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HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:23 am

—¡Tonterías! – Respondió Chris del mismo modo—. Tampoco tengo ningún problema allí. Mi único problema eres tú, entrometiéndote todo el tiempo para que me acueste con alguien.
Oh, Cassandra realmente no quería saber adónde estaba llevando esta conversación. Era demasiada información sobre ambos hombres.
—Bueno, entonces, ¿de qué problema estabas hablando? –le preguntó a Chris.
—El hecho de que si sales de la habitación, para el momento en que llegues al final del pasillo, no lo recordarás.
—Oh –dijo al comprenderlo—. Eso.
—Sí, eso.
—No es un problema –dijo Wulf mientras cruzaba los brazos sobre el pecho—. Ella me recuerda.
—Ah, hombre –dijo Chris, su rostro demudado por el desagrado—. ¿Le he hecho insinuaciones a una parienta? Eso es tan enfermo.
Wulf puso los ojos en blanco.
—Ella no está emparentada con nosotros.
Chris pareció aliviado por un segundo, luego se vio mal nuevamente.
—Bueno, entonces eso es aún peor. Finalmente encuentro a una mujer que no piensa que soy un completo perdedor, ¿y está aquí para ti? ¿Qué sucede aquí? —Chris se detuvo. La luz volvió a su rostro como si hubiese tenido una idea aún mejor—. Oh, espera, ¿qué estoy diciendo? Si ella te recuerda, ¡estoy libre! ¡Wahoo! —Chris comenzó a bailar alrededor del sofá.
Cassandra miró fijamente sus movimientos caóticos y fuera de ritmo. Wulf realmente tenía que permitir que el chico saliera más seguido.
—No te emociones demasiado, Christopher –dijo Wulf, esquivándolo cuando Chris dio la vuelta al sillón para intentar incluirlo en el baile—. Resulta que ella es Apolita.
Chris se quedó helado, luego se calmó.
—No puede serlo, la he visto a la luz del día y no tiene colmillos.
—Soy mitad Apolita.
Chris se paró detrás de Wulf como si de pronto tuviese miedo de que ella pudiera empezar a alimentarse de él.
—Entonces, ¿qué vas a hacer con ella?
—Es mi invitada por un tiempo. Tú, por otro lado, necesitas empacar. —Wulf lo empujó hacia el pasillo, pero Chris se rehusó a ceder—. Llamaré al Consejo para que te evacuen.
—¿Por qué?
—Porque tenemos a un desagradable Daimon con poderes inusuales persiguiéndola. No quiero verte atrapado en la línea de fuego.
Chris lo miró de un modo extraño.
—No soy un bebé, Wulf. No tienes que esconderme a la primera señal de algo que no sea aburrido.
A pesar de las palabras de Chris, Wulf se veía como un padre paciente tratando con un niñito.
—No voy a correr riesgos con tu vida, así que ve a empacar.
Chris gruñó irritadamente.
—Maldigo el día en que Morginne te dio el alma de una vieja y te hizo peor de lo que cualquier madre podría ser.
—Christopher Lars Eriksson, ¡muévete! –ladró Wulf en un tono tan dominante que Cassandra incluso se sobresaltó.
Chris lo miró sin expresión y aburridamente. Suspirando pesadamente, dio media vuelta y caminó de regreso por el pasillo desde el cual había aparecido.
—Lo juro –gruñó Wulf en un tono tan bajo que ella apenas lo escuchó—, hay veces en que podría ahorcarlo hasta matarlo.
—Bueno, es cierto que le hablas como si tuviera cuatro años.
Wulf se volvió hacia ella con una mirada tan amenazante, que de hecho Cassandra dio un paso atrás ante su furia.
—Eso no es asunto tuyo.
Cassandra levantó las manos y le devolvió la mirada furibunda con una propia.
—Discúlpame, señor Malo, pero utilizarás otro tono conmigo. No soy tu esclava para que me patees cuando te enojas. No tengo que quedarme aquí.
—Sí tienes que quedarte.
Ella lo miró con picardía.
—No lo creo, y a menos que quites ese enojo de tu voz cuando me hablas, lo único que vas a ver será mi trasero saliendo por esa puerta –dijo señalando la entrada.
La sonrisa que él le ofreció era perversa y fría.
—¿Alguna vez has intentado escapar de un Vikingo? Hay una maldita buena razón por la cual los europeos se mojan encima cada vez que nuestro nombre es mencionado.
Sus palabras la hicieron estremecer.
—No te atreverías.
—Siéntete libre de probarme.
Cassandra tragó. Quizás no debería estar tan segura.
Oh, al demonio con eso. Si él quería una pelea, ella estaba más que lista. Una mujer que había pasado su vida luchando contra Daimons estaba más que preparada para enfrentarse a cualquier Cazador Oscuro.
—Permíteme recordarte esto, señor Vikingo—Guerrero—Bárbaro—Rufián: mientras tus ancestros estaban hurgando por fuego y comida, los míos estaban dominando los elementos y construyendo un imperio que ni siquiera el mundo moderno puede tocar. Así que no te atrevas a amenazarme con lo que eres capaz de hacer. No pienso aceptar eso de ti ni de nadie más. ¿Entendido?
Para su sorpresa, él se rió ante sus palabras y se movió hasta quedar parado enfrente suyo. Sus ojos eran oscuros, peligrosos, y la excitaban a pesar de lo enojada que estaba con él. El calor del cuerpo de Wulf incineraba el suyo.
Y ahora le faltaba más el aliento.
Más consciente de él y de esa masculinidad cruda y perturbadora que hacía que cada parte femenina de ella palpitara.
Él puso su mano sobre la mejilla de Cassandra. Una comisura de sus labios estaba curvada con diversión. La imagen de él observándola era totalmente devastadora.
—En mis días, habrías valido más que tu peso en oro.
Entonces hizo lo más inesperado de todo: inclinó la cabeza y la besó.
Cassandra gimió ante el salvaje sabor de Wulf. Su respiración mezclada con la suya, mientras saqueaba su boca, la dejaba excitada y vibrando por él.
Pero bueno, eso no era difícil. No cuando él era tan deliciosamente perfecto. Tan ardiente y varonil.
Su cuerpo entero chisporroteaba ante su cercanía. Ante el sabor de su lengua danzando con la suya mientras él gruñía gravemente.
Wulf la atrajo más hacia sí. Tan cerca que ella podía sentir la protuberancia de su pene contra la cadera. Ya estaba duro, y ella sabía de primera mano qué tan capaz era como amante. Ese conocimiento la dejaba aún más jadeante. Necesitada. Él pasó las manos por su espalda hasta ahuecar su trasero y apretarla más contra él.
La rabia de Cassandra se derritió ante el deseo que sentía por este hombre.
—Sabes aún más dulce que antes –susurró él contra sus labios.
Ella no podía hablar. Era cierto. Esto era mucho más intenso. Mucho más chispeante que cualquier cosa que hubiese soñado. Todo lo que quería hacer era quitarle la ropa, tirarlo sobre el piso y montarlo hasta que los dos estuviesen transpirados y saciados.
Cada parte suya le gritaba que hiciera realidad su fantasía.
Wulf no podía respirar mientras sentía sus femeninas curvas contra él y entre sus manos.
La deseaba locamente. Desesperadamente. Peor aún, la había tomado suficientes veces en sus sueños como para saber exactamente cuán apasionada era ella.
Es una Apolita. La versión más elevada de la fruta prohibida.
La voz de la cordura atravesó su mente.
Él no quería escucharla.
Pero no tenía elección.
Soltándola, se forzó a sí mismo a apartarse de ella y de la necesidad que creaba dentro suyo.
Para su sorpresa, ella no lo dejó ir. Lo atrajo de regreso a sus labios y embelesó su boca con la suya. Wulf cerró los ojos y siseó de placer mientras Cassandra penetraba en cada sentido que él poseía. Su aroma a rosas y talco lo embriagaba.
Wulf no creía que jamás pudiera tener suficiente de ese aroma. De su cuerpo meneándose contra el suyo.
La deseaba más de lo que había deseado nada en su vida.
Ella se apartó y lo miró. Sus ojos verdes estaban brillosos, sus mejillas sonrojadas por la pasión.
—No eres el único que desea algo imposible, Wulf. Por mucho que me odies por lo que soy, imagina cómo me siento al saber que he soñado con un hombre que ha exterminado a mi gente por, ¿cuántos siglos, ya?
—Doce –dijo él antes de poder detenerse.
Ella dio un respingo al oírlo. Sus manos cayeron del rostro de Wulf.
—¿A cuántos de nosotros has matado? ¿Lo sabes?
Él sacudió la cabeza.
—Tenían que morir. Estaban asesinando a gente inocente.
Los ojos de Cassandra se oscurecieron y se volvieron acusadores.
—Estaban sobreviviendo, Wulf. Jamás tuviste que enfrentarte a la posibilidad de estar muerto a los veintisiete años. Cuando la vida de la mayoría de las personas está comenzando, nosotros estamos frente a una sentencia de muerte. ¿Tienes alguna idea de lo que es saber que jamás podrás ver a tus hijos crecer? ¿Qué jamás conocerás a tus nietos? Mi madre solía decir que éramos flores de la primavera que estábamos hechos para florecer en una sola estación. Traemos nuestros dones al mundo y entonces nos reducimos a polvo para que otros puedan venir después de nosotros.
Ella levantó la mano derecha para que Wulf pudiese ver las cinco diminutas lágrimas rosa tatuadas en su palma, en forma de pétalos de flor.
—Cuando los que amamos mueren, los inmortalizamos así. Tengo una por mi madre y las otras cuatro por mis hermanas. Nadie jamás conocerá la belleza de la risa de mis hermanas. Nadie recordará la gentileza de la sonrisa de mi madre. Dentro de ocho meses, mi padre ni siquiera tendrá suficiente de mí para enterrar. Me convertiré en un puñado de polvo. ¿Y por qué? ¿Por algo que mi tatara-tatara-tatara-algo hizo? He estado sola toda mi vida, porque no me atrevo a dejar que alguien me conozca. No quiero amar por miedo a dejar a alguien como mi padre que sufra por mi muerte. Yo seré un vago sueño, y aún así tú estás aquí, Wulf Tryggvason. Un Vikingo canalla que una vez vagó por el mundo asaltando aldeas. ¿A cuánta gente asesinaste en tu vida como humano mientras buscabas tesoros y fama? ¿Eras mejor que los Daimons que matan para poder vivir? ¿Qué te hace mejor que nosotros?
—No es lo mismo.
La incredulidad la inundó porque él no podía ver lo que era tan evidente.
—¿No lo es? Sabes, visité tu página web y vi los nombres allí listados. Kyrian de Tracia, Julian de Macedonia, Valerius Magnus, Jamie Gallagher, William Jess Brady. He estudiado historia toda mi vida y conozco cada uno de esos nombres y el terror que forjaban en su tiempo. ¿Por qué está bien que los Cazadores Oscuros tengan la inmortalidad aunque la mayoría de ustedes eran asesinos mientras eran humanos, mientras que nosotros estamos condenados desde el nacimiento por cosas que jamás hicimos? ¿Dónde existe la justicia?

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:29 am

Wulf no quería escuchar sus palabras. Jamás había pensado en los Daimons y en porqué hacían lo que hacían. Él tenía un trabajo que hacer, así que los mataba. Los Cazadores Oscuros eran quienes estaban en lo correcto. Eran protectores de la humanidad. Los Daimons eran los depredadores que merecían ser perseguidos y asesinados.
—Los Daimons son malignos.
—¿Yo soy maligna?
No, no lo era. Ella era…
Era otras cosas que él no se atrevía a mencionar.
—Eres una Apolita –dijo enérgicamente.
—Soy una mujer, Wulf –dijo ella sencillamente, con la voz llena de emoción—. Lloro y me lamento. Río y amo. Al igual que mi madre lo hizo. No veo la diferencia entre nosotras y cualquier otra persona del planeta.
Él se encontró con su mirada, y el fuego en sus ojos la quemó.
—Yo sí, Cassandra. Yo veo la diferencia.
Sus palabras la hirieron en lo más vivo.
—Entonces no tenemos nada más de qué hablar. Somos enemigos. Es todo lo que podemos ser.
Wulf respiró profundamente mientras ella decía una verdad que no podía ser modificada. Desde el día en que Apolo había condenado a sus propios hijos, los Cazadores Oscuros y los Apolitas habían sido enemigos a muerte.
—Lo sé –dijo él suavemente, con la garganta seca al darse cuenta de eso.
No quería ser enemigo, no de ella.
¿Pero cómo podrían ser otra cosa alguna vez?
Él no había elegido esta vida por sí mismo, pero había dado su palabra de vivirla ahora.
Eran enemigos.
Y eso lo mataba por dentro.
—Deja que te muestre dónde puedes dormir.
La condujo al ala opuesta a la de Chris, donde podría tener toda la privacidad que quisiera.
Cassandra no dijo nada mientras Wulf la dejaba en una habitación grande y cómoda. Su corazón estaba abatido, anhelando cosas que eran tontas y estúpidas. ¿Qué quería de él?
No había modo de impedirle que asesinara a su gente. Así era el mundo, y ninguna cantidad de argumentos cambiaría eso.
No había esperanzas de tener una relación con él o con ningún otro hombre. Su vida estaba casi terminada ahora. ¿Y dónde los dejaba eso?
En ningún lado.
Así que recurrió al humor que la había ayudado a pasar por las tragedias de su vida. Era todo lo que tenía.
—Dime, si me pierdo en este lugar, ¿tienes un equipo de búsqueda disponible para encontrarme nuevamente?
Él no rió. Había un sólido muro entre los dos ahora. Se había cerrado completamente a ella. Era mejor así.
—Iré a buscarte algo para dormir –dijo comenzando a alejarse de ella.
—Ni siquiera confías en mí como para mostrarme dónde duermes, ¿eh?
Su mirada fue perforante.
—Ya has visto donde duermo.
El rostro de Cassandra se sonrojó mientras recordaba el más erótico de sus sueños. Ese en el que había observado el bronceado cuerpo de Wulf en los espejos, deslizándose contra el suyo mientras le hacía el amor lenta y apasionadamente.
—¿La cama de hierro negro?
Él asintió y se fue.
Una vez sola, Cassandra se sentó sobre el colchón y apartó sus pensamientos.
—¿Qué estoy haciendo aquí?
Una parte de ella le decía que lo mandara al demonio y que corriera el riesgo con Stryker.
Pero otra parte de ella quería regresar a sus sueños y simular que este día no había sucedido.
No, lo que quería era lo único que sabía que jamás podría tener…
Quería una fantasía prohibida; un hombre que le perteneciera, al cual aferrarse. Un hombre con el que pudiera envejecer. Uno que sostuviera su mano mientras traía su bebé al mundo.
Era tan imposible que había enterrado esos sueños muchos años atrás.
Hasta ahora, jamás había conocido a alguien que la hiciera anhelar esas cosas que le eran negadas. No hasta que había mirado fijamente un par de ojos negros y había escuchado a un guerrero Vikingo hablar acerca de mantener a un niño a salvo.
Un hombre que se sentía culpable por su pasado.
Cassandra añoraba eso ahora. Y era un deseo imposible.
Wulf jamás podría ser suyo, y aunque lo fuese, ella estaría muerta en cuestión de meses.
Con la cabeza entre las manos, lloró.



CAPITULO 7

—Llévame con Cassandra –le gruñó Kat a la Cazadora Oscura castaña que estaba en el auto, junto a ella. No estaba en su naturaleza permitir que otro tuviese control sobre ella y su ambiente—. Soy la única que puede protegerla.
—Sí –dijo Corbin mientras ingresaba al camino de entrada de su mansión—. Hiciste un gran trabajo protegiéndola de… ¿la basura, era eso?
Kat se puso furiosa al oírla. El impulso de convertir a la Cazadora en polvo la atravesó; un derivado del desagradable carácter de su madre que ella había heredado. Afortunadamente para Corbin, Kat tenía más de su padre dentro suyo, y hacía tiempo que había aprendido a respirar hondo y no ceder a sus infantiles impulsos.
No lograría nada enojándose. Tenía que encontrar a Cassandra, y si utilizaba sus poderes para hacerlo, Stryker también podría localizar a Cass. Ese hijo de puta había aprendido tiempo atrás cómo seguir los sutiles matices de los poderes de Kat y usarlos contra ella. Por eso es que no había peleado contra él en el bar. Le gustara o no, Stryker era mucho más poderoso que ella. Principalmente porque a él no le importaba a quién lastimaba para salirse con la suya.
Lo que significaba que necesitaba a la Cazadora para que la llevara hasta Cass.
Kat se había tele-transportado fuera del apartamento por no más de cinco minutos, para poder ir a ver a la Destructora y decirle que dejara a Cassandra en paz.
¿Cómo podía saber que la Destructora usaría esa distracción para enviar a Stryker y sus hombres mientras ella no estaba?
Se sentía tan traicionada que no podía respirar. Durante todos esos siglos, ella había servido concienzudamente a Apollymi y a Artemisa. Ahora cada una de ellas la estaba usando en contra de la otra, y a Kat eso no le gustaba nada.
Y las dos se preguntaban por qué su padre no quería sumarse a sus juegos de cacería. Él era mucho más sabio que Kat, ya que siempre había logrado mantenerse fuera de estas situaciones. Sólo él parecía entender a ambas diosas.
Cómo deseaba poder llamarlo. Él probablemente terminaría con esto en cuestión de segundos. Pero involucrarlo sólo empeoraría las cosas.
No, tenía que manejar esto por sí misma.
Además, ya no le importaba lo que las diosas quisieran. Se había encariñado muchísimo con Cassandra estos últimos cinco años, y no quería que usasen a su amiga, y menos aún verla lastimada.
Era tiempo de que todos dejaran a Cassandra en paz.
Corbin se bajó del auto.
Kat la siguió dentro del garaje, luego se detuvo mientras Corbin abría la puerta de su casa.
—Mira, estamos todos en el mismo equipo.
La Cazadora la miró como si estuviera loca.
—Seguro que sí, corazón. Ahora entra para que pueda vigilarte y asegurarme que no hagas algo como abandonar a Cassandra ante sus enemigos otra vez.
Kat usó sus poderes lo suficiente como para mantener la puerta cerrada. Corbin sacudió el picaporte y golpeó la madera con su mano.
—Sabes –le dijo Kat enojada—, si quisiera a Cassandra muerta, ¿no te parece que podría haberla matado en estos cinco años? ¿Por qué esperaría hasta ahora?
Corbin se apartó de la puerta.
—¿Cómo sé que hace cinco años que la conoces?
Kat rió sarcásticamente.
—Pregúntale y verás.
Corbin la miró, pensativamente.
—¿Entonces por qué la dejaste desprotegida esta noche?
Kat la miró a los ojos, para que Corbin pudiera ver su sinceridad.
—Te lo juro, si hubiese sabido que esos bobos homicidas iban a aparecer, no hubiera puesto un pie afuera de ese apartamento.
Aún así, la mirada de Corbin seguía siendo dudosa. Por un lado, Kat admiraba lo protectora que era la mujer. Por el otro, quería estrangularla.
—No lo sé –dijo Corbin lentamente—. Quizás estás siendo honesta, y quizás estás llena de mentiras.
—Bien. —Kat sacudió las manos con frustración—. ¿Quieres pruebas?
—¿Tienes alguna?
Dándose vuelta, Kat levantó el dobladillo de su remera y le mostró a Corbin la piel que estaba justo sobre su cadera izquierda, donde residía su marca del doble arco y la flecha. Esa era la marca de Artemisa.
Los ojos de Corbin se ensancharon.
—Sé que no eres una Cazadora Oscura. ¿Qué eres?
—Soy una de las doncellas de Artemisa, y al igual que tú, he sido encargada de proteger a Cassandra. Ahora llévame con ella.
Wulf apenas golpeó a la puerta y luego la abrió, para encontrarse con Cassandra secándose los ojos. Se quedó helado ante esa imagen.
—¿Estás llorando?
—No –dijo ella, aclarándose la garganta—. Tenía algo en el ojo.
Él sabía que estaba mintiendo, pero respetaba su fuerza. Era agradable encontrar a una mujer que no usaba las lágrimas para manipular a los hombres.
Entró a la habitación indeciso. La idea de que ella llorase hacía que le doliera el pecho. Peor aún, sentía una insensata necesidad de tomarla en sus brazos y consolarla.
No podía. Necesitaba mantener la distancia.
—Yo… eh… tomé prestado esto de Chris.
Le alcanzó el pantalón de gimnasia y la remera que tenía en la mano.
—Gracias.
Wulf no podía apartar la mirada de ella. Su extenso cabello rubio—rojizo estaba apartado de su rostro. Algo acerca de ella le recordaba a una pequeña niña asustada, y al mismo tiempo había algo decidido y duro como una roca en Cassandra.
Ahuecó su fría mejilla en su mano y le levantó la cabeza para que lo mirase. En sus sueños, estaría recostándola sobre su espalda en la cama y probando sus labios.
Desabotonando su camisa…
—¿Has estado luchando así toda tu vida?

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:29 am

Ella asintió.
—Tanto Daimons como Apolitas cazan a mi familia. En un momento, había cientos de nosotros y ahora sólo quedo yo. Mi madre siempre me dijo que debíamos tener más hijos. Que dependía de nosotros continuar con la descendencia.
—¿Por qué no lo hiciste?
Ella aspiró por la nariz delicadamente.
—¿Por qué debería hacerlo? Si muero, entonces verán que no hay verdad en el mito que dice que nuestra muerte los liberará.
—¿Entonces jamás pensaste en convertirte en Daimon? –Cassandra se apartó de él, y Wulf vio la verdad en sus ojos—. ¿Podrías hacerlo? –le preguntó—. ¿Podrías matar a una persona inocente para vivir?
—No lo sé –respondió, alejándose de la cama para colocar el pantalón y la remera en el vestidor—. Dicen que se vuelve más sencillo luego del primero. Y una vez que tienes un alma ajena dentro tuyo, cambia todo en ti. Te conviertes en otra cosa. Algo maligno y despreocupado. Mi madre tenía un hermano que se convirtió. Yo sólo tenía seis años cuando él vino a ella e intentó convertirla en Daimon también. Cuando ella se rehusó, intentó matarla. Al final, el guardaespaldas lo mató, mientras mis hermanas y yo estábamos escondidas en un placard. Fue terrorífico. El tío Demos siempre había sido tan bueno con nosotras.
La tristeza de sus ojos mientras hablaba se envolvió alrededor del corazón de Wulf y lo estrujó fuertemente. No podía imaginar cuánto horror había visto ella en su joven vida.
Pero, por otro lado, su propia infancia tampoco había sido más fácil. La vergüenza, la humillación. Incluso luego de todos esos siglos, aún podía sentir las heridas.
Algunos dolores jamás mitigaban.
—¿Y tú? – Le preguntó ella, mirándolo sobre el hombro, ya que él no se reflejaba en el espejo—. ¿Te resultó más sencillo matar a un hombre luego de que tomaste la primera vida?
Su pregunta lo enfureció.
—Jamás asesiné a nadie. Sólo estaba protegiendo a mi hermano y a mí mismo.
—Ah, ya veo –dijo con calma—. ¿Entonces no crees que sea asesinato cuando irrumpes en el hogar de alguien para robarle y ellos luchan, antes de someterse a tu brutalidad?
La vergüenza lo inundó mientras recordaba algunas de sus primeras incursiones. En aquel entonces, su gente había viajado a lo largo y a lo ancho, atacando aldeas en medio de la noche para incursionar en otra gente, otras tierras. No buscaban la matanza, sino que preferían dejar vivos a tantos como pudieran. Especialmente cuando eran esclavos que podían vender luego en mercados extranjeros.
Su madre se había horrorizado cuando se enteró de que él y Erik habían comenzado a hacer redadas con los otros hijos de sus vecinos.
—Mis hijos están muertos para mí —había gruñido antes de echarlos de su asquerosa casa—. No quiero volver a ver a ninguno de los dos jamás.
Y no los había visto. Había muerto la primavera siguiente por una fiebre. Su hermana le había pagado a uno de los jóvenes de la aldea para que los encontrara y les diera la noticia.
Tres años pasaron antes de que pudiesen regresar a casa para presentar sus respetos. Para entonces su padre había sido asesinado y su hermana tomada por los invasores. Wulf se había ido a Inglaterra para liberarla, y fue ahí que Erik había muerto luego de abandonar la aldea.
Brynhild se había rehusado a ir con ellos.
“Cosecho lo que tú y Erik han sembrado. Es la voluntad de dios que yo sea esclava para servir, al igual que aquellos que tú y Erik han vendido se ven forzados a hacerlo. ¿Y para qué, Wulf? ¿Para conseguir beneficios y gloria? Déjame, hermano. No quiero más de tus modales de guerra.”
Como un tonto, la había dejado, y ella también había sido asesinada un año más tarde, cuando los anglosajones invadieron su pequeña aldea. La vida era muerte. Era lo único que era inevitable.
Como humano, se había acostumbrado bien a eso. Como Cazador Oscuro era un experto.
Se apartó de Cassandra.
—Los tiempos eran diferentes entonces.
—¿En serio? –le preguntó—. Jamás antes había escuchado que en la Edad Oscura se suponía que la gente fuese como ovejas para ser matados.
Cassandra se acobardó cuando Wulf giró hacia ella con un feroz gruñido.
—Si estás buscando que me disculpe por lo que hice, no lo haré. Nací en una raza que no respetaba nada excepto la fuerza del brazo con que uno usaba la espada. Crecí siendo burlado y ridiculizado porque mi padre no luchaba. Entonces cuando fui lo suficientemente grande como para probarles que no era como él, que podía estar junto a ellos en la batalla, y que lo haría, lo hice. Sí, hice cosas de las que me arrepiento. ¿Qué persona no lo ha hecho? Pero ni una sola vez maté o violé a una mujer. Jamás lastimé a un niño, ni a un hombre que no pudiera defenderse. Tu gente valora la muerte de un niño o de una mujer embarazada sobre todas las cosas. Los acosan sin ningún propósito más que alargar sus pútridas vidas. Así que no te atrevas a sermonearme.
Ella tragó con fuerza, pero se mantuvo admirablemente firme.
—Algunos lo hacen. Así como algunas de tus personas vivían para violar y saquear. ¿No me dijiste que tu propia madre era una esclava que había sido capturada por tu padre? Puede sorprenderte, Wulf Tryggvason, pero algunas de mis personas sólo cazan a gente como la tuya. Asesinos. Violadores. Hay una rama entera de Daimons llamados los Akelos que han jurado asesinar sólo a los humanos que lo merecen.
—Mientes.
—No –dijo ella, su tono sincero—, no miento. Es gracioso, cuando apenas te conocí pensé que podrías saber más sobre nuestra gente de lo que yo sé, ya que nos cazas. Pero no es así, ¿cierto? Para todos ustedes sólo somos animales. Ni siquiera vale la pena hablar con uno de nosotros para descubrir la verdad.
Era cierto. Jamás había pensado en los Daimons más allá del hecho de que eran asesinos que tenían que morir.
Y en cuanto a los Apolitas…
Nunca había pensado en ellos.
Ahora tenía un rostro “humano” que acompañaba al término “Apolita.”
No sólo un rostro… tenía un tacto.
El gentil susurro de una amante.
¿Pero qué cambiaba eso?
Nada. Al final del día, él aún era un Cazador Oscuro, y seguiría persiguiendo a los Daimons y mataría a cualquiera de ellos que encontrara.
No había nada más que decir entre ellos. Este era un obstáculo que ninguno de ellos podría superar jamás.
Por lo tanto, se retiró del conflicto.
—Tienes toda la casa a tu disposición por la noche, y del terreno durante el día.
—¿Y si quiero irme?
Él se burló.
—Pregúntale a Chris lo fácil que es.
Esa familiar luz apareció en sus ojos de esmeralda. La que lo desafiaba y le decía que no tenía ningún poder verdadero sobre ella. Era una de las cosas que más admiraba en ella; ese fuego y esa fuerte voluntad.
—Sabes, estoy acostumbrada a escapar de situaciones imposibles.
—Y yo estoy acostumbrado a rastrear y encontrar a Apolitas y Daimons.
Ella arqueó una ceja.
—¿Me estás desafiando?
Él negó con la cabeza.
—Sólo estoy declarando un hecho. Te vas y te traigo de regreso. Encadenada si es necesario.
De pronto ella lo miró de un modo gracioso, que le recordó a Chris.
—¿También vas a castigarme?
—Creo que estás un poquito grande para eso. También pienso que eres lo suficientemente inteligente como para saber lo estúpido que sería irte de aquí mientras Stryker y sus hombres están salivando para encontrarte nuevamente.
Cassandra odiaba el hecho de que tuviese razón.
—¿Puedo al menos llamar a mi padre y decirle dónde estoy para que no se preocupe?
Él sacó su teléfono celular del cinto y se lo alcanzó.
—Puedes dejarlo en el living cuando termines.
Se dio vuelta y abrió la puerta.
—Wulf –dijo ella antes de que pudiera irse. Él giró para mirarla—. Gracias por salvarme nuevamente cuando sé que debe quemarte por dentro haberlo hecho.
La mirada de él se suavizó.
—Eso no me quema por dentro, Cassandra. Sólo tú lo haces.
La mandíbula de Cassandra quedó floja mientras él salía de la habitación y cerraba la puerta.
Ella se quedó estúpida mientras esas palabras la atravesaban. ¿Quién hubiese pensado que su guerrero Vikingo tendría un lado más tierno? Pero ella debería saber la verdad. Había visto el corazón de Wulf en sus sueños.
Sueños que eran reales. En esas pocas horas preciosas, había echado un vistazo al corazón del hombre. A sus miedos.
Cosas que mantenía guardadas y ocultas a todo el mundo, excepto a ella…
—Debo estar loca –susurró.
¿Cómo podía sentir ternura hacia un hombre que no andaba con rodeos ante el hecho de que mataba a su gente?
Y en el fondo de su mente, se preguntaba si Wulf la mataría también, si se convertía en Daimon.


