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HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:46 am

En ese momento miró a Grace.
— Le quiero —dijo en voz baja.
— Yo también.
Afrodita clavó la mirada en el suelo, pero Grace fue testigo de su lucha interior.
— Si lo libero, lo apartarás de mí para siempre. Si no lo hago, las dos lo perderemos. —Afrodita la miró a los ojos—. He estado pensando acerca de lo que me dijiste y creo que tienes razón. Lo hice fuerte y jamás debí castigarlo por eso. Lo único que deseaba es que me llamara madre. —Miró a su hijo.
— Sólo quería que me quisieras, Julián. Un poquito nada más.
Grace tragó saliva al ver el dolor en el rostro de Afrodita cuando acarició la mano de Julián.
Él siseó, como si el roce le hubiese quemado la piel.
Afrodita retiró la mano.
— Prométeme que lo cuidarás mucho, Grace.
— Tanto como él me lo permita; lo prometo.

Afrodita asintió y colocó la mano sobre la frente de Julián. Él echó la cabeza hacia atrás, como si acabara de ser alcanzado por un rayo. La diosa inclinó la cabeza y lo besó con ternura en los labios.
Al instante, Julián se relajó y su cuerpo se quedó inmóvil.
Los grilletes se abrieron y aún así no se movió. El corazón de Grace dejó de latir al darse cuenta de que Julián no respiraba. Aterrorizada, alargó una temblorosa mano para tocarlo.
Él inspiró con brusquedad.
Mientras Afrodita tendía la mano hacia Julián, Grace percibió en sus ojos la necesidad de sentir el amor de un hijo que ni siquiera sabía que estaba allí. Era la misma mirada anhelante que a menudo captaba en los ojos de Julián cuando él no era consciente de que lo estaba observando.
¿Cómo era posible que dos personas que se necesitaban tan desesperadamente no fuesen capaces de arreglar las cosas?
Afrodita desapareció en el mismo instante que Julián abrió los ojos.
Grace se acercó a él. Temblaba tanto que le castañeteaban los dientes. La fiebre había desaparecido y su piel estaba tan fría como el hielo.
Recogió el edredón del suelo y lo cubrió con él.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Julián con voz insegura.
— Tu madre te liberó.
Julián pareció enmudecer por la sorpresa.
— ¿Mi madre? ¿Ha estado aquí?
Grace asintió con la cabeza.
— Estaba preocupada por ti.
Julián no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Sería cierto?
Pero, ¿por qué iba a ayudarlo su madre ahora si siempre le había vuelto la espalda cuando más la había necesitado? No tenía sentido.
Con el ceño fruncido, intentó bajarse de la cama.
— No, ni hablar —le dijo Grace con brusquedad—. Acabo de hacer que te pongas bien y no voy a…
— Necesito ir al baño urgentemente —la interrumpió él.
— ¡Ah!
Grace lo ayudó a bajar de la cama. Estaba tan débil que no se aguantaba en pie y ella lo sostuvo hasta atravesar el pasillo. Julián cerró los ojos e inhaló el dulce aroma de Grace. Temeroso de hacerle daño, intentó no apoyarse demasiado en ella.
Su corazón se enterneció al ver la forma en que ella lo cuidaba, al percibir la sensación de sus brazos envolviéndole la cintura mientras lo ayudaba a caminar.
Su Grace. ¿Cómo iba a soportar separarse de ella?
Una vez atendió sus necesidades, ella le preparó un baño caliente y lo ayudó a meterse en la bañera.
Julián la contempló mientras lo lavaba. Le parecía imposible que hubiese permanecido a su lado todo aquel tiempo. No recordaba casi nada de los últimos días, pero se acordaba del sonido de su voz atravesando la oscuridad para reconfortarlo.
La había oído pronunciar su nombre a gritos y, en ocasiones, estaba seguro de haber sentido su mano sobre la piel, anclándolo a la cordura.
Sus caricias habían sido su salvación.
Cerrando los ojos, disfrutó de la sensación de las manos de Grace deslizándose sobre su piel mientras lo lavaba. Le recorrían el pecho, los brazos y el abdomen. Y cuando rozaron accidentalmente su erección, no pudo evitar dar un respingo ante la intensidad con la que percibió la caricia.
Cómo la deseaba…
— Bésame —balbució Julián.
— ¿No será peligroso?
Él le sonrió.
— Si pudiese moverme ya estarías conmigo en la bañera. Te aseguro que en este momento estoy tan indefenso como un bebé.
Vacilante, ella se humedeció los labios y le acarició una mano; su roce fue suave y tierno. Lo miró fijamente a los labios como si pudiera devorarlo, y Julián sintió que el frío desaparecía al contemplar sus ojos.
Grace se inclinó y lo besó con ansia. Él gimió al sentir sus labios; anhelaba mucho más. Necesitaba sus caricias.
Para su sorpresa, obtuvo lo que deseaba.
Grace se apartó un instante de sus labios, lo suficiente para quitarse la ropa y quedarse desnuda ante él. Lentamente y con movimientos seductores, se metió en la bañera y se sentó a horcajadas sobre su cintura.
Julián volvió a gemir al sentir su vello púbico sobre el estómago. Grace lo besó de nuevo, tan ardientemente que él creyó que se abrasaba.
¡Maldición, ni siquiera podía abrazarla! No podía mover los brazos. Y necesitaba con desesperación rodearla con fuerza.
Ella debió percibir su frustración porque se incorporó con una sonrisa.
— Ahora me toca mimarte —susurró antes de enterrar los labios en su cuello.
Cerró los ojos mientras Grace dejaba un rastro de besos sobre su pecho. Cuando llegó al pezón todo comenzó a darle vueltas al sentir la lengua de Grace jugueteando y succionándolo. Nada había conseguido estremecerlo del modo que lo hacían sus caricias. No recordaba ninguna ocasión en la que alguien le hubiese hecho el amor a él.
Y ninguna mujer se había entregado de aquel modo. Ni le había dado tanto.
Contuvo la respiración en el momento que ella introdujo la mano entre sus cuerpos.
— Ojalá pudiese hacerte el amor —susurró Julián.
Ella alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.
— Lo haces cada vez que me tocas.
Sin saber cómo, consiguió abrazarla, aunque los brazos no dejaban de temblarle, y la atrajo hacia su pecho para reclamar sus labios.
La escuchó quitar el tapón con el pie mientras profundizaba el beso aún más y atormentaba con leves caricias su miembro hinchado.
Julián sintió vértigo al notar la mano de ella sobre su verga. Ansiaba sus caricias; las anhelaba de un modo que no era capaz de definir.
Una vez la bañera se vació de agua, Grace abandonó sus labios para abrasarle la piel con diminutos besos, descendiendo por el pecho. Julián echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el borde mientras ella le pasaba la lengua por el estómago y la cadera.
Y entonces, para su sorpresa, se llevó su miembro a la boca. Él gruñó y le sujetó la cabeza con ambas manos, deleitándose en las sensaciones que provocaban la lengua y la boca de Grace, lamiendo y rodeando su miembro. Ninguna otra mujer había hecho eso antes. Se habían limitado a tomar lo que podían de él, sin ofrecerle jamás nada a cambio.
Hasta que Grace llegó.
Su boca arrasó con los resquicios de su sentido común y venció lo poco que quedaba de su resistencia. Le temblaba todo el cuerpo por la ternura que ella estaba demostrando.
— Lo siento —se disculpó Grace, alejándose de él—. Otra vez estás temblando de frío.
— No es por el frío —le contestó con voz ronca—. Es por ti.
La sonrisa de Grace le atravesó el corazón. Volvió a inclinarse y prosiguió con su implacable asalto.
Cuando terminó, Julián creyó haber sufrido una intensa sesión de tortura. No podría sentirse más satisfecho aunque hubiese llegado al clímax.
Grace lo ayudó a salir de la bañera. Aún le temblaban las piernas y tuvo que apoyarse en ella para llegar a la habitación.
Ella lo sostuvo hasta que estuvo acostado y, después, lo tapó con todas las mantas que encontró. Depositó un beso tierno sobre su frente y acomodó la ropa de la cama.
— ¿Tienes hambre?
Julián sólo fue capaz de asentir con la cabeza.
Ella se apartó de su lado el tiempo justo para calentar un tazón de sopa. Cuando regresó, él estaba profundamente dormido.
Dejó el tazón en la mesita de noche y se acostó junto a él. Lo abrazó y se quedó dormida.

