ayuda. —Apretó los dientes.
» Pero no lo hizo.
Grace comprendía su dolor, pero eso no cambiaba lo que le había hecho a su hijo.
— ¿Cómo es que Julián acabó siendo maldecido?
La diosa tragó saliva.
— Todo comenzó la noche que Atenea le contó a Príapo que no existía otro hombre más valiente y fuerte que Julián. Ella lo retó a enfrentar a su mejor general con Julián. Dos días más tarde, contemplé cómo Julián cabalgaba hacia la batalla y supe que no perdería. Cuando venció al ejército romano, Príapo se enfureció.
» Eros se fue de la lengua y le contó lo que había hecho. Al instante, Príapo fue en busca de Jasón y Penélope. Yo no sabía las repercusiones que iba a tener. —Se envolvió la cintura con los brazos.
» Nunca tuve intención de que los niños murieran. No te imaginas las veces que me pregunto al cabo del día por qué dejé que ocurriera aquello.
— ¿No hubo ningún modo de evitarlo?
Afrodita negó tristemente con la cabeza.
— Incluso mis poderes están limitados por las Parcas. Cuando Julián se dirigió a mi templo, tras verlos a todos muertos, contuve el aliento pensando que por fin acudía en busca de mi ayuda. Y entonces vio a esa puerca con la túnica de Príapo que se arrojó a sus brazos y le pidió que tomara su virginidad antes de que tuviese lugar la ceremonia en la que sería reclamada por mi otro hijo. Si Julián hubiese pensado con claridad, sé que la habría rechazado. —El rostro de la diosa se ensombreció por la furia.
» Si no hubiese sido por Alexandria, ese día mi hijo hubiese venido a mí. Sé que me habría pedido ayuda. Pero era demasiado tarde. Todo acabó en el mismo momento en que se derramó en ella.
— ¿Y aún así te negaste a ayudarlo?
— ¿Cómo podía elegir entre dos de mis hijos?
Grace se horrorizó ante la pregunta.
— ¿Y no fue eso lo que hiciste cuando permitiste que encerraran a Julián en un pergamino?
Los ojos de Afrodita brillaron con tal malicia que Grace dio un paso atrás.
— Julián fue quien me rechazó. Todo lo que tenía que hacer era pedirme ayuda y yo se la habría dado.
Grace no podía creer lo que estaba oyendo. Para ser una diosa, Afrodita era bastante egoísta y corta de entendederas.
— Toda esta tragedia porque ninguno de los dos ha querido rebajarse a suplicar al otro. No puedo creer que concedieras a Julián la fuerza de Ares y luego lo maldijeras por esa fuerza que tú misma le otorgaste. En lugar de esperarlo o de enviar a otros en tu nombre, ¿no se te ocurrió nunca ir en persona?
Afrodita la miró furiosa e indignada.
— Yo soy la Diosa del Amor, ¿cómo quieres que me arrastre? ¿Tienes la más ligera idea de lo embarazoso que es para mí que mi propio hijo me odie?
— ¿Embarazoso? Tienes al resto del mundo para amarte. Julián no tiene a nadie.
Afrodita se acercó a ella, furiosa.
— Aléjate de él. Te lo advierto.
— ¿Por qué? ¿Por qué me amenazas cuando no lo hiciste con Penélope?
— Porque él no la amaba.
Grace se quedó paralizada.
— ¿Estás diciéndome…?
La diosa se esfumó.
— ¡Venga ya! —gritó Grace mirando al techo—. ¡No puedes esfumarte en mitad de una conversación!
— ¿Grace?

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:45 am

La voz de Beth hizo que diera un respingo. Girándose de inmediato, la vio asomándose por la puerta.
— ¿Con quién estás hablando? —le preguntó Beth.
Grace hizo un gesto abarcando la consulta y después pensó que no sería muy inteligente decirle a su compañera la verdad.
— Conmigo misma.
Beth la miró sin acabar de creérselo.
— ¿Tienes la costumbre de gritarte a ti misma?
— A veces.
Beth alzó una de sus oscuras cejas.
— Me parece que necesitas una sesión —comentó mientras se alejaba.