Wulf respiró larga y cansadamente mientras entraba al living, donde Chris estaba repantigado en el sofá. Justo lo que necesitaba esta noche, otra persona más que no podía hacer lo que le habían dicho.
Thor, ¿ninguno de ellos tenía una pizca de sentido común?
—Creo haberte dicho que empacaras.
—Empaca, cepíllate los dientes, acuéstate con alguien. Lo único que haces es decirme qué debo hacer. —Chris cambió los canales de la TV—. Si miraras a mis pies, verías que he empacado y que simplemente estoy esperando la próxima orden, muchas gracias.
Wulf miró hacia abajo, y se encontró con una mochila negra frente al sofá.
—¿Eso es todo lo que vas a llevarte?
—Sí. No necesito mucho, y cualquier otra cosa que necesite estoy seguro de que puedo comprarlo, ya que el Consejo sabe que soy el encantado que tiene que ser consentido por temor a que el gran y malo Escandinavo se comporte como Vikingo con sus cabezas.
Wulf le tiró uno de los almohadones del sofá. Suavemente.
Chris tiró la almohada detrás de su espalda y no le respondió mientras continuaba pasando los canales.
Wulf se sentó en el otro sillón, pero sus pensamientos continuaban regresando a la mujer que había dejado en el ala de invitados. Estaba muy confundido en lo que a ella respectaba, y la confusión no era algo con lo que tuviera mucha experiencia. Siempre había sido un hombre básico. Si tenía un problema, lo eliminaba.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:30 am

No podía eliminar a Cassandra por sí mismo. Bueno, en teoría podía, pero eso estaría mal. Lo más cerca que podría estar de eso sería tirarla por la puerta y dejar que se valiera por sí misma, o pasársela a Corbin.
Pero Ash lo había encargado de su protección, y él no creía en evadir sus obligaciones. Si Ash quería que la cuidara, debía haber una razón para eso. El Atlante jamás hacía nada sin una maldita buena razón.
—Entonces, ¿cuánto sabe Cassandra sobre nosotros? –preguntó Chris.
—Aparentemente todo. Como dijo, es Apolita.
—Mitad.
—Mitad, entera, ¿cuál es la diferencia?
Chris se encogió de hombros.
—La diferencia es que realmente me agrada. No es despreciable, como la mayoría de las demás perras ricas de la universidad.
—No seas tan irrespetuoso, Christopher.
Chris puso los ojos en blanco.
—Lo siento, olvidé cuánto odias esa palabra.
Wulf apoyó la cabeza contra su mano mientras miraba TV. Cassandra era diferente. Lo hacía sentir humano de nuevo. Lo hacía recordar lo que era ser normal. Sentirse bienvenido.
Esas eran cosas que no había sentido en un largo tiempo.
—Por dios. Ustedes dos parecen la Aldea del Sofá Maldito.
Wulf echó la cabeza atrás para ver a Cassandra parada en la entrada. Sacudiendo la cabeza, se acercó y le entregó el teléfono.
Chris rió y bajó el volumen.
—Sabes, me sorprende verte aquí en mi casa.
—Créeme, me sorprende estar aquí en tu casa.
Chris ignoró su comentario.
—Sin mencionar lo extraño que es que recuerdes a Wulf cuando regresas a la habitación. Sigo sintiendo la intensa necesidad de presentarlos.
El teléfono de Wulf comenzó a sonar con “Iron-man” de Black Sabbath. Lo tomó y lo abrió con un movimiento. Cassandra fue a sentarse cerca de Chris mientras Wulf atendía.
—¿Qué está haciendo ella aquí?
Cassandra frunció el ceño ante la brusca pregunta de Wulf.
—Llaman de seguridad –le dijo Chris.
—¿Cómo lo sabes?
—La canción. Wulf piensa que es gracioso que suene “Iron-man” para mis escoltas. Viven en la casa de seguridad que está más allá en la hacienda, no muy lejos de la entrada. Alguien debe haber pasado por el camino de entrada y tocado el timbre para ingresar.
Y ella pensaba que su padre era paranoico con la seguridad.
—¿Qué es este lugar, Fort Knox?
—No –dijo Chris seriamente—. En realidad podrías salir o entrar a Knox. El único modo de salir de aquí es con al menos dos guardias siguiéndote todo el tiempo.
—Suena como si hubieses intentado saltar el muro.
—Más veces de las que puedes contar.
Ella rió mientras recordaba lo que Wulf le había dicho en el dormitorio.
—Wulf dijo que era inútil.
—Lo es. Créeme, si hubiese un modo de salir, ya lo hubiera encontrado y usado.
Wulf colgó y se puso de pie.
—¿Es para mí? –preguntó Chris.
—No, es Corbin.
—¿Ella es quien está con Kat? –le preguntó Cassandra a Wulf.
Él asintió mientras iba hacia la puerta delantera.
Cassandra lo siguió a tiempo de ver un elegante Lotus Esprit rojo estacionando frente a la casa. La puerta del acompañante se abrió para mostrarle a Kat, quien salió del auto y corrió hacia la casa.
—Hey, niña, ¿estás bien?
Cassandra sonrió.
—No estoy segura.
—¿Por qué está ella aquí? –le preguntó Wulf a Corbin, mientras la Cazadora Oscura se acercaba.
La Cazadora metió las manos en los bolsillos mientras se aproximaba a él.
—También está al servicio de Artemisa. Su trabajo es proteger a Cassandra, y pensé que sería inteligente permitir que te ayude.
Wulf miró sospechosamente a Kat.
—No necesito ayuda.
Kat se erizó.
—Relájate, Sr. Macho, no voy a arruinarte el espectáculo. Pero me necesitas. Resulta que conozco a Stryker personalmente. Soy la única oportunidad que tienes de desviarlo.
Wulf no estaba seguro de creer en sus palabras.
—En el club dijiste que no lo conocías.
—No quería descubrir mi identidad, pero eso fue antes de que ustedes nos separaran y yo tuviera que convencer a Corbin de que me regresara a Cassandra antes de que Stryker la encuentre de nuevo.
—¿Confías en ella? –le preguntó a Corbin.
—Tanto como confío en cualquier otra persona. Pero ella señaló el hecho de que ha estado con Cassandra durante cinco años, y Cassandra aún no está muerta.
—Es verdad –dijo Cassandra—. He confiado absolutamente en ella todo este tiempo.
—Está bien –dijo Wulf, reacio. Buscó la mirada de Corbin—. Mantén tu teléfono encendido y me mantendré en contacto.
Corbin asintió, y luego se encaminó hacia su auto.
—No hemos sido presentados formalmente –dijo Kat, estirando la mano hacia Wulf mientras Corbin se iba—. Soy Katra.
Él estrechó su mano.
—Wulf.
—Sí, lo sé.
Kat los condujo hacia el interior de la casa, regresando al living, donde Chris aún estaba sentado en el sofá.
Wulf cerró y trabó la puerta detrás de ellos.
—A propósito, Wulf –dijo Kat mientras se detenía junto a la mochila de Chris—. Si estás pensando en enviar a Christopher a otro sitio para protegerlo, te recomiendo que lo reconsideres.
—¿Por qué?
Ella señaló el TV con su pulgar.
—¿Cuántas veces has visto el episodio de “secuestremos al amigo del tipo bueno y mantengámoslo para el rescate”?
Wulf resopló al escuchar eso.
—Confía en mí, nadie podría sacarlo del Consejo de Escuderos.
—Au contraire –dijo Kat sarcásticamente—. Stryker no tendrá ningún problema en encontrarlo. En el instante en que lo dejes salir de esta casa, Stryker y sus Illuminati estarán sobre él como blanco en la nieve. Jamás llegará a otra área protegida sin que ellos lo tengan. Literalmente.
—No se atreverían a matarlo, ¿verdad? –preguntó Cassandra.
—No –respondió Kat—. Ese no es el estilo de Stryker. A él le agrada el castigo y golpear a la gente donde más le duele. Enviará de regreso a Chris, muy bien. Simplemente que el chico ya no estará intacto.
—¿Intacto cómo? –preguntó Chris nerviosamente. Kat descendió la mirada hasta su entrepierna. Chris se cubrió inmediatamente con las manos—. Mierda.
—Oh, no, muñequito. Stryker sabe cuánto valora Wulf tu habilidad para procrear. Es lo único que le quitaría a los dos.
—Chris –dijo Wulf sobriamente—, ve a tu dormitorio y cierra la puerta con llave.
Chris salió corriendo de la habitación sin vacilar.
Wulf y Kat se miraron.
—Si conoces a este tal Stryker tan bien, entonces, ¿cómo sé que no estás trabajando para él?
Kat bufó al oírlo.
—Ni siquiera me cae bien. Tenemos un amigo en común, lo que ha hecho que nos encontremos un par de veces en estos siglos.
—¿Siglos? – Preguntó Cassandra—. ¡Siglos! ¿Qué eres, Kat?
Kat le dio una palmadita en el brazo para consolarla.
—Lo siento, Cass. Debería habértelo dicho antes, pero tenía miedo de que no confiaras en mí si te lo decía. Cinco años atrás, cuando Stryker casi te mató, Artemisa me envió para asegurarse de que él no se acercara tanto nuevamente.
La mente de Cassandra se mareó ante la revelación.
—¿Entonces sí fuiste tú quien abrió el portal en el club?
Ella asintió.
—Estoy rompiendo nueve tipos de juramentos aquí, pero lo último que quiero es verte lastimada. Lo juro.
Wulf se adelantó.
—¿Por qué todo este problema para mantenerla a salvo cuando de cualquier modo va a morir en unos meses?
Kat respiró hondo y dio un paso atrás. Miró a uno y otro antes de hablar finalmente.
—Ya no estoy aquí para mantenerla a salvo a ella.
Wulf se colocó entre Kat y Cassandra. Se puso tenso como si estuviera preparado para la batalla.
—¿Qué quieres decir con eso?
Kat inclinó la cabeza para poder encontrar la mirada de Cassandra detrás de la espalda de Wulf.
—Ahora estoy aquí para asegurarme que el bebé que lleva nazca sano.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:31 am

CAPITULO 8

—¿M-m-mi qué? –preguntó Cassandra, apabullada por las palabras de Kat.
No podía haber escuchado correctamente. No había modo de que estuviese embarazada.
—Tu bebé.
Obviamente, su oído funcionaba bien.
—¿Qué bebé?
Kat respiró hondo y habló lentamente, lo que fue algo bueno ya que a Cassandra le estaba costando entender todo esto.
—Estás embarazada, Cass. De muy poco tiempo, pero el bebé sobrevivirá. Me aseguraré doblemente de que eso suceda.
Sinceramente, Cassandra se sentía como si la hubiesen aporreado con un repentino golpe imprevisto. Su mente apenas podía concebir lo que Kat le estaba diciendo.
—No puedo estar embarazada. No he estado con nadie.
La mirada de Kat volvió hacia Wulf.
—¿Qué? –preguntó él, a la defensiva.
—Tú eres el padre –dijo Kat.
—Oh, demonios. Lamento estropearte el asunto, bebé, pero los Cazadores Oscuros no podemos tener hijos. Somos estériles.
Kat asintió.
—Es cierto, pero tú no eres realmente un Cazador Oscuro, ¿verdad?
—¿Entonces qué diablos soy?
—Inmortal, pero a diferencia de los demás Cazadores Oscuros, no moriste. Jamás. Los demás se volvieron estériles porque sus cuerpos estuvieron muertos durante un tiempo. El tuyo, por otro lado, está tan intacto ahora como lo estaba hace mil doscientos años atrás.
—Pero yo no la toqué –insistió Wulf.
Kat arqueó una ceja.
—Oh, sí que lo hiciste.
—Eso fue un sueño –dijeron Wulf y Cassandra al unísono.
—¿Un sueño que ambos recuerdan? No, fueron unidos para que pudieses renovar la descendencia de Cassandra, y yo debería saberlo, ya que fui quien drogó a Cassandra más temprano para que pudiese estar contigo.
—Oh, voy a vomitar –dijo Cassandra, dando un paso atrás para apoyarse en el brazo del sofá—. Esto no puede estar sucediendo. Simplemente no es posible.
—Oh, bien –dijo Kat sarcásticamente—, no dejemos que la realidad se entrometa ahora, ¿está bien? Quiero decir, hey, tú eres un ser mitológico descendiente de seres mitológicos y estás en la casa de un guardián inmortal al que ningún humano puede recordar cinco minutos después de abandonar su presencia. ¿Quién dice que no puedes quedar embarazada de él en un sueño? ¿Qué? ¿Nos metemos en el reino de la realidad ahora? –Kat miró a Cassandra perspicazmente—. Te digo algo, creeré en las leyes de la naturaleza cuando Wulf pueda salir a la luz del sol y no encenderse en llamas espontáneamente o, mejor aún, cuando tú, Cass, puedas ir a una playa y broncearte.
Wulf estaba tan asombrado que no podía moverse, mientras Kat continuaba hablando. ¿Cassandra estaba embarazada de su hijo? Esto era algo que él nunca, jamás se hubiese atrevido a pensar o anhelar.
No, no podía creerlo. Simplemente no podía.
—¿Cómo puedo haberla dejado embarazada en un sueño? –preguntó, interrumpiendo a Kat.
Kat se calmó un poquito y se los explicó.
—Hay diferentes tipos de sueños. Diferentes reinos para ellos. Artemisa hizo que uno de los Cazadores de Sueños los juntara en un estado semiconsciente para que pudieran, digamos, unirse.
Wulf frunció el ceño.
—¿Pero por qué haría eso?
Kat señaló a Cassandra con la mano.
—Ella no quería acostarse con nadie más. En los cinco años que he estado con ella, ni siquiera ha mirado a ningún hombre con lujuria en sus ojos. No hasta la noche en que entraste al club a matar a los Daimons. Se encendió como una luciérnaga. Luego de que corrió detrás de ti pensé que finalmente habíamos encontrado a alguien con quien se acostaría alegremente. ¿Pero hicieron ustedes dos lo más normal y natural, regresaron a tu casa y se aparearon como conejitos? No. Ella vuelve pavoneándose como si nada hubiese sucedido. Por dios. No tienen remedio. —Kat suspiró—. Así que Artemisa se dio cuenta de que podía usar esa momentánea conexión que habían tenido en la calle para meter a Cass en tus sueños, para que pudieses fecundarla de ese modo.
—¿Pero por qué? –Preguntó Cassandra—. ¿Por qué es tan importante que esté embarazada?
—Porque el mito del que te burlas es cierto. Si el último descendiente directo de Apolo muere, la maldición termina.
—Entonces déjenme morir y liberar a los Apolitas.
El rostro de Kat se ensombreció con una advertencia.
—Jamás dije que serían liberados. Ves, lo gracioso acerca de los Destinos es que nada es sencillo, jamás. La maldición termina porque Apolo morirá contigo. Tu sangre y tu vida están conectadas con las suyas. Cuando él muera, el sol muere con él, así como Artemisa y la luna. Una vez que no estén, no queda mundo. Todos nosotros estamos muertos. Todos nosotros.
—No, no, no –susurró Cassandra—. Esto no puede ser cierto.
No había un alivio temporal en la expresión de Kat.
—Lo es, querida. Créeme. Si fuera de otro modo, no estaría aquí.
Cassandra la miró mientras, por dentro, luchaba por encontrarle el sentido a todo. Era tan abrumador.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Sí lo hice, y te espantaste tanto que Artemisa y yo decidimos borrarlo de tu memoria y comenzar otra vez, más lentamente.
La furia la atravesó.
—¿Qué hicieron?
Kat se puso a la defensiva.
—Fue por tu propio bien. Estabas tan enojada ante la perspectiva de ser forzada a un embarazo que Artemisa decidió que necesitarías un padre y un bebé para hacer frente a la realidad. Cuando te lo expliqué, estabas exaltada y a punto de tirarte bajo un autobús antes de usar a un hombre y dejar atrás a un bebé que sería perseguido. Así que es genial que ahora hayas encontrado a Wulf, ¿verdad? Con sus poderes, los Apolitas y los Daimons no pueden acercarse a él sin morir.
Cassandra comenzó a acercarse a Kat sólo para que Wulf la sostuviese para que no pudiera alcanzarla.
—No lo hagas, Cassandra.
—Oh, por favor –le rogó—. Sólo quiero ahorcarla algunos minutos. –Ametralló con una furiosa mirada a la mujer que había pensado, erradamente, que era una amiga—. Confié en ti y me usaste y me mentiste. No me asombra que estuvieses intentando conseguirme citas todo el tiempo.
—Lo sé, y lo siento. –Sus ojos decían que Kat en verdad lo sentía, pero a Cassandra se le hacía difícil creerlo en ese momento—. ¿Pero no ves cómo todo se soluciona del mejor modo? Wulf tiene miedo de perder su última conexión de sangre con el mundo. A través de ti tiene otra línea que lo recordará mientras tengas a alguien inmortal que pueda contarle a tu hijo y a tus nietos acerca de ti y tu familia. Él puede cuidarlos y mantenerlos a salvo. Ya no habrá que escapar, Cass. Piensa en eso.
Cassandra no se movió mientras comprendía las palabras de Kat. Ella sería recordada y sus hijos estarían a salvo. Era todo lo que quería. Era por eso que jamás había considerado tener hijos.
¿Pero se atrevería a creer en esto?
Los Apolitas gestaban a sus bebés en pocos más de veinte semanas. La mitad de tiempo que los humanos. Como tenían una esperanza de vida tan breve, había varias diferencias fisiológicas extrañas. Los Apolitas llegaban a la adultez a los once años, y frecuentemente se casaban entre los doce y los quince años.
Su madre tenía sólo catorce años cuando se había casado con su padre, pero había tenido la apariencia de cualquier mujer humana de veinticinco años.
Cassandra observó a Wulf, cuyo rostro era ilegible.
—¿Qué piensas acerca de esto?
—Sinceramente, no sé qué pensar. Ayer, mi principal preocupación era que Chris se acostara con alguien. Ahora es el hecho de que si Kat no está drogada o alucinando, llevas una parte mía que tiene en sus manos el destino del mundo entero.
—Si dudas algo de esto, llama a Acheron –dijo Kat.
Wulf estrechó su mirada.
—¿Él lo sabe?
Kat dio un rodeo, y pareció nerviosa por primera vez.
—Dudo seriamente que Artemisa le haya contado algo acerca de este particular plan de unirlos y hacer un bebé. Él tiende a disgustarse cuando ella interfiere con el libre albedrío, pero él puede verificar todo lo que les he dicho sobre la profecía fácilmente.
Cassandra dejó escapar un intento de risa amargamente divertido, al escuchar que su “amiga” en realidad conocía a uno de los hombres sobre los que había leído en la página Web. Sin mencionar el hecho de que Kat también conocía a Stryker y sus hombres.
—Sólo por curiosidad, ¿hay alguien a quien no conozcas?
—No, en realidad no –dijo Kat un poquito incómoda—. He estado con Artemisa por un l-a-r-g-o tiempo.
—¿Y cuánto sería eso? –preguntó Cassandra.
Kat no respondió. En lugar de eso, dio un paso atrás y aplaudió.
—¿Saben qué? Creo que debería darles unos minutos para que hablen a solas. Me parece que iré a ver el cuarto de Cass.
Sin una palabra más, Kat salió disparada hacia el pasillo que conducía al ala de Cassandra. Aunque Cassandra no podía imaginar cómo ella sabía que ese era el camino correcto para ir. Pero bueno, Kat tampoco era exactamente humana.
Wulf no se movió hasta que Kat hubo desaparecido. Aún estaba intentando aceptar todo lo que Kat les había dicho.
—No sabía nada de esto, Wulf. Te lo juro.
—Lo sé.
Él miró fijamente a la madre de su hijo. Era increíble, y a pesar de la confusión que sentía, lo único que sabía era que una parte de él quería gritar con deleite.
—¿Te sientes bien? ¿Necesitas que te traiga algo?
Ella negó con la cabeza, luego lo miró. Sus ojos verdes lo quemaron de necesidad.
—En realidad, no sé a ti, pero me vendría bien un abrazo ahora.
Mentalmente, él no pensaba que fuese sabio apegarse a ella. Abrirse a una mujer que venía con una fecha de caducidad cercana, pero de cualquier modo se encontró atrayéndola hacia sus brazos, y tuvo que ponerse tenso para no sucumbir ante la sensación de ese cuerpo contra el suyo. La respiración de Cassandra cosquilleaba la piel de su cuello mientras ella envolvía los brazos alrededor de su cintura.
Se sentía tan bien allí. Tan adecuada. En todos esos siglos, él jamás había conocido nada igual a esta sensación de calidez.
¿Qué tenía que lo hacía temblar? ¿Que lo dejaba excitado y anhelante?
Cerrando los ojos, la abrazó y dejó que su aroma a talco y rosas lo calmara, haciéndolo olvidar que deberían ser enemigos.
Cassandra también cerró sus ojos, y permitió que el calor de Wulf se filtrara dentro suyo.
Se sentía tan maravilloso ser tocada de este modo. No era algo sexual, era el tipo de toque que tranquilizaba. Uno que los unía más que cualquiera de las intimidades que ya había compartido.
¿Cómo puedo sentirme reconfortada por alguien que ya me ha dicho que no le agrada mi gente?
Y aún así no había modo de negar que ella sí le agradaba.
Pero bueno, rara vez los sentimientos tenían sentido.
Mientras estaba allí parada, un horrible pensamiento perturbó la paz que sentía.
—¿Odiarás a mi bebé, Wulf, porque será en parte Apolita?
Wulf se puso tenso en sus brazos, como si no hubiese pensado en eso. Se apartó de ella.
—¿Qué tan Apolita será?
—No lo sé. En su mayor parte, mi familia ha sido de pura sangre. Mi madre rompió la costumbre porque pensó que un padre humano podría protegernos mejor. –Su estómago se tensó mientras recordaba los secretos que su madre le había impartido no mucho antes de morir—. Supuso que al menos él viviría más que sus hijos y sus nietos.
—Lo usó.
—No –dijo intensamente, ofendida por que él pensara en eso siquiera un instante—. Mi madre lo amaba, pero al igual que tú, ella estaba cumpliendo con su

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:31 am

deber de protegernos. Creo que como yo era tan pequeña cuando ella murió, realmente no tuvo tiempo de decirme qué tan importante sería mi rol si todas nosotras moríamos sin tener hijos. O quizás ella tampoco lo sabía. Sólo dijo que el deber de cada Apolita era continuar con el linaje.
Wulf se movió para apagar el TV, pero no la miró. Mantuvo su atención en la repisa de la chimenea, donde una vieja espada descansaba sobre un pedestal.
—¿Qué tan Apolita eres tú? No tienes colmillos, y Chris dijo que puedes caminar bajo la luz del sol.
Cassandra quería acercarse y tocarlo otra vez. Necesitaba sentirse cerca de él, pero sabía que no sería bienvenida.
Él necesitaba tiempo y respuestas.
—Cuando era niña tenía colmillos –explicó, sin querer ocultarle nada. Él merecía saber lo que su hijo podría necesitar para sobrevivir—. Mi padre hizo que los limaran cuando tenía diez años, para esconderme mejor entre los humanos. Como el resto de mi gente, necesito sangre para vivir, pero no tiene que ser de Apolitas, ni tampoco tengo que tomarla diariamente.
Cassandra se detuvo mientras pensaba en las necesidades de su vida y en cuánto deseaba haber nacido humana. Pero así y todo, había sido mucho más afortunada que sus hermanas, que tendían a ser más Apolitas que ella. Las cuatro habían estado envidiosas de lo mucho más sencilla que había sido la vida para Cassandra, quien podía caminar bajo el sol.
—Generalmente voy al médico para una transfusión una vez cada dos semanas –continuó—. Como mi padre tiene un equipo de médicos que investigan y trabajan para él, inventó pruebas que dijeran que yo tenía una enfermedad extraña, para poder obtener lo que necesitaba sin alertar a los demás doctores de que no soy del todo humana. Sólo voy cuando comienzo a sentirme débil. Y tampoco he crecido tan rápidamente como la mayoría de los Apolitas. Llegué a la pubertad al igual que una mujer humana.
—Entonces tal vez nuestro hijo sea aún más humano.
Ella no podía ignorar la nota esperanzada que había en su voz mientras decía esas palabras y, al igual que él, rezaba por lo mismo. Sería realmente un milagro tener un bebé humano.
Sin mencionar la alegría que sintió de que Wulf se refiriese a su bebé como “nuestro.” Al menos esa era una buena señal.
Al menos para el bebé.
—¿No rechazas al bebé? –le preguntó.
Wulf la miró con reprobación.
—Sé que estuve contigo en nuestros sueños, y como Kat dijo, soy la prueba viviente de lo que los dioses son capaces de hacer. Así que, no, no dudo de la realidad de esto. El bebé es mío, y seré su padre.
—Gracias –susurró ella mientras las lágrimas inundaban sus ojos.
Era mucho más de lo que jamás se había atrevido a desear.
Se aclaró la garganta y ahuyentó las lágrimas. No iba a llorar. No por esto. Cassandra era afortunada y lo sabía. A diferencia de otros de su especie, su hijo tendría un padre que lo mantendría a salvo. Uno que podría verlo crecer.
—Mira el lado bueno, sólo tienes que tolerarme durante algunos meses y luego estoy fuera de tu vida para siempre.
Él la miró tan salvajemente que ella dio un paso atrás.
—Jamás trates a la muerte con ligereza.
Cassandra recordó lo que él había dicho en su sueño sobre ver a las personas amadas morir.
—Créeme, no lo hago. Estoy muy consciente de lo frágiles que son nuestras vidas. Pero quizás el bebé vivirá más de veintisiete años.
—¿Y si no es así?
Su infierno continuaría, pero sería peor porque ahora serían sus herederos directos.
Su hijo.
Sus nietos. Y él estaría forzado a verlos morir como jóvenes adultos.
—Lamento tanto que te hayan metido en esto.
—También yo.
Wulf pasó junto a ella, y se encaminó hacia las escaleras que conducían a la planta baja.
—Al menos tú podrás conocer al bebé, Wulf –le dijo a su espalda—. Él o ella te recordarán. Yo sólo tendré unas pocas semanas con el bebé antes de tener que morir. Jamás me conocerá.
Él se detuvo sobre sus pasos. No se movió por un minuto entero.
Cassandra esperó algún indicio de emociones. Su rostro estaba indiferente. Sin un solo comentario, continuó su camino hacia abajo.
Intentó apartar el abandono de Wulf de sus pensamientos. Ahora tenía otras cosas en qué concentrarse, como el diminuto bebé que estaba creciendo dentro de ella.
Yendo hacia su habitación, quiso comenzar con los preparativos. El tiempo era demasiado crítico y demasiado breve para ella.
Wulf entró a su dormitorio y cerró la puerta. Necesitaba un poco de tiempo a solas para digerir todo lo que le habían dicho.
Iba a ser padre.
El niño lo recordaría. ¿Pero qué pasaba si era más Apolita que Cassandra? La genética era una ciencia extraña, y él había vivido lo suficiente como para ver qué tan bizarra podía ser. Con Chris, por ejemplo. Nadie se había parecido tanto a Erik desde que el hijo de Erik había muerto más de mil doscientos años atrás. Y aún así, Christopher era la viva imagen del hermano de Wulf.
Chris incluso poseía el temperamento y el porte de Erik. Podrían ser el mismo hombre.
¿Y qué si su hijo se convertía en Daimon algún día? ¿Podría cazar y matar a su propio hijo o hija?
La idea lo heló por dentro. Lo aterrorizó.
Wulf no sabía qué hacer. Necesitaba consejo. Alguien que pudiera ayudarlo a resolver esto. Tomando su teléfono, llamó a Talon.
Nadie contestó.
Maldiciendo, supo que había sólo otra persona que podría ayudar. Acheron.
El Atlante respondió al primer repique.
—¿Qué sucedió?
Se burló del cinismo de Ash.
—¿Nada de “hola, Wulf, cómo estás”?
—Te conozco, Vikingo. Sólo llamas cuando hay problemas. Así que, ¿qué pasa? ¿Tienes dificultades para encontrarte con Cassandra?
—Voy a ser padre.
Un absoluto silencio le respondió. Era agradable saber que las noticias sorprendían a Ash tanto como lo habían sorprendido a él.
—Bueno, supongo que la respuesta a mi pregunta es un gran, ¿verdad? –preguntó Ash finalmente. Se quedó callado nuevamente antes de preguntar—: ¿Estás bien?
—¿Entonces no te sorprende el hecho de que haya dejado embarazada a una mujer?
—No. Sabía que podías.
La mandíbula de Wulf cayó mientras la furia lo inundaba fuertemente. ¿Ash lo había sabido todo este tiempo?
—Sabes, esa información podría haber sido vital para mí, Ash. Maldito seas por no decirme esto antes.
—¿Qué hubiese cambiado si te lo hubiera dicho? Hubieses pasado los últimos doce siglos paranoico de tocar a una mujer por miedo a dejarla embarazada y que luego ella no te recordara como el padre. Has tenido suficiente de este modo. No vi la necesidad de agregarle eso también.
Wulf aún estaba enojado.
—¿Y qué si embaracé a alguien más?
—No lo has hecho.
—¿Cómo sabes?
—Créeme, lo sé. Si alguna vez hubiera sucedido, te lo hubiese dicho. No soy tan idiota como para no decirte algo así de importante.
Sí, claro. Si Ash se guardaba esto, entonces no podía saber qué otras cosas vitales había olvidado mencionar el Atlante.
—¿Y se supone que confíe en ti ahora que admitiste haberme mentido?
—Sabes, pienso que has estado hablando demasiado con Talon. De pronto los dos suenan como la misma persona. Sí, Wulf, puedes confiar en mí. Y jamás te mentí. Simplemente omití algunos hechos. —Wulf no respondió nada. Pero le hubiese encantado tener a Ash enfrente el tiempo suficiente como para destrozarlo a golpes por esto—. Entonces, ¿cómo está enfrentando Cassandra su embarazo? –preguntó Ash.
Wulf se quedó helado. Había veces en que Ash era verdaderamente terrorífico.
—¿Cómo supiste que Cassandra es la madre?
—Sé muchas cosas cuando me concentro.
—Entonces tal vez deberías aprender a compartir algunos de esos detalles, especialmente cuando comprometen la vida de otras personas.
Ash suspiró.
—Si te hace sentir mejor, no estoy mucho más contento por el modo en que salieron las cosas que tú. Pero a veces las cosas tienen que salir mal para ir bien.
—¿Qué quieres decir?
—Un día lo verás, hermanito. Te lo prometo.
Wulf hizo rechinar los dientes.
—Realmente odio cuando juegas al Oráculo.
—Lo sé. Todos lo odian. Pero, ¿qué puedo decir? Es mi trabajo molestarlos.
—Creo que deberías encontrar una nueva ocupación.
—¿Por qué? Resulta que disfruto la que tengo.
Pero algo en la voz de Ash le dijo a Wulf que el Atlante también estaba mintiendo sobre eso.
Así que Wulf decidió cambiar de jurisdicción.
—Ya que no quieres darme nada útil, déjame cambiar de tema un minuto. ¿Conoces a una de las doncellas de Artemisa, llamada Katra? Está aquí y dice estar de nuestro lado. Dice que ha estado protegiendo a Cassandra durante cinco años, pero no estoy seguro de si debería confiar en ella o no.
—No conozco a las doncellas por nombre, pero puedo preguntarle a Artemisa.
Por alguna extraña razón, eso en realidad lo hizo sentir mejor. Ash no era completamente omnisciente después de todo.
—Está bien. Avísame inmediatamente si no es una aliada.
—Definitivamente lo haré. —Wulf se movió para colgar—. A propósito –dijo Ash en cuanto él había apartado el teléfono.
Wulf lo regresó a su oreja.
—¿Qué?
—Felicitaciones por el bebé.
Wulf resopló.
—Gracias. Tal vez.
Cassandra dio vueltas por la enorme casa. Era como andar por un museo. Había antiguos artefactos nórdicos por todos lados. Sin mencionar pinturas al óleo de artistas famosos que jamás había visto antes, pero estaba segura de que eran auténticas.
Había una en particular fuera de su habitación realizada por Jan van Eyck, de un hombre de cabello oscuro y su esposa. En algunos aspectos le recordaba al famoso retrato Arnolfini, pero la pareja en éste se veía completamente diferente. La mujer rubia estaba vestida de un enérgico rojo, y el hombre de azul marino.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:32 am