Julián tardó tres días en recuperar toda su fuerza. Durante todo ese tiempo, Grace estuvo a su lado. Ayudándolo.
No acababa de comprender el motivo de la devoción que ella le profesaba. Y su fuerza. Era la mujer que había estado esperando toda su vida. Y con cada día que pasaba, era consciente de que el amor que sentía por ella crecía un poco más. La necesitaba a su lado.
— Tengo que decírselo —se dijo a sí mismo mientras se secaba con una toalla. No podía permitir que pasara un día más sin que ella supiese lo que significaba para él.
Dejó el cuarto de baño y atravesó el pasillo hasta llegar al dormitorio de Grace. Estaba hablando con Selena.
— Por supuesto que no le he contado lo que su madre me dijo. ¡Jesús!
Julián retrocedió un paso y se apoyó contra la pared mientras escuchaba a Grace.
— ¿Qué se supone que debo decirle? ¿«Por cierto, Julián, tu madre me ha amenazado»?
Él sintió que acababan de darle un golpe en el pecho y comenzó a verlo todo negro. Entró a la habitación.
— ¿Cuándo has hablado con mi madre? —inquirió.
Grace alzó la vista, sorprendida.
— Esto… Lanie, tengo que colgar. Adiós. —Dejó el auricular en su sitio.
— ¿Cuándo has hablado con ella? —insistió.
Grace encogió los hombros descuidadamente.
— El día que comenzaste a sentirte mal.
— ¿Qué te dijo?
Ella volvió a encoger los hombros, esta vez con timidez.
— No fue una verdadera amenaza, sólo me dijo que no te compartiría conmigo.
La ira lo atravesó. ¡Cómo se había atrevido! ¿Quién demonios se creía su madre que era como para exigir que Grace o él mismo la obedecieran?
Qué imbécil había sido al pensar que el corazón de Afrodita se había ablandado.
¿Cuándo iba a aprender?
— Julián —lo increpó Grace, poniéndose en pie y acercándose a él, al pie de la cama—, ella ha cambiado. Cuando vino a liberarte…

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:47 am

— No, Grace —la interrumpió—. La conozco mucho mejor que tú.
Y sabía de lo que su madre era capaz. Su crueldad hacía que las acciones de su padre pareciesen meras travesuras.
Con el corazón abatido, comprendió que jamás podría confesarle a Grace lo que sentía por ella.
Y lo que era aún peor, no podía quedarse con ella. Si algo había aprendido acerca de los dioses era que jamás lo dejarían vivir en paz.
¿Cuánto tiempo tardarían en hacer daño a Grace? ¿Cuánto tiempo le llevaría a Príapo ponerla en su contra? ¿O cuándo se vengaría su madre de ambos?
Tarde o temprano, le pasarían factura por ser feliz. No le cabía la menor duda. Y la simple idea de que Grace pudiese sufrir…
No. Jamás podría arriesgarse.


Los días pasaron volando mientras ellos permanecían tanto tiempo juntos como les resultaba posible.
Julián enseñó a Grace cultura clásica griega y algunas formas muy interesantes de disfrutar del Reddi-wip y la crema de chocolate. Grace le enseñó a desahuciar al contrario en el Monopoly y a leer en inglés.
Después de unas cuantas clases más de conducción, y de un nuevo embrague, Grace reconoció que Julián no tenía futuro al frente de un volante.
A Grace le parecía que apenas había pasado el tiempo y, sin embargo, el último día del plazo de Julián llegó tan rápido que la dejó aterrorizada.
La noche previa a ese fatídico día, hizo el más sorprendente de los descubrimientos: no podía vivir sin Julián.
Cada vez que pensaba en retomar su antigua vida, sin él, creía morir de dolor.
Pero finalmente comprendió que la decisión era de Julián, y sólo de él.
— Por favor, Julián —le susurró mientras él dormía a su lado—. No me abandones.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:47 am