Haciendo caso omiso de su compañera, Grace no perdió tiempo en recoger sus cosas. Estaba deseando llegar a casa para ver a Julián.

Tan pronto como abrió la puerta supo que algo iba mal. Julián no salió a recibirla.
— ¿Julián? —lo llamó.
— Arriba.
Grace dejó las llaves y el correo sobre la mesa, y subió los escalones de dos en dos.
— No vas a creerte quién pasó hoy por la… —su voz se desvaneció al llegar a la puerta de su dormitorio y ver a Julián con una mano encadenada a los barrotes de la cama, tendido en el centro del colchón, sin camisa y con la frente cubierta de sudor.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó muerta de miedo.
— No puedo luchar más, Grace —le contestó respirando entrecortadamente.
— Tienes que intentarlo.
Él meneó la cabeza.
— Necesito que me encadenes la otra mano. No llego.
— Julián…
Él la interrumpió con una amarga y brusca carcajada.
— ¿No es irónico? Tengo que pedirte que me encadenes cuando todas las demás lo hacían libremente a las pocas horas de presentarme ante ellas. —La miró directamente a los ojos—. Hazlo, Grace. No podría seguir viviendo si te hiciese daño.
Con el corazón en un puño, ella cruzó la habitación hasta llegar junto a la cama.
Cuando estuvo bastante cerca, Julián alargó el brazo y acarició su mejilla. La acercó hasta él y la besó, tan profundamente que Grace pensó que iba a desmayarse.
Fue un beso feroz y exigente. Un beso que hablaba de deseo. Y de promesas.
Julián mordisqueó sus labios y la alejó.
— Hazlo.
Grace pasó el grillete de plata por los barrotes del cabecero.
El alivio de Julián fue evidente. Hasta ese momento, Grace no se había dado cuenta de lo tenso que había estado durante la semana anterior. Apoyó la cabeza en la almohada y, con dificultad, respiró hondo.
Grace se acercó y le pasó una mano por la frente.
— ¡Dios santo! —jadeó. Estaba tan caliente que casi le hizo una quemadura—. ¿Qué puedo hacer?
— Nada, pero gracias por preguntar.
Grace fue hacia el vestidor en busca de su ropa. Cuando empezó a desabrocharse la blusa, Julián la detuvo.
— Por favor, no lo hagas delante de mí. Si veo tus pechos… —Echó la cabeza hacia atrás como si alguien le hubiese aplicado un hierro candente.
Grace fue consciente en ese momento de lo acostumbrada que estaba a su presencia; no había pensado en desnudarse en otro lado.
— Lo siento —se disculpó.
Se cambió en el cuarto de baño y mojó unas toallas para colocárselas en la frente.
Volvió a la habitación para refrescarlo.
Le acarició el pelo, empapado de sudor.
— Estás ardiendo.
— Lo sé. Me siento como si estuviese en un lecho de brasas.
Siseó cuando Grace le acercó la toalla fría.
— No me has contado qué tal te ha ido el día —le dijo sin aliento.
Grace jadeó al sentir que el amor y la felicidad la invadían. Todos los días Julián le hacía esa pregunta. Todos los días contaba las horas para regresar a casa junto a él.
No sabía lo que iba a hacer cuando se marchara.
Obligándose a no pensar en eso, se concentró en cuidarlo.
— No hay mucho que contar —susurró. No quería agobiarlo con lo que su madre le había confesado. No mientras estuviese así. Ya lo habían herido bastante, y no sería ella la que aumentara su dolor—. ¿Tienes hambre? —le preguntó.
— No.
Grace se sentó a su lado. Pasó toda la noche leyéndole y refrescándolo.
Julián no durmió. No pudo. Sólo era consciente de la piel de Grace cuando lo tocaba y de su dulce perfume floral. Invadía sus sentidos y hacía que la cabeza le diera vueltas. Todas las fibras de su cuerpo le exigían que la poseyera.
Con los dientes apretados, tiró de las cadenas de plata que apresaban sus muñecas y luchó contra la oscuridad que amenazaba con devorarlo. No quería rendirse.