—Es el retrato de bodas de dos de mis descendientes.
Cassandra se sobresaltó ante el profundo sonido de la voz de Wulf detrás suyo. No lo había oído acercarse.
—Es hermoso. ¿Tú lo mandaste a hacer?
Él asintió y señaló a la mujer del cuadro.
—Isabella era una admiradora del trabajo de van Eyck, así que pensé que sería un regalo de bodas perfecto para ellos. Ella era la hija mayor de otra familia de Escuderos, quien fue enviada para casarse con mi Escudero, Leif. Chris desciende de su tercera hija.
—Wow –susurró ella, impresionada—. Toda mi vida he luchado por descubrir algo sobre mi herencia y mi linaje, y aquí estás tú, un libro andante para Chris. ¿Tiene alguna idea de lo afortunado que es?
Wulf se encogió de hombros.
—He aprendido que, a su edad, la mayor parte de las personas no están interesadas en su pasado. Sólo en su futuro. Querrá saberlo cuando crezca.
—No lo sé –dijo Cassandra, pensando en el modo en que los ojos de Chris se encendían cuando intentaba enseñarle Inglés Antiguo—. Me parece que él sabe mucho más de lo que imaginas. Es un estudiante estrella en las clases. Deberías escucharlo. Cuando estábamos estudiando, parecía saber todo sobre tu cultura.
Los rasgos de Wulf se suavizaron, transformándolo en el dulce hombre que había visto en sus sueños.
—Así que en verdad escucha.
—Sí, lo hace. —Cassandra se encaminó a su cuarto—. Bueno, se está haciendo tarde y ha sido una noche realmente larga. Estaba por ir a dormir.
Wulf tomó su mano y la detuvo.
—Vine a buscarte.
—¿Por qué?
Él la miró fijamente.
—Ahora que estás embarazada de mi hijo, no quiero que duermas aquí arriba donde no puedo llegar a ti en caso de que necesitaras protección. Sé que dije que podías ir y venir a la luz del día, pero preferiría que no lo hicieras. Los Daimons tienen ayudantes humanos al igual que nosotros. Sería demasiado fácil para uno de ellos llegar hasta ti.
La primer reacción de Cassandra fue decirle que se callara, pero algo dentro suyo la retuvo.
—¿Me estás dando una orden?
—No –dijo él con calma—. Te lo estoy pidiendo. Por tu seguridad, y la del bebé.
Ella sonrió al escuchar eso, y la mordacidad en su voz le demostró que no estaba acostumbrado a pedir nada a nadie. Lo había oído ladrar suficientes órdenes a Chris como para saber que “Wulf” y “libertad” no eran exactamente sinónimos.
—Está bien –respondió, sonriéndole apenas—, pero sólo porque me lo pediste.
Los rasgos de Wulf se relajaron. Por dios, el hombre era hermoso cuando tenía esa apariencia.
—¿Hay algo que necesites de tu apartamento? Puedo enviar a alguien a buscarlo.
—Algo de ropa sería agradable. Maquillaje y un cepillo de dientes aún más.
Él extrajo su teléfono y marcó. Cassandra lo escuchó presentarse a sus hombres de seguridad mientras abría la puerta de su habitación y él la seguía. Kat, que estaba sentada en una silla leyendo, los miró sin hacer ningún comentario.
—Espera un segundo. –Le alcanzó el teléfono a ella—. Aquí tienes, diles lo que necesitas y dónde vives.
—¿Por qué?
—Porque si yo se los digo, olvidarán lo que dije dentro de cinco minutos y no se irán del lugar. Siempre tengo que tener a alguien, generalmente Ash, Chris, o mi amigo Talon, para que les digan que necesito que hagan, o les envío un e-mail. Y ahora mismo un e—mail o un mensaje de texto llevaría demasiado tiempo.
¿Hablaba en serio?
—Puedo ir con ellos –se ofreció Kat mientras dejaba el libro a un lado—. Sé lo que ella usa y quiero buscar algunas cosas para mí también.
Wulf les transmitió el mensaje a los guardias y luego hizo que Cassandra repitiera cada palabra.
Una vez que terminó de hablar con el guardia, colgó el teléfono. Dios misericordioso, y ella pensaba que su vida estaba jodida.
—¿Entonces estás diciéndome que los humanos ni siquiera pueden recordar una conversación contigo?
—No, jamás.
—¿Entonces cómo tienes guardado a Chris en secreto? ¿No puede simplemente decirles que tú estás de acuerdo con que él se vaya de la casa?
Wulf rió.
—Es que cada orden que involucre su seguridad tiene que ser aprobada primero por Ash, y Chris lo sabe. Los guardias de seguridad jamás se moverían sin órdenes directas de Ash.
Wow, el hombre era estricto.
Kat le sonrió amablemente a Cassandra mientras ella tomaba la ropa que Wulf le había dado de adentro del placard.
—Me alegro de que hayas manejado tan bien esto esta vez. Y Wulf también. Hace las cosas mucho más sencillas.
Cassandra asintió. En verdad, así era.
Si tan sólo Wulf pudiese aceptar su herencia tan fácilmente como había aceptado al bebé. ¿Pero qué bien haría eso si ella estaba destinada a morir?
Quizás este era el mejor modo de que funcionara. De este modo él no sufriría por ella.
No, le dijo la voz en su cabeza. Quería más que eso de Wulf. Quería lo que habían compartido en sus sueños.
Deja de ser egoísta.
Cassandra tragó con fuerza ante el pensamiento. Tenía razón. Sería más bondadoso mantenerse alejada de Wulf. Lo último que quería era saber que él se lamentaría por ella.
Mientras menos gente se apenara, mejor. Odiaba la idea de que alguien sufriera por ella del modo en que a ella le había dolido lo de su madre y sus hermanas. No había un día en que no estuvieran en sus pensamientos. En que una parte de ella no sufriera porque jamás podría verlas de nuevo.
Una vez que tuvo la remera y el pantalón de gimnasia en sus manos, Wulf caminó junto a ella por la casa. Su poderosa presencia tocaba algo muy profundo dentro de Cassandra. Jamás había imaginado sentirse así.
—Sabes, tienes un lugar bastante bueno aquí –le dijo.
Él miró alrededor, como si no se hubiese percatado de eso en bastante tiempo.
—Gracias. Fue construido a fines del siglo pasado por la tatara-tatara-abuela de Chris. Tenía quince hijos varones y quería espacio suficiente como para criarlos a ellos y a sus hijos.
Había un matiz de ternura en su voz cada vez que hablaba de su familia. Era evidente que había amado a cada uno de ellos profundamente.
—¿Y qué sucedió con ellos, Chris es el único que queda?
La tristeza oscureció los ojos de Wulf e hizo que el corazón de Cassandra se apenara por su dolor.
—El hijo mayor falleció con varios de sus primos y su tío como pasajeros en el Titanic. La plaga de influenza de 1918 mató a tres más de ellos y dejó a otros dos estériles. La guerra se llevó a otros cuatro. Dos murieron siendo pequeños y uno falleció en un accidente mientras cazaba siendo joven. Los otros dos, Stephen y Craig, se casaron. Stephen tuvo un niño y dos niñas. El hijo murió en la Segunda Guerra Mundial, y una de las hijas falleció enferma a los diez años, y la que quedaba murió en el parto antes de que el bebé pudiera nacer. —Cassandra dio un respingo ante sus palabras y el dolor que notaba en su voz. Era tan evidente que había amado mucho a cada uno de ellos—. Craig tuvo cuatro hijos varones. Uno de ellos murió en la Segunda Guerra Mundial, otro siendo pequeño, otro en un accidente de autos con su esposa, y el otro era el abuelo de Chris.
—Lo siento –le dijo, tocando su brazo compasivamente. No era de extrañar que cuidara a Chris tan celosamente—. Me asombra que hayas permitido que tantos de ellos fuesen a la guerra.
Él cubrió la mano de Cassandra con la suya. La expresión de sus ojos le demostraba cuánto apreciaba su toque.
—Créeme, intenté detenerlos. Pero sólo se puede intentar mantener a un hombre terco en casa hasta cierto punto. Finalmente comprendo cómo se sintió mi padre cuando Erik y yo nos fuimos de casa, contra sus deseos.
—Pero no comprendes porqué tu madre se rehusó a acogerlos en su hogar.
Él se detuvo en sus pasos al oírla.
—¿Cómo supiste eso?
—Yo… —Cassandra se quedó callada al darse cuenta de lo que había hecho—. Lo siento. De vez en cuando puedo leer pensamientos pasajeros. No es que quiera hacerlo, y no tengo control sobre eso, simplemente sucede. –Los ojos de Wulf eran tormentosos otra vez—. Sabes –intentó nuevamente, esperando poder consolarlo un poco—, a veces las personas dicen cosas en el momento de furia que luego lamentan. Estoy segura de que tu madre los perdonó.
—No –dijo él, con la voz baja y grave—. Yo había abandonado las creencias con las que me había criado. Dudo que alguna vez lo superara.
Cassandra tironeó la cadena plateada que estaba alrededor de su cuello mientras sostenía el collar entre sus manos. Al igual que en su sueño, era el martillo de Thor y un pequeño crucifijo.
—No creo que hayas abandonado nada. ¿Sino por qué usas esto?
Wulf miró los dedos de Cassandra, que acunaban la cruz de su madre y el talismán de su tío. Antiguas reliquias que había llevado por tanto tiempo que apenas recordaba su presencia.
Eran el pasado, y ella era su futuro. La dicotomía lo alcanzó muy dentro.
—Es para recordarme que las palabras dichas con furia jamás pueden ser retiradas.
—Y sin embargo hablas con furia con tanta frecuencia.
Él resopló.
—Algunos defectos no pueden cambiarse.
—Tal vez.
Cassandra se puso en puntas de pie y lo besó, con la intención de que fuera un gesto amistoso.
Wulf gruñó ante su sabor mientras la acercaba y la abrazaba fuertemente contra su pecho para poder sentir cada centímetro de su femenino cuerpo.
Cuánto la deseaba. Deseaba desgarrar su ropa y saciar el ardiente dolor que sentía en la entrepierna cada vez que ella lo miraba. Se sentía tan bien tener a una mujer que lo conocía.
Que recordaba su nombre y todo lo que él le decía.
No tenía precio.
Cassandra gimió profundamente ante la sensación de los labios de Wulf sobre los suyos. Sus colmillos rozando suavemente sus labios, su lengua luchando contra la de ella.
Sentía los músculos flexionándose bajo su mano, el acero enroscado de un cuerpo que era sutilmente afilado y vigorosamente peligroso.
Wulf era tan abrumador. Tan feroz y sin embargo tan extrañamente tierno. Una parte de ella no quería dejarlo ir jamás.
Una parte de ella le exigía que lo hiciera.
Sufriendo ante esa idea, profundizó su beso, y luego se apartó, renuentemente.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:32 am

Wulf no quería nada más que traerla de regreso a sus brazos. La observó mientras su corazón se aceleraba y su cuerpo ardía. ¿Por qué no la había encontrado mientras era humano?
¿Qué hubiese importado? Ella aún sería una Apolita y él de otra especie.
La suya era una relación imposible, y aún así habían sido unidos por una diosa conspiradora. Él estaba cautivado por el espíritu y la pasión de Cassandra. Su voz, su olor. Todo acerca de ella le llegaba al corazón.
Su relación estaba condenada desde el principio.
Ella va a morir.
Las palabras lo cortaron por dentro. Había estado solo tanto tiempo, con el corazón herido y sangrando por la pérdida. Y ella iba a ser otra cicatriz. Lo sabía. Podía sentirlo.
Wulf sólo esperaba que ésta sanara, aunque algo le decía que no sería así. Su presencia persistiría dentro de él así como la de los demás lo habían hecho.
Su rostro lo perseguiría…
Para siempre.
En ese momento, odiaba a Artemisa por su interferencia. La odiaba por haberlo forzado a esta vida y por darle a una mujer que no tenía más opción que perder.
No estaba bien.
¿Y por qué? ¿Porque Apolo se había enojado y había maldecido a su propia gente?
—Las descendencias son tan frágiles.
No se dio cuenta de que había hablado en voz alta hasta que Cassandra asintió.
—Eso explica porqué proteges a Chris del modo en que lo haces.
Ella no tenía idea.
Él la condujo hacia abajo por los escalones que descendían a su alojamiento.
—Debo admitir que me sorprende que Apolo no haya cuidado mejor a los suyos. Especialmente considerando lo importante que es.
—Al igual que tú, comenzamos siendo muchos, y rápidamente disminuimos hasta quedar yo. Claro que no ayudó en nada que fuésemos cazados hasta la extinción.
Wulf se detuvo fuera de su puerta cerrada con llave, la cual tenía un panel con teclas al lado, en la pared.
—¿Paranoico? –preguntó Cassandra.
Él apenas sonrió con irónica diversión mientras ingresaba el código.
—Tenemos a muchos sirvientes que trabajan aquí durante el día y no saben nada de mí, ya que no pueden recordar que existo. De este modo, no entran de casualidad en mi habitación y salen gritando que hay un intruso mientras Chris está en la universidad.
Para Cassandra, eso tenía mucho sentido.
—¿Cómo es ser tan anónimo?
Él abrió la puerta y encendió una débil luz del techo.
—A veces es como ser invisible. Lo que me resulta extraño es poder verlas a ti y a Kat nuevamente sin tener que volver a presentarme.
—Pero Acheron y Talon también te recuerdan.
—Es verdad. Los Cazadores Oscuros y los Were-Hunters Katagaria pueden recordarme, pero no puedo estar en presencia física de otros Cazadores Oscuros por mucho tiempo, y los Were-Hunters se ponen nerviosos y malhumorados cada vez que me acerco a ellos. No les agrada la idea de tener a alguien que no sea de los suyos.
Cassandra miró alrededor mientras él se dirigía hacia su cama. La habitación era enorme. Contra una pared había una estación de computadoras que le recordaba a la NASA, justo ahí había una computadora plateada Alienware sobre el escritorio negro contemporáneo.
Pero lo que la sobresaltó fue la gran cama negra en el fondo de la esquina derecha. Era exactamente igual a como había sido en su sueño. Las paredes alrededor de ellos eran de un mármol negro tan brillante que reflejaba, aunque a diferencia de sus sueños, Wulf no se reflejaba en ellas ahora. Y tampoco había ventanas.
En la pared a su izquierda había más retratos, y debajo de ellos un largo aparador de caoba. La parte superior del aparador estaba regado por cientos de portarretratos de plata. Un sofá de cuero negro y un reclinador como los que había arriba estaban ubicados delante, junto a un TV de pantalla gigante.
Observando la miríada de rostros del pasado, Cassandra pensó en la mujer que estaba escaleras arriba, en el retrato junto a la que ahora era la habitación de Kat. Wulf sabía mucho sobre ella, y eso la hacía preguntarse cuánto sabría acerca de cada rostro que había en esa pared y sobre el aparador. Rostros de personas que probablemente habían sabido muy poco de él.
—¿Tenías que presentarte constantemente a Isabella?
Él cerró y trabó la puerta tras de sí.
—Con ella era un poquito más sencillo. Como pertenecía a una familia de Escuderos, comprendía que yo era el Cazador Oscuro maldito, así que cada vez que nos encontrábamos ella sonreía y decía “Tú debes ser Wulf. Es un placer conocerte nuevamente.”
—¿Entonces todas sus esposas saben acerca de ti?
—No, sólo las que pertenecen a familias de Escuderos. No puedes explicar exactamente a los humanos normales que hay un Vikingo inmortal viviendo en el sótano, a quien no recordarán haber visto o hablado. Así que quienes son como la madre de Chris nunca saben que existo.
Ella lo miró mientras él se sentaba y se quitaba las botas. El hombre tenía unos pies excepcionalmente grandes…
—¿La madre de Chris no es una Escudera? –preguntó, intentando distraerse del hecho de que esos pies desnudos la hacían anhelar ver más partes desnudas de él.
—No. Su padre la conoció mientras ella trabajaba en un restaurante local. Él estaba tan enamorado de ella que no interferí.
—¿Por qué tuvieron sólo a Chris?
Wulf suspiró mientras colocaba sus botas debajo del escritorio.
—Ella no podía tener hijos fácilmente. Tuvo tres abortos antes de su nacimiento. Incluso Chris fue prematuro por siete semanas. Una vez que nació, le dije a su padre que no quería que ninguno de ellos pasara otra vez por otro embarazo.
Cassandra se sorprendió, dado lo importante que era su linaje para él.
—¿En verdad lo hiciste?
Él asintió.
—¿Cómo podía pedirles que continuaran haciéndolo? Dar a luz casi la mató, y los abortos siempre rompían su corazón.
Era admirable lo que había hecho. Estaba feliz de saber que él no era en realidad el bárbaro que había temido que fuese anteriormente.
—Eres un buen hombre, Wulf. La mayoría de la gente no hubiese pensado en los demás.
Él resopló.
—Chris no estaría de acuerdo contigo.
—Creo que Chris discreparía con un poste indicador.
Fue recompensada por una verdadera carcajada de Wulf. Era profunda y agradable, y envió un crudo estremecimiento a través de ella. Realmente amaba el sonido de su voz acentuada.
Oh, no empieces con eso…
Tenía que hacer algo para mantener sus pensamientos apartados de lo delicioso que era.
—Bueno –dijo, bostezando—, estoy cansada, apenas embarazada, y me vendría realmente bien una buena noche de descanso. –Señaló la puerta detrás suyo—. ¿Baño? —Él asintió—. Bueno. Voy a cambiarme y luego a dormir.
—Hay un cepillo de dientes nuevo en el botiquín.
—Gracias.
Cassandra lo dejó para prepararse para ir a la cama. Sola en el baño, abrió el botiquín y se detuvo. Dentro había todo tipo de provisiones médicas, incluyendo un bisturí y suturas. Wulf no debía poder ir al médico más que ella.
Mientras buscaba el nuevo cepillo de dientes, recordó los disparos que le habían dado los Daimons.
Su mirada regresó a las provisiones.
Él debía haber tenido que ocuparse de sus propias heridas. Solo. Ni siquiera había dicho una palabra acerca de ellas. Ni habían existido en sus sueños.
Entonces pensó en el modo en que Stryker se había curado cuando ella lo apuñaló, y se preguntó si el cuerpo de Wulf tendría la misma habilidad regenerativa.
—Pobre Wulf –susurró mientras se cambiaba la ropa.
Era tan extraño estar allí. Con él, en su dominio. No había pasado la noche con un hombre ni una sola vez. Los pocos tipos con los que se había acostado habían sido romances momentáneos, y ella se había ido de sus casas en cuanto había podido. No había necesidad de quedarse y que se apegaran uno a otro.
Pero ella estaba apegada a Wulf. Mucho más de lo que debería. ¿O no? Él era el padre de su bebé. ¿No deberían tener algún grado de intimidad?
Parecía adecuado.
Salió del baño para encontrarlo sentado, completamente vestido excepto por sus pies desnudos, sobre el reclinador en el área para sentarse.
—Puedes tomar la cama –le dijo—. Yo me quedaré con el sofá.
—Sabes, no tienes que hacer eso. No es como si pudieras dejarme embarazada o algo así.
Él no pareció divertido por sus palabras.
Cassandra achicó la distancia entre ellos y lo tomó de la mano.
—Vamos, Grandullón. No hay necesidad de que aprietes ese cuerpo extremadamente alto en un pequeño sillón cuando hay una cama perfectamente buena esperándote.
—Jamás he ido a la cama con una mujer. –Ella arqueó una ceja—. Para dormir –le aclaró—. Jamás he pasado la noche con alguien.
—¿Nunca? –Él negó con la cabeza. Bueno, entonces eran mucho más parecidos de lo que ella hubiese imaginado—. Bien, nunca eres demasiado viejo para tener nuevas experiencias. Bueno, quizás tú lo eres, pero en la mayoría de los casos esa es una declaración verdadera.
El ceño de Wulf se profundizó hasta ese nivel familiar.
—¿Todo es una broma para ti?
—No –dijo ella sinceramente mientras lo conducía hacia la cama—. Pero con humor es como atravieso los horrores de mi vida. O sea, vamos… Es reír o llorar, y llorar toma demasiada energía, que necesito para pasar el día, ¿sabes?
Cassandra lo soltó para poder trenzarse el cabello.
Wulf tomó sus manos entre las suyas y la detuvo.
—No me gusta que hagas eso.
Ella tragó con fuerza ante la hambrienta mirada de sus ojos de medianoche. Tenía una extraña sensación de déjà vu, aquí en su habitación, con esa expresión en su rostro. Aunque no debía, le gustaba ver el fuego en su mirada oscura. Le gustaba la sensación de esas manos sobre las suyas.
O mejor aún, la sensación de esas manos sobre su cuerpo…
Wulf sabía que no tenía sentido estar con ella, ni compartir la cama ni ninguna otra cosa, y aún así no podía impedirse hacerlo.
Quería tocar su piel realmente esta vez. Quería tener sus piernas enroscadas alrededor suyo mientras permitía que el calor del cuerpo de ella calmara a su cansado corazón.
No lo hagas.
La orden fue tan fuerte que casi le hizo caso, pero Wulf Tryggvason jamás había sido el tipo de hombre que sigue órdenes.
Ni siquiera las suyas.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:32 am