Capítulo 16

Ninguno de los dos habló mucho en todo el día. De hecho, Julián la evitó constantemente.
Eso, más que ningún otro detalle, le hizo imaginarse cuál era la decisión que había tomado.
Grace tenía el corazón destrozado. ¿Cómo podía abandonarla después de todo lo que habían pasado juntos? ¿Después de todo lo que habían compartido?
No podía soportar la idea de perderlo. La vida sin él sería intolerable.
Al atardecer, lo encontró sentado en la mecedora del porche, contemplando el sol por última vez. Su rostro tenía una expresión tan dura que apenas si podía reconocer al hombre alegre que había llegado a amar tanto.
Cuando el silencio se hizo demasiado insoportable, le habló:
— No quiero que me abandones. Quiero que te quedes aquí, en mi época. Puedo cuidar de ti, Julián. Tengo mucho dinero y te enseñaré todo lo que desees saber.
— No puedo quedarme —le contestó entre dientes—. ¿Es que no lo entiendes? Todos los que han estado cerca de mí alguna vez han sido castigados por los dioses: Jasón, Penélope, Calista, Atolycus. —La miró como si estuviese aturdido—. ¡Por Zeus! Kyrian acabó crucificado.
— Esta vez será diferente.
Se puso en pie y la miró con dureza.
— Tienes razón. Será diferente. No voy a quedarme aquí para ver cómo mueres por mi culpa.
Pasó por su lado y entró a la casa.
Grace apretó los puños, deseando estrangularlo.
— ¡Eres un… testarudo!
¿Cómo podía ser tan insoportable?
En ese momento notó que el diamante del anillo de boda de su madre se le clavaba en la palma de la mano. La abrió y lo miró durante un buen rato. Estaba a punto de conseguir que el pasado dejara de atormentarla. Por primera vez en su vida tenía un futuro en el que pensar. Un futuro que la llenaba de felicidad.
Y no estaba dispuesta a permitir que Julián lo echara todo por la borda.
Más decidida que nunca, abrió la puerta de la casa y sonrió maliciosamente.
— No vas a librarte de mí, Julián de Macedonia. Puede que hayas vencido a los romanos, pero te aseguro que a mi lado son unos enclenques.
Julián estaba sentado en la salita, con su libro en el regazo. Pasaba la palma de la mano sobre la antigua inscripción, despreciándola más que nunca.
Cerró los ojos y recordó la noche que Grace lo convocó. Recordó lo que se sentía cuando no tenía conciencia de su propia identidad. Cuando no era más que un simple esclavo sexual griego.
Hacía mucho, mucho tiempo que se hallaba perdido en un lugar oscuro y temible, y Grace lo había encontrado.
Con su fortaleza y su bondad había conseguido desafiar lo peor que había en él y le había devuelto la humanidad. Sólo ella había percibido su corazón y había decidido que merecía la pena luchar por él.
Quédate con ella.
¡Por los dioses!, qué fácil parecía. Qué sencillo. Pero no se atrevía. Ya había perdido a sus hijos. Grace era la dueña de lo que le quedaba de corazón, y perderla por culpa de su hermano…
Sería lo más doloroso a lo que jamás se hubiera enfrentado.
Hasta él tenía un punto débil. Ahora conocía el rostro y el nombre de la persona que podría hacerle caer de rodillas.
Grace.
Tenía que apartarse de ella para que estuviera a salvo.
La sintió entrar en la estancia. Abrió los ojos y la vio de pie, en el hueco de la puerta, mirándolo fijamente.
— Ojalá pudiese destruir esta cosa —gruñó al devolver el libro a la mesita.
— Después de esta noche no tendrás necesidad de hacerlo.
Sus palabras le dolieron. ¿Cómo podía hacer esto por él? No soportaba la idea de que alguien la utilizara y aquí estaba él, usándola del mismo modo que lo habían usado a él tantas y tantas veces.
— ¿Aún estás dispuesta a dejarme utilizar tu cuerpo para que pueda marcharme?
La sinceridad de su mirada lo dejó paralizado.
— Si de ese modo conseguimos que seas libre, sí.
La siguiente pregunta se le atravesaba en la garganta, pero tenía que saber la respuesta.
— ¿Llorarás cuando me haya marchado?
Grace apartó la mirada y él vio la verdad en sus ojos. No era mucho mejor que Paul. Era exactamente igual que aquel egoísta.
Pero, después de todo, era hijo de su padre. Tarde o temprano, la mala sangre siempre hacía acto de presencia.
Grace se dio la vuelta y se marchó, dejándolo solo con sus pensamientos. Dejó que sus ojos vagaran por la salita. Cuando miró enfrente del sofá, el corazón se le encogió.
Cómo iba a echar de menos las noches pasadas allí junto a Grace, escuchando su voz. Su risa.
Pero sobre todo, echaría de menos sus caricias.
Era muy tentador quedarse, pero no podía hacerlo. No había sido capaz de proteger a sus hijos, ¿cómo iba a proteger a Grace?
— ¿Julián?
Se sobresaltó al escuchar la voz de Grace que lo llamaba desde el piso de arriba.
— ¿Qué?
— Son las once y media. ¿No deberías subir?
Julián miró el bulto que se apreciaba bajo los vaqueros. Había llegado la hora de darle utilidad.
Debería estar encantado. Era lo que había querido desde el primer instante en que la vio.
Pero, por alguna razón, le dolía el hecho de tomarla así.
Por lo menos no le harás daño.
¿No?
De hecho, dudaba mucho que Paul la hubiese hecho sufrir tanto como él estaba a punto de hacer.
— ¿Julián?
— Voy —le contestó, obligándose a abandonar el sofá.
En la puerta, volvió la cabeza para mirarlo todo por última vez.
Incluso ahora podía ver la imagen de Grace tumbada en el sofá, con los pechos cubiertos de nata mientras él, muy lentamente, los lamía hasta no dejar ni rastro de la crema. Podía escuchar su risa y ver el brillo de sus ojos cada vez que la llevaba al clímax.
«No me abandones, Julián», le había susurrado la noche anterior mientras él supuestamente dormía, y sus palabras le habían abrasado. Ahora le estaban partiendo en dos el corazón.
— ¿Julián?
Dándose la vuelta, se encaminó hacia las escaleras y se apoyó en el pasamanos. Sería la última vez que subiría estos escalones. La última vez que cruzaría el pasillo para llegar al dormitorio de Grace.
Y la última vez que la vería en su cama…
Con el corazón en la garganta, se dio cuenta de que apenas podía respirar.
¿Por qué tenía que ser así?
Soltó una amarga carcajada. ¿Cuántas veces se habría hecho esa misma pregunta?
Se detuvo al llegar a la puerta. La habitación estaba alumbrada por la tenue luz de las velas, pero lo que más le impresionó fue ver a Grace con la negligé roja que él había elegido.
Estaba arrebatadora.
De repente, sintió que la lengua acababa de caérsele hasta el suelo y que era imperante enrollarla de nuevo para meterla en la boca.
— No vas a ponérmelo fácil, ¿verdad? —le preguntó con voz ronca.
Ella le dedicó una sonrisa traviesa.
— ¿Debería hacerlo?
Totalmente embobado por ella, Julián era incapaz de mover un músculo mientras observaba cómo se acercaba.
— ¿No tienes demasiada ropa?
Antes de que pudiese responder, ella agarró el borde inferior de su camisa y la levantó hasta pasarla por su cabeza. Una vez la arrojó al suelo, alargó un brazo y colocó la mano en su pecho, justo sobre el corazón. En ese instante, para Julián era la mujer más hermosa del mundo. Ni siquiera la belleza de su madre podía competir con la de Grace.
Permaneció inmóvil como una estatua mientras ella deslizaba las manos sobre su piel, provocándole escalofríos.
No, no iba a ponérselo nada fácil.
Julián notó que ella intentaba desabrocharle el botón del pantalón.
— Grace —le advirtió, y le apartó las manos.
— ¿Mmm? —murmuró ella, con los ojos oscurecidos por la pasión.
— No importa.
Ella se apartó y se subió a la cama. Julián contuvo el aliento al vislumbrar su trasero desnudo a través de la diáfana gasa de la negligé.
Se tumbó de lado y lo miró fijamente.
Tras despojarse de los vaqueros, se unió a ella. Hizo que se tendiera de espaldas y, en esa posición, el profundo escote dejó a la vista uno de sus pechos. Julián se aprovechó de la situación.
— ¡Oh, Julián! —gimió Grace.
La sintió estremecerse bajo él cuando pasó la lengua alrededor del endurecido pezón. Su cuerpo era fuego líquido y gritaba exigiéndole que la poseyera. Pero no sólo anhelaba su carne. La quería a ella.
Y abandonarla lo destrozaría.
Julián tragó y se apartó. Había estado esperando esta noche durante una eternidad. Había pasado la eternidad esperando a esta mujer.
Con mucha ternura acarició su rostro, guardando en la memoria cada pequeño detalle.
Su preciosa Grace.
Jamás la olvidaría.
Su alma lloraba a gritos por lo que estaba a punto de hacerle. Le separó los muslos con las rodillas.
Se estremeció involuntariamente al sentir su piel desnuda bajo la suya. Y, en ese momento, cometió el error de mirarla a los ojos.
El sufrimiento que vio en ellos lo dejó sin aliento.
«Jamás tuviste nada que no robaras antes». Se tensó al escuchar las palabras de Jasón en su cabeza. Lo último que quería era robarle algo a la mujer que le había entregado tanto.
¿Cómo voy a hacerle esto?
— ¿A qué estás esperando? —le preguntó ella.
Julián no lo sabía. Lo único que tenía claro era que no podía apartar la mirada de sus tristes ojos grises. Unos ojos que llorarían si la utilizaba para después abandonarla. Unos ojos que llorarían de felicidad si se quedaba.
Pero si se quedaba, su familia la destruiría.
Y, en ese instante, supo lo que debía hacer.
Grace le envolvió la cintura con las piernas.
— Julián, date prisa. El tiempo se acaba.
Él no habló. No podía hacerlo. En realidad, no confiaba en sí mismo, y podía decir algo que lo hiciera cambiar de opinión.
A lo largo de los siglos había sido muchas cosas: huérfano, ladrón, marido, padre, héroe, leyenda y, finalmente, esclavo.
Pero jamás había sido un cobarde.
No. Julián de Macedonia jamás había sido un cobarde. Era el general que había contemplado victorioso a legiones enteras de romanos, y les había desafiado entre carcajadas a que le mataran y le cortaran la cabeza si podían.
Ése era el hombre que Grace había encontrado, y ése era el hombre que la amaba. Y ese hombre se negaba a hacerle daño.
Grace intentó mover las caderas para que el miembro de Julián se hundiera en ella, pero él no la dejó.
— ¿Sabes lo que más echaré de menos? —le preguntó, mientras deslizaba una mano entre sus cuerpos y le acariciaba el clítoris.
— No —murmuró Grace.
— El aroma de tu pelo cada vez que entierro mi rostro en él. El modo en que te agarras a mí y gritas cuando te corres. El sonido de tu risa. Y sobre todo, tu imagen al despertar cada mañana, con el sol bañándote el rostro. Jamás podré olvidarlo.
Apartó la mano y movió las caderas para encontrar las de Grace. Pero, en lugar de penetrarla, todo se quedó en una placentera caricia que los hizo gemir a ambos.
Bajó la cabeza hasta la oreja de Grace y le mordisqueó el cuello.
— Siempre te amaré —le susurró.
Grace lo oyó respirar hondo en el mismo momento en que el reloj daba la medianoche.
Con un brillante destello, Julián desapareció.
Horrorizada, Grace permaneció inmóvil esperando despertar. Pero siguió escuchando las campanadas del reloj y se dio cuenta de que no era un sueño.
Julián se había ido.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:48 am