No quería cerrar los ojos y desaprovechar el poco tiempo que le quedaba para estar junto a Grace mientras aún estuviese cuerdo. Si dejaba que la oscuridad lo consumiera no se despertaría hasta estar de vuelta en el libro. Solo.
— No puedo perderla —murmuró. La simple idea de perderla hacía pedazos lo poco que le quedaba de corazón.
El reloj de pared dio las tres. Grace se había quedado dormida hacía muy poco rato. Tenía la cabeza y la mano apoyadas sobre su abdomen y su aliento le acariciaba el estómago.
Podía sentir su cabello rozándole la piel, la calidez de su cuerpo filtrándose por sus poros hasta llegarle al alma.
Lo que daría por poder tocarla…
Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y se permitió soñar por primera vez desde hacía siglos. Soñó con pasar noches enteras junto a Grace.
Soñó que llegaba el día en que podía amarla como se merecía. Un día en que él sería libre para poder entregarse a ella. Soñó en tener un hogar junto a Grace.
Y soñó con niños de alegres ojos grises, y dulces y traviesas sonrisas.
Aún estaba soñando cuando la luz del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas y el reloj dio las seis. Grace se despertó.
Frotó la mejilla sobre su pecho, acariciándolo de tal modo que para Julián supuso una tortura.
— Buenos días —lo saludó sonriente.
— Buenos días.
Grace se mordió el labio al pasear la mirada sobre su cuerpo y arrugó la frente por la preocupación.
— ¿Estás seguro que tenemos que hacer esto? ¿No te puedo liberar un ratito?
— ¡No! —exclamó con énfasis.
Grace cogió el teléfono y marcó el número de la consulta para hablar con Beth.
— No iré en un par de días, ¿puedes hacerte cargo de algunos de mis pacientes?
Julián frunció el ceño al escucharla.
— ¿Es que no vas a ir a trabajar? —le preguntó en cuanto colgó.
Grace no podía creer que le hiciese esa pregunta.
— ¿Y dejarte aquí tal y como estás?
— Estaré bien.
Ella lo miró como si se hubiese vuelto completamente loco.
— ¿Y si pasara algo?
— ¿Cómo qué?
— Puede haber un incendio o alguien puede entrar y hacerte cualquier cosas mientras estás ahí indefenso.
Julián no discutió. Le entusiasmó el hecho de verla tan dispuesta a quedarse junto a él.
A media tarde, Grace fue testigo de que la maldición empeoraba. Cada centímetro del cuerpo de Julián estaba cubierto de sudor. Los músculos de los brazos estaban totalmente tensos y apenas hablaba; cuando lo hacía, apretaba los dientes.
Pero seguía mirándola con una sonrisa, y sus ojos eran cálidos y alentadores mientras sus músculos se contraían con continuos espasmos y soportaba el sufrimiento que amenazaba con devorarlo.
Grace siguió refrescándolo, pero tan pronto como acercaba la toalla a su piel se calentaba tanto que apenas era capaz de tocarla después.
Para cuando llegó la medianoche Julián deliraba.
Observó impotente cómo se agitaba y maldecía como si un ser invisible estuviese arrancándole la piel a tiras. Grace nunca había visto algo así. Estaba forcejeando tanto que casi temía que echara abajo la cama.
— No puedo soportar esto —susurró. Bajó corriendo las escaleras y llamó a Selena.

Una hora después, Grace abrió la puerta a Selena y a su hermana Tiyana. Con el pelo negro y los ojos azules, Tiyana no se parecía en nada a Selena. Era una de las pocas sacerdotisas blancas de vudú; regentaba una tienda de artículos mágicos y hacía de guía turística por el cementerio los viernes por la noche.
— No sabéis cuánto os agradezco que hayáis venido —les dijo Grace al cerrar la puerta, una vez pasaron al recibidor.
— No es nada —le contestó Selena.
Tiyana llevaba un timbal bajo el brazo e iba vestida con un sencillo vestido marrón.
— ¿Dónde está?
Grace las llevó al piso superior.