Inclinó la cabeza de Cassandra hacia arriba, para poder ver el apasionado calor de sus ojos verdes. Eso lo quemó. Los labios de ella se separaron, dándole la bienvenida.
Pasó suavemente sus dedos por la línea de su mandíbula hasta enterrarlos en el cabello rubio—rojizo. Luego tomó posesión de su boca. Ella sabía a calidez.
Ella lo acercó, sus brazos apretados y exigentes mientras pasaba las manos por la espalda de Wulf. El cuerpo de él se agitó, su pene se endureció inmediatamente.
Gimiendo, la levantó en sus brazos. Para su sorpresa, ella levantó las piernas y las enroscó alrededor de su cintura.
Él rió ante su respuesta justo cuando el calor de su cuerpo lo aguijoneaba. Su núcleo estaba presionado contra su entrepierna, haciéndolo consciente de lo cerca que estaba esa parte de ella.
Con los ojos oscurecidos por la pasión, le quitó la remera.
—¿Tienes hambre, villkat? –murmuró contra sus labios.
—Sí –jadeó ella, para su deleite.
Wulf la recostó en su cama. Ella bajó la mano entre sus cuerpos y le desabrochó el pantalón. Él gruñó profundamente en el instante en que su hambrienta mano lo tocó. La sensación de esos dedos acariciando su vara estremeció cada parte suya. Ella incluso recordaba cómo le gustaba que lo tocara. Acariciara.
Casi sentía ganas de llorar ante ese milagro. Quizás debería haber tomado a una Apolita o a una Were como amante siglos atrás.
No, pensó mientras enterraba sus labios contra la columna de su garganta e inhalaba el aroma a rosas. No habría sido Cassandra, y sin ser ella, tampoco habrían tenido lo que él necesitaba.
Había algo en esta mujer que lo llenaba. Que lo hacía arder de un modo que nadie había logrado.
Sólo por ella él rompería el código que le prohibía llevar a una Apolita a su cama.
Cassandra levantó los brazos mientras Wulf le quitaba la remera. Ella gimió por lo bien que se sentía el calor del cuerpo desnudo de Wulf apretado contra el suyo. Toda esa gloriosa piel masculina era un festín divino para sus ojos.
Él pasó el revés de sus dedos sobre sus pechos, dejándolos endurecidos y anhelantes. Tomó el derecho en su boca y la saboreó de un modo que hizo que el corazón de Cassandra latiera violentamente. La lengua de Wulf era ligera y suave mientras golpeteaba rápidamente una y otra vez. Su estómago se agitó en respuesta al intenso placer que le estaba dando.
Entonces, él descendió el camino de sus besos, sobre su abdomen. Se detuvo para mordisquear el hueso de su cadera mientras sus manos le bajaban el pantalón.
Cassandra levantó la cadera para que pudiera deslizarlos. Él los tiró sobre el piso y luego usó sus manos para abrirle las piernas.
Ella lo miró fijamente, con una expectativa llena de necesidad mientras él observaba la parte más privada de su cuerpo. Él se veía salvaje y hambriento. Posesivo. Y eso envió una oleada eléctrica a través de ella.
Cassandra siseó mientras él pasaba los dedos por su hendidura. Su toque la provocaba y la excitaba. Su toque era divino. Saciando e incitando.
Wulf observó el placer en su rostro mientras ella se frotaba contra su mano. Amaba el modo en que ella le respondía. El modo en que estaba completamente abierta e indefensa.
Trepando sobre la cama, recostó su cuerpo sobre el de ella, y luego rodó con ella. Cassandra envolvió su cuerpo alrededor del de Wulf mientras se besaban hambrientamente. Su piel se deslizaba contra la de él en una sensual sinfonía que lo encendía aún más. Wulf se sentó, con Cassandra sobre su falda. Ella enroscó sus largas piernas alrededor de su cintura mientras sus manos acariciaban el cuero cabelludo de Wulf, y sus dedos se enredaban en su pelo.
Wulf estaba sinceramente atemorizado de lo que sentía mientras Cassandra se levantaba y lo tomaba dentro de su cuerpo. Lo cabalgó ávidamente, mientras su cuerpo lo exprimía para tomar lo que ella necesitaba y darle lo que él deseaba ardientemente.
Wulf no quería dejarla ir. No quería abandonar esta cama nunca más.
Cassandra se mordió los labios ante el éxtasis de tener realmente a Wulf profundamente dentro suyo. Era tan duro y grueso. Se sentía aún mejor en carne y hueso que en sus sueños.
El suave vello de su pecho tentaba a sus pechos sensibles mientras él ahuecaba su trasero e incitaba sus movimientos. Ella miró fijamente sus ojos, que estaban oscurecidos por la pasión.
Sus respiraciones estaban sincronizadas mientras ella chocaba su cadera contra la entrepierna de Wulf una y otra vez.
Cassandra jamás le había hecho el amor a un hombre de este modo. Sobre su falda, sus cuerpos envueltos. Era la cosa más íntima que había experimentado.
Inclinó la cabeza hacia atrás cuando Wulf chupó sus pechos. Sosteniendo su cabeza, se sintió abrumada por el placer.
Y cuando se corrió, gritó.
Wulf levantó la cabeza para observarla mientras alcanzaba el clímax. Era tan hermosa a sus ojos. La recostó sobre la cama sin abandonar su cuerpo, y entonces tomó el control. Cerrando los ojos, no pensó en nada excepto la sensación de la calidez y la humedad de Cassandra debajo suyo.
No había pasado, no había mañana. Ni Cazador Oscuro. Ni Apolita.
Eran sólo ellos dos. Las manos de Cassandra en su espalda, sus piernas enredadas con las suyas mientras embestía profundamente dentro de ella.
Necesitando esto más de lo que jamás había necesitado algo, enterró su rostro en el cabello de Cassandra y se liberó dentro de ella.
Cassandra abrazó fuertemente a Wulf mientras lo sentía convulsionar. Su respiración le hacía cosquillas en el cuello. Su cuerpo estaba húmedo por la transpiración, y su largo cabello negro tentaba a su piel. Ninguno de los dos se movió mientras respiraban desigualmente, con una sensación de bienestar.
Ella se reconfortó en el peso de Wulf aplastándola. La sensación de su áspero cuerpo masculino pinchando el suyo. Cassandra paseó sus manos por la musculosa espalda, sobre sus cicatrices, y luego trazó perezosamente el tatuaje en su hombro.
Él se levantó para poder mirarla a los ojos.
—Creo que soy adicto a ti.
Ella sonrió ante su declaración, aunque una parte de ella se entristecía al escucharlo. El cabello de Wulf caía alrededor de su rostro, que era suave y tierno bajo la débil luz. Colocándole el cabello detrás de las orejas, lo besó.
Los brazos de Wulf se apretaron a su alrededor. Ella amaba esa sensación. La hacía sentir protegida. A salvo.
Suspirando soñadoramente, se apartó.
—Necesito ir a limpiarme.
Él no la soltó.
—No quiero que lo hagas. –Ella levantó la cabeza, mirándolo confundida—. Me agrada ver mi semilla en ti, Cassandra –dijo agitadamente en su oído—. Mi aroma en tu piel. El tuyo en la mía. Más que nada, me agrada saber que en la mañana recordarás lo que hicimos esta noche y aún sabrás mi nombre.
Ella apoyó su mano contra la barbuda mejilla. El dolor en sus ojos la tocó intensamente. Lo besó suavemente y se acurrucó contra él.
Wulf se retiró sólo lo suficiente como para poder acomodarse detrás de ella. Cassandra descansó su cabeza sobre su bíceps mientras él la acunaba tiernamente. Su corazón latía con alegría mientras lo escuchaba respirar.
Él levantó la cabeza, la besó en la mejilla y luego se recostó con una mano enterrada en el cabello de ella.
A los pocos minutos estaba completamente dormido. Era el momento más pacífico de la vida de Cassandra. Muy dentro de su corazón sabía que esa noche Wulf le había mostrado una parte de sí mismo que no le había dejado ver a nadie más.
Él era brusco y severo. Pero, en sus brazos, era un tierno amante. Y en el fondo de su mente estaba la idea de que podría aprender a amar a un hombre así. No sería difícil.
Cassandra se quedó acostada silenciosamente en la calma de la madrugada. No estaba segura de qué hora era, sólo estaba segura de que Wulf entibiaba una parte de ella que hasta ahora no sabía que estaba fría.
Mientras estaba allí recostada, se preguntó cuántos siglos habría estado Wulf confinado a un área como esta. Él le había dicho que su casa tenía poco más de cien años.
Mirando alrededor, intentó imaginar cómo sería estar aquí sola, día tras día, década tras década.
Debía ser solitario para él.
Descendió su mano y la colocó sobre su panza mientras intentaba imaginar al bebé que estaba allí. ¿Sería un niño o una niña? ¿De cabellos claros como ella, u oscuros como su padre?
Probablemente jamás sabría el verdadero color de pelo del bebé. El cabello de la mayoría de los bebés se caía, y uno no podía saberlo hasta que empezaban a gatear.
Para entonces estaría muerta. Muerta antes de su primer diente. Su primer paso o su primera palabra.
No conocería a su hijo.
No llores...
Pero no pudo evitarlo.
—¿Cassandra? –No respondió a la soñolienta llamada de Wulf. Su voz la traicionaría si lo hiciera. Él la hizo rodar, como si supiera que estaba llorando, y la atrajo a sus brazos—. No llores.
—No quiero morir, Wulf –sollozó contra su pecho—. No quiero abandonar a mi bebé. Hay tanto que necesito decirle. Ni siquiera sabrá que existí alguna vez.
Wulf la abrazó con más fuerza mientras escuchaba esas sinceras palabras.
Cómo deseaba poder decirle lo tontos que eran sus miedos, pero no lo eran. Cassandra lloraba por un destino que ninguno de ellos podía cambiar.
—Tenemos tiempo, Cassandra. Cuéntame todas las historias acerca de ti, tu madre y tus hermanas, y me aseguraré que el bebé sepa cada una de ellas. Y cada bebé luego de este. No dejaré que te olviden. Jamás.
—¿Me lo prometes?
—Te lo juro, así como juro que los mantendré siempre a salvo.
Sus palabras parecieron calmarla. Acunándola gentilmente en sus brazos, Wulf se preguntó para quién era peor. La madre que no podría ver al bebé crecer, o el padre que estaba condenado a ver al bebé y a todos los que lo siguieran morir.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:33 am

CAPITULO 9

Durante tres semanas seguidas, Wulf mantuvo a Chris y Cassandra bajo arresto domiciliario. Pero como pasaba el tiempo y los Daimons no aparecían, comenzó a preguntarse si no estaba exagerando un poquito.
Thor sabía que Chris lo acusaba de hacerlo al menos cinco veces por hora.
Cassandra se había retirado completamente de la universidad, aunque había odiado tener que hacerlo. Estaba sólo de tres semanas, pero parecía de tres meses. Su vientre se estaba redondeando, dejándole saber a todos que realmente había un niño dentro suyo.
Era lo más hermoso que Wulf había visto en su vida, incluso aunque luchaba para mantenerse emocionalmente distante a ella.
Pero era difícil. Especialmente porque pasaban mucho tiempo juntos, filmando a Cassandra para su bebé. La mayor parte del tiempo, ella estaba perfectamente calma mientras le contaba al bebé sobre su pasado, su madre y sus hermanas. Y su padre. Con cada cariñoso recuerdo que compartía con el bebé, Wulf se sentía más cercano a ella.
—Mira esto –dijo, mientras mostraba su mano con el anillo de sello hacia la pequeña filmadora que él sostenía. Wulf enfocó el lente—. Mi madre me dijo que este es el verdadero anillo de bodas que los reyes Atlantes usaban al casarse. —Cassandra lo observó con tristeza—. No estoy segura de cómo sobrevivió todos estos siglos. Mi madre se lo dio a mi padre para que él pudiera dármelo. Voy a asegurarme que tu padre lo tenga, para dártelo a ti también.
Cada vez que Cassandra hablaba sobre el futuro del bebé sin ella, mataba una parte de él. La injusticia de la situación rompía el corazón de Wulf en pedazos.
El dolor en sus ojos, la pena.
Y cada vez que ella lloraba, lo lastimaba aún más. Wulf intentaba tranquilizarla lo mejor que podía, pero al final ambos sabían cuál sería el resultado de todo esto.
No había modo de detenerlo.
Su padre venía frecuentemente durante el día para encontrarse con ella. Cassandra no hizo que su padre conociera a Wulf, ya que de cualquier modo no lo recordaría.
Él estaba verdaderamente agradecido por eso.
En su lugar, Cassandra le presentó su padre a Chris e hicieron planes para que se mantuvieran en contacto luego de que llegara el bebé.
Acheron había llamado la noche de Mardi Gras y había otorgado a Wulf una licencia inmediata para que abandonara sus deberes de Cazador Oscuro para cuidar a Cassandra y proteger al bebé. Otros dos Cazadores Oscuros habían sido transferidos a St. Paul para ocuparse de las patrullas habituales de Wulf y para ayudar a estar en guardia en caso de que Stryker o los otros fuesen tras ellos.
Ash también le había dado el nombre de un Apolita Cazador Oscuro llamado Spawn, quien podría ayudarlos con lo que Cassandra necesitaría en su embarazo. Wulf había llamado cada noche para dejar un mensaje en la casa de Spawn, pero aún no había respondido.
Y tampoco había podido contactar a Acheron nuevamente.
Su teléfono sonó.
Cassandra observó a Wulf sacar el teléfono de su bolsillo y atender. Ella sabía que estaba preocupado, y no sólo por ella y por Chris. Su mejor amigo, Talon, había desaparecido, y ninguno de los Cazadores Oscuros había tenido contacto con él en semanas.
Aún más preocupante era que Acheron también estaba desaparecido en acción. Wulf le decía todo el tiempo que eso era una mala señal, aunque Kat les dijo que no se preocuparan por eso. Aparentemente, Acheron era bastante famoso por tener épocas en que nadie podía localizarlo.
Kat les había asegurado que Artemisa jamás permitiría que nadie lastimara a Acheron. Si hubiese sido herido, ya todos lo sabrían.
Cassandra estaba sentada en el piso con Chris y Kat, jugando a Life. Había intentado jugar antes a Trivial Pursuit, sólo para darse cuenta de que un Cazador Oscuro y la doncella inmortal de una diosa tenían una ventaja decididamente injusta sobre Cassandra y Chris.
En Life, lo único que importaba era la suerte.
—Bueno, estaré condenado –dijo Wulf algunos minutos más tarde, luego de colgar el teléfono y regresar al juego.
—¿Sucedió algo? –preguntó Cassandra mientras movía su pieza.
—Talon recuperó su alma.
—No puede ser –dijo Chris impulsivamente, recostándose en el suelo ante la sorpresa—. ¿Cómo lo hizo?
El rostro de Wulf estaba inexpresivo, pero Cassandra había aprendido a conocerlo lo suficientemente bien como para ver la tensión en sus rasgos. Estaba feliz por su amigo, pero también podía notar que estaba un poquito envidioso. Y no es que lo culpara por eso.
—Conoció a una artista y se enamoraron –dijo Wulf mientras volvía a sentarse detrás de ella y arreglaba su dinero para jugar—. En Mardi Gras, ella recuperó su alma y lo liberó.
Chris hizo un ruido de irritación ante el anuncio de Wulf.
—Oh, hombre, eso apesta. Ahora tendrá que unirse a Kyrian en la patrulla del geriátrico.
—¡Chris! —Cassandra jadeó con una carcajada inapropiada—. Es horrible que digas eso.
—Sí, pero es cierto. No puedo imaginar cambiar la inmortalidad por una mujer. No quiero ofenderlas, damas, pero hay algo que no está bien.
Wulf mantuvo su atención en el tablero de juego.
—Talon no intercambió su inmortalidad. A diferencia de Kyrian, pudo mantener la suya.
—Oh –dijo Chris—. Entonces, está bien. Bien por él. Hombre, debe ser agradable tener el pastel y comerlo, ¿eh? –El rostro de Chris se sonrojó mientras miraba a uno y a otro al darse cuenta de lo que acababa de decir—. Quiero decir que…
—Está bien, Chris –dijo Wulf caritativamente.
Pero sus ojos traicionaron el dolor que sentía.
Kat tomó su turno.
Cassandra se estiró y entrecruzó sus dedos con los de Wulf.
—No sabía que los Cazadores Oscuros podían ser liberados.
—Es raro –dijo Wulf, apretando más fuerte su mano—. Al menos lo era hasta este año. Talon y Kyrian ya son dos de los que sabemos.
—Tres –agregó Kat mientras movía su pieza en el tablero.
—¿Tres? –preguntó Wulf.
Se veía aturdido.
Kat asintió.
—Tres Cazadores Oscuros han sido liberados. Escuché a las otras doncellas hablando acerca de eso anoche, cuando fui a presentarme ante Artemisa.
—Pensé que no habías tenido la posibilidad de hablar con ella –dijo Cassandra, recordando lo que Kat les había dicho luego de su regreso la noche anterior.
—Oh, no lo hice. Tiene el enorme cartel de No Molestar en la puerta de su templo. Hay determinados momentos en que nadie excepto Apolo se atreve a irrumpir en sus dominios. Pero sí escuché a los demás Iconos cuchicheando sobre eso. Aparentemente, Artemisa no estaba realmente feliz con el asunto.
—Hmm… —dijo Cassandra, mientras pensaba acerca de eso.
—¿Quién más fue liberado? –preguntó Wulf.
—Zarek de Moesia.
La mandíbula de Wulf se aflojó a la vez que Chris miraba a Kat como si le hubiera brotado una nueva cabeza.
Chris bufó.
—Ahora sé que estás loca, Kat. Zarek está marcado para morir. No hay modo.
Kat lo miró.
—Sí, bueno, él no murió, y en lugar de eso fue puesto en libertad. Artemisa ha amenazado a todos si pierde otro Cazador.
Esas palabras no eran reconfortantes para Cassandra. Sólo podía imaginar lo que serían para Wulf.
—Pensé que jamás vería el día en que dejarían en libertad a Zarek –dijo Wulf en voz baja—. Es tan psicópata que lo han tenido en el exilio casi el mismo tiempo que he sido un Cazador Oscuro.
Cassandra respiró hondo al escucharlo. No parecía correcto que alguien como este tal Zarek pudiera ser libre mientras que Wulf estaba condenado de ese modo.
—Me pregunto que hará ahora Nick para los Cazadores Oscuros ahora que Talon está libre –dijo Chris mientras le quitaba la lata de Pringles a Kat—. No puedo imaginar que alguna vez sirva a Valerius.
—Sin duda –dijo Wulf.
Le explicó a Cassandra que Valerius era el nieto del hombre que había arruinado a la familia de Kyrian y crucificado al general Griego. Como era el antiguo Escudero de Kyrian y un amigo personal, Nick jamás serviría al hombre cuya familia le había hecho eso a Kyrian.
Wulf, Kat, y Chris continuaron discutiendo sobre los Cazadores Oscuros, mientras Cassandra pensaba sobre lo que se había enterado esta noche.
—¿Yo podría liberarte? –le preguntó a Wulf.
Una extraña mirada oscureció sus ojos.
—No. A diferencia de los demás Cazadores Oscuros, yo no tengo una cláusula de liberación.
—¿Por qué?
Wulf suspiró cansadamente mientras giraba la rueda para su turno.
—Fui engañado para servir a Artemisa. Todos los demás lo hicieron voluntariamente.
—¿Engañado cómo?
—¿Ese fuiste tú? —Kat interrumpió antes de que Wulf pudiese responder a su pregunta.
Cassandra se volvió hacia Kat.
—¿Sabes acerca de eso?
—Bueno, sí, hubo un gran alboroto en la época en que sucedió. Artemisa aún sigue echando humo porque Morginne le ganó. A la diosa no le agrada que nadie la supere, y menos aún cuando lo hace un mortal que le pertenece.
—¿Cómo lo hizo? –preguntó Cassandra.
Kat le quitó las Pringles nuevamente a Chris antes de que pudiera despacharlas. A ese chico le encantaba comer. Aún tenían que descifrar cómo se las arreglaba para mantenerse tan delgado comiendo del modo en que comía.
Refunfuñando, se levantó y fue hacia la cocina; sin dudas, a buscar más bocados.
Kat dejó la lata junto a su pierna.
—Morginne hizo un pacto con el dios nórdico Loki. Él usó un cardo de los Nórdicos, que se dice que permite a una persona intercambiar lugares con otra por un día.
Wulf frunció el ceño ante esas palabras.
—¿Entonces cómo lo hicieron durar?
—La sangre de Loki. Los dioses nórdicos tienen algunas reglas extrañas, y él quería a Morginne para sí mismo, así que canjeó su alma por la tuya, para poder quedarse con ella. Artemisa no tenía ganas de ir a la guerra con él para recuperar a Morginne. Se dio cuenta de que, de cualquier modo, tú serías un mejor Cazador. —Los ojos de Wulf se entrecerraron. Kat le dio una palmada compasiva en el brazo—. Si te hace sentir mejor, él aún está torturando a Morginne por eso, y ella tampoco tiene una cláusula de liberación con él. Y si la tuviese, Artemisa la mataría. La única razón por la que aún no lo ha hecho es que Loki aún la protege.
—No me hace sentir mejor.
—No. Supuse que no lo haría.
Stryker se paseó por el piso del salón de banquetes débilmente iluminado deseando sangre. Ya hacía tres semanas que no lograban encontrar rastro de Wulf o de Cassandra.
Ni siquiera podían llegar hasta su padre para ayudar a que ella saliera.
Maldito fuera todo.
Tenía a su hijo Urian trabajando en eso ahora, pero parecía inútil.
—¿Qué tan difícil puede ser encontrar el lugar donde vive un Cazador Oscuro?

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:35 am

—Son hábiles, kyrios –dijo Zolan, usando el respetuoso término Atlante para “señor.”
Zolan era su tercer comandante, y uno de los soldados más confiables de Stryker. Había sido ascendido a través de los puestos de Spathi por su habilidad para asesinar despiadadamente y sin mostrar compasión por nadie. Había alcanzado el codiciado puesto de “general” más de diez mil años antes.
Al igual que Stryker, él elegía teñir de negro su cabello, y usaba el símbolo de los Spathi –un sol amarillo con un dragón en el centro—, el emblema de la Destructora.
—Si no lo fuesen –continuó Zolan—, seríamos capaces de ubicarlos y asesinarlos mediante nuestros sirvientes mientras estuviesen dormidos.
Stryker giró hacia Zolan con una mirada tan malévola que el Daimon se echó atrás. Sólo su hijo tenía el coraje suficiente como para no retroceder ante su furia. La valentía de Urian no tenía igual.
El demonio Xedrix apareció ante él en el salón. A diferencia de los Daimons, Xedrix no se doblegaba ni reconocía la elevada posición de Stryker en su mundo. La mayor parte del tiempo, Xedrix lo trataba más como a un sirviente que como a un amo. Fue algo que enfureció aún más a Stryker.
No había dudas de que el demonio pensaba que su lugar en el aprecio de la Destructora era suficiente para protegerlo, pero Stryker sabía la verdad. Su madre lo amaba absolutamente.
—Su Gracia Benévola desea una palabra con usted –dijo el demonio en un tono bajo y sereno.
Gracia Benévola. Cada vez que Stryker escuchaba ese título deseaba reír, pero sabía lo que debía hacer. Su madre realmente no tenía sentido del humor.
Se levantó de su trono y se dispuso a ir a sus cámaras privadas.
Su madre estaba parada junto una piscina donde el agua fluía al revés hacia arriba, por una reluciente pipa que iba de este mundo al reino humano. Había una delicada bruma de arco iris y vapores alrededor del agua. Era aquí en donde la diosa podía mirar y así saber lo que estaba sucediendo en la tierra.
—Ella está embarazada –anunció la diosa sin darse vuelta.
Stryker supo que el “ella” de la diosa se refería a Cassandra.
—¿Cómo puede ser?
La diosa levantó las manos y dibujó un círculo en el aire. El agua de la piscina se formó como una bola de cristal. Aunque no había más que aire sosteniéndola, giró hasta que apareció la imagen de la mujer que ambos querían muerta. No había nada en la bola que le diera alguna indicación sobre cómo encontrar a Cassandra.
Apollymi arrastró una uña a través de la imagen, haciendo que temblara y se distorsionara.
—Artemisa está interfiriendo con nosotros.
—Aún hay tiempo de matar a la madre y al hijo.
Ella sonrió al escucharlo.
—Sí, lo hay. –Abrió sus manos y el agua hizo un arco desde la bola y regresó a la piscina—. Ahora es el momento de atacar. El Elekti está siendo ocupado por Artemisa. Él no puede detenerte. Ni siquiera sabrá cuando ataques.
Stryker retrocedió ante la mención del Elekti. Al igual que la Abadonna, Stryker tenía prohibido atacarlo.
Odiaba las restricciones.
—No sabemos dónde atacar –le dijo a su madre—. Hemos estado buscando…
—Lleva a uno de los ceredons. Mis mascotas pueden encontrarlos.
—Creí que tenían prohibido abandonar este reino.
Una cruel media sonrisa curvó los labios de su madre.
—Artemisa rompió las reglas; también lo haré yo. Ahora ve, m'gios, y enorgulléceme. —Stryker asintió y dio la vuelta bruscamente. Dio tres pasos antes de que la voz de la Destructora lo hiciera detener—. Recuerda, Strykerius, mata a la heredera antes de que el Elekti regrese. No librarás combate con él. Nunca.
Él se detuvo pero no miró atrás.
—¿Por qué siempre me estuvo prohibido tocarlo?
—No nos corresponde cuestionarlo. Nos corresponde vivir o morir.
Él hizo rechinar los dientes mientras ella le decía la distorsionada frase humana.
Cuando ella habló nuevamente, la frialdad en su tono sólo lo hizo enojar más.
—La respuesta a eso es cuánto valoras tu vida, Strykerius. Te he mantenido cerca todos estos siglos, y no deseo verte muerto.
—El Elekti no puede matarme. Soy un dios.
—Y dioses más grandes que tú han caído. Muchos de ellos ante mi furia. Presta atención a mis palabras, niño. Presta mucha atención.
Stryker continuó su camino, deteniéndose sólo lo suficiente como para desencadenar a Kyklonas, cuyo nombre significaba “tornado.” Una vez liberado, el ceredon era una amenaza mortal. Muy parecido a Stryker.
Era cerca de la medianoche cuando el teléfono de Wulf volvió a sonar. Atendiendo, escuchó un brusco acento Griego que no reconocía.
—Soy Spawn, Vikingo. ¿Llamaste al menos unas cien veces mientras no estuve?
Wulf ignoró el tono exasperado del hombre.
—¿Dónde has estado?
La respuesta de Spawn salió como un grave gruñido de desafío.
—¿Desde cuándo demonios debo responder ante ti? Ni siquiera te conozco, por lo tanto, no es maldito asunto tuyo.
Bueno, alguien no había tomado sus píldoras de personalidad esta noche.
—Mira, personalmente no tengo ninguna queja contra ti, Daimon…
—Soy un Apolita, Vikingo. Una gran diferencia.
Sí, claro.
—Perdón. No pretendía ofenderte.
—Para citarte, Vikingo, sí, claro.
¡Mierda!
—Y sí, también escuché eso.
Wulf pisoteó su furia y puso la mente en blanco. Lo último que deseaba era traicionarse ante un extraño que podía ser tan letal como los Daimons que perseguían a Cassandra.
—Si sabes tanto, entonces deberías saber porqué estaba llamando.
El silencio le respondió.
Luego de una breve pausa, Spawn rió profundamente.
—No puedes borrar tus pensamientos de mí, Wulf. No hay modo de escudarte mientras tenga un contacto directo contigo, como por ejemplo el teléfono que estás sosteniendo. Pero no te preocupes. Yo no soy tu problema. Sólo estoy sorprendido de que Apolo realmente tenga una heredera para proteger. Felicitaciones por el bebé.
—Gracias –dijo Wulf menos que sinceramente.
—Y para responder a tu pregunta, no lo sé.
—¿Saber qué?
—Si los mitad Apolitas viven más allá de los veintisiete años. Pero cualquier cosa es posible. Yo digo que en unos meses preparemos unas Orville Redenbacher's, nos sentemos y disfrutemos del espectáculo.
Lo enfureció que el Apolita restara importancia a algo tan trágico.
—Cállate, Spawn. No me pareces para nada gracioso.
—Entonces me da aún más pena. Resulta que yo creo que soy bastante cómico. —Wulf no quería nada más que destrozar al Cazador Oscuro Apolita—. Entonces es bueno que viva en Alaska donde no puedes alcanzarme, ¿eh?
—¿Cómo puedes hacer eso?
—Soy telépata. Conozco tus pensamientos incluso antes que tú.
—¿Entonces por qué estás siendo tan imbécil?
—Porque soy telépata, no empático. No me podría importar menos lo que sientes, sólo lo que piensas. Pero como también tenía un mensaje de Ash diciéndome que los ayudara, supongo que lo haré.
—Qué grandeza la tuya –dijo Wulf sarcásticamente.
—Sí lo es, especialmente tomando en cuenta lo mucho que detesto a la mayoría de ustedes. Pero como Cassandra es una de las mías, intentaré ser agradable. Si fuese tú, iría a buscarle una partera Apolita que ayude a nacer a tu hijo.
El corazón de Wulf se apretó ante esas palabras.
—¿Es un varón?
—Aún no, pero lo será cuando esté un poquito más formado.
Wulf sonrió ante la idea, aunque para ser honesto, una pequeña parte de él deseaba una hija. Una que pudiera recordarle a su madre una vez que Cassandra se hubiera ido.
Acallando ese pensamiento antes de que lo condujera a un sitio al que no quería ir, escuchó la lista de cosas que Spawn dijo que requeriría Cassandra.
—Mi gente es un poquito diferente a los humanos. Hay algunos asuntos dietéticos especiales, y cambios de ambiente.
—Sé que Cassandra necesita una transfusión –dijo Wulf, pensando en lo pálida que había estado en estos días—. Más temprano me dijo que se estaba sintiendo débil.
—Confía en mí, ella necesita más que eso.
—¿Qué?
Spawn ignoró la pregunta.
—Haré algunas llamadas para ver si puedo encontrar a alguien que esté dispuesto a ayudarlos. Si tenemos suerte, podría haber una colonia en la cual ingresarlos. No puedo prometer nada. Como ahora estoy bateando para el otro equipo, mi gente tiene una mala tendencia a odiarme, y desea matarme cada vez que intento contactarlos.
—Lo aprecio mucho, Spawn.
—Sí, y yo aprecio que me mientas por ser amable cuando los dos sabemos cómo son las cosas. La única razón por la que me estás tolerando ahora mismo es Cassandra. Buenas noches, Wulf.
El teléfono quedó muerto.
—Asumo que no salió demasiado bien.
Él miró sobre su hombro, para ver a Cassandra parada en la entrada de su habitación. Sus pensamientos habían estado concentrados en la cáustica personalidad de Spawn, y no la había escuchado entrar.
—Como caminar por una cueva de osos cubierto de miel.
Ella sonrió mientras se le acercaba.
—Interesante imagen.
Wulf pensó otra vez en lo que Spawn había dicho acerca de las necesidades de Cassandra. Ya hacía casi un mes que estaba embarazada. ¿Estaba bien?
—¿Cómo te estás sintiendo?
—Muy, muy cansada. Vine a prepararme para ir a la cama temprano.
Él rió desanimadamente.
—Sólo en nuestro mundo la medianoche podría ser considerada como temprano.
Wulf la atrajo suavemente a su falda.
Ella se sentó sobre él con facilidad, y él se dio cuenta de lo cómodo que había llegado a sentirse con ella.
—Sí, lo sé –dijo Cassandra mientras metía la cabeza bajo el mentón de Wulf y se recostaba contra su pecho—. Las alegrías de ser nocturnos –suspiró—. Cuando era pequeña, intentaba traerle sol a mi madre. Me sentía tan mal porque ella jamás lo había visto o sentido realmente. Entonces yo intentaba atraparlo en frascos. Cuando eso fallaba, capturaba frascos y más frascos de luciérnagas, y le decía que si pudiésemos capturar los suficientes, entonces parecería el sol. Ella se reía, me abrazaba, y luego las dejaba en libertad, diciéndome que nada debería tener que vivir su vida en una jaula.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:37 am