Se había ido de verdad.
— ¡No! —gritó mientras se sentaba en la cama. ¡No podía ser! —. ¡No!
Bajó de la cama con el corazón martilleándole con fuerza en el pecho y corrió hasta el salón. El libro estaba aún sobre la mesita de café. Pasó las páginas y vio que Julián estaba justo en el mismo sitio que antes, sólo que ahora no sonreía diabólicamente y llevaba el pelo corto.
¡No, no y no!, repetía su mente una y otra vez. ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué?
— ¿Cómo has podido? —Le preguntó mientras abrazaba el libro contra su pecho—. Yo te habría dado la libertad, Julián. No me habría importado. ¡Dios!, Julián ¿Por qué te has hecho esto? —sollozó—. ¿Por qué?
Pero en el fondo lo sabía. La ternura que había visto en sus ojos hablaba por sí misma. Lo había hecho para no herirla como Paul.
Julián la amaba. Y, desde el momento que llegó a su vida, no había hecho otra cosa que protegerla. Cuidarla.
Hasta el final. Aun cuando de ese modo se negara la posibilidad de quedar libre de un tormento eterno, ella había sido más importante.
Grace no soportaba pensar en el sacrificio que Julián acababa de hacer. Lo veía condenado a pasar la eternidad en la oscuridad. Solo y sufriendo una agonía.
Él le había contado que pasaba hambre mientras estaba atrapado en el libro, y sed. Y en su mente lo veía sufrir del mismo modo que lo había visto en su cama. Recordó las palabras que dijo después.
«Esto no es nada comparado con lo que se siente dentro del libro»
Y ahora estaba allí. Sufriendo.
— ¡No! —gritó—. No permitiré que te hagas esto, Julián. ¿Me oyes?
Abrazó con fuerza el libro y se dirigió a toda prisa a la parte trasera de la casa. Abrió las cristaleras que daban al jardín y corrió hacia un claro iluminado por la luna llena.
— Regresa a mí, ¡Julián de Macedonia, Julián de Macedonia, Julián de Macedonia! —lo repitió una y otra vez, rogando por que apareciera.
No ocurrió nada. Nada de nada.
— ¡No!, ¡por favor, no!
Con el corazón destrozado, volvió a la salita.
— ¿Por qué?, ¿por qué? —sollozaba, arrodillada en el suelo sin dejar de mecerse hacia delante y hacia atrás.
— ¡Julián! —susurró con la voz rota mientras los recuerdos la asaltaban. Julián riéndose con ella, abrazándola. Julián sentado tranquilamente, pensando. Su corazón latiendo desenfrenado al mismo ritmo que el suyo.
Lo quería de vuelta.
Lo necesitaba de vuelta.
— No quiero vivir sin ti —balbució dirigiéndose al libro—. ¿Lo entiendes, Julián? No puedo vivir sin ti.
De repente, una luz cegadora iluminó la estancia.
Con la boca abierta, Grace alzó la mirada esperando encontrarse con Julián.
Pero no era él. Se trataba de Afrodita.
— Dame el libro —le ordenó con el brazo extendido.
Grace lo abrazó con más fuerza.
— ¿Por qué le haces esto? —inquirió Grace—. ¿Es que no ha sufrido ya bastante? Yo no lo habría alejado de ti. Preferiría que estuviese contigo antes de que regresara al libro. —Se limpió las lágrimas—. Está solo ahí dentro. Solo en la oscuridad —susurró—. Por favor, no dejes que permanezca ahí. Envíame al libro con él, por favor. ¡Por favor!
Afrodita bajó la mano.
— ¿Harías eso por él?
— Haría cualquier cosa por él.
La diosa la observó con los ojos entrecerrados.
— Dame el libro.
Cegada por las lágrimas, Grace se lo dio mientras rezaba para que Afrodita la ayudara a reunirse con él.
Ella suspiró con fuerza y abrió el libro.
— Me van a joder bien por esto.
Súbitamente, otro destello cegador iluminó la sala y Grace tuvo que cerrar los ojos. La cabeza comenzó a darle vueltas y todo pareció girar a su alrededor, haciendo que su estómago protestara.
¿Por esto pasaba Julián cada vez que alguien lo invocaba? No lo sabía con certeza, pero ya era bastante terrorífico y por sí solo suponía una tortura.
Y, entonces, la luz desapareció.
Grace cayó a un profundo foso donde la oscuridad era un ente con vida que la ahogaba, impidiéndole respirar y haciendo que le escocieran los ojos.
Intentó incorporarse para frenar la caída y sintió bajo ella una superficie mullida que le resultaba familiar.
La luz volvió y se encontró en su cama, con Julián sobre ella.
Él miró alrededor, perplejo.
— ¿Cómo…?
— Será mejor que esta vez no la fastidiéis —les dijo Afrodita desde la puerta—. No quiero ni pensar en lo que me harán los de arriba si intento esto de nuevo.
Y se esfumó.
Julián dejó de mirar el hueco de la puerta y clavó los ojos en Grace.
— Grace, yo…
— Cállate, Julián —le ordenó; no quería perder más tiempo— y enséñame cómo quieren los dioses que un hombre ame a una mujer.
Diciendo esto, lo agarró por la cabeza y lo acercó para darle un beso apasionado y profundo.
Él se lo devolvió con ferocidad, y con un poderoso y magistral envite se introdujo en ella.
Echó la cabeza hacia atrás y gruñó cuando el húmedo cuerpo de Grace le dio la bienvenida, envolviéndolo con su calidez. El impacto que sufrieron sus sentidos fue tan poderoso que se estremeció de la cabeza a los pies. Por los dioses, era mucho mejor de lo que había imaginado.
Recordaba las palabras que le había dirigido.
«No quiero vivir sin ti, Julián. ¿Lo entiendes? No puedo vivir sin ti.»
Con la respiración entrecortada, la miró a la cara y quedó subyugado al sentir a Grace, cálida y estrecha, alrededor de su verga. Deslizó la mano por su brazo, hasta capturar su mano y aferrarla con fuerza.
— ¿Te estoy haciendo daño?
— No —le contestó con una mirada tierna y sincera. Se llevó la mano de Julián a los labios y la besó—. Jamás me harás daño estando conmigo.
— Si lo hago, dímelo y me detendré.
Ella lo rodeó con los brazos y las piernas.
— Si se te ocurre sacarla antes del amanecer te perseguiré durante toda la eternidad para darte una paliza.
Julián se rió; no le cabía la menor duda.
Grace le pasó la lengua por el cuello y se deleitó al sentir cómo vibraba entre sus brazos.
Él alzó las caderas, muy lentamente, torturándola con el movimiento y, sin previo aviso, se hundió en ella con tanta fuerza que Grace creyó morir de placer.
Contuvo el aliento al sentirlo por completo dentro de ella. Era una sensación increíble. Era maravilloso sentir las embestidas de ese cuerpo ágil y fuerte.
Cerró los ojos y disfrutó del movimiento de los músculos de Julián, que se contraían y se relajaban sobre su cuerpo. Entrelazó las piernas con las suyas y la embrujó el cosquilleo que producía el vello masculino.
Jamás había sentido algo parecido. Se limitaba a respirar y a expresar con su cuerpo el amor que sentía por él. Era suyo. Aunque luego la abandonara, disfrutaría de este momento de gloria junto a él.
Extasiada por el peso de su cuerpo sobre ella, le pasó las manos por la espalda hasta llegar a las caderas y lo empujó, incitándolo a ir más rápido.
Julián se mordió los labios cuando sintió que Grace le clavaba las uñas en la espalda. ¿Cómo era posible que unas manos tan pequeñas tuvieran el poder de vencerlo?
Jamás lo entendería; como tampoco entendería por qué lo amaba.
Se lo agradecía en el alma.
— Mírame, Grace —le dijo, hundiéndose profundamente en ella de nuevo—. Quiero ver tus ojos.
Grace obedeció. Julián tenía los ojos entrecerrados y, por su modo de respirar y la expresión de su rostro, supo que estaba disfrutando de cada certera embestida. Ella sentía cómo se le contraían los abdominales cada vez que se movía.
Alzó las caderas para salir al encuentro de los furiosos envites. Nada podía ser mejor que tener a Julián sobre ella, besándola con pasión y deslizándose dentro y fuera de su entrepierna.
Cuando creyó que ya no podría resistirlo más, su cuerpo estalló en miles de estremecimientos de placer.
— ¡Julián! —gritó, arqueando más su cuerpo hacia él—. ¡Sí, oh, sí!
Él se hundió en ella hasta el fondo y permaneció inmóvil, observándola mientras los músculos de su vagina se contraían a su alrededor.
Cuando ella abrió los ojos, se encontró con su diabólica sonrisa.
— Te ha gustado eso, ¿verdad? —le preguntó, mostrando sus hoyuelos y rotando sus caderas para que ella lo sintiera dentro.
A Grace le costó un enorme esfuerzo no gemir de placer.
— Ha estado bien.
— ¿Bien? —le preguntó con una sonrisa—. Creo que tendré que seguir intentándolo.
Se dio la vuelta y la arrastró consigo, con cuidado de que su miembro no la abandonara.
Gimió al encontrarse sobre él. Julián alargó un brazo y deshizo el lazo que cerraba el escote de la negligé. El diminuto trozo de tela se abrió.
La mirada de puro gozo que transmitían sus ojos fue mucho más placentera para Grace que sentirlo en su interior. Sonriendo, alzó las caderas y las bajó para absorberlo por entero.
Ella lo sintió estremecerse.
— Te ha gustado eso, ¿verdad?
— Ha estado bien. —Pero la voz estrangulada traicionaba su tono despreocupado.
Ella soltó una carcajada.
Julián alzó las caderas en ese momento y se introdujo aún más en ella.
Grace siseó de placer al sentir que la llenaba por entero. Al sentir la dureza de su cuerpo y la fuerza que ostentaba. Y ella aún quería más. Quería ver el rostro de Julián cuando llegase al clímax. Quería ser ella la que le diera lo que hacía siglos que no experimentaba.
— Si seguimos a este ritmo vamos a estar extenuados cuando llegue el amanecer, ¿lo sabías? —le dijo él.
— No me importa.
— Pero te vas a sentir dolorida.
Ella contrajo los músculos de la vagina para rodearlo con más fuerza.
— ¿Ah, sí?
— En ese caso… —él deslizó la mano muy lentamente por el cuerpo de Grace hasta llegar a su ombligo, y bajó aún más separando los húmedos rizos de su entrepierna para acariciarle el clítoris.
Se mordió los labios mientras los dedos de Julián jugueteaban con ella, acoplándose al ritmo que imponían sus caderas. Cada vez más rápido, más hondo y con más fuerza.
La cogió por la cintura y la ayudó a seguir el frenético ritmo. Cómo deseaba poder abandonar el cuerpo de Grace el tiempo suficiente como para enseñarle unas cuantas posturas más. Pero no les estaba permitido.
Por ahora.
Pero cuando llegara el amanecer…
Sonrió ante la perspectiva. En cuanto amaneciera tenía toda la intención de mostrarle una nueva forma de utilizar el Reddi-wip.
Grace perdió la noción del tiempo mientras sus cuerpos se acariciaban y se deleitaban en su mutua compañía. Sintió que la habitación comenzaba a girar bajo sus expertas caricias, y se dejó llevar por la maravillosa sensación de expresar el amor que sentía por él.
Los dos estaban cubiertos de sudor, pero no dejaron de saborearse; seguían disfrutando de la pasión que al fin compartían.
Esta vez, cuando Grace se corrió, se desplomó sobre él.
La profunda risa de Julián reverberó por su cuerpo mientras pasaba sus manos por su espalda, sus caderas y por sus piernas.
Grace se estremeció.
Estaba extasiado por el hecho de tener a Grace desnuda y tumbada sobre él. Sentía sus pechos aplastados sobre su torso. Su amor por ella brotaba de lo más hondo de su alma.
— Podría quedarme así tumbado para siempre —dijo en voz baja.
— Yo también.
La rodeó con los brazos y la atrajo aún más hacia él. Notó cómo sus caricias se ralentizaban y su respiración se hacía más relajada y uniforme.
En unos minutos estuvo completamente dormida.
La besó en la cabeza y sonrió mientras se aseguraba de que su miembro no abandonara el lugar donde debía estar.
— Duerme preciosa —susurró—. Aún falta mucho para el amanecer.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:49 am