Tiyana puso un pie en la habitación y se quedó paralizada al ver a Julián sobre la cama presa de continuas convulsiones y maldiciendo a todo el panteón griego.
El color abandonó su rostro.
— No puedo hacer nada por él.
— Tiyana —la increpó Selena—. Tienes que intentarlo.
Con los ojos abiertos como platos por el miedo, Tiyana meneó la cabeza.
— ¿Quieres un consejo? Sella esta habitación y déjalo hasta que regrese de donde vino. Hay algo tan maligno y poderoso observándolo que no me atrevo a hacerle frente. —Miró a Selena—. ¿No percibes el odio?
Grace comenzó a temblar al escuchar a Tiyana, y su corazón empezó a latir cada vez más rápido.
— ¿Selena? —llamó a su amiga. Necesitaba desesperadamente que alguien aliviara el sufrimiento de Julián de algún modo. Tenía que haber algo que ellas pudiesen hacer.
— Sabes que no puedo ayudarlo —le dijo Selena—. Mis hechizos nunca funcionan.
¡No!, gritó su mente. No podían abandonarlo de aquel modo.
Miró a Julián mientras éste forcejeaba por liberarse de los grilletes.
— ¿Hay alguien a quien pueda acudir en busca de ayuda?
— No —contestó Tiyana—. De hecho, ni siquiera puedo permanecer aquí. No te ofendas, pero todo esto me pone los pelos de punta. —Lanzó una mirada categórica a su hermana—. Y tú sabes muy bien a qué tipo de atrocidades me enfrento diariamente.
— Lo siento, Grace —se disculpó Selena, acariciándole el brazo—. Investigaré y veré lo que puedo descubrir, ¿de acuerdo?
Con el corazón en un puño, Grace no tuvo más remedio que acompañarlas a la puerta.
Cuando la cerró, se dejo caer sobre ella con cansancio.
¿Qué iba a hacer?
No podía limitarse a aceptar que no había ayuda posible para Julián. Tenía que haber algo que pudiese aliviar su dolor. Algo en lo que ella aún no hubiese pensado.
Subió las escaleras y volvió junto a él.
— ¿Grace? —Julián la llamó con un gemido tan agónico que su corazón acabó de hacerse pedazos.
— Estoy a tu lado, cariño —le dijo, acariciándole la frente.
Él dejó escapar un gruñido salvaje, como el de un animal atrapado en un cepo, y se lanzó sobre ella.
Aterrorizada, Grace se alejó de la cama.
Se dirigió al vestidor, con las piernas temblorosas, y cogió el ejemplar de La Odisea.
Acercó la mecedora a la cama y comenzó a leer.
Pareció relajarlo. Al menos no se revolvía con tanta fuerza.
Con el paso de los días, la esperanza de Grace se marchitaba. Julián estaba en lo cierto al afirmar que no había modo alguno de romper la maldición si no lograba superar la locura.
No podía soportar verlo sufrir, horas tras hora, sin ningún momento de alivio. No era de extrañar que odiara a su madre. ¿Cómo podía Afrodita dejarlo pasar por esto sin mover un solo dedo para ayudarlo?
Y había sufrido de aquel modo durante siglos…
Grace estaba totalmente fuera de sí.
— ¡Cómo podéis permitirlo! —gritó enfadada, mirando al techo.
— ¡Eros! —le llamó—. ¿Me oyes? ¿Atenea? ¿Hay alguien? ¿Cómo permitís que sufra así? Si lo amáis un poco, por favor, ayudadlo.
Tal y como esperaba, nadie contestó.
Dejó descansar la cabeza sobre la mano e intentó pensar en algo que pudiera ayudarlo. Seguramente habría algo que…
Una luz cegadora atravesó la habitación.
Perpleja, alzó la vista y se encontró con Afrodita que acababa de materializarse junto a la cama. Si se hubiese encontrado con un burro en la cocina no se hubiese sorprendido tanto.
La diosa perdió el color del rostro al contemplar cómo su hijo se revolvía, agitado por los espasmos, sufriendo una horrible agonía. Alargó una mano hacia él y la retiró con brusquedad, dejándola caer mientras apretaba el puño.

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