Wulf sonrió. Podía imaginarla llevándole frascos a su madre.
—Estoy seguro de que la complacía.
Ella pasó la mano por su antebrazo, provocando escalofríos en todo su cuerpo mientras acariciaba distraídamente su piel.
—Mi hermana mayor era como ella. No podía tolerar el sol para nada. Si estaba bajo él por más de tres minutos, comenzaba a crujir.
—Lo siento.
Los dos se quedaron en silencio mientras Wulf cerraba los ojos y dejaba que el aroma a rosas de ella lo penetrara. Se sentía tan suave contra él. Sus curvas exuberantes y llenas a causa del embarazo.
Lo único que Wulf quería era saborearla.
—¿Crees que morir duele? –preguntó Cassandra, su voz no era más que un susurro sin aliento.
El dolor lo hirió ante ese pensamiento.
—Bebé, ¿por qué te haces esto a ti misma?
—Intento no hacerlo –susurró Cassandra—. Realmente, pero parece que no puedo evitar pensar en el hecho de que dentro de siete meses jamás volveré a ver el sol. –Lo miró con los ojos luminosos y brillantes por las lágrimas que no habían caído—. Jamás te veré. Ni a Kat. Este andrajoso y viejo sótano.
—Mis habitaciones no son andrajosas.
Ella le regaló una sonrisa agridulce y simpática.
—Lo sé. Supongo que debería contar mis bendiciones. Al menos tengo el beneficio de saber cuándo moriré. De ese modo puedo poner todo en orden.
No, no podía, porque mientras él pasaba más y más tiempo con ella, se unían más.
Estas últimas tres semanas habían sido tan increíbles. Él había aprendido a sentirse casi normal. Era tan agradable subir las escaleras y no tener que presentarse a ella y a Kat.
Despertarse al atardecer y encontrarla recostada a su lado, conociéndolo, conociendo su tacto…
Suspirando, Cassandra se levantó de su falda y caminó hacia la cama.
Dio un paso y tropezó.
Wulf se movió a la velocidad de la luz para tomarla en sus brazos antes de que cayera.
—¿Estás bien?
—Un mareo.
Los había estado teniendo toda la semana.
—¿Necesitas que mande a buscar sangre?
—No. Me parece que este fue debido al embarazo.
Él la llevó hasta la cama y la recostó suavemente.
Cassandra sonrió ante la imagen de su guerrero Vikingo y su preocupación. Cualquier cosa que ella necesitara o deseara, él enviaba a alguien a buscarla, o la conseguía por sí mismo.
Cuando él comenzaba a alejarse, ella besó sus labios. La reacción de Wulf la sobresaltó, cuando le correspondió desesperadamente. Era como un animal salvaje que exploraba cada centímetro de su boca. La lengua danzaba con la suya, y Cassandra tembló cuando rozó sus colmillos.
Sentía al depredador dentro suyo, al bárbaro. Sabía a sed de sangre y piedad. Gruñendo, él levantó su camisa para poder acunar su pecho con la mano.
Cassandra suspiró ante su toque exigente. Él era tierno normalmente, pero esta noche su toque era salvaje. Wulf le quitó la ropa interior junto con los pantalones, tan rápidamente que ella apenas sintió que el algodón y la seda la abandonaban.
Él ni siquiera se molestó en quitarse del todo el pantalón. A cambio, los empujó hasta abajo de su cadera, lo suficiente para poder entrar en ella.
Cassandra gimió mientras él la llenaba con una felicidad tan dulce que quería llorar. Era tan feroz mientras embestía contra ella, y ella se deleitaba con cada golpe profundo y penetrante.
Wulf no podía respirar. No podía hacer nada respecto a ella. No podía permitirle superar sus defensas cuando no tenía más opción que dejarla ir, pero tampoco podía evitarlo.
Necesitaba sentirla entre sus brazos. Necesitaba sentir su cuerpo bajo el de él.
Ella hundió las uñas en su piel mientras arqueaba la espalda y tenía un orgasmo para él. Wulf esperó hasta que hubiese terminado de temblar antes de unirse a ella en ese feliz lugar.
Wulf se recostó cuidadosamente sobre su cuerpo, para no lastimar al bebé ni a ella. Todo lo que quería era sentirla entrelazada con él, sus piernas desnudas sosteniendo su cuerpo.
—¿Estás bien? –le preguntó Cassandra tranquilamente—. No sueles estar tan apurado.
Él cerró los ojos mientras las palabras lo desgarraban por dentro.
Sólo Cassandra lo había conocido. Sus hábitos. Lo que le gustaba y lo que no. Y ella recordaba esas cosas. En todos esos siglos, ella era la única amante de Wulf que había aprendido esas cosas.
¿Qué iba a hacer sin ella?
Se escuchó un golpe en la puerta.
—Hey, ¿Cass? –Dijo Chris—. Si aún lo deseas, pedí una pizza para ti, ya que dijiste que querías una. Debería llegar en unos minutos.
Ella rió tontamente mientras Wulf la miraba con el ceño fruncido. Sus cuerpos aún estaban unidos.
—Antes de que bajaras le dije que mataría por una porción de pizza de pepperoni –le explicó. Levantando la voz, dijo—: Gracias, Chris. Subiré en unos minutos.
El ceño de Wulf se profundizó.
—Si necesitas descansar…
—¿Estás bromeando? Hablaba en serio cuando dije que mataría por la pizza.
—Deberías haber dicho algo más temprano. Chris hubiera hecho que la cocinera te preparara una.
—Lo sé, pero para el momento en que subí, Marie ya había comenzado con el pollo, y no quise herir sus sentimientos. Ella una señora realmente agradable.
—Lo sé.
Cassandra vio la expresión herida en el rostro de Wulf.
Marie había estado trabajando allí durante casi ocho años y creía, erróneamente, que Chris era su jefe. Marie le había contado a Cassandra la historia completa acerca de cómo el padre de Chris la había contratado y, que tres años después, luego de su muerte por un ataque al corazón, en medio del living, la madre de Chris se había mudado a una nueva casa al otro lado del pueblo, para no tener que revivir la muerte de su esposo cada vez que andaba por la casa.
Su madre había intentado que Chris también se fuera, pero por una razón evidente, él se había quedado con Wulf. La casa había sido dejada en depósito a Chris por su padre, para que su madre no pudiese venderla y obligarlo a mudar.
Era incontable la cantidad de veces que Wulf había conocido a Marie en los últimos ocho años.
—Lo lamento, Wulf.
—No lo hagas, estoy acostumbrado.
Él se retiró de ella y se vistió, luego la ayudó a ponerse la ropa. Pero no iba a dejarla subir las escaleras, por miedo a que tropezara.
En su lugar, la cargó hasta el sofá y la hizo recostar mientras él le buscaba una almohada y una manta.
Cassandra sonrió ante su generosidad cuando él la arropaba con la manta, y luego arrebataba el control remoto de las manos de Chris.
—¡Hey! –dijo Chris bruscamente, indignado.
—Tú no estás embarazado, Chris –dijo, alcanzándoselo a Cassandra.
—Está bien –respondió Chris resentidamente—. Veremos si alguna vez tengo un bebé para ti.
—Sí, claro. Para la época en que encuentres el tiempo para hacerlo, mi hijo tendrá nietos.
Chris estaba horrorizado.
—Oh, oh, oh, no quiero oír eso de ti, cornudo.
Ese era un insulto familiar que Chris utilizaba para irritar a Wulf. Cassandra no lo había comprendido hasta que Chris le explicó que se desprendía de la errada creencia de que los Vikingos usaban cascos con cuernos en la Edad Media.
—Ya está –continuó Chris—, voy a cambiarme de universidad, a Stanford. De cualquier modo, estoy cansado de toda esta nieve. Puede que allí tampoco me acueste con nadie, pero al menos las mujeres en mi clase no vestirán parkas.
Kat entró en la habitación y puso los ojos en blanco.
—¿Es idea mía o estos dos discuten como dos niños pequeños cada vez que están juntos?
—Discuten como niños –dijo Cassandra—. Creo que intentan que el atormentar a otras personas se convierta en un deporte olímpico.
Chris abrió la boca al mismo tiempo que sonó el timbre de la puerta.
—Pizza –dijo, poniéndose de pie.
Un extraño temblor atravesó a Cassandra. Frotándose la nuca, miró alrededor.
—¿Estás bien? –le preguntó Kat.
—Creo que sí.
Simplemente se sentía… rara…
Recostó la cabeza contra el sofá para ver a Chris con la pizza en su mano y el repartidor afuera. Chris le pagó.
—Hey –dijo el tipo mientras Chris se apartaba—. ¿Te importa si entro un segundo y uso el teléfono? Necesito llamar al negocio por algo de la próxima entrega.
Chris inclinó la cabeza.
—¿Qué tal si te traigo un teléfono celular al porche?
—Vamos, hombre, hace frío aquí afuera. ¿No puedo entrar a hacer una llamada?
Wulf estaba parado, encaminándose rápidamente hacia la puerta, mientras Chris se apartaba aún más.
—Lo siento, amigo –dijo Chris con más firmeza—. Ningún desconocido entra a esta casa, ¿capische?
—Chris –dijo Wulf bruscamente, su voz era grave y acerada—. Aléjate.
Por una vez, Chris no discutió.
Wulf tomó una espada de la pared mientras al mismo tiempo, el Daimon que estaba en el porche extraía dos dagas enormes de adentro de la bolsa aisladora de la pizza.
El Daimon le arrojó una daga a Chris, luego giró para librar combate con Wulf. Chris se tambaleó hacia atrás, su rostro estaba pálido mientras caía al piso.
Cassandra estaba de pie e iba hacia Chris cuando Kat la atrapó.
—Piensa en el bebé. Quédate quieta.
Ella asintió mientras Kat saltaba por encima del sofá para ir a ayudar a Chris.
Cassandra tomó otra espada de la pared, preparada para la batalla en caso de que fuera necesario.
Afortunadamente, Chris estaba de pie nuevamente, sin ningún daño, para el momento en que Kat lo alcanzó. La pizza, por otro lado, estaba arruinada. Gracias a dios, la caja había desviado la daga.
Wulf y el Daimon continuaron luchando en el porche.
—Mierda –jadeó Chris, corriendo hacia Cassandra con Kat detrás—. Hay una asquerosa cantidad de ellos encaminándose hacia la casa.
—¿Qué? –preguntó Cassandra, mientras sus rodillas se aflojaban ante esa idea.
Wulf mató al que estaba en el porche y cerró la puerta de un golpe.
—Maldito sea el infierno, Chris, ¿estás bien?
Chris asintió.
Wulf cruzó la habitación y de cualquier modo lo inspeccionó, luego lo atrajo a sus brazos y lo abrazó fieramente.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:37 am

—Hey, apártate de mí, homosexual —Chris se erizó—. Me estás dando asco. Si quieres abrazar algo, abraza a Cassandra.
Ella vio que Wulf apretaba los dientes un instante antes de dejarlo ir casi completamente. Mantuvo una mano fuertemente cerrada sobre el hombro de Chris, mientras se agachaba para mirar al chico a los ojos.
—Atiende la puerta una vez más, Christopher Lars Eriksson, y te arrancaré tu tonta cabeza. –Empujó a Chris hacia el pasillo—. Ve a bajar los escudos.
—¡¿Qué es esto, el Enterprise?! –preguntó Kat mientras Chris corría a cumplir la orden de Wulf.
—No, tenemos persianas de seguridad hechas de metal y a prueba de balas. No sé qué están tramando los Daimons, pero no quiero que tengan la posibilidad de arrojar un cóctel Molotov o alguna otra cosa a través de una ventana.
—Bien pensado –susurró Kat.
Toda la casa se estremeció mientras Chris hacía descender las persianas de acero.
Wulf estaba temblando de furia mientras llamaba a los de seguridad para comprobar cómo estaban.
—¿Hola?
La voz no sólo era desconocida, sino también gravemente acentuada. Concedido, los guardias jamás lo recordaban, pero Wulf conocía a cada miembro de la fuerza de seguridad que el Consejo había enviado para proteger a Chris.
Wulf tenía una mala sensación.
—¿Quién habla?
—¿Quién crees que es, Cazador Oscuro? Mis saludos a quien sea que encargó la pizza. Disfrutamos el bocado de medianoche.
Wulf apretó con más fuerza el teléfono.
—¿Dónde están mis guardias?
—Oh, uno está justo aquí, pero no se siente muy hablador. La muerte tiene un modo de hacer que incluso la gente más conversadora sea bastante callada. Y en cuanto al otro… él está… oh, espera, ahora está muerto. ¡Mis chicos recién terminaron con él!
—Vas a pagar por eso.
—Bueno, ¿entonces por qué no sales y me alcanzas la cuenta?
—Estoy en camino.
Wulf colgó y se dirigió hacia la puerta, resuelto a sesgar a Stryker.
Kat lo atrapó antes de que pudiera llegar a la puerta.
—¿Qué crees que estás haciendo? –le preguntó indignadamente.
Él la miró furiosamente.
—Voy a terminar con esto.
Ella lo miró con una ceja arqueada.
—No puedes. Te matará en cuanto salgas de aquí.
—¿Entonces qué quieres que haga?
—Protege a Chris y a Cassandra. Regresaré enseguida.
Kat salió de la casa como un rayo.
Se concentró en la energía de Stryker y lo encontró en el cuerpo de guardia. Dio un respingo al ver a los dos hombres muertos en el piso. Había al menos una docena de Daimons afuera, abriendo cajas y preparándose para un ataque.
Sólo cuatro Daimons estaban dentro del edificio. Stryker, Urian, Icarus, y Trates.
Trates levantó la vista de los monitores y se puso pálido.
—¿Cómo entraron aquí? –demandó Kat.
Stryker se dio vuelta lenta, metódicamente, para enfrentarla con una sonrisa sardónica. No había miedo en él, sólo una irónica diversión.
—Los guardias salieron cuando comimos al repartidor de pizza, e intentaron detenernos. Los arrastramos adentro luego de que estaban muertos.
Sus palabras y la ausencia de respeto por lo que habían hecho la enfermó, pero no tanto como ver al ceredon que estaba con ellos en uno de los monitores.
Así que Apollymi había cambiado las reglas sobre ella. Maldición.
—Eres tan malvado –dijo con los dientes apretados.
Él sonrió, como si las palabras lo elogiaran.
—Gracias, amor, me enorgullezco de eso.
Kat abrió el portal de regreso a Kalosis.
—Es hora de que se vayan a casa.
Stryker observó la abertura, y entonces rió.
—Me temo que no, dulzura. En este momento, le agrado más a mamá que tú. Así que puedes meter ese portal en tu muy atractivo trasero. Yo y mis chicos tenemos trabajo que hacer. Te unes a nosotros o te vas.
Por primera vez en su vida, Kat sintió un temblor de miedo.
—Tienen que irse. Esas son las reglas. El portal se abre y ustedes tienen que atravesarlo.
Stryker se adelantó, sus ojos eran siniestros y fríos.
—No, no tenemos que hacerlo.
El portal se cerró.
Ella jadeó al comprenderlo. La Destructora le había dado una llave a él también, y lo había puesto al control.
Stryker se paró tan cerca de ella, que la hizo estremecer. Acunó el rostro de Kat en su mano.
—Es una pena que te proteja tanto. De otro modo, te hubiese saboreado siglos atrás.
Ella lo miró furiosa.
—Aparta tu mano de mí, o la pierdes.
Para su sorpresa, él obedeció, pero no antes de besarla rudamente.
Kat chilló y le dio una bofetada.
Él rió.
—Ve a casa, pequeña. Si te quedas aquí, podrías salir lastimada.
Con el cuerpo temblando, Kat regresó a la casa. Cassandra estaba en el centro del living mientras Wulf se armaba con elementos de un armario que había contra la pared.
—¿Qué tienes que pueda usar? –le preguntó Kat, uniéndose a él junto al mueble.
Wulf la miró extrañamente.
—Asumo que las cosas no salieron bien.
—No. De hecho, necesitamos asegurar con listones las ventanas. Las cosas están a punto de ponerse realmente feas.
Chris llegó corriendo a la habitación, con la cabeza cubierta por un casco de fútbol americano.
—¿Qué diablos sucede contigo? –le preguntó Kat al verlo.
Wulf lo observó y frunció el ceño.
—¿Ahora usas el casco?
—Sí –dijo Chris mientras metía una almohada en el frente de sus pantalones—. Ahora uso el casco. En caso de que ninguno de ustedes haya prestado atención, nuestros pequeños Daimons están ocupados en el césped.
—Lo sabemos.
—Ah –dijo Chris mientras iba hacia el armario y extraía una chaqueta antibalas—. Entonces, tengo una pregunta. Sé que las persianas resisten el fuego y las balas. ¿Cómo funcionan contra un proyectil LAWS y dinamita?
Antes de que Wulf pudiera responder, una explosión sacudió la casa.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:38 am

CAPITULO 10

—Con cuidado –advirtió Stryker a sus hombres mientras disparaban otra ronda a la casa—. No es que sea probable, pero démosle la oportunidad de salir antes de volar la casa en pedazos.
—¿Por qué? –preguntó Trates—. Pensé que el objetivo era matar a la heredera.
Urian observó al hombre con una mirada irritada que decía: “¿eres completamente estúpido?”
—Sí, pero si lastimamos a la Abadonna en el proceso, nos enteraremos de lo que se siente ser puestos del revés. Literalmente. Como a la mayoría de los seres, en realidad me agrada el hecho de tener la piel en la parte externa de mi cuerpo.
—Ella es inmortal –discutió Trates—. ¿Qué es una bomba para ella?
—Inmortal como nosotros, idiota. —Urian arrebató la lanzadora de proyectiles de las manos de Trates y se la pasó a Icarus—. Haz volar su cuerpo, y ella morirá. Ninguno de ustedes quiere saber lo que la Destructora nos haría si eso sucede.
Icarus apuntó más cuidadosamente.
Stryker asintió con aprobación hacia su hijo, y luego sugirió sus pensamientos al resto de su equipo.
—Observen las salidas. Sé que el Cazador Oscuro tendrá una salida trasera para este lugar. Cuando ellos corran, será mejor que los atrapen. Estén preparados.


Cassandra frunció el ceño mientras Chris ponía otro almohadón en el frente de sus pantalones de gimnasia.
—¿Qué estás haciendo?
—Protegiendo mis bienes. Después de lo que Kat dijo sobre Stryker, y ese cercano tiro errado con el cuchillo de la pizza, no quiero correr riesgos con mis preciadas joyas.
—Aleluya –dijo Wulf en voz baja—. El chico finalmente desarrolla un poco de cerebro.
Chris le dirigió una mirada malhumorada, que Wulf ignoró.
Wulf encendió el TV y cambió a las cámaras de parámetro, para poder observar la posición de los Daimons. Varios de ellos estaban corriendo por el césped.
—Parece que esa explosión se llevó una parte del ala este –dijo Wulf con tranquilidad.
Otra explosión fue hacia el garaje.
Chris dejó escapar un grito emocionado.
—Creo que derribaron el Hummer. ¡Sí!
—¡Christopher! –le dijo Wulf bruscamente.
—No puedo evitarlo –dijo Chris, calmándose un poco—. Realmente odio esa cosa. Además, te dije que no iba a protegerme de todo. Ahí ves. Era inútil contra las granadas.
Wulf sacudió la cabeza al mirar a su Escudero, y entonces se dio cuenta de que Cassandra estaba tomando algunas armas del armario.
—¿Qué estás haciendo?
Se movió hacia ella a la velocidad de la luz para evitar que tocara las armas.
Ella suspiró irritada.
—Armándome.
—Un demonio. Tu trabajo es…
—Mantenerme con vida –dijo ella, su rostro era resuelto. Lo tocó suavemente en el brazo, con una suave caricia que envió escalofríos por el pecho de Wulf. Se veía tan hermosa parada allí, preparada para enfrentarse al mundo—. No te preocupes, Wulf, no soy estúpida. No voy a pelear contra ellos y correr el riesgo de que uno de ellos pueda patearme en el estómago. Del mismo modo, no voy a quedarme aquí parada y permitir que me lleven sin contraatacar. No estoy más acostumbrada a estar sin un arma que tú.
—Ella tiene razón en eso –dijo Kat, moviéndose para pararse detrás a Cassandra—. Su osito de peluche es un cuchillo retráctil de quince centímetros y una .38 de nariz chata especial.
Wulf miró fijamente a Cassandra, y la cruda determinación de sus ojos. La admiraba ahora, en este momento, más de lo que había admirado nunca a nadie.
Retrocediendo, la llevó al armario y ajustó unas espadas de muñeca a cada uno de sus brazos. Le enseñó el disparador de las cuchillas y cómo se impulsaban.
—Y esta… —extrajo una Beretta Panther de poco calibre. Deslizó el cargador completamente cargado dentro y puso el seguro—. Es sólo para llamar su atención.
La colocó en una pistolera encubierta, y la ajustó a la cadera de Cassandra.
El rostro de ella se suavizó mientras lo miraba. Por alguna razón, esa mirada hizo que el cuerpo entero de Wulf se calentara.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
—Correr.
—¿Correr hacia dónde? –Preguntó Chris—. Si vamos a la casa de otro Cazador Oscuro, drenará tu poder y el suyo. Sin ofensa, creo que estos tipos son un poquito más fuertes que los Daimons normales, y no quiero que te pateen el trasero. Al menos no esta noche, mientras tengo cosas que proteger.
Otra explosión quebró las ventanas de vidrio que estaban cubiertas por los escudos.
—No tenemos elección, Chris –dijo Wulf mientras ponía más distancia entre Cassandra y las ventanas—. No esperarán hasta la mañana y nos darán la oportunidad de evacuar a la luz del día, y si no nos vamos, volarán la casa a nuestro alrededor. Tendremos que abrir un plan de evacuación.
Chris parecía menos que convencido.
—Realmente, realmente no me gusta esta idea de un plan abierto de evacuación. ¿Alguien tiene algo mejor?
Miraron a Kat, que los observó estupefacta.
—No soy de este mundo. No tengo idea de dónde escondernos. Digo que vayamos con Wulf.
—¿Y qué hay de Artemisa? –Preguntó Cassandra—. ¿Ella nos ayudará?
Kat negó con la cabeza.
—Lo siento. En este momento está ocupada, y sinceramente no podría importarle menos que el mundo se acabe. Si la molesto por esto, tendrá una rabieta terrible.
—Está bien, entonces –dijo Wulf—. Sugiero que cada uno se ponga su ropa más pesada y se prepare para abandonar lo más pronto posible.
Stryker miró atentamente las cámaras de seguridad. Sabía que la heredera y sus guardianes no se quedarían dentro mucho tiempo más. Sus hombres ya habían volado por completo el garaje, y ahora estaban disparando lentamente dentro de la casa, parte por parte. Había mucho daño externo, pero no podía saber exactamente cuánto estaba siendo hecho internamente.
No era que le importase. Si esto no funcionaba, la quemarían. Ya tenía los lanzallamas en espera.
Cualquiera que valiera un poco, tendría túneles de salida. Y Wulf ciertamente valía.
Urian ya había encontrado varias salidas.
Su hijo sólo tenía que asegurarse de haberlas encontrado todas antes de que su presa abandonara el edificio.
—¿Urian? –le preguntó a su hijo telepáticamente—. ¿Estás en posición?
—Sí. Tenemos todas las salidas cubiertas.
—¿Dónde estás?
—En el patio trasero. ¿Por qué? ¿Algo anda mal?
—No, sólo quería asegurarme que podemos llegar a ellos.
—Son nuestros, padre. Relájate.
—Lo haré luego de que ella esté muerta.
Wulf inspeccionó por última vez sus cargas. Estaban abrigadas y listas. Él, por otro lado, estaba escasamente vestido. Necesitaba ser capaz de moverse libremente en caso de tener que luchar más.
—Bueno, niños –dijo, en advertencia—. Recuerden, tenemos que movernos silenciosamente. Ellos pueden ver mejor en la noche que… —se detuvo al darse cuenta de con quiénes estaba hablando—. Bueno, mejor que Chris. Yo abriré el camino. Kat, quédate atrás y, si algo sucede, grita y no te esfumes.
—Claro.
Wulf le ofreció a Cassandra una sonrisa de aliento. Tomó la mano de ella entre las suyas y besó su guante, deseando poder sentir la piel que había debajo.
Ella le devolvió la sonrisa, luego se cubrió el rostro con su bufanda.
Soltando su mano renuentemente, él los condujo a su habitación. Había más explosiones arriba.
Wulf gruñó ante el sonido de las cosas rompiéndose.
—Juro que voy a tomar todo esto de la piel de Stryker.
—Yo sólo quiero saber dónde están los policías –dijo Cassandra—. Seguramente alguien ha escuchado todo eso.
—No lo sé –agregó Chris—. Estamos bastante lejos. Probablemente nadie sabe.
Otra explosión sacudió la casa.
—Alguien tiene que escuchar eso –dijo Cassandra—. Lo han convertido en una zona de guerra.
—Bueno, esperemos que los policías no vengan –agregó Kat detrás de ella.
Cassandra la miró sobre el hombro.
—¿Por qué?
—Porque si lo hacen, lo único que serán es otro bocado nocturno para los Daimons.
Cassandra frunció los labios ante esa idea.
—¡Oh, dios, Kat, eso es horrible!
—Pero todo real –dijo Wulf mientras los conducía más allá de su cama, dentro de su placard, que era del tamaño de las habitaciones de la mayoría de la gente—. A pesar de lo que piensas, Cassandra, los Daimons no son más que animales rabiosos que necesiten una muerte piadosa.
Ella se puso rígida pero, por una vez, no discutió con él.
Cassandra levantó una ceja al mirar su guardarropa, mientras atravesaban el placard. Todo, desde lo que colgaba hasta cada par de zapatos, carecía de color. Parecía un gran agujero negro.
—Te gusta el negro, ¿verdad?
Una esquina de su boca se elevó.
—Sirve a su propósito. Es difícil verse intimidante en colores pastel.
Ella rió y comenzó a hacer un comentario sobre que se veía mejor desnudo, pero se contuvo. No era que Chris y Kat no supieran que eran amantes, pero aún no le parecía correcto decir eso en voz alta frente a ellos.
Wulf presionó una serie de códigos en un tablero y abrió una puerta secreta en el fondo, que llevaba a sus propias catacumbas privadas que había construido bajo la casa y el sótano en caso de emergencia.
Aunque para ser sincero, cuando había hecho construir esto, los Daimons bombardeando su casa no eran una de las cosas que habían pasado por su mente.
Había estado pensando algo más como un incendio durante el día, o quizás una invasión hogareña de terroristas más normales, sin colmillos.
¿Quién podía imaginarlo?
Siguiendo la verdadera moda medieval, el corredor era largo y angosto, para evitar que más de una persona lo atravesara a la vez, y haciendo que fuera sencillo bloquearlo si alguien los estuviese persiguiendo.
A veces daba resultado ser paranoico.
Wulf tomó una linterna y los guió en fila.
Caminaron varios minutos antes de llegar a un punto con cinco caminos diferentes.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:38 am