Grace se despertó con la sensación de tener algo cálido que la llenaba por completo. Cuando comenzó a moverse, fue consciente de unos brazos fuertes como el acero que la inmovilizaban.
— Con cuidado —le advirtió Julián—. No la saques.
— ¿Me quedé dormida? —balbució, sorprendida de haber hecho tal cosa.
— No importa. No te perdiste gran cosa.
— ¿De verdad? —le preguntó ella meneando las caderas y acariciándolo con todo el cuerpo.
Él soltó una carcajada.
— Vale, de acuerdo. Te perdiste un par de cosillas.
Se incorporó y lo miró a lo ojos. Trazó la línea de la mandíbula, levemente áspera por la barba incipiente, con un dedo que Julián capturó y mordisqueó en cuanto llegó a los labios.
Súbitamente, él se incorporó y se quedó sentado con ella en su regazo.
— Mmm, me gusta —dijo ella mientras le pasaba las piernas alrededor de la cintura.
— Mmm, sí —convino él y comenzó a mover suavemente las caderas.
Bajando la cabeza, capturó uno de sus pechos y lamió el duro pezón. Jugueteó con ella y la torturó dulcemente antes de soplar sobre la humedecida piel, que se erizó bajo su cálido aliento.
Dejó ese pecho y se dirigió al otro. Grace acunó su cabeza, acercándolo aún más a ella, completamente extasiada por sus caricias. En ese momento se dio cuenta de que el cielo comenzaba a clarear.
— ¡Julián! —exclamó—. Está amaneciendo.
— Lo sé —le contestó, tumbándola de espaldas sobre la cama.
Lo miró a los ojos mientras se acomodaba sobre ella sin dejar de mover las caderas.
La contemplaba totalmente hechizado. Percibía su ternura y su amor. Nadie lo había conocido como ella y jamás habría creído posible que alguien pudiese lograrlo. Lo había acariciado en un lugar que nadie había tocado antes.
En el corazón.
Y entonces anheló mucho más. Desesperado por tenerla por completo, siguió moviéndose dentro de ella.
Necesitaba más.
Grace lo envolvió con sus brazos y enterró el rostro en su hombro al sentir que aceleraba el ritmo de sus envites. Más y más rápido, más y más fuerte; hasta que ella se quedó sin aliento por el frenético ritmo.
De nuevo, el sudor los cubría. Grace lamió el cuello de Julián, embriagada por sus gemidos. Él siseó de placer.
Y todavía seguía hundiéndose en ella, una y otra vez, hasta que Grace pensó que no podría soportarlo más.
Le clavó los dientes en el hombro mientras alcanzaba el orgasmo rápida y salvajemente. Julián no disminuyó sus acometidas cuando Grace se tumbó sobre el colchón.
Se mordió el labio con fuerza y se movió aún más rápido, haciendo que ella se corriera de nuevo, y esta vez con más intensidad que la anterior.
Justo cuando el primer rayo de sol atravesaba los ventanales de la habitación, escuchó que Julián gruñía y lo vio cerrar los ojos.
Con un envite profundo y certero, se derramó en ella y todo su cuerpo se convulsionó entre los brazos de Grace.
Julián era incapaz de respirar y la cabeza le daba vueltas a causa del éxtasis que acaba de sentir; la intensidad de su orgasmo había sido increíble. Le dolía todo el cuerpo, pero aún así, no recordaba haber experimentado con anterioridad semejante placer. La noche pasada lo había dejado exhausto, y estaba agotado por las caricias de Grace.
Habían roto la maldición.
Alzó la cabeza y vio que Grace le sonreía.
— ¿Ya está? —le preguntó ella.
Antes de que pudiera contestar, el brazo comenzó a dolerle como si le estuvieran marcando con un hierro candente. Siseando, se apartó de ella y lo cubrió con la mano.
— ¿Qué pasa? —le preguntó ella al ver que se alejaba.
Perpleja, observó cómo un resplandor anaranjado le cubría todo el brazo. Cuando apartó la mano, la inscripción griega había desaparecido.
— Ya está —balbució Grace—. Lo conseguimos.
La sonrisa se borró del rostro de Julián.
— No —dijo él, rozándole la mejilla con los dedos—. Tú lo hiciste.
Riéndose, Grace se arrojó en sus brazos. Él la abrazó con fuerza mientras se besaban en un caótico frenesí.
¡Ya había acabado!
Era libre. Por fin, después de tantos siglos, volvía a ser un hombre mortal.
Y era Grace la que lo había conseguido. Su fe y su fortaleza habían revelado lo mejor de sí mismo.
Ella lo había salvado.
Grace volvió a reírse y giró en la cama hasta quedar encima de él.
Pero la alegría le duró poco ya que otro destello, aún más brillante que los anteriores, atravesó la habitación.
Su risa murió al instante. Percibió la malévola presencia antes de que Julián se tensara entre sus brazos.
Sentándose en la cama, obligó a Grace a ponerse tras él y se colocó entre ella y el apuesto hombre que los observaba desde los pies de la cama.
Ella tragó saliva cuando vio al hombre alto y moreno que los miraba furioso. Estaba claro que tenía todas las intenciones de matarlos allí mismo.
— ¡Bastardo engreído! —gritó el hombre—. ¡Cómo te has atrevido a pensar que puedes ser libre!
Al instante, Grace supo que estaba ante el mismísimo Príapo.
— Déjalo, Príapo —le contestó Julián con una nota de advertencia en la voz—. Ya ha acabado todo.
Príapo resopló.
— ¿Crees que puedes darme órdenes? ¿Quién te crees que eres, mortal?
Julián sonrió con malicia.
— Soy Julián de Macedonia, de la Casa de Diocles de Esparta, hijo de la diosa Afrodita. Soy el Libertador de Grecia, Macedonia, Tebas, Punjab y Conjara. Mis enemigos me conocían como Augustus Julius Punitor y temblaban ante mi simple presencia. Y tú, hermano, eres un dios menor y poco conocido, que no significaba nada para los griegos y al que los romanos apenas si tomaron en cuenta.
La ira del infierno transfiguró el rostro de Príapo.
— Es hora de que aprendas cuál es tu lugar, hermanito. Me quitaste a la mujer que iba a dar a luz a mis hijos y que aseguraría la inmortalidad de mi nombre. Ahora yo te quitaré a la tuya.
Julián se arrojó sobre Príapo, pero ya era demasiado tarde. Había desaparecido llevándose a Grace.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:49 am

Capítulo 17

En un abrir y cerrar de ojos, Grace pasó de estar sentada desnuda en su habitación a encontrarse tumbada en un lecho circular, situado en una estancia que tenía todo el aspecto de ser la tienda de un harén en mitad de un desierto. Estaba cubierta por una pieza de seda de color rojo intenso, tan liviana y suave que se escurría sobre su piel como si se tratara de agua.
Intentó moverse pero no pudo. Aterrorizada, abrió la boca para chillar.
— No te molestes —le recomendó Príapo, acercándose al lecho. Deslizó los ojos sobre su cuerpo con una hambrienta mirada, justo antes de subir a la cama y colocarse de rodillas al lado de Grace—. No puedes hacer nada a menos que yo lo desee. —Le pasó un dedo, huesudo y frío, por la mejilla, como si quisiera comprobar la textura y la calidez de su piel—. Entiendo por qué te desea Julián. Tienes fuego en la mirada. Inteligencia. Valor. Es una pena que no hayas nacido en la época del Imperio Romano. Podrías haberme proporcionado innumerables campeones que lideraran mis ejércitos.
Príapo suspiró mientras su mano descendía hasta el hueco de la garganta de Grace.
— Pero así es la vida y así son los caprichos de las Parcas. Supongo que tendré que conformarme con utilizarte hasta que me canse de ti. Si me complaces hasta que llegue ese momento, puede que después permita que Julián se quede contigo. En el caso de que te siga queriendo después de que mis hijos hayan estropeado tu cuerpo.
Sus ojos ardían de deseo, y Grace no podía dejar de temblar bajo su escrutinio.
El egoísmo de Príapo le resultaba increíble. Al igual que su vanidad. Aterrorizada, quiso hablar, pero él se lo impidió.
¡Cielo santo! ¡Tenía poder absoluto sobre ella!
Una fuerza invisible la alzó para colocarla de espaldas sobre los almohadones mientras Príapo se quitaba la túnica.
Los ojos de Grace se abrieron como platos al verle desnudo y con una erección completa. El terror la asaltó de nuevo.
— Ahora puedes hablar —le dijo mientras se acercaba para recostarse junto a ella.
— ¿Por qué quieres hacerle esto a Julián?
La ira oscureció los ojos del dios.
— ¿Que por qué? Ya lo escuchaste. Su nombre era reverenciado por todo aquél que lo escuchaba, mientras que el mío apenas si se pronunciaba aun en los templos de mi madre. Incluso ahora se burlan de mí. Mi nombre se ha perdido en la antigüedad, al contrario que su leyenda, que se cuenta una y otra vez a lo largo y ancho del mundo. Pero yo soy un dios y él no es otra cosa que un bastardo a quien ni siquiera le está permitido habitar en el Olimpo.
— Aparta las manos de ella. Siempre has sido tan inútil que has acabado relegado en el olvido. Ni siquiera mereces limpiarle los zapatos.
El corazón de Grace comenzó a latir más rápido al escuchar la voz de Julián. Alzó la cabeza de entre los almohadones y lo vio justo al pie del estrado donde estaban ellos. Sólo llevaba puestos los vaqueros e iba armado con el escudo y la espada.
— ¿Cómo…? —preguntó Príapo mientras bajaba de la cama.
Julián le dedicó una perversa sonrisa.
— La maldición ha desaparecido y estoy recuperando mis poderes. Ahora puedo localizaros e invocaros. A cualquiera de vosotros.
— ¡No! —gritó Príapo, y al instante, apareció cubierto por su armadura.
Grace luchó por librarse de aquella fuerza que la mantenía inmovilizada mientras Príapo cogía su espada y su escudo, situados en la pared en la que se apoyaba el lecho, y atacaba a Julián.
Hipnotizada por el espectáculo, observó cómo luchaban los dos hermanos.
Jamás había visto nada semejante. Julián giraba ágilmente, como si estuviese ejecutando una macabra danza que devolviera los golpes de Príapo, uno por uno. El suelo y la cama temblaban por la intensidad de la lucha.
No era de extrañar que Julián hubiese llegado a ser un personaje legendario.
Pero tras unos minutos, vio cómo se tambaleaba y bajaba el escudo.
— ¿Qué te pasa? —se burló su hermano, utilizando el escudo para empujarlo—. ¡Ah, lo olvidaba! Puede que la maldición haya desaparecido, pero aún estás debilitado. Tardarás días en recuperar toda tu fuerza.
Julián meneó la cabeza y alzó el escudo.
— No necesito toda mi fuerza para acabar contigo.
Príapo se rió.
— Valientes palabras, hermanito. —Y bajó la espada, que se estrelló directamente sobre el escudo de Julián.
Grace contuvo el aliento mientras observaba cómo los golpes comenzaban de nuevo.
Justo cuando pensaba que Julián iba a ganar, Príapo utilizó una táctica para desestabilizarlo: dejó que ganara terreno. Tan pronto como Julián perdió la protección de la pared en uno de sus flancos, Príapo blandió la espada y la hundió en el vientre de su hermano. Julián dejó caer su espada.
— ¡No! —chilló Grace, aterrada.
Con el rostro transfigurado por la incredulidad, Julián se tambaleó hacia atrás, pero no pudo ir muy lejos con la espada de Príapo hundida en su cuerpo y su hermano aún sosteniéndola.
— Vuelves a ser humano —le espetó mientras hundía la espada un poco más y retorcía la hoja. Levantó un pie para apoyarlo en la cadera de Julián y le dio una patada.
Libre de la espada, Julián trastabilló y cayó. Su escudo resonó con fuerza al golpear el suelo, justo a su lado.
Príapo no dejó de reír mientras se aproximaba a Julián.
— Es posible que ningún arma humana pueda acabar contigo, hermanito, pero no eres inmune a un arma inmortal.
La fuerza que inmovilizaba a Grace despareció en ese instante, liberándola. Tan rápido como pudo, cruzó la habitación hasta llegar junto a Julián, que yacía en un charco de sangre. Respiraba de forma laboriosa y no dejaba de temblar.
— ¡No! —sollozó Grace mientras sostenía su cabeza en el regazo. Contemplaba, horrorizada, la herida abierta en su costado.
— Mi preciosa Grace —dijo Julián, mientras alzaba una mano ensangrentada para rozarle la mejilla.
Ella limpió la sangre que manaba de sus labios.
— No me abandones, Julián —rogó.
Él hizo una mueca de dolor, dejó caer la mano y luchó por respirar.
— No llores por mí, Grace. No lo merezco.
— ¡Sí lo mereces!
Él negó con la cabeza y entrelazó sus dedos con los de ella.
— Has sido mi salvación, Grace. Sin ti, jamás habría conocido lo que es el amor. —Tragó y se llevó la mano al corazón—. Y nunca habría vuelto a ser quien fui.
Grace observó cómo la luz desaparecía de sus ojos.
— ¡No! —volvió a gritar, acunando su cabeza sobre el pecho—. ¡No, no, no! No puedes morir. Así no. ¡¿Me oyes Julián?! Por favor… ¡No te vayas! ¡Por favor!
Lo abrazó con fuerza mientras la agonía que invadía su corazón y su alma brotaba en forma de lágrimas.
— ¡No! —resonó con ferocidad a través de la estancia, haciendo que las paredes temblaran.
Grace vio que el color abandonaba el rostro de Príapo al escuchar el chillido. Se escuchó un trueno y, en mitad de un brillante destello de luz, apareció Afrodita delante de ella. Su rostro estaba contraído como reflejo de la indescriptible agonía que sufría al contemplar el cuerpo exangüe y frío de Julián.
Incapaz de asimilar lo que tenía delante, miró furiosa a Príapo.
— ¿Qué has hecho? —le preguntó.
— Fue una pelea justa, madre. O él o yo. No tenía otra opción.
Afrodita dejó escapar un grito agónico directamente desde su corazón.
— Invoqué la ira de Zeus y la de las Parcas para conseguir su libertad. ¿Quién demonios crees que eres para hacer esto? —Miró a Príapo como si su mera presencia le provocara náuseas—. ¡Era tu hermano!
— Era tu bastardo, pero nunca fue mi hermano.
Afrodita gritó de furia.
— ¡Cómo te atreves!
Cuando la diosa miró de nuevo a Julián, Grace vio el dolor que reflejaban sus ojos.
— Mi precioso Julián —sollozó la diosa—. Jamás debí permitirles que te hiciesen daño. ¡Dulce Citera! ¿A dónde me ha llevado mi egoísmo? —Cayó de rodillas a su lado—. Te dejé solo cuando debía haber estado contigo para protegerte.
— ¡Vamos, madre, déjalo ya! —dijo Príapo, como si la aflicción de su madre hubiese conseguido aburrirlo—. Julián te conocía, igual que te conocemos nosotros desde el comienzo de los tiempos; no piensas más que en ti misma y en lo que los demás debemos hacer por ti. Es tu naturaleza. Y, al contrario que Julián, todos la aceptamos hace eones.
Afrodita no se tomó muy bien esas palabras. De hecho, su rostro se convirtió en una máscara de granito y se puso en pie con toda la dignidad y la elegancia que se espera de una diosa.
Arqueó una ceja y miró a Príapo.
— ¿Has dicho que fue una lucha justa? Bien, tengamos una lucha justa. ¿Estás de acuerdo? Tánatos aún no ha reclamado su alma. Todavía no es demasiado tarde. Lo único que necesitamos para devolverlo a la vida es que su corazón comience a latir de nuevo.
Grace sintió una repentina oleada de calor atravesando el cuerpo inerte de Julián.
Se echó hacia atrás y observó cómo un aura dorada lo rodeaba mientras la herida de su costado se cerraba por sí sola y los vaqueros se desintegraban, siendo reemplazados por unas grebas de oro y unas sandalias. El resplandor dorado subió hasta cubrir su pecho que, al instante, quedó oculto a la vista por una antigua armadura dorada, repujada con cuero rojo, y una túnica. Sobre los brazos aparecieron unas anchas tiras de cuero marrón.
El tinte azulado desapareció de su rostro.
De repente, tomó una profunda bocanada de aire que hizo que todo su cuerpo se estremeciera, y abrió los ojos, mirando a Grace con aquella sonrisa que conseguía derretirle hasta el alma.
Ella se mordió los labios mientras la felicidad la traspasaba. ¡Estaba vivo!
— ¿Qué diablos pasa aquí? —rugió Príapo.
Sobre ellos apareció una mujer, flotando plácidamente. Su pelo negro lanzaba destellos mientras miraba con furia a Príapo.
— Como muy bien ha dicho tu madre, ya es hora de que contemplemos una lucha justa, Príapo. Llevamos retrasándola demasiado tiempo y, esta vez, no habrá ninguna Alexandria que distraiga a Julián e impida que lleve a cabo su venganza.
— ¿Qué? —preguntó Afrodita—. Atenea, ¿qué estás diciendo?
— Estoy diciendo que fue él quién la envió intencionadamente para distraerlo, mientras acudía a refugiarse a tu templo por temor a la furia de Julián.
Por la cara de Príapo, Grace supo que era verdad. El dios curvó los labios en un rictus furioso.
— Atenea, ¡puta traicionera! Siempre lo mimaste.
Atenea se rió mientras se desvanecía en el aire para volver a aparecer junto a Afrodita.
— Nadie lo mimó nunca. Eso lo convirtió en el mejor guerrero que jamás salió de las filas espartanas; y eso es lo que va a ayudarle a darte una buena patada en el culo en este momento.
Julián se puso en pie. La ceñuda mirada con la que enfrentaba a Príapo consiguió que Grace sintiera un súbito escalofrío.
Afrodita se movió hasta quedar entre sus dos hijos y, cuando alzó la mirada hacia Julián, Grace vio que sus ojos estaban llenos de orgullo.
— Ésta es la segunda vez que te doy la vida, Julián. Me arrepiento de no haber sido la madre que necesitaste la primera vez. No tienes ni idea de lo mucho que desearía poder cambiar el pasado. Lo único que puedo hacer ahora es darte mi amor y mis bendiciones. —Afrodita miró por encima del hombro, buscando los ojos de Príapo—. Y ahora dale una buena patada en el culo a este malcriado.
— ¡Madre! —gimoteó Príapo.
Julián miró a su hermano y balanceó la espada alrededor de su cuerpo mientras se acercaba a él.
— ¿Estás preparado?
Príapo atacó sin avisar. Pero tampoco es que importara demasiado.
Grace se quedó boquiabierta al verlos luchar. Si antes había pensado que Julián era un buen guerrero, ahora su destreza era infinitamente superior.
Se movía con una agilidad y una velocidad que jamás habría creído posibles.
Atenea se puso a su lado. Alzó un brazo y rozó ligeramente la seda con la que se envolvía.
— Bonito vestido.
Grace la miró con el ceño fruncido por la incredulidad.
— ¿Están luchando a muerte y tú te dedicas a estudiar cómo voy vestida?
Atenea se rió.
— Confía en mí; siempre elijo con mucho cuidado a mis generales. Príapo no tiene ninguna posibilidad frente a Julián.
Grace volvió a dirigir su atención a los hombres en el mismo instante que Julián golpeaba a Príapo con su escudo. El dios perdió el equilibrio, se tambaleó y Julián aprovechó para hundirle la espada en el costado.
— Púdrete en el Tártaro, bastardo —dijo Julián con desdén mientras el cuerpo de Príapo se desintegraba entre destellos multicolores.
Grace corrió hacia él.
Julián arrojó a un lado la espada y el escudo, y la alzó en brazos para girar con ella alrededor de la estancia.
— ¡Estás vivo! ¿Verdad que sí? —le preguntó.
— Sí, lo estoy.
Grace se dejó caer sobre él. Julián la bajó, deslizándola muy lentamente sobre su armadura centímetro a centímetro, hasta que sus pies se apoyaron sobre el suelo y reclamó sus labios con un beso.
Grace escuchó que alguien se aclaraba la garganta.
— Discúlpame, Julián —dijo Atenea, al ver que no soltaba a Grace—. Debes tomar una decisión. ¿Quieres que te envíe a casa o no?
Grace se echó a temblar.
Julián la miró de forma abrasadora y acarició con mucha suavidad su mejilla como si estuviera saboreando el tacto de su piel.
— Sólo he conocido un hogar en todos los siglos de mi existencia.
Grace se mordió el labio mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Iba a abandonarla en ese mismo momento. Dios santo, sólo rogaba tener la fuerza necesaria para soportar el dolor.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:50 am