—Wow –dijo Chris mientras echaba una ojeada alrededor de Cassandra y Wulf—. ¿Adónde lleva todo esto?
Wulf indicó el que estaba lejos a la derecha con la luz.
—Ese va al garaje, el siguiente va hacia el campo justo detrás de la puerta del sur, el del medio es un refugio para bombardeos que queda mucho más bajo tierra. El próximo lleva a la calle de afuera de la puerta principal, y este –indicó el que estaba a su izquierda—, conduce al cobertizo de botes.
—Hombre, desearía haber sabido esto cuando era pequeño; podría haberme divertido muchísimo aquí abajo.
—Sí, y podrías haberte lastimado o perdido y nadie lo sabría.
Chris lo abucheó.
Ignorándolo, Wulf los condujo por el largo y sinuoso túnel que corría por toda la extensión de su propiedad. El cobertizo de botes salía hacia un costado para que, la gente que no supiera, creyese que no era parte de sus propiedades.
Eso, junto con el diseño del cobertizo, había sido intencional.
Con más de 152.500 m2, el cobertizo parecía un hogar desde el agua, con el primer nivel albergando su colección de barcos. El segundo piso tenía cuatro habitaciones, una cocina, living, comedor y una sala de juegos. Durante estos años, había servido como casa de invitados para Acheron cada vez que venía a la ciudad.
Wulf sólo esperaba que Stryker no fuese lo suficientemente brillante como para darse cuenta de que tenía una ruta de escape tan lejos de su propiedad.
Al final del túnel había una escalera de acero que llevaba a un escotillón que se abría hacia la parte trasera del cobertizo, dentro de un armario de almacenamiento.
Wulf fue primero, preparado para cualquier cosa. La traba en esta puerta era manual, en caso de incendio. Wulf hizo girar la combinación, luego esperó que el disparador sonara.
Lentamente, abrió la puerta, esperando lo peor.
No había movimientos en la habitación ni fuera de ella. Ningún sonido de que alguien o algo estuvieran caminando alrededor. Escuchó durante varios minutos, pero todo lo que podía oír era el crujido del hielo y los bramidos del viento.
Todo parecía bien…
Elevándose a través del escotillón, se estiró para ayudar a Cassandra a subir. Vagabundeó a poca distancia por el armario mientras Chris, y luego Kat, trepaban.
—Está bien –les susurró Wulf—. Hasta ahora se ve bien. Quiero que tú –le dijo a Cassandra—, y Chris se queden atrás. Si algo sucede, ustedes dos regresan a los túneles y presionan el botón rojo para trabar la puerta detrás suyo.
—¿Y qué pasa con Kat y contigo? –preguntó Cassandra.
—Nos ocuparemos de nosotros mismos. Tú y Chris son quienes importan. —Los ojos de Cassandra le decían que no estaba de acuerdo con él—. Tomará un par de minutos descender el airboat de su arnés hasta el hielo –le explicó—. Esperemos que los Daimons no lo escuchen.
Cassandra asintió y lo besó suavemente.
—Ten cuidado.
Wulf la abrazó gentilmente, luego abrió la puerta. Dio un paso afuera, y entonces dudó cuando su pie chocó contra algo grande y sólido en el piso.
No, esperen.
Era ropa abandonada. Algo que le recordaba a restos de Daimon.
Wulf extrajo su espada retráctil de la bota al mismo tiempo que una ligera sombra se movía hacia él. Se preparó para atacar.
—Está bien –susurró una voz femenina—. Soy una amiga.
Wulf estaba lejos de aplacarse.
Escuchó que Cassandra jadeaba alarmada. Mirando hacia ella, vio que dudaba en la puerta, como si no estuviera segura de qué hacer.
—¿Phoebe? –susurró—. ¿Realmente eres tú?
Phoebe era el nombre de una de sus hermanas, que había muerto junto a su madre.
La sombra dio un paso hacia la luz para que pudieran ver su rostro, que era sorprendentemente parecido al de Cassandra. La única diferencia era su cabello. El de Phoebe era rubio dorado y lacio, y Cassandra tenía apretados rizos rubio-rojizos. Phoebe vestía un traje negro y no parecía llevar ningún arma encima.
—Soy yo, Cassie. Estoy aquí para ayudarte.
Cassandra dio un paso atrás y chocó contra Chris, quien miró a la recién llegada sospechosamente. Incluso Kat estaba tensa.
Cassandra dio un vistazo incrédulo a su hermana.
—Se supone que estás muerta.
—Lo estoy –susurró Phoebe.
—Eres una Daimon –dijo Wulf acusadoramente.
Phoebe asintió.
—Oh, Phoebe –dijo Cassandra, su voz llena de decepción—. ¿Cómo pudiste?
—No me juzgues, hermanita. Tuve mis razones. Ahora tenemos que ponerte a salvo.
—Como si fuera a confiar en ti –dijo Cassandra, poniéndose rígida—. Recuerdo al tío Demos.
—No soy el tío Demos y no tengo intención de convertirte en lo que yo soy.
Phoebe dio un paso hacia ella, pero Wulf impidió que se acercara más a Cassandra, hasta que él supiera la verdad de sus intenciones.
Phoebe lo miró con irritación, luego regresó la vista a su hermana.
—Por favor, Cassie, tienes que creerme. Nunca, jamás te lastimaría. Lo juro por el alma de mamá.
Otro Daimon entró por la puerta. Un hombre. Era alto y rubio, y Wulf lo recordaba muy bien del club. El Daimon que lo había golpeado.
Este era el Daimon que se había referido a Stryker como su padre.
Kat jadeó.
—Apresúrate, Phe –le dijo el Daimon a la hermana de Cassandra—. No puedo mantener esto oculto mucho tiempo más.
Se detuvo lo suficiente como para encontrarse con la mirada de Wulf sin retroceder. La furia y el odio de ambos hombres era lo suficientemente tangible como para hacer temblar a Cassandra. Esperaba a medias que uno de ellos atacara al otro en cualquier momento.
—¿Por qué estás ayudándonos? –demandó Wulf.
El Daimon frunció los labios con repugnancia.
—Como si me importaras en lo más mínimo, Cazador Oscuro. Sólo estoy aquí para ayudar a mi esposa a proteger a su hermana menor. Lo que aún pienso que es una estúpida idea –miró a Phoebe, que le devolvió la mirada irritada.
—Te sentirás mejor acerca de esto mañana –dijo Phoebe.
El Daimon bufó.
—Menos mal que te amo.
Kat se quedó boquiabierta.
—¿Urian tiene corazón? ¿Quién lo hubiese imaginado?
Urian la miró con rabia.
—Cállate, Abadonna.
Cassandra vio el amor en el rostro de Phoebe mientras Urian se acercaba a ella.
—Urian es quien me salvó cuando mamá murió –le explicó Phoebe—. Él me sacó del auto antes de que la bomba explotara, y me escondió. Intentó salvar a mamá y a Nia también, pero no las alcanzó a tiempo.
Cassandra no sabía qué pensar de eso. No tenía sentido que un Daimon, menos aún uno emparentado con Stryker, las ayudara cuando toda su vida habían sido perseguidas por la especie de Urian.
—¿Por qué?
—No hay tiempo para esto –siseó Urian—. Mi padre no es un hombre estúpido. Caerá en la cuenta rápidamente cuando no escuche nada sobre los dos hombres muertos.
Phoebe asintió, luego giró hacia Cassandra.
—Te estoy pidiendo que confíes en mí, Cassie. Juro que no lo lamentarás.
Cassandra intercambió ceños con Wulf y Kat.
—Creo que podemos confiar en ella.
Wulf miró a Urian, luego a Kat.
—Dijiste que eran sádicos. ¿Hay alguna posibilidad de que estén jugando con nuestras cabezas?
Urian rió grave y amargamente.
—No tienes idea.
Phoebe golpeó a su esposo en el estómago.
—Compórtate, Uri. No estás haciendo esto más sencillo.
Frunciéndole el ceño a su esposa, Urian se frotó el abdomen donde ella lo había golpeado, pero no dijo nada más.
—Hazlo –dijo Kat—. Si él está mintiendo, sé cómo lastimarlo.
Su mirada fue significativamente hacia Phoebe.
Urian se endureció como una baqueta.
—Destructora o no, si alguna vez la tocas, te mataré, Katra.
—Entonces nos entendemos –dijo Wulf—. Porque si algo le sucede a Cassandra, Kat será el menor de tus problemas.
Urian se adelantó, pero Phoebe lo forzó a retroceder.
—Dijiste que debíamos apresurarnos.
Los rígidos rasgos de Urian se suavizaron mientras miraba a Phoebe y asentía. Sin una palabra más, los condujo hacia un airboat negro que ya estaba sobre el hielo, esperando por ellos.
Chris subió a bordo primero, seguido por Kat.
Cassandra hizo lo mismo.
—¿Es este el mismo barco que los Canadian Mounties usan para las búsquedas y rescates? –le preguntó a Wulf.
Wulf se aclaró la garganta como si estuviese ofendido.
—Son fabricados por la misma compañía, pero me agrada pensar que el mío es un poquito más agradable.
Y lo era. Lujoso hasta el extremo, hasta con asientos acolchados.
—Sí –dijo Chris mientras se sentaba y se ataba a sí mismo—. Nosotros somos Dudley Do-Right.
Cassandra le sonrió mientras Wulf tomaba el timón. Su hermana subió, luego se detuvo cuando se dio cuenta de que su esposo se había quedado en el muelle y no estaba haciendo nada para unírseles.
El rostro de Phoebe estaba aún más pálido.
—Ven con nosotros, Uri –le rogó, estirándose para tomar su mano.
Su voz estaba llena de tensión y preocupación.
Cassandra observó sus manos unidas, que le mostraba cuánto deseaba cada uno de ellos aferrarse y jamás dejarse ir.
—Te matarán si descubren esto.
El dolor en el rostro de Urian mientras miraba anhelantemente a Phoebe hizo que Cassandra sufriera por los dos.
—No puedo, bebé, sabes que no puedo. Debo quedarme y tapar tus huellas, pero prometo que me pondré en contacto en cuanto pueda. –Besó a Phoebe apasionadamente, luego le dio un beso en la mano y la soltó—. Cuídate.
—Tú también.
Él asintió, luego quitó el último pedazo de arnés.
—Cuida a mi esposa, Cazador Oscuro.
Wulf miró a Phoebe y asintió.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:39 am

—Gracias, Daimon.
Urian se burló.
—Apuesto a que jamás pensaste que pronunciarías esas palabras.
Urian elevó las puertas del muelle al mismo tiempo que un grupo de Daimons entraba al cobertizo.
Phoebe jadeó y comenzó a ir hacia su esposo. Chris la sostuvo mientras Wulf aceleraba a fondo la máquina y volaba hacia el norte sobre el hielo. Afortunadamente, el viento estaba a su favor y aceleraron rápidamente.
—¡No! –Gritó Phoebe mientras corrían sobre el lago—. No podemos dejarlo.
—No tenemos elección –dijo Chris—. Lo siento.
Cassandra vio la desesperación en el rostro de su hermana, pero Phoebe no lloró. Apenas miró hacia atrás, donde el cobertizo estaba desapareciendo rápidamente de su vista, con los ojos llenos de terror.
Cassandra se aferró fuertemente a su cinturón de seguridad, con el corazón latiendo enloquecido.
—¿Qué tan rápido estamos yendo? –le preguntó a Chris.
—Por lo menos a más de 160 Km. –le respondió—. Estas cosas pueden moverse hasta 225 con viento a favor, y sólo a 65 en contra.
Wow. Miró a su hermana, que aún no había dejado de mirar atrás aunque el cobertizo ya había desaparecido de la vista.
—Él va a estar bien, Phoebe –dijo Kat—. Su padre no lo lastimaría realmente. Stryker puede ser psicópata, pero ama a Urian.
El rostro de Phoebe mostraba cada pedacito de sus dudas.
—Continúa hacia el norte –le dijo a Wulf—. Tenemos un lugar seguro donde podemos esconderlos a todos.
En cuanto las palabras fueron pronunciadas, Cassandra escuchó el violento chillido de algo que sonaba como si viniera de Hollywood. Fue seguido por el indudable sonido de unas alas batiéndose.
Mirando hacia arriba, vio el dragón que se dirigía hacia ellos.
—Oh, mi… —no pudo completar las palabras porque el terror la ahogó.
Kat reaccionó instantáneamente. Se arrojó sobre Cassandra.
El dragón chilló más agudamente como si se hubiera frustrado por sus acciones. El fuego voló a través de la proa del barco.
Wulf no desaceleró para nada. Extrajo su arma y le disparó al dragón.
El dragón se lanzó directo hacia ellos, gritando mientras llegaba. Cassandra pudo ver cuando las balas lo golpearon. El dragón retrocedió, pero no frenó ni se desvió.
Continuó hacia ellos con una resuelta determinación.
Más cerca.
Más cerca…
Se abalanzó tan cerca que ella pudo sentir la caliente respiración del dragón.
Wulf recargó su cartucho y disparó más.
Justo cuando Cassandra estaba segura de que los devoraría, el dragón desapareció instantáneamente.
Por diez segundos enteros, nadie se movió.
—¿Qué sucedió? –preguntó Chris.
—Debe haber sido llamado –respondió Kat—. Es lo único que podría haberlo detenido de ese modo.
Wulf finalmente frenó un poco.
—¿Llamado por quién?
—La Destructora –dijo Phoebe—. No permitirá que lastime a Kat.
—¿Y por qué es eso, Kat? –preguntó Wulf.
Kat pareció incómoda por esa pregunta.
—Al igual que Stryker, soy una de sus siervas.
—Pensé que servías a Artemisa –dijo Cassandra.
—Sirvo a ambas.
Cassandra inclinó la cabeza mientras miraba a su amiga. Alguien a quien había pensado que conocía durante años, y ahora se daba cuenta de que realmente no sabía nada sobre Kat.
—Pregunta –dijo Cassandra, con el corazón latiendo fuertemente por el miedo—. ¿Qué sucede cuando tienes un conflicto de intereses? ¿A quién seguirás entonces, Kat?

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:39 am

CAPITULO 11

Kat la miró fijamente, indignada.
—Creo que la respuesta a esa pregunta es bastante obvia. Estoy aquí, ¿o no?
—¿Lo estás? –preguntó Cassandra, con su furia entrando en erupción—. Cada vez que me doy vuelta parece que hay un Daimon siguiéndome el rastro. Todos los días estoy enterándome de otro dato vital acerca de ti, que habías olvidado convenientemente de contarme en los últimos… oh… cinco años. ¿Cómo puedo saber que puedo confiar en alguien a esta altura?
Kat parecía herida mientras se apartaba de Cassandra.
—No puedo creer que dudarías de mí.
—Cassie…
—No me digas “Cassie,” Phoebe –le dijo, hablándole con brusquedad a su hermana—. ¿Por qué ni siquiera te molestaste en decirme que estabas viva? Sabes que una postal no te habría costado nada. Y no estoy intentando ser graciosa.
Phoebe le dirigió una mirada enojada.
—¡No te atrevas a usar ese tono conmigo! No después de que Urian y yo hemos arriesgado todo por ti. Por lo que sé, ahora mismo pueden estar matándolo.
El temblor en la voz de su hermana la hizo recobrar el juicio, y se calmó.
—Lo siento, Phoebe. Kat. Es sólo que estoy asustada.
Kat la ayudó a ponerse de pie, pero en lugar de regresar a su asiento, Cassandra se encaminó hacia el asiento de Wulf. Él frenó el barco lo suficiente como para que ella pudiera sentarse con cuidado en sus piernas.
Al menos allí se sentía protegida. Segura. Confiaba absolutamente en él.
—Vas a estar bien, Cassandra –dijo Wulf contra su cabello, sobre el rugido del bote.
Se acurrucó más contra él e inhaló su aroma cálido y masculino. Cassandra se aferró con fuerza mientras él los conducía a un futuro que la aterrorizaba.
El amanecer se estaba acercando. Cassandra podía sentirlo mientras viajaba silenciosamente en el Land Rover excesivamente modificado y hecho a pedido, junto a Wulf. Ella era inmune a los rayos de sol, pero sabía que Wulf y su hermana no lo eran. Chris estaba dormido en el asiento trasero, sentado entre Kat y Phoebe con la cabeza sobre el hombro de Kat, mientras ella miraba nerviosamente por la ventanilla.
Habían dejado el barco atrás hacía una hora, y ahora estaban en un Land Rover todo—terreno, conduciendo hacia un destino que Phoebe no quería mencionar. Sólo les daba indicaciones.
—¿Cuánto falta? –preguntó Cassandra.
—No mucho más.
El incierto temor en la voz de Phoebe contradecía sus palabras.
Cassandra tomó la mano de Wulf en las suyas. Él apretó sus dedos para tranquilizarla, pero no habló.
—¿Llegaremos antes del amanecer? –le preguntó a su hermana.
—Va a ser cerca. –Entonces, en voz baja, Phoebe murmuró las palabras—: Realmente cerca.
Cassandra miró a Wulf mientras conducía. Tenía puestos sus anteojos de sol, que lo ayudaban con el resplandor de la nieve, pero la noche era tan oscura que Cassandra no estaba segura de cómo podía ver algo. Su mandíbula barbuda estaba firme y rígida. Aunque no decía nada, ella notaba el modo en que miraba una y otra vez el reloj del tablero.
Cassandra elevó una plegaria para que llegasen a destino antes de que el sol lo matara.
Obligando a su miedo a partir antes de que la abrumara, miró hacia sus manos unidas. Su mano estaba cubierta por unos guantes negros de lana. Los dedos desnudos de Wulf eran largos y masculinos. Las manos de un guerrero protector.
¿Quién hubiese imaginado que ella encontraría un amigo y amante nacido de una raza que era enemiga jurada de la suya?
Y aún así, allí estaba sentada, sabiendo que él era el único que podía salvar y proteger a su bebé. Sabiendo que él moriría voluntariamente por cuidar a su hijo. Su corazón dolió ante ese conocimiento, y ante el nerviosismo que sentía mientras el cielo se aclaraba.
Él no podía morir. Seguramente los Destinos no serían tan crueles.
Cassandra soltó la mano de Wulf lo suficiente para quitarse el guante, luego volvió a tomarla. Necesitaba esa conexión física con él.
Él la miró y le regaló una sonrisa alentadora.
—Dobla justo aquí –dijo Phoebe, inclinándose entre ellos para señalar un pequeño sendero donde no había ruta.
Wulf no lo cuestionó. No había tiempo. En lugar de eso, giró como ella le indicaba.
Era un idiota por confiar en ella, lo sabía. Pero no había otra elección. Además, Phoebe aún no los había traicionado.
Y si lo hiciera, él se aseguraría que lo pagara. Junto con cualquier otro que se atreviera a venir en busca de Cassandra.
Pasaron violentamente a través de los árboles, con el blindaje del SUV que hacía relativamente más sencillo abrirse paso a través de los árboles más pequeños y viajar sobre nieve, hielo y escombros. Wulf apagó las luces para poder ver mejor mientras el Land Rover rebotaba sobre el terreno accidentado.
Chris se despertó maldiciendo.
—¿Regresó Stryker?
—No –le dijo Kat—. Tuvimos que abandonar la ruta.
Wulf desaceleró un poquito para no arruinar una de las ruedas de tanque que habían reemplazado a las cubiertas del SUV. Eran mucho más firmes en este clima, pero aún así estaban muy lejos de ser infalibles, y lo último que necesitaba era quedarse varado al aire libre con la luz del sol tan próxima.
Justo cuando el sol estaba apareciendo sobre la montaña, salió a través de los árboles y llegó a una cueva.
Había tres Apolitas parados fuera de ella. Esperando.
Cassandra siseó y soltó su mano.
—Está bien –dijo Phoebe mientras abría su puerta y bajaba de un salto de la camioneta.
Wulf dudó mientras miraba a Phoebe correr hacia los hombres y señalarlos.
—Bueno –susurró, viendo que el sol comenzaba a deslizarse por encima de los picos—. Es el momento de la verdad. Ahora no podemos escapar corriendo de ellos.
—Estoy contigo hasta el final –susurró Kat desde el asiento trasero.
Chris asintió.
—Yo también.
—Quédense aquí –le dijo Wulf a Cassandra y a Chris antes de bajarse, con la mano sobre el puño de su espada.
Kat salió junto con él.
Chris se inclinó hacia adelante para que su cabeza estuviera casi al lado de la de Cassandra.
—¿Esos son lo que creo que son?
—Sí –dijo Cassandra, aguantando la respiración—. Son Apolitas, y no parecen felices de vernos.
Los Apolitas observaron a Kat y a Wulf sospechosamente. El odio entre ellos era aún más violento que cuando Urian se había enfrentado a Wulf en el cobertizo.
Hizo que la sangre de Cassandra se helara.
Phoebe señaló el sol que salía y le dijo algo a los hombres. Aún así no se movieron.
Hasta que Wulf miró a Cassandra sobre su hombro. Sus miradas se encontraron y él asintió sutilmente.
Con el rostro ilegible, entregó todas sus armas.
El corazón de Cassandra latió violentamente. ¿Lo matarían?
Ella sabía que él jamás hubiese entregado sus armas a sus enemigos. Hubiese luchado hasta el final. Pero, por ella, él se había entregado.
Los Apolitas lo llevaron hacia el interior con Phoebe mientras Kat regresaba a buscarlos.
—¿Qué está sucediendo? –preguntó Cassandra.
Kat respiró cansadamente.
—Están llevando a Wulf en custodia para asegurarse de que no lastime a ninguno de ellos. Vamos, tienen a un doctor dentro esperando por ti.
Cassandra vaciló mientras miraba en la dirección en la que habían desaparecido.
—¿Realmente confías en ellos?
—No lo sé. ¿Y tú?
Ella pensó en eso, y no estuvo totalmente segura de la respuesta.
—Confío en Phoebe. Eso creo.
Kat se rió.
Cassandra salió rápidamente de la camioneta, y permitió que Kat los condujera a ella y a Chris dentro de la cueva donde había sido llevado Wulf.
Phoebe se unió a ellos adentro.
—No tengas miedo, Cassie. Todos nosotros sabemos lo importantes que son tú y tu bebé. Nadie aquí los lastimará. Lo juro.
Cassandra sólo podía rogar que su hermana hablara en serio.
—¿Quiénes son nosotros?
—Esta es una comunidad Apolita –dijo Phoebe mientras los conducía más adentro de la caverna—. Una de las más antiguas de Norteamérica.
—¿Pero por qué están ayudándome ahora? –Preguntó Cassandra—. No es que no hayan sabido que he sido perseguida todos estos años.
Phoebe pareció apenada por la pregunta.
—Sabía que estabas viva y estaba esperando que continuaras con nuestra ascendencia. Temía decirte que yo aún existía por miedo a cómo lo tomarías. Pensé que sería más fácil de este modo.
—¿Entonces por qué cambiaste ahora?
—Porque un Apolita llamado Spawn llamó unos días atrás y explicó lo que estaba sucediendo. Una vez que hablé con Urian y supe lo que su padre había planeado, me di cuenta de que ya no podía dejarte sola. Somos hermanas, Cassandra, y tu bebé tiene que vivir.
Al fondo de la cueva, Phoebe colocó su mano sobre una de las piedras, donde un resorte salió y abrió la puerta de un ascensor.
Chris jadeó exageradamente.
—Santas Granadas, Batman, es una baticueva. —Cassandra lo miró extrañamente—. Oh, vamos –dijo Chris—, ¿nadie más que yo ve el humor de esto? –Observó los tres rostros nada divertidos—. Supongo que no.
Cassandra entró primera al ascensor.
—¿Y los hombres que vi afuera? ¿Quiénes son ellos?
Phoebe fue la siguiente en entrar.
—Son nuestro consejo gobernante. Nada puede hacerse aquí sin su aprobación directa.
Kat y Chris se les unieron. La puerta del elevador se cerró.
—¿Hay Daimons aquí? –le preguntó Chris a Phoebe mientras ella presionaba un botón que puso al elevador en movimiento, hacia abajo.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:39 am

—El único Daimon en esta comunidad soy yo –dijo Phoebe avergonzadamente—. Me permiten vivir aquí porque están en deuda con Urian por su ayuda. Mientras yo no atraiga la atención sobre mí o sobre su existencia, tengo permitido quedarme.
Mientras el elevador continuaba su camino hacia abajo, Cassandra no sabía qué esperar de la colonia Apolita. O de su hermana. Mucho tiempo atrás, hubiese confiado en Phoebe sin dudarlo, pero aquella era una Phoebe que no hubiese sido capaz de tomar la vida de otra persona para mantener la propia.
Esta nueva Phoebe la asustaba.
Los oídos de Cassandra se taparon, permitiéndole saber que estaba viajando mucho más abajo de la montaña.
Cuando las puertas se abrieron, sintió como si acabara de entrar a una película de ciencia-ficción.
Todo estaba adaptado como una ciudad futurista. Hecha de acero y hormigón, las paredes estaban pintadas con brillantes murales que representaban el sol y la belleza.
Su grupo salió a un área central que era probablemente del tamaño de un campo de fútbol americano. Había aberturas alrededor que mostraban más corredores que llevaban hacia otras áreas.
Había todo tipo de tiendas en esta área principal. Excepto vendedores de comida; un servicio que los Apolitas no necesitaban, ya que vivían de la sangre de los demás.
—La ciudad se llama Elysia –explicó Phoebe mientras los conducía a través de varios Apolitas que se habían detenido para observarlos—. La mayoría de los Apolitas aquí vive toda su vida bajo tierra. No tienen ningún deseo de subir y ver a los humanos y su violencia. Ni tampoco desean ver a su familia cazada y asesinada.
—Me opongo a eso –dijo Chris—. Yo no soy violento. Al menos no absorbo a otras personas.
—Mantén baja la voz –le advirtió Phoebe—. Los humanos nunca han sido bondadosos con mi gente. Nos han cazado y perseguido aún más que los Cazadores Oscuros. Aquí eres minoría, y si amenazas a mi gente, podrían matarte sin siquiera molestarse en averiguar si eres o no violento.
Chris cerró firmemente la boca.
Cassandra vio los gestos de desprecio y las miradas furiosas que recibían mientras Phoebe los llevaba hacia un vestíbulo a la izquierda.
—¿Qué hacen con los Apolitas que se convierten en Daimon? –preguntó Chris en cuanto estuvieron lejos de los otros Apolitas.
—No se tolera a ningún Daimons aquí, ya que ellos requieren una dieta constante de almas humanas. Si un Apolitas decide convertirse en Daimon, tiene permitido partir, pero jamás pueden regresar aquí. Nunca.
—Aún así, tú vives aquí –dijo Kat—. ¿Por qué?
—Te lo dije, Urian los protege. Él fue quien les enseñó cómo construir este lugar.
—¿Por qué? –insistió Kat.
Phoebe se detuvo y midió a Kat con la mirada.
—A pesar de lo que piensas de él, Katra, mi esposo es un buen hombre. Sólo quiere lo mejor para su gente. –La mirada de Phoebe se volvió hacia Cassandra—. Urian fue el primer hijo en nacer como un Apolita maldito.
Cassandra se quedó boquiabierta ante la noticia.
—Entonces él tiene…
—Más de once mil años –dijo Phoebe, terminando la oración por ella—. Sí. La mayor parte de los guerreros que viajan con él tienen esa edad. Ellos vienen del comienzo de nuestra historia.
Chris silbó bajo.
—¿Cómo es posible?
—La Destructora los protege –respondió Kat—. Así como los Cazadores Oscuros sirven a Artemisa, los verdaderos Spathis la sirven a ella. —Kat suspiró, como si el conflicto la apenara—. Artemisa y Apollymi han estado en guerra desde el primer día. La Destructora está en cautiverio porque Artemisa la obligó con un engaño, y ella pasa todo su tiempo tramando la muerte y tortura de Artemisa. Si alguna vez logra salir, Apollymi la destruirá.
Cassandra frunció el ceño.
—¿Por qué la Destructora odia a Artemisa?
—Amor. ¿Qué más? –dijo Kat sencillamente—. El amor, el odio y la venganza son las emociones más poderosas de la tierra. Apollymi quiere venganza porque Artemisa mató a lo que ella más amaba en el universo.
—¿Y eso es?
—Jamás traicionaría a alguna de ellas diciéndolo.
—¿Y no podrías escribirlo? –preguntó Chris. Kat puso los ojos en blanco. Cassandra y Phoebe sacudieron la cabeza—. Oh, sí, como si ustedes dos no estuviesen pensando lo mismo –dijo Chris.
Phoebe hizo señas para que la siguieran nuevamente. Los condujo por un corredor que estaba alineado por puertas.
—Estos son apartamentos. A ustedes les darán una gran unidad con cuatro dormitorios. La mía está en un vestíbulo separado. Me hubiese gustado tenerlos más cerca, pero esta era la única disponible, lo suficientemente grande como para todos ustedes, y no me pareció que fuera inteligente separarlos.
Cassandra también deseaba estar más cerca de Phoebe. Tenía mucho de lo que ponerse al día con su hermana.
—¿Wulf ya está allí?
—No –dijo Phoebe, evitando su mirada—. Fue llevado a una celda de detención.
Cassandra estaba horrorizada, y luego furiosa.
—¿Perdón?
—Él es nuestro enemigo, Cassie. ¿Qué esperabas que hiciéramos?
—Espero que lo dejen ir. Ahora.
—No puedo.
Cassandra se detuvo sobre sus pasos.
—Entonces muéstrame la puerta de salida.
El rostro de Phoebe reflejaba su incredulidad.
—¿Qué?
—Me escuchaste. No voy a quedarme aquí a menos que él sea bienvenido. Ha arriesgado su vida por mí. Su hogar fue destruido por mi culpa y no viviré cómodamente mientras el padre de mi bebé sea tratado como un convicto.
Alguien detrás de ellos comenzó a aplaudir.
Cassandra giró para ver a un hombre que la empequeñecía. De más o menos dos metros quince de altura, era precioso. Rubio y esbelto, parecía tener la misma edad que ella.
—Lindo discurso, princesa. No cambia nada.
Cassandra lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Y qué tal una buena paliza?
Él en realidad se rió.
—Estás embarazada.
—No tanto. –Lanzó una de las dagas que tenía en la muñeca hacia el hombre. Se incrustó en la pared justo al lado de su cabeza. Su rostro perdió todo el humor—. La próxima va a tu corazón.
—¡Cassie, detente! –ordenó Phoebe, tomándola del brazo.
Cassandra se quitó su mano de encima.
—No. He pasado toda mi adultez terminando con la desgracia de cualquier Daimon o Apolita que cometiera el error de perseguirme. Si por un instante crees que Kat y yo no podemos destruir este sitio para liberar a Wulf, entonces necesitas pensarlo de nuevo.
—¿Y si mueres? –preguntó el hombre.
—Entonces todos perdemos.
Él la miró pensativamente.
—Estás fanfarroneando.
Cassandra intercambió una mirada decidida con Kat.
—Sabes que siempre estoy desesperada por una buena pelea.
Kat extrajo su bastón de lucha del bolsillo de su abrigo y lo extendió.
Las ventanas de la nariz del hombre se ensancharon mientras las veía preparándose para librar combate.
—¿Así es como devuelves mi generosidad al acogerte?
—No –dijo Cassandra con una calma que no sentía—. Así es como compenso al hombre que me protege. No aceptaré que Wulf esté así luego de todo lo que ha hecho.
Ella esperaba que el hombre luchara, pero en lugar de eso dio un paso atrás e inclinó la cabeza respetuosamente hacia ella.
—Tiene la valentía de un Spathi.
—Te lo dije –dijo Phoebe, su rostro brillando de orgullo.
El hombre les sonrió ligeramente.
—Ve adentro con Phoebe, princesa, y haré que tu Cazador Oscuro sea llevado hasta ti.
Cassandra lo miró sospechosamente, insegura en confiar en él o no.
—¿Lo prometes?
—Sí.
Aún escéptica, Cassandra miró a su hermana.
—¿Puedo confiar en eso?
—Puedes. Shanus es nuestro Consejero Supremo. Él jamás miente.
—Phoebe –dijo Cassandra sinceramente—, mírame. –Ella lo hizo—. Dime la verdad. ¿Estamos a salvo aquí?
—Sí, lo juro por todo lo que aprecio; incluso la vida de Urian. Estás aquí porque Stryker jamás pensaría en buscarte en una comunidad Apolita. Cada uno de nosotros aquí sabe que si tu bebé muere, también muere el mundo. Y nuestras vidas, tales como son, aún son valiosas para nosotros. Para la gente que está aquí, veintisiete años son mejores que absolutamente nada.
Cassandra respiró profundamente y asintió.
—Está bien.
Phoebe abrió la puerta detrás suyo mientras Shanus se disculpaba y los dejaba para que explorar su nuevo hogar.
Cassandra entró a un living extremadamente agradable. Probablemente tenía entre cuatro y cinco pies cuadrados, y poseía todo lo que un hogar humano normal podría tener. Un sofá relleno y un confidente, un centro de entretenimiento completo, con televisión, estéreo, y reproductor de DVD.
—¿Eso funciona? –preguntó Chris mientras se acercaba a inspeccionarlo.
—Sí –dijo Phoebe—. Tenemos repetidores y líneas externas que pueden traernos el mundo humano hasta aquí.
Kat abrió las puertas de las habitaciones y el baño que estaban fuera del área principal del living.
—¿Dónde está la cocina?
—No tenemos cocinas –explicó Phoebe—. Pero los consejeros están trabajando para traer un microondas y un refrigerador para ustedes. Junto con comestibles. Debería haber algo aquí para que ustedes coman muy pronto. —Phoebe les mostró una pequeña caja verde en una mesa junto al sofá—. Si necesitan algo, el intercomunicador está aquí. Presionen el botón y una de las operadoras los ayudará. Si quieren llamarme, díganle que quieren hablar con la esposa de Urian y ellos sabrán con qué Phoebe comunicarlos.
Se escuchó un golpe en la puerta.
Phoebe fue a abrirla mientras Cassandra se quedaba detrás con Kat y Chris.
—¿Qué piensan?
—Parece estar bien –dijo Chris—. No recibo ninguna vibración maligna, ¿y ustedes?

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:39 am

Kat se encogió de hombros.
—Estoy de acuerdo con Chris. Pero aún hay una parte de mí que no confía en ellos. No quiero ofenderte, Cass, pero los Apolitas no son famosos por ser honestos.
—Dímelo a mí.
—¿Cassandra?
Ella se dio vuelta para encontrarse con una mujer de su edad junto a Phoebe. El cabello rubio de la mujer estaba recogido en un moño, y vestía un suéter pastel claro con un par de jeans.
—Soy la Dra. Lakis –le dijo, extendiendo su mano hacia Cassandra—. Si no te molesta, me gustaría examinarte y ver cómo está el bebé.
Wulf estaba sentado en la celda, preguntándose cómo diablos se había metido en esto. Por lo que sabía, podían estar matando a Cassandra, y él había permitido dócilmente que lo llevaran.
—Debería haber peleado.
Maldiciendo, dio vueltas por la pequeña celda donde lo habían encarcelado. Estaba en penumbras y húmeda, con tan solo una cama y un retrete dentro. Jamás había estado dentro de una cárcel humana, pero por lo que había visto en películas y en la TV, los Apolitas habían tomado ese modelo para construir esta.
Escuchó pasos afuera.
—Estoy aquí en busca del Cazador Oscuro.
—Nos dijeron que debe quedarse.
—La heredera lo quiere, y no permanecerá bajo nuestra protección a menos que lo dejemos ir.
Wulf sonrió ante esas valiosas palabras. Déjenselo a Cassandra. Ella era extremadamente terca cuando se trataba de salirse con la suya.
Era una de las cosas que más amaba de ella.
El corazón de Wulf se detuvo mientras ese pensamiento lo atravesaba. Había muchas cosas acerca de ella que le gustaban.
Cosas que iba a extrañar…
—¿Estás loco? –continuó discutiendo el guardia que estaba afuera—. Va a matarnos a todos.
—No tiene permitido matar a Apolitas, lo sabes. Ningún Cazador Oscuro puede matarnos a menos que nos convirtamos en Daimons.
—¿Estás dispuesto a apostar tu vida sobre eso?
—No –dijo Wulf en voz alta para que pudieran escucharlo afuera—. Está dispuesto a apostar la tuya. Ahora déjenme salir de aquí, para poder asegurarme de que no han lastimado a Cassandra.
La puerta se abrió lentamente, para revelar a un hombre que era, sorprendentemente, más alto que él. No era frecuente que Wulf conociera a semejante persona.
—Entonces sí la proteges –dijo el hombre, tranquilamente.
—Sí.
El Apolita lo miró extrañado.
—La amas.
Era una declaración, no una pregunta.
—Apenas la conozco.
El hombre sonrió a medias.
—El tiempo no tiene sentido para el corazón. –Extendió la mano hacia Wulf, quien la estrechó reacio —. Mi nombre es Shanus y me alegra saber que harás cualquier cosa para mantenerla a salvo. Bien. Ahora, vamos, ella está esperándote.
Cassandra estaba recostada en la cama mientras una enfermera la preparaba para su transfusión de sangre. También era algo bueno. Había estado débil antes de esta noche, pero la emoción agregada del ataque de Stryker la había agotado.
La doctora le alcanzó una remera para que se pusiera, en lugar del suéter, para poder conectarla a la máquina. Al principio, se habían opuesto a que ella se negara a beber sangre. Aparentemente, los Apolitas no eran delicados, pero Cassandra tenía demasiado de humana para no querer hacer eso.
Así que, luego de un breve y acalorado debate, habían cedido ante ella.
Cassandra se cambió la remera mientras la doctora la preparaba para una ecografía.
—Necesitarás más sangre de lo normal para proveer a tu bebé –le explicó la Dra. Lakis mientras Cassandra se acostaba en la cama. La doctora levantó la remera de Cassandra, dejando a la vista su estómago ligeramente redondeado—. Es bueno que estés aquí, ya que la sangre Apolita es más fuerte y tendrá los nutrientes que tu bebé necesita. También necesitarás mucho más hierro y calcio, ya que eres en parte humana. Me aseguraré que tengas mucha comida con agregados vitamínicos.
Cassandra escuchó a Kat diciendo algo detrás de la puerta. Se levantó sobre los codos y estiró la cabeza para escuchar, pero no logró descifrar nada.
Qué raro. Chris y Phoebe se habían retirado a sus cuartos a dormir.
Cassandra estaba a punto de bajar de la cama para ir a ver qué sucedía afuera cuando Wulf atravesó la puerta.
El alivio la inundó ante la imagen de esos dos metros de musculosa forma masculina. Se veía cansado, pero sano. Ella absorbió la belleza de su cuerpo y de su rostro.
No obstante, la doctora lo observó sospechosamente.
—¿Eres el padre del bebé?
—Sí –respondieron al unísono.
Cassandra estiró la mano hacia Wulf, que la tomó y luego besó sus nudillos.
—Llegas justo a tiempo –dijo la doctora mientras frotaba un gel aceitoso sobre la panza de Cassandra.
Colocó la fría paleta contra ella.
La máquina que estaba sobre un carrito hizo ruidos.
Cassandra miró ansiosamente la pantalla hasta que vio al diminuto niño que estaba pataleando sus pies.
La mano de Wulf apretó con más fuerza la suya.
—Allí está –dijo la doctora—. Un pequeño varón completamente sano preparado para llevarse el mundo por delante.
—¿Cómo puede saber que es un varón? –preguntó Cassandra sin aliento, mientras veía a su hijo encorvarse.
A ella le parecía un renacuajo.
—Bueno, en realidad no podemos saberlo con certeza aún –dijo la Dra. Lakis mientras tomaba medidas con la máquina—, pero puedo sentirlo. Es fuerte. Un luchador, como sus padres.
Cassandra sintió que una lágrima caía por la esquina de su ojo derecho. Wulf se la quitó con un beso.
Ella lo miró y vio la felicidad en su rostro. Estaba orgulloso de su hijo.
—Hasta ahora todo se ve bien –dijo la doctora mientras imprimía una pequeña fotografía del bebé—. Simplemente necesitas descansar mucho más, y hacer una dieta mejor.
La doctora secó la sustancia pegajosa de su panza mientras Wulf y Cassandra observaban la diminuta foto.
—Parece un ángel –susurró Cassandra.
—No lo sé. Yo creo que se parece más a una rana, o algo así.
—¡Wulf!
—Bueno, lo parece. Más o menos.
— ¿Dra. Lakis? –Ella esperó hasta que la mujer se detuvo y la miró—. ¿Cree que el bebé…? –vaciló, incapaz de completar la oración.
—¿Morirá como un Apolita? —Cassandra asintió, con la garganta apretada por el temor. Los ojos de la Dra. Lakis eran compasivos—. Sinceramente, no lo sé. Podemos hacer exámenes una vez que esté aquí, pero la genética es una cosa extraña, así que en realidad no hay modo de predecirlo.
Tragando el nudo en su garganta, Cassandra se forzó a hacer otra pregunta que estaba desesperada por que le respondieran.
—¿Hay algún modo de saber si viviré más tiempo?
—Ya conoces la respuesta a eso, Cassandra. Lo siento. Eres una de las afortunadas que tiene algunas características humanas, pero tus genes son fuertemente Apolitas. El simple hecho de que estés en medio de una transfusión de sangre lo dice todo.
Los ojos de Cassandra se llenaron de lágrimas mientras sentía que su última esperanza menguaba.
—¿No hay algo que podamos hacer? –preguntó Wulf.
—Su única posibilidad de vivir más tiempo es convertirse en Daimon, y por alguna razón dudo que le permitas esa opción.
Cassandra aferró la fotografía de su bebé mientras se preguntaba cuán Apolita sería. ¿Él también estaría condenado?
No habló más mientras la doctora y la enfermera estuvieron en la habitación con ellos. Fue sólo cuando estuvo a solas con Wulf que lo buscó y se abrazó fuertemente a él.
Se aferró a él firmemente, temerosa del mañana. Temerosa de todo.
—Todo estará bien, villkat –susurró él.
Cómo deseaba Cassandra que eso fuese cierto. Aún así, estaba contenta de que al menos él tuviera el gesto de simular que eran una pareja normal con preocupaciones normales.
Alguien golpeó a la puerta.
Cassandra se apartó antes de que Wulf fuera a atender.
Era Phoebe. Ignoró a Wulf y fue hacia Cassandra, que estaba sentada en la cama.
—Pensé que podrías querer algo de ropa limpia.
Cassandra le agradeció mientras Phoebe colocaba el bulto de ropa sobre la cama, a sus pies.
—¿Has sabido algo de Urian? –le preguntó a su hermana.
Phoebe negó con la cabeza, tristemente.
—Pero hay ocasiones en que pasan un par de días antes de que pueda hablar conmigo. A veces algunos meses…
Cassandra se sintió mal por su hermana. No hacía mucho que conocía a Wulf y sin embargo no lograba imaginarse sin poder hablar con él todos los días. Sin que él la hiciera reír con algo que dijese. Debía ser mucho peor para su hermana.
—¿Por qué no vives con él?
Phoebe la miró como si fuera evidente.
—Su padre intentó matarme, Cassie. Sabe cómo –señaló a Cassandra y a sí misma—, somos. Mataría a Urian si alguna vez nos encuentra juntos.
Wulf se movió para pararse cerca de Phoebe.
—Como aún estás viva y casada, el linaje de Apolo está a salvo, ¿verdad?
—No –dijo Phoebe melancólicamente. Su rostro era oscuro y triste—. Los Daimons no podemos tener hijos. Al igual que los Cazadores Oscuros, somos muertos ambulantes. Fue por eso que permití que mi padre y Cassie pensaran que también había muerto. No había necesidad de entristecerlos aún más por lo que era y en quién me había convertido.
—¿Eso te cambió mucho? –Preguntó Cassandra—. ¿Es como siempre nos contaron?
—Sí y no. El anhelo de asesinar es difícil de resistir. Debes ser cuidadosa con el alma que tomas, porque una parte se funde con la tuya. Creo que es diferente para los Daimons que matan que para aquellos como yo.
—¿Qué quieres decir con “aquellos como yo”? –preguntó Wulf.
—Eres una Daimon Anaimikos –dijo Cassandra.
Phoebe asintió.
Ahora Wulf estaba completamente confundido. Jamás había escuchado ese término.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:40 am

—¿Qué es eso?
—Un Daimon que se alimenta de otro Daimon –explicó Phoebe—. Obtengo mi alimento de Urian.
Wulf estaba estupefacto.
—¿Puedes hacer eso?
—Sí.
Wulf se apartó, lejos de las mujeres, mientras digería eso. En su mundo sólo había dos tipos de Daimons. Los normales, que corrían cuando eran perseguidos, y los Spathi, que daban pelea. Desde que había conocido a Cassandra se había enterado de dos más: los Agkelos, quienes sólo cazaban a los humanos malignos, y los Anaimikos, quienes se alimentaban de otros Daimons.
Se preguntaba si alguno de los demás Cazadores Oscuros sabía de esto, y porqué nadie jamás se había molestado en contarle sobre las diferentes clasificaciones.
—¿Cómo conociste a Urian? –preguntó Cassandra mientras colocaba algunas prendas de las que Phoebe había traído dentro del gran placard que había junto a la puerta.
—Cuando vivíamos en Suiza, Urian era quien nos vigilaba. Se suponía que estaba recolectando información para matarnos, pero dice que en cuanto me vio, se enamoró. –El rostro de su hermana prácticamente resplandecía. Cassandra estaba feliz de ver a Phoebe tan enamorada—. Una noche nos conocimos por accidente cuando yo escapaba de la casa luego de esa gran pelea con mamá sobre la universidad. Lo encontré justo en su escondite.
Cassandra recordaba bien esa noche. No era frecuente que Phoebe y su madre pelearan, pero esa noche había sido particularmente desagradable. Phoebe había querido tomar clases nocturnas, intentando parecer una adolescente normal. Su madre se había rehusado a su pedido.
Phoebe suspiró.
—Era tan hermoso. Yo sabía que era un Daimon, pero no tenía miedo. Me quedé con él por horas esa noche. Comenzamos a encontrarnos cada noche luego de eso.
—Así que allí era adonde ibas a hurtadillas –dijo Cassandra, recordando las veces que había ocultado las escapadas nocturnas de Phoebe.
Phoebe asintió.
—Hacía sólo seis meses que conocía a Urian cuando su padre se impacientó y colocó una bomba en el auto. Se suponía que yo no fuera esa noche. Se suponía que debía quedarme en casa contigo, ¿recuerdas?
Cassandra recordaba bien esa noche. Cada detalle estaba grabado en su memoria con la claridad del agua. Ella se había quedado en casa esa noche sólo porque estaba enferma, y su madre se había rehusado a dejarla salir de la cama.
—Querías ir al aeropuerto con Nia –dijo Cassandra, con la garganta anudada.
Su hermana mayor estaba yendo a tomar un vuelo fletado para ver a su padre en París. Nia había planeado quedarse allí una semana, y luego se suponía que ella y su padre volarían juntos de regreso a Suiza, para quedarse con las demás durante unas cortas vacaciones.
Phoebe asintió.
—Urian me sacó del auto y usó su propia sangre para restablecerme.
Cassandra dio un respingo ante las palabras de su hermana.
—¿Él te convirtió en Daimon contra tu voluntad?
—Fue mi elección. Podría haber muerto, pero no quería dejarlo.
Wulf levantó la cabeza.
—¿Cómo te convirtió en Daimon?
Ambas mujeres lo miraron incrédulas.
—Si un Apolita bebe la sangre de un Daimon, se convierte automáticamente. ¿No sabías eso? –preguntó Cassandra.
—No, no lo sabía. Pensé que el único modo de convertirse en Daimon era tomando un alma humana.
—No –dijo Phoebe—. Jamás he matado a un humano. Dudo que pudiera hacerlo.
Cassandra estaba feliz de saber eso, pero era difícil para un Daimon vivir de ese modo. También era peligroso.
—¿Qué haces si se va por demasiado tiempo?
—Uno de los Apolitas lo manda a llamar. Él es tan fuerte que puedo pasar mucho tiempo entre medio, y la enfermería guarda una pinta de su sangre en caso de emergencia. Él siempre se asegura de restaurarla con una nueva provisión cada vez que me visita.
—¿Eso funciona? –preguntó Cassandra.
A diferencia de los Apolitas, no era la sangre lo que sostenía a los Daimons; era la fuerza vital o el vigor en la sangre lo que los mantenía con vida.
—No dura mucho, pero me basta durante una hora o dos hasta que él puede llegar a mí.
—¿Entonces él mata por los dos? –preguntó Wulf.
Ella asintió, y tomó la mano de Cassandra en la suya.
—No sientas lástima por mí, Cassandra. Tengo a un hombre que me ama más que a nada en este mundo. Si no fuera así, estarías muerta ahora. Sólo deseo que pudieras conocer un amor como el que tengo con él. —Phoebe besó a Cassandra en la mejilla—. Ahora necesitas descansar. Ha sido una larga noche. ¿Deseas que pida que alguien te traiga un poco de comida?
—No, gracias. Sólo necesito dormir un poco.
—Que ambos tengan un buen día.
Phoebe se fue de la habitación.
Wulf trabó la puerta detrás de ella, luego se quitó la ropa mientras Cassandra se ponía un camisón de seda verde oscuro que Phoebe le había traído. Para su sorpresa, le quedaba perfectamente, incluso sobre su vientre apenas redondeado.
Wulf trepó a la cama y la tomó en sus cálidos brazos.
—¿Cómo estás en realidad, villkat?
—No lo sé. Ha sido una noche extraña y emocionante. –Los hechos volvieron a pasar por su mente. Se había enterado de muchas cosas y había tenido demasiadas sorpresas. Ahora estaba exhausta—. Lamento mucho lo de tu casa.
Ella sintió que él encogía los hombros.
—Las casas pueden reconstruirse. Sólo estoy contento de que nadie haya salido lastimado.
—Yo también.
Wulf la sintió relajarse mientras cerraba sus ojos y se acurrucaba contra él. Él enterró su rostro en el cabello de Cassandra e inhaló su suave aroma femenino. Su mente se mareó con todo lo que había sucedido esta noche.
Más que nada, dio vueltas con los pensamientos sobre el bebé que había visto en el monitor. Puso su mano sobre el vientre de Cassandra e imaginó al bebé creciendo allí dentro. Su bebé.
El hijo de ambos.
Una parte de los dos. El hijo de un Cazador Oscuro y una Apolita. Dos seres que jamás deberían haberse unido, pero sin embargo aquí estaban. Ya no eran enemigos, pero no estaba seguro de cómo llamarla. Ella era su amante. Su amiga.
Se quedó helado cuando la comprensión llegó a él. Ella realmente era su amiga. La primera que había tenido en siglos. Había reído con ella con tanta frecuencia en estas tres semanas. Había escuchado sus historias, sus miedos. Sus esperanzas sobre el futuro del bebé.
E iba a perderla.
El dolor y la furia crecieron dentro de él. Los celos también, mientras pensaba en los otros tres Cazadores Oscuros a quienes le habían otorgado una segunda oportunidad.
Estaba feliz de que Kyrian y Talon hubiesen encontrado a sus esposas. Eran buenos hombres.
Cómo deseaba que le concedieran semejante bendición.
El dolor de perder a Cassandra sería insoportable, y debía admitir que era egoísta. Quería tanto a Cassandra como a su bebé.
Vivos y sanos.
Si sólo supiera algún modo de hacer que ella viviera luego de su cumpleaños.
Tenía que haber algo. Los dioses siempre hacían una escapatoria. Este no podía ser el final de su relación. Sin importar lo que hiciera falta, él encontraría esa escapatoria.
La alternativa era inaceptable para él.


CAPITULO 12

Cassandra no despertó hasta casi las seis de la tarde. Estaba completamente sola en la habitación. Levantándose, se puso un par de pantalones de maternidad negros y un enorme suéter gris que Phoebe le había dado.
Abrió la puerta y encontró a Chris, Wulf, y Kat comiendo, sentados en el piso del living. Se quedó boquiabierta al ver el festín que estaban consumiendo.
—¿Tienes hambre? –Preguntó Chris al verla dudando en la entrada—. Súmate. Wulf dijo que no había visto nada como esto desde sus días en un banquete escandinavo.
Cassandra se unió a ellos junto a la pequeña mesa que tenía docenas de platos. Estaba asombrada por la variedad de comidas que los Apolitas les habían conseguido. Tenían carne, pescado, pollo asado. Huevos, papas, bananas, manzanas asadas y cortadas. Lo que desearan.
Kat se chupó los dedos.
—Shanus dijo que no sabían qué o cuánto comían los humanos, así que se pasaron un poquito de la raya.
—¿Un poquito? –preguntó Cassandra riendo.
Había comida suficiente para un ejército entero de Cazadores Oscuros.
—Sí, lo sé –dijo Kat sonriendo—, pero todo está realmente bueno.
Cassandra estuvo de acuerdo en cuanto mordió una suculenta pata de cordero asado.
—Aquí está la salsa de menta –dijo Kat, alcanzándosela—. Espera hasta haber probado eso.
Wulf se estiró y secó el mentón de Cassandra.
—Tienes un poquito de grasa.
—Gracias.
Él asintió cariñosamente.
En cuanto Cassandra terminó y estaba satisfecha, quiso ir a caminar, para ayudar a combatir su consumo de comida. Wulf caminó con ella, sin querer dejarla ir sola en caso de que algo sucediera.
Abandonaron el apartamento y se encaminaron de regreso a la parte comercial de la ciudad subterránea para que ella pudiese mirar los escaparates. Pero mientras caminaban junto a los ciudadanos Apolitas, la animosidad que dirigían hacia Wulf era tangible.
Y no era como si él pudiese mezclarse entre la alta y rubio—dorada raza. No había dudas de que Wulf no pertenecía allí.
Cassandra estaba mirando una tienda que tenía ropa de bebés cuando un joven que tenía la apariencia de un humano de dieciséis años, pero que probablemente tenía sólo once o doce años Apolitas, pasó junto a ellos.
—Discúlpame –dijo Wulf, deteniéndolo. Los ojos del chico estaban aterrados—. No te preocupes, niño, no voy a lastimarte –dijo Wulf, su voz era amable—. Sólo quería preguntarte acerca del emblema que tienes en el suéter.
Cassandra giró para ver la trama circular entrelazada en el centro de la remera.
El chico tragó nerviosamente, como si estuviera aterrado de que Wulf estuviera a un paso de lastimarlo.
—Es el símbolo del Culto de Pollux.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:40 am

Los ojos de Wulf se oscurecieron peligrosamente.
—Entonces sí esconden Daimons aquí.
—No –dijo el chico, su rostro aún más asustado.
—¿Hay algún problema?
Cassandra miró más allá del joven para encontrarse con una mujer de su edad aproximándose. Estaba vestida con un uniforme color crema que denotaba a un oficial de policía Apolita fuera de servicio. Aunque el término “policía” no tenía el mismo significado para ellos que para los humanos. La policía Apolita sólo servía para controlar a los Daimons, ya que los Apolitas raramente peleaban, y jamás rompían las reglas de su gente.
Phoebe le había dicho que le pagaban a la policía Elysia para escoltar a cualquier Apolita que estuviera por convertirse en Daimon fuera de la ciudad, y darles dinero y transporte hacia el mundo humano.
—No hay problema –le dijo Cassandra a la oficial, quien miraba a Wulf fríamente.
El chico escapó corriendo mientras la mujer hacía un gesto de desprecio hacia Wulf.
—No soy una niña para vivir temiéndole, Cazador Oscuro. De cualquier modo, luego de esta noche no hay nada que pueda hacerme.
—¿Y con eso quiere decir?
—Que muero mañana.
El corazón de Cassandra se encogió ante sus palabras.
—Lo siento.
La mujer la ignoró.
—Entonces, ¿por qué estaba asustando a mi hijo?
El rostro de Wulf estaba impasible, pero Cassandra lo conocía lo suficientemente bien como para saber que le dolía la situación de la mujer tanto como a ella. Ella vio la compasión en sus ojos oscuros, lo escuchó en el tono de su voz cuando habló.
—Sólo quería saber acerca del símbolo en su remera.
—Es nuestro emblema –dijo ella, con los labios aún fruncidos—. Cada Apolita aquí presta juramento en su mayoría de edad para defender el Código de Pollux. Al igual que el antiguo dios, todos nosotros estamos ligados a los demás. Jamás traicionaremos a nuestra comunidad o a nuestros hermanos. Ni seremos cobardes. A diferencia de otros Apolitas, no practicamos el ritual suicida la noche antes de nuestro cumpleaños. Apolo quiso que muriésemos dolorosamente, y no discutimos su sentencia. Mi hijo, junto con todos mis parientes, está vistiendo el distintivo para honrarme y para honrar el hecho de que rehúso a escapar de mi herencia.
Había un destello sospechoso en los ojos de Wulf.
—Pero he visto ese emblema fuera de aquí. Lo llevaba un Daimon particularmente perverso, al que maté un año atrás.
El gesto de desprecio de la oficial se convirtió en uno de remordimiento. Cerró los ojos y dio un respingo como si la noticia la lastimara.
—Jason –susurró el nombre—. Siempre me pregunté qué habría sucedido con él. ¿Partió rápidamente?
—Sí.
La oficial suspiró recortadamente.
—Me alegra. Era un buen hombre, pero la noche antes de morir escapó de aquí, asustado. Su familia intentó detenerlo, pero él no quería prestar atención. Dijo que se rehusaba a morir cuando jamás había visto el mundo de arriba. Mi esposo fue quien lo sacó de aquí y lo dejó ir. Debe haber estado aterrado allí arriba, solo.
Wulf se burló.
—No me pareció que estuviera aterrado. Al contrario, él quemó ese emblema con cada humano que asesinó.
La oficial golpeó ligeramente su mentón tres veces con sus dos primeros dedos; un gesto Apolita sagrado.
—Que dios le conceda paz. Debe haber estado cazando almas malignas.
—¿Qué quiere decir? –preguntó Wulf.
—Él era uno de los Daimons que se negaba a matar a humanos inocentes –explicó Cassandra—, y que, en cambio, cazaba criminales. Después de todo, las almas criminales están llenas de poder, abastecidas de furia y odio. El único problema es que sus almas están contaminadas, y si el Daimon no es lo suficientemente fuerte, su veneno puede apoderarse de ellos y hacer al Daimon tan maligno como lo eran ellos.
La oficial asintió.
—Parece que Jason fue víctima de eso. Para el momento en que usted lo mató, él probablemente deseaba morir. Es una tortura total cuando las almas comienzan a tomar posesión y control sobre uno. O al menos eso es lo que me han dicho –suspiró—. Ahora, si me disculpan, me gustaría pasar todo el tiempo posible con mi familia.
Cassandra le deseó buena suerte.
Con un asentimiento, la oficial los abandonó y fue en busca de su hijo.
Wulf miró a la mujer partir, con los ojos oscuros y tristes.
—Entonces no estabas haciéndome una broma acerca de los Daimons.
—Por supuesto que no.
Wulf pensó en eso. Había tanto sobre ellos que los Cazadores Oscuros no sabían. En realidad lo asombraba.
Ella había tenido razón. Ya que los Cazadores Oscuros pasaban tanto tiempo aniquilando a los Daimons, deberían tener una mejor comprensión de ellos.
Pero quizás era mejor que no. Era mucho más sencillo matar a alguien por quien no te apenabas. Era más sencillo pensar en términos de blanco y negro.
Bueno y malo.
—Vayamos a ver a Phoebe –dijo Cassandra, tomando su mano y llevándolo hacia otro corredor—. Me dijo que podía ir en cualquier momento.
No les tomó demasiado tiempo llegar al departamento de su hermana. El lado de la ciudad de Phoebe era mucho más atareado que el suyo.
Wulf se quedó a un lado, viendo a los Apolitas que caminaban apresuradamente junto a ellos mientras Cassandra insertaba el código de la cerradura de Phoebe.
Cassandra estaba haciendo su mejor intento para no pensar en el futuro. O en la oficial que estaba pasando su última noche con su familia. Tal como ella haría un día, demasiado pronto, con Wulf.
Cómo necesitaba apartarlo. Mantenerlo a raya para que su muerte no lo lastimara demasiado.
En cambio, se concentró en el hecho de que aún tenía a una de sus hermanas con ella.
La puerta se abrió.
Cassandra comenzó a entrar a la habitación, y entonces se quedó helada. Phoebe estaba en el sillón, encima de Urian. Sus pieles desnudas parecían perfectas bajo la apagada luz de las velas que habían sido colocadas por todo el cuarto.
Cassandra se quedó boquiabierta al encontrarlos en flagrante delito.
Phoebe se sacudió, con la boca cubierta de sangre.
Mortificada, Cassandra dio un paso atrás y cerró la puerta.
—Oh, es realmente un mal momento.
—¿Qué? –preguntó Wulf mientras giraba hacia ella.
Agradecida de que él no los hubiera visto y se hubiese vuelto loco por el modo en que la mayoría de los Apolitas se alimentaban, Cassandra lo tomó de la mano.
—Creo que hablaré con ella más tarde.
Wulf no cedió fácilmente.
—¿Qué sucedió?
Cassandra no quería compartir su experiencia con un Cazador Oscuro que juzgaría duramente a su hermana por alimentarse.
La puerta del apartamento se abrió.
—¿Cassie? –Ahora Phoebe vestía una gruesa bata de baño azul. Su rostro y boca estaban limpios, pero su cabello estaba completamente despeinado—. ¿Sucede algo malo?
—Nada que no pueda esperar –se apresuró a decir Cassandra, para dejarla segura—. Ve a terminar y hablaremos más tarde.
Con el rostro sonrojado, Phoebe regresó adentro.
Wulf se echó a reír.
—Déjame adivinar. ¿Urian está dentro con ella?
El rostro de Cassandra se encendió aún más que el de su hermana.
Él rió con más ganas.
—No es gracioso, Wulf –le dijo bruscamente—. ¿Cómo te sentirías si alguien se entrometiera entre nosotros?
—Tendría que matarlo.
—Bueno, ahí lo tienes. Estoy segura de que Urian se siente del mismo modo. Ahora regresemos, así no tengo que pensar en el hecho de que la imagen de ellos dos juntos desnudos me dará pesadillas durante meses.
Mientras iban hacia el corredor, una niña se acercó corriendo a Wulf. Estiró el cuello para mirarlo acusadoramente.
—¿Realmente va a matar a mi hermanita esta noche porque no se lavó detrás de las orejas?
Ambos quedaron horrorizados por la pregunta.
—¿Perdón? –preguntó Wulf.
—Mi mami dice que los Cazadores Oscuros matan a los niños y a las niñas cuando no se comportan. No quiero que usted mate a Alycia. Ella no es mala, es sólo que no le gusta mojarse las orejas.
Wulf se arrodilló frente a la niñita y le apartó el cabello del rostro.
—Pequeña, no voy a lastimar a tu hermanita, ni a ti, ni a nadie más aquí. Te lo prometo.
—¡Dacia! –Dijo un hombre bruscamente mientras se acercaba con rapidez—. Te dije que jamás hables con nadie de cabello oscuro.
Tomó a su hija en brazos y escapó con ella, como si tuviese miedo de que Wulf fuera realmente a matarla.
—¿¡Nunca nadie les dijo que no lastimamos a los Apolitas!? –Gritó Wulf detrás de ellos—. Por dios –dijo en voz baja—. Y todo este tiempo, pensé que Christopher era la única persona a la que aterrorizaba.
Un hombre que pasaba respondió a sus palabras escupiendo los zapatos de Wulf.
—¡Hey! –Dijo Cassandra con furia, yendo detrás del hombre—. No hay necesidad de ser rudo.
El hombre la miró con repugnancia.
—¿Cómo pudiste permitir que algo como él te tocara? Creo que deberíamos haber dejado que murieses a mano de los Daimons. Es lo que una puta como tú merece.
Con sus ojos oscureciéndose, Wulf aporreó al Apolita. Duro. El Apolita se tambaleó y luego cargó contra él.
Atrapó a Wulf por el estómago y lo empujó contra la pared. Cassandra gritó al verlos, deseando detenerlos, pero tenía demasiado miedo de lastimar al bebé como para intentarlo.
De repente, aparecieron Apolitas por todos lados para separarlos. Incluso Urian apareció de la nada.
Fue él quien apartó a Wulf. El tono de su piel era ceniciento, y era evidente que estaba extremadamente débil. Aún así, se colocó entre Wulf y el Apolita, y mantuvo una mano sobre cada uno.
—¡Suficiente! –le rugió Urian a ambos.
—¿Estás bien? –le preguntó Wulf.
Urian los soltó. El Apolita fue llevado por los otros, pero les lanzó una malévola mirada mientras se iba.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:42 am

—Es necesario que te mantengas fuera de vista, Cazador Oscuro –dijo Urian, su tono mucho más bondadoso de lo que había sido antes.
Se pasó una mano sobre la frente cubierta de sudor.
—Realmente no te ves bien –dijo Wulf, ignorando su advertencia—. ¿Necesitas algo?
Urian negó con la cabeza, como intentando aclararla.
—Sólo necesito descansar un poco. –Miró a Wulf con los labios fruncidos—. ¿Puedes mantenerte fuera de problemas lo suficiente?
—¿Uri? –preguntó Phoebe mientras se unía a ellos—. ¿Tomé demasiado?
El rostro de Urian se suavizó instantáneamente. La apretó contra su costado y besó el costado de su cabeza.
—No, amor. Sólo estoy cansado. Voy a estar bien.
Se apartó y se encaminó de regreso a su apartamento. Y se tambaleó.
—Mierda –dijo Wulf.
Antes de que Cassandra supiera lo que estaba haciendo, Wulf tenía el brazo de Urian colgado sobre sus hombros e iba hacia su departamento.
—¿Qué estás haciendo? –preguntó Urian enojado.
—Estoy llevándote con Kat antes de que te desmayes.
Urian siseó.
—¿Por qué? Ella me odia.
—También yo, pero los dos estamos en deuda contigo.
Cassandra no habló mientras ella y Phoebe los seguían todo el camino de regreso a su apartamento.
Kat y Chris estaban jugando a las cartas cuando ellos entraron.
—Oh, dios, ¿qué sucedió? –preguntó Kat en cuanto vio a Urian.
—Creo que tomé demasiada sangre de él –dijo Phoebe, con su hermoso rostro arrugado por la preocupación.
Wulf recostó a Urian sobre el sofá.
—¿Puedes ayudarlo? –le preguntó a Kat.
Kat quitó a Wulf del camino. Puso dos dedos frente al rostro de Urian.
—¿Cuántos dedos ves?
—Seis.
Ella le pegó en el costado.
—Basta. Esto es serio.
Urian abrió bien los ojos e intentó enfocar bien la mirada en su mano.
—Tres… creo.
Kat sacudió la cabeza.
—Volveremos.
Cassandra observó admirada cómo Kat los despedía fuera de la habitación.
—¿Por qué no hizo eso cuando Stryker estaba persiguiéndonos? –preguntó Chris.
—Está llevándolo a Kalosis, Chris –respondió Phoebe—. Dudo que alguno de ustedes desee ir a un reino gobernado únicamente por Daimons Spathi y una diosa antigua realmente enfadada que está resuelta a destruir el mundo entero.
—Sabes –dijo Chris—. Realmente me gusta este sitio. Sin mencionar que ahora puedo ver la mano de Kat. –Tomó las cartas de ella y maldijo—. Debería haber sabido que no estaba fanfarroneando.
Cassandra observó con atención a su hermana. Pese a la preocupación en su rostro, Phoebe se veía mucho mejor que antes. Sus mejillas estaban rosadas, su piel brillante.
—Lamento tanto haberlos interrumpido –dijo Cassandra, con el rostro acalorándose nuevamente.
—No, por favor. Quiero decir, no lo conviertas en una costumbre, por tu bien, pero si no hubieses entrado, podría haberlo matado. Tiene una mala tendencia a no decirme cuando he tomado demasiada sangre. A veces me asusta.
Wulf cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿Entonces los Daimons pueden morir por pérdidas de sangre?
—Sólo cuando les está siendo absorbida –respondió Cassandra.
Phoebe lo miró con una ceja enarcada.
—¿Estás planeando usar eso en nuestra contra?
Wulf negó con la cabeza.
—Preferiría morir antes que chupar del cuello de otro hombre. Eso es asqueroso. Además, ¿no me dijiste que así es como los Apolitas pueden ser transformados en Daimons? Da por sentado lo que queda por probar, como los Cazadores Oscuros no tienen alma, ¿ellos también podrían ser convertidos en Daimons?
—Sí, pero la sangre de los Cazadores Oscuros es venenosa para los Daimons –dijo Chris mientras mezclaba su mazo de cartas—. ¿No es eso lo que hace que ningún Daimon pueda alimentarse de ustedes o convertirlos?
—Tal vez… —dijo Phoebe—. Pero las almas que no están encarnadas pueden poseer a un Cazador Oscuro, y como Uri y yo compartimos almas, hace que te preguntes si tal vez un Daimon y un Cazador Oscuro también podrían compartir una.
—Esperemos que jamás lo sepamos –dijo Wulf mientras se movía para sentarse en el sillón frente a Chris.
Phoebe giró hacia Cassandra.
—Entonces, ¿qué querías cuando fuiste a verme?
—He estado armando una caja de recuerdos para el bebé. Notas y fotos mías. Pequeños recordatorios que le cuenten sobre nuestra gente y nuestra familia, y me preguntaba si te molestaría agregar algo tuyo.
—¿Por qué necesitarías algo así cuando estaré más que feliz de contarle todo lo que quiera saber?
Cassandra vaciló, sin querer lastimar los sentimientos de su hermana.
—Él no puede crecer aquí, Phe. Tendrá que estar con Wulf en el mundo humano.
Los ojos de su hermana lanzaron fuego.
—¿Por qué no puede crecer aquí? –Insistió Phoebe—. Podemos protegerlo tan bien como Wulf. Probablemente mejor aún.
Wulf levantó la mirada mientras Chris le repartía una mano de cartas.
—¿Y qué sucede si es aún más humano que Cassandra? ¿Estaría a salvo aquí?
La indecisión en el rostro de Phoebe lo decía todo.
No, no lo estaría. Habían visto suficiente del tratamiento a Wulf como para verificarlo. Los Apolitas no eran mucho más tolerantes con los humanos de lo que los humanos eran con los Apolitas.
Al menos ya no se ataban a postes y se prendían fuego entre sí.
Al menos no con frecuencia.
Wulf miró significativamente a Phoebe.
—Puedo protegerlo a él y a sus hijos mucho más fácil que tú. Creo que la tentación de tener a un alma humana aquí sería demasiado que soportar para tu gente. Especialmente dado lo mucho que odian a los Cazadores Oscuros. Qué golpe maestro. Matan a mi hijo, obtienen un alma humana, y cobran venganza contra lo que más aborrecen.
Phoebe asintió.
—Supongo que tienes razón. –Tomó la mano de Cassandra—. Sí, me gustaría agregar algunas cosas a esa caja para él.
Mientras Wulf y Chris jugaban a las cartas, Cassandra fue a la habitación y recuperó la gran caja con incrustaciones de plata que Kat había traído de la casa, junto con papel y bolígrafos.
Ella y Phoebe escribieron cartas para el bebé. Luego de un rato, Phoebe la dejó a solas para hacer un recado rápido.
Cassandra se quedó sentada sola en la habitación, pasando las páginas de notas y cartas que había hecho para su hijo. Cómo deseaba poder verlo crecer. Daría cualquier cosa por vislumbrar a su hijo como un hombre adulto.
Quizás Wulf podría contactar a un Were-Hunter y hacer que la llevara adelante en el tiempo. Sólo para un ligero vistazo. Sólo para permitirle ver lo que se perdería.
Pero entonces eso podría ser aún peor. Además, las mujeres embarazadas no podían viajar a través de los portales del tiempo.
—Espero que te parezcas a tu padre –dijo, frotando su vientre suavemente mientras imaginaba al pequeño bebé dentro suyo.
Podía verlo fácilmente con el cabello negro y ondulado como el de Wulf. Sería alto, musculoso.
Y sería forzado a crecer sin el amor de una madre. Al igual que Wulf estaría forzado a verla morir…
Un sollozo atravesó su garganta mientras alcanzaba otro pedazo de papel. Escribió rápidamente, aguantando las lágrimas, diciéndole a su hijo cuánto lo amaba. Dejándole saber que aunque no estuviese físicamente con él, estaría a su lado espiritualmente.
De algún modo ella encontraría la manera de velar por él. Siempre.
Terminó la carta, la colocó en la caja y luego la llevó al living, donde los chicos aún jugaban a las cartas. Tenía miedo de estar sola. Sus pensamientos tenían un desagradable modo de torturarla cada vez que estaba a solas.
Chris y Wulf eran campeones en mantener su mente fuera del futuro. En hacerla sonreír incluso cuando no tenía ganas de hacerlo.
Chris justo había metido a Cassandra en su juego cuando Phoebe regresó con un libro.
—¿Qué es esto? –preguntó mientras Phoebe lo agregaba a la caja que estaba sobre el sillón, junto a ella.
—Es un libro de cuentos de hadas Apolitas –dijo Phoebe—. ¿Recuerdas el que mamá solía leernos cuando éramos pequeñas? Donita los vende en su tienda, así que fui a comprar uno para el bebé.
Sospechoso, Wulf tomó el libro y pasó las hojas con el ceño fruncido.
—Hey, Chris –dijo, alcanzándoselo a su Escudero—. Tú lees griego, ¿verdad?
—Sí.
—¿Qué hay aquí?
Chris comenzó a leer en silencio, y entonces empezó a reír. Mucho.
Cassandra se encogió mientras recordaba algunas de las cosas que su madre les había leído cuando eran niñas.
Chris continuaba riendo.
—No sé si quieres que el bebé vea esto si eres quien va a criarlo.
—Déjame adivinar –dijo Wulf, entrecerrando los ojos al mirar a Phoebe—. ¿Tendrá pesadillas en las que papi va a cazarlo y arrancarle la cabeza?
—Algo así. Estoy particularmente aficionado a uno titulado: “Acheron el Gran Malvado.” —Chris se detuvo mientras pasaba a otra historia—. Oh, espera… Va a encantarte ésta. Tienen la historia del malicioso Cazador Oscuro nórdico. ¿Recuerdas la historia de la bruja y el horno? En esta apareces con una estufa.
—¡Phoebe! –dijo Wulf bruscamente, mirándola.
—¿Qué? –preguntó la hermana de Cassandra inocentemente—. Esa es nuestra herencia. No es como si ustedes no canjean historias acerca de Andy el Malvado Apolita o Daniel el Daimon Asesino. Sabes, veo películas humanas y también leo sus libros. No son exactamente agradables con mi gente. Nos retratan a todos como asesinos desalmados que no tienen compasión ni sentimientos.
—Sí, bueno –dijo Wulf—, resulta que tu gente son demonios chupa—almas.
Phoebe levantó la cabeza con actitud.
—¿Alguna vez conociste a un banquero o a un abogado? Dime quién es peor, ¿mi Urian o uno de ellos? Al menos nosotros necesitamos el alimento; ellos sólo lo hacen por márgenes de beneficio.
Cassandra rió ante sus bromas, y luego le quitó el libro de las manos a Chris.
—Agradezco la idea, Phe, ¿pero podríamos encontrar un libro que no pinte a los Cazadores Oscuros como Satanás?
—No creo que exista ni uno solo. Y si es así, jamás lo he visto.
—Genial –refunfuñó Wulf, tomando otra carta—, sencillamente genial. Mi pobre hijo tendrá pesadillas toda su infancia.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:43 am

—Confía en mí –dijo Chris mientras aumentaba su apuesta contra Wulf—. Ese libro será el menor de los problemas de tu hijo contigo como padre.
—¿Qué quieres decir? –preguntó Cassandra.
Chris dejó sus cartas y la miró a los ojos.
—¿Sabes que cuando era pequeño, en realidad me llevaban a todos lados sobre un almohadón? Tuve un casco hecho a medida y tuve que usarlo hasta los cuatro años.
—Eso es porque te golpeabas la cabeza cada vez que te enojabas. Tenía miedo de que fueras a producirte daño cerebral.
—El cerebro está bien –dijo Chris—. Mi ego y mi vida social están en el retrete. Tiemblo al pensar en lo que le harás a ese niño. —Chris bajó la voz e imitó el rítmico acento nórdico de Wulf—. No te muevas, podrías amoratarte. Oops, un estornudo, mejor llamemos a especialistas de Bélgica. ¿Dolor de cabeza? Que Odín no lo permita, podría ser un tumor. Rápido, tráiganlo para una tomografía computada.
Wulf lo golpeó en el hombro en broma.
—Y aún así estás vivo.
—Y aún mejor, para procrear para ti. —Chris miró a Cassandra—. Es una vida increíble. —Chris bajó la mirada como si estuviera pensando en eso durante un instante—. Pero hay algunas peores.
Cassandra no estaba segura de quién estaba más sorprendido por esa confesión. Ella o Wulf.
Chris se levantó y fue al vestíbulo, donde había una mesa de caballetes con bocados y bebidas. Se sirvió más Coca—Cola y tomó algunas papas fritas antes de que él y Wulf reanudaran su juego de cartas.
Era justo antes de la medianoche cuando Urian se unió a ellos. Se veía mucho mejor que antes. Su piel profundamente dorada tenía un brillo saludable. Sus ojos brillaban y por una vez llevaba su largo cabello rubio sobre los hombros. Cassandra le daba crédito a Phoebe. Su esposo era extremadamente hermoso.
Cuando estaba completamente vestido de negro, no había mucha diferencia entre Urian y un Cazador Oscuro. Excepto por lo que necesitaban para poder vivir.
Phoebe sonrió mientras Urian se acercaba a ella.
Wulf no. De hecho, la tensión entre ambos hombres era terrible.
—¿Cuál es el problema, Cazador Oscuro? –Preguntó Urian mientras pasaba su brazo alrededor de los hombros de Phoebe—. ¿Esperabas que muriera?
—No, simplemente me preguntaba a quién asesinaste para recuperar tu salud.
Urian apenas rió con diversión.
—Estoy seguro de que las vacas que tú comes tampoco están muy emocionadas por su asesino.
—No son personas.
Urian hizo un gesto de desprecio.
—En caso de que no te hayas dado cuenta, Cazador Oscuro, hay mucha gente allí afuera que tampoco es humana. —Tomando la mano de Phoebe, Urian la condujo hacia la puerta—. Vamos, Phe, no me queda mucho tiempo antes de tener que regresar a Kalosis, y no quiero pasarlo con mis enemigos.
En cuanto Urian y Phoebe partieron, Chris fue a acostarse.
Cassandra y Wulf estaban solos.
—¿Crees que Kat está bien? –le preguntó Wulf mientras recogía el vaso de Chris y tapaba las papas fritas.
—Estoy segura. Probablemente volverá pronto.
Cassandra juntó las cartas de su hermana para el bebé y las metió dentro de la caja.
—Luego de que compró ese libro, tiemblo al pensar en lo que tu hermana escribió en esas cartas.
—Hmmm –dijo Cassandra, observando la caja—. Quizás debería leerlas antes…
—Bueno, si me describen como un demonio infernal, lo apreciaría.
Cassandra dejó caer la mirada hacia su falda y al bulto que ya estaba allí.
—No lo sé. Según mi experiencia, eres un demonio caliente.
Él arqueó una ceja.
—¿Lo soy?
—Ahá. Extremadamente caliente.
Él rió, luego la besó lenta y abrasadoramente.
—Sabes a limón –susurró contra sus labios.
Cassandra se lamió los labios mientras recordaba haber puesto jugo de limón en su pescado.
Wulf sabía a decadencia, salvaje y feroz decadencia, y aceleraba su corazón.
—¡Oh, oh, espera, estoy quedándome ciega!
Wulf se apartó ante el sonido de la voz de Kat.
Cassandra miró sobre su hombro para encontrarse con su amiga parada en la entrada.
Kat cerró la puerta detrás suyo.
—Gracias a dios que nadie está desnudo.
—Tres segundos más y lo hubiésemos estado –bromeó Wulf.
—¡Ew! –Se encogió Kat—. Más información de la que necesitaba.
Fue a sentarse frente a ellos. Dejando de lado las bromas, los rasgos de Kat parecían apretados.
Wulf estaba un poco disgustado por su interrupción.
Cassandra se apartó de él y giró para enfrentarse a Kat.
—¿Sucede algo malo?
—Un poquito. Stryker no está contento con tu desaparición. La Destructora también estaba enojada conmigo. Mucho. Afortunadamente, no ha anulado la ley de no—tocar en lo que me concierne. Nos da algún margen, pero no estoy segura de cuánto tiempo la cumplirá Stryker.
—¿Tendrás alguna advertencia si la anulan? –preguntó Wulf.
—No lo sé.
—¿Qué sucedió con Urian? –Preguntó Cassandra—. ¿Se enteraron de que nos ayudó?
—No, no lo creo. Pero les diré algo. Temo lo que Stryker podría hacerle si alguna vez se entera de que Urian estaba ayudándonos. Quiere que tú y el bebé mueran del peor modo.
Cassandra tragó con esfuerzo al escucharla, luego cambió de tema.
—¿Y qué hicieron ustedes dos?
—Dejé a Urian en su casa para que nadie pudiera saber que lo estaba ayudando. Si alguien me viera cerca suyo, sospecharían inmediatamente. No hemos sido precisamente amigos en estos siglos. Demonios, ni siquiera hemos sido cordiales.
—¿Por qué? –Inquirió Cassandra—. Él parece bastante agradable. Un poquito reservado, pero no puedo culparlo realmente por eso.
—Confía en mí, querida, es un Urian diferente aquí. No es el mismo tipo al que he conocido durante once mil años. El Urian al que he conocido no vacilaría en matar a nada o a nadie bajo órdenes de su padre. Lo he visto quebrar el cuello de cualquier Daimon que se atravesaba en su camino, y no quieres saber lo que le hace a los Were-Hunters que los traicionan.
Wulf buscó su trago sobre la mesa de café.
—Los Spathis son la razón por la que los Cazadores Oscuros nunca salen de los bolt-oles, ¿verdad?
Ella asintió.
—El bolt-hole te deja justo en medio del salón de banquetes principal de Kalosis. En el corazón de su ciudad. Los Cazadores Oscuros son asesinados instantáneamente. A los Weres les dan una oportunidad. Pueden jurar lealtad a la Destructora y ser perdonados, o mueren.
—¿Y los Daimons?
—Son bienvenidos siempre y cuando entrenen con los Spathis y defiendan su código de guerreros. En el instante en que muestran debilidad, también mueren.
Wulf suspiró lentamente.
—Lindo sitio del que provienes, Kat.
—Ese no es mi lugar. Yo provengo del Olimpo.
—¿Entonces cómo te involucraste con la Destructora?
Cassandra también estaba curiosa acerca de eso.
Kat estaba avergonzada.
—No puedo tocar ese tema.
—¿Por qué no? –preguntó Cassandra.
Kat se encogió de hombros.
—Es algo de lo que nadie habla, y menos aún yo.
Bueno, eso era simplemente irritante y no le decía nada. Pero Cassandra tenía otras cosas en su mente.
—¿Crees que Stryker será capaz de encontrarnos aquí?
—Sinceramente, no lo sé. Stryker tiene muchos espías en las comunidades Apolitas y Were. Fue como nos encontró antes. Aparentemente uno de los Weres del Inferno trabaja con él y lo contactó en cuanto atravesamos la puerta.
Wulf señaló la puerta que conducía a la ciudad.
—¿Entonces cualquiera de las personas allí afuera podría traicionarnos?
—No voy a mentir y decirles que no. Es posible.
Cassandra tragó con esfuerzo mientras el miedo invadía su corazón.
—¿Hay algún sitio seguro?
—En este momento… no.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:45 am

CAPITULO 13

Cassandra estaba preparándose para ir a la cama. Wulf aún estaba afuera con Kat, inspirándose con planes de escape en caso de que necesitaran una salida rápida de Elysia.
Personalmente, Cassandra estaba cansada de correr. Cansada de ser cazada.
Mira el lado positivo, todo terminará el día de tu cumpleaños.
De algún modo, ese pensamiento no la reconfortaba en lo más mínimo. Suspirando, pasó la mano por las cartas que estaban en su caja de recuerdos. Cassandra se detuvo al notar una pieza de papel pergamino gris sellado, que era diferente a los de color crema que ella había utilizado.
Ella no había agregado ese. Los temores de Wulf por lo que su hermana podría haber escrito la volvieron más curiosa.
Con un ceño arrugando su frente, sacó la carta y la miró por encima. Tiró el sello con cuidado de no romperlo, y la abrió.
Su corazón se detuvo mientras leía la caligrafía masculina y fluida.

Querido hijo,
Te llamaría por tu nombre, pero estoy esperando a que tu madre lo decida. Sólo espero que esté bromeando cuando te llama Alberto Dalberto.
Cassandra se detuvo para reír. Era una broma entre ellos, al menos la mayor parte del tiempo. Calmándose, continuó leyendo.
Ya han pasado semanas en las que he visto a tu madre juntar celosamente sus recuerdos para esta caja. Tiene tanto miedo de que no sepas nada de ella, y me molesta muchísimo saber que jamás conocerás su fuerza de primera mano. Estoy seguro que para el momento en que leas esto, sabrás todo lo que yo sé sobre ella.
Pero jamás lo sabrás por ti mismo, y eso es lo que más me duele de todo. Deseo que pudieras ver la expresión en su rostro cada vez que te habla. La tristeza que tanto intenta esconder. Cada vez que la veo, me destruye por dentro.
Ella te ama tanto. Eres de lo único que habla. Me ha dado tantas órdenes para ti. No tengo permitido volverte loco del modo en que hice con tu tío Chris. No tengo permitido llamar a los doctores cada vez que estornudes, y tienes permitido pelear con tus amigos sin que yo tenga un ataque por que alguien podrían hacerte un moretón.
Ni tampoco puedo intimidarte para que te cases o tengas hijos. Jamás.
Más que nada, puedes elegir tu propio auto a los dieciséis años. Se supone que no te compre un tanque. Ya veremos acerca de eso. Me rehúso a prometerle a tu madre este último ítem hasta que sepa más sobre ti. Sin mencionar que he visto cómo conducen otras personas en la ruta. Así que, si tienes un tanque, lo siento. Un hombre de mi edad sólo puede cambiar hasta cierto punto.
No sé lo que depararán nuestros futuros. Sólo espero que cuando todo haya pasado, seas más parecido a tu madre que a mí. Ella es una buena mujer. Una mujer generosa. Llena de amor y compasión aunque su vida ha sido dura y llena de sufrimiento. Lleva sus cicatrices con una gracia, una dignidad, y un humor de los que carezco.
Principalmente, tiene el coraje de personas que no he encontrado en siglos. Deseo con cada parte de mí que heredes todos sus mejores rasgos, y ninguna de mis malas características.
Realmente no sé qué más decir. Simplemente pensé que deberías tener algo mío aquí también.
Con amor,
Tu padre

Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras leía esas palabras.
—Oh, Wulf –susurró, con el corazón quebrándosele por las cosas que él jamás admitiría en voz alta.
Era tan extraño verse a través de sus ojos. Jamás pensó de sí misma que era particularmente valiente. Jamás pensó que era fuerte.
No hasta que había conocido a su oscuro defensor.
Mientras Cassandra doblaba la nota y volvía a sellarla, se dio cuenta de algo.
Amaba a Wulf. Desesperadamente.
No estaba segura de cuándo había sucedido. Podía haber sido la primera vez que la tomó en sus brazos. O cuando la acogió de mala gana en su hogar.
No, se percató de que no había sido en ninguna de esas ocasiones. Se había enamorado de él la primera vez que él había tocado su vientre con su mano fuerte y capaz, y había dicho que ese bebé le pertenecía.
Cazador Oscuro o no, era un hombre bueno y maravilloso para ser un antiguo bárbaro.
La puerta se abrió.
—¿Estás bien?
Wulf corrió hacia la cama.
—Estoy bien –le dijo ella, aclarándose la garganta—. Son estas estúpidas hormonas del embarazo. Lloro al menor pretexto. ¡