Julián se inclinó y le besó la frente.
— Y es con Grace —susurró sobre su pelo—. Si ella me acepta.
Grace puso los ojos en blanco; se sentía tan aliviada que tenía ganas de gritar y reír a la vez, pero sobre todo quería abrazarlo y retenerlo junto a ella para siempre.
— ¡Jesús, Julián! —exclamó con una apatía totalmente falsa—. No lo sé… Ocupas toda la cama, y llevas unos boxers espantosos… ¿Crees que voy a poder soportarlo? Si vuelves conmigo tendremos que hacer que desaparezcan. Y nada de volver a acostarse con los vaqueros puestos por la noche; me raspan las piernas.
Él soltó una carcajada.
— No te preocupes. Para lo que tengo en mente, el nudismo viene mucho mejor.
La risa de Grace se unió a la suya mientras Julián le tomaba la cara entre las manos.
Al intentar besarla, ella se alejó de forma juguetona.
— ¡Ah, por cierto! ¿Ésta es tu armadura?
Él la miró ceñudo.
— La misma; o al menos lo era.
— ¿Podemos quedárnosla?
— Si tú quieres… ¿por qué?
— Porque… Mmm cariño —ronroneó Grace lanzando una mirada lasciva sobre su fantástico cuerpo—, te queda de muerte. Si te la pones, te prometo que pasarás un buen rato en la cama cinco o seis veces al día.
Atenea y Afrodita se rieron al unísono.

Aparecieron en la habitación de Grace con otro de aquellos destellos cegadores; exactamente en la misma posición que se encontraban cuando Príapo apareció.
— ¡Eh! —exclamó Grace enfadada—. ¿Dónde está la armadura?
Apareció súbitamente junto con el yelmo, la espada y el escudo, en un rincón del dormitorio.
— ¿Ya estás contenta? —le preguntó Julián mientras la acomodaba sobre su pecho.
— Delirante de felicidad.
Alzó la cabeza y la besó de tal forma que Grace se estremeció de la cabeza a los pies y gimió al sentir la calidez de su boca sobre la suya. Al sentir su cuerpo bajo ella.
Jamás permitiría que volviese a marcharse.
— Por cierto…
Julián se apartó de los labios de Grace con un gruñido y alzó la sábana con rapidez para taparlos a ambos con ella.
Grace la apretó con fuerza a la altura de la barbilla.
— Atenea —dijo Julián—, ¿piensas seguir interrumpiéndonos?
La diosa no parecía avergonzada en lo más mínimo mientras se aproximaba a la cama. Llevaba una caja dorada en las manos.
— Bueno, es que se me ha olvidado daros una cosa.
— ¿Qué? —preguntaron al unísono con suma irritación.
Antes de que Atenea pudiese contestar, apareció Afrodita.
— Ya lo tengo —le dijo a Atenea antes de quitarle la caja de las manos.
Atenea se desvaneció.
Afrodita se acercó a la cama, dejó la caja al lado de Julián y la abrió.
— Si vas a quedarte en esta época, necesitarás varias cosas: un certificado de nacimiento, un pasaporte, un permiso de residencia… —Afrodita miró la tarjeta verde y frunció el ceño— No, espera, esto no lo necesitas. —Y entonces miró a Grace—. ¿O sí?
— No, señora.
Afrodita sonrió mientras la tarjeta se evaporaba.
— También hay un carné de conducir pero, si aceptas un consejo maternal, deja que sea Grace quien se encargue del coche. No te lo tomes a mal, pero eres un completo desastre al volante. —Y suspiró—. Es una pena que no tengamos un dios para esas cuestiones. Pero qué se le va a hacer. —Cerró la caja y se la ofreció a su hijo—. Aquí tienes; puedes echarle un vistazo luego.
Cuando Afrodita comenzaba a alejarse, Julián se incorporó en la cama y la cogió de la mano.
— Gracias por todo, madre.
La diosa lo miró con los ojos llenos de lágrimas y le dio unas palmaditas en la mano.
— Siento muchísimo no haberme enterado de lo que les ocurrió a tus hijos hasta que fue demasiado tarde. No tienes idea de lo mucho que me arrepiento de no haberlo descubierto hasta después de que Tánatos reclamara sus almas.
Julián le dio un apretón cariñoso.
— ¿Me llamarás si necesitas cualquier cosa? —preguntó la diosa.
— Te llamaré aunque no necesite nada.
Afrodita se llevó la mano de Julián a los labios y la besó mientras sus ojos se clavaban en Grace para, de inmediato, volver de nuevo a su hijo.
— Quiero seis nietos. Como mínimo.
— ¡Eh! —exclamó Grace sacando de la caja un título universitario—. ¿Le has dado un título de Licenciado en Historia Antigua? ¿Y de Harvard?
Afrodita asintió con la cabeza.
— También hay uno de Lengua y Cultura Clásicas. —Miró a Julián—. No estaba segura de lo que querrías hacer, por eso he dejado que seas tú quien elija.
— ¿Podemos usarlos de verdad? —preguntó Grace.
— Claro que sí. Si miras un poco más abajo encontrarás su certificado de notas.
Grace lo hizo y al mirarlo jadeó.
— No es justo, ¡sólo hay matrículas de honor!
— Por supuesto —rezongó Afrodita, un poco indignada—. Mi hijo jamás será un segundón. —Sonrió—. No me molesté en hacer un certificado de matrimonio. Supuse que querríais encargaros de eso personalmente. Y tan pronto como Julián decida cuál será su apellido, aparecerá en todos los documentos. —La diosa rebuscó bajo los papeles y sacó una libreta bancaria—. Por cierto, he convertido el dinero que tenías en Macedonia en dólares para que puedas usarlo aquí.
Grace abrió la libreta y se quedó con la boca abierta.
— ¡Jesús, María y José! ¡Eres asquerosamente rico!
Julián se rió a carcajadas.
— Ya te lo dije, se me daba muy bien lo de conquistar.
Afrodita alargó una mano y el libro donde Julián había estado atrapado apareció entre sus brazos.
— También pensé que te gustaría buscar un lugar seguro donde guardar esto.
Julián se quedó boquiabierto mientras cogía el libro de las manos de su madre.
— ¿Me estás encargando la custodia de Príapo?
Afrodita se encogió de hombros.
— Te mató. No podía dejar que se marchara sin castigarlo de algún modo. Acabará saliendo si es un buen chico.
Grace casi se sentía apenada por el pobre Príapo.
Casi.
Afrodita se inclinó y besó a Julián en la mejilla.
— Siempre te he querido. Pero no he sabido cómo demostrarlo.
Él asintió con la cabeza.
— Supongo que eso suele pasar cuando tu madre es una diosa. No puedes esperar fiestas de cumpleaños y comidas caseras.
— Eso es cierto, pero te he dado muchos otros regalos que a tu novia parecen gustarle muchísimo.
— Hablando de eso —la interrumpió Grace, repentinamente asaltada por un pensamiento—, ¿no podemos deshacernos de ése que hace que las mujeres se sientan atraídas por él como por un imán?
La diosa la miró con una expresión divertida.
— Niña, mira bien a este hombre. ¿Qué mujer en su sano juicio no lo querría en su cama? Tendría que dejarlas ciegas a todas o hacer que Julián engordara y se quedara calvo.
— Déjalo, no importa. Acabaré acostumbrándome.
— Eso creo yo.
Afrodita desapareció tras el comentario.
Julián envolvió a Grace entre sus brazos y la acercó a él de nuevo.
— ¿Estás dolorida?
— No, ¿por qué?
— Porque tengo la intención de pasarme el día entero haciéndote el amor.
Ella le mordisqueó la barbilla.
— Mmm, me gusta esa idea…
Julián la besó.
— ¡Ah, espera! —exclamó alejándose de sus labios.
Grace frunció el ceño mientras Julián salía de la cama para coger libro, arrojarlo al pasillo y cerrar la puerta después.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó ella.
Julián volvió a la cama con su característico andar lento y ágil que la dejaba sin aliento y conseguía encenderla. Trepó al lecho con la misma gracia que un animal salvaje, desnudo y sigiloso, y recorrió su cuerpo con una mirada lujuriosa y ardiente.
— Puede escuchar todo lo que decimos. Y, personalmente, no quiero tenerlo al lado mientras hago esto.
Grace jadeó cuando Julián la puso de costado, acercándola a él.
— O esto —siguió él, deslizando una mano entre sus muslos y acariciándola con manos expertas.
Se acurrucó contra la espalda de Grace.
— Y sobre todo, no quiero que escuche esto.
Enterró sus labios en el cuello de Grace mientras deslizaba la mano por el interior de sus muslos para separarle las piernas e introducirse en ella hasta el fondo.
Grace gimió de satisfacción.
— He estado esperándote dos mil años, Grace Alexander —le susurró al oído—, y cada segundo de espera ha merecido la pena.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: UN AMANTE DE ENSUEÑO

Mensaje por Barachiel el Sáb Jun 20, 2009 1:51 am

Epílogo

Un año después

Julián abrió la puerta de la habitación del hospital. Junto a su madre y a Selena, entró sin hacer ruido, ya que no quería molestar a Grace si estaba descansando.
El miedo lo atenazó al verla tumbada en la cama. Su aspecto lo aterrorizaba, estaba muy pálida y parecía indefensa. No podía soportar verla a sí.
Ella era su fuerza. Su corazón. Su alma. Todo lo que era bueno en la vida.
La idea de perderla le resultaba insoportable.
Grace abrió los ojos y les sonrió.
— Hola —dijo en un susurro.
— ¡Hola guapa! —le contestó Selena—. ¿Qué tal estás?
— Exhausta, pero muy bien.
Julián se inclinó y la besó.
— ¿Necesitas algo?
— Tengo todo lo que siempre he deseado —le contestó ella con el rostro radiante.
Él le sonrió.
— Bueno, ¿dónde están mis nietos? —preguntó Afrodita.
— Se los han llevado para pesarlos —contestó Grace.
Y, como si las hubiesen llamado, las enfermeras entraron en ese instante empujando las cunas. Comprobaron los brazaletes de Grace y los de los bebés y salieron en silencio.
Julián se apartó del lado de Grace lo justo para coger en brazos a su hijo con mucho cuidado. La alegría lo inundó al acunar al diminuto bebé. Grace le había dado mucho más de lo que jamás imaginó que tendría. Y mucho más de lo que se merecía.
— Éste es Niklos James Alexander —dijo mientras lo depositaba en brazos de Afrodita para coger a su hija—. Y ésta es Vanessa Anne Alexander —y la colocó sobre el otro brazo de su madre.
Los labios de Afrodita comenzaron a temblar cuando miró a su nieta.
— ¿Le has puesto mi nombre?
— Los dos quisimos hacerlo —le dijo Grace.
Las lágrimas brotaron de los ojos de la diosa mientras contemplaba a sus dos nietos.
— ¡La de regalos que tengo para vosotros!
— ¡Mamá! —la interrumpió Julián con brusquedad—. Por favor, nada de regalos. Tu amor será suficiente.
La diosa se limpió las lágrimas y soltó una carcajada.
— De acuerdo. Pero si cambiáis de opinión, decídmelo.
Grace observó a Julián mientras éste acariciaba la cabeza pelona de Niklos. No lo habría creído posible pero, en ese momento, lo amaba aún más que antes.
Cada día pasado junto a él había sido una bendición.
— ¡Ah, por cierto! —exclamó Selena mientras cogía a Vanessa de los brazos de Afrodita—. Fui ayer a la librería y Príapo no estaba. Hace unos días que hubo luna llena. ¿Alguien quiere apostar a que en estos momentos está practicando sexo salvaje y desenfrenado con alguien?
Todos se rieron.
Excepto Julián.
— ¿Te pasa algo? —le preguntó Grace.
— Supongo que me siento un poco culpable.
— ¡¿Culpable?! —exclamó Selena con incredulidad—. ¿Por Príapo?
Julián señaló con un gesto a Grace y a los niños.
— ¿Cómo podría guardarle rencor? Sin su maldición jamás os tendría a ninguno de vosotros. Fue una pesadez pero debo admitir que mereció la pena.
Todas las miradas se clavaron, expectantes, en Afrodita.
— ¿Qué? —preguntó ella con fingida inocencia—. ¡No me digas que quieres que lo libere! Ya te lo dije, lo haré cuando aprenda la lección…
Selena meneó la cabeza.
— Pobre tío Príapo —dijo dirigiéndose a Vanessa—. Pero fue un chico muy, muy malo.
La puerta se abrió en ese instante y una enfermera se asomó, indecisa.
— ¿Doctor Alexander? —se dirigió a Julián—, hay una pareja aquí fuera que dicen ser familiares suyos. Ellos… mmm… —bajó la voz hasta hablar en un murmullo— son moteros.
— ¡Eh, Julián! —lo llamó Eros desde detrás de la enfermera—. Dile a Atila el Huno que somos de fiar para que podamos entrar a babear sobre los bebés.
Julián soltó una carcajada.
— Está bien, Trish —le dijo a la enfermera—. Es mi hermano.
Eros le hizo una mueca burlona a Trish mientras entraba a la habitación junto a Psique.
— Que alguien me recuerde que tengo que dispararle una flecha de la mala suerte al salir —comentó mientras la enfermera cerraba la puerta.
Julián lo miró con una ceja arqueada.
— ¿Tengo que confiscarte de nuevo el arco?
Eros le contestó con un gesto grosero y se acercó a Selena para tomar en brazos a Vanessa.
— ¡Ooooh! Menuda rompecorazones que vas a ser. Apuesto a que vas a tener a montones de niños corriendo detrás de ti.
Julián perdió el color del rostro y miró a su madre.
— Mamá, hay un regalo que me gustaría pedirte.
Afrodita lo observó, esperanzada.
— ¿Te importaría hablar con Hefesto para que hiciera un cinturón de castidad apropiado para Vanessa?
— ¡Julián! —balbució Grace con una carcajada.
— No tendría que llevarlo durante mucho tiempo; sólo treinta o cuarenta años.
Grace puso los ojos en blanco.
— Menos mal que tienes a tu mamá —le dijo al bebé que Eros sostenía—, porque tu papi no es nada divertido.
Julián alzó una ceja con un gesto arrogante.
— ¿Que no soy divertido? —repitió—. Divertido… eso no es lo que dijiste el día que concebiste a estos dos…
— ¡Julián! —exclamó Grace con el rostro arrebolado. Pero ya hacía tiempo que sabía que era incorregible.
Y lo amaba tal y como era.

Fin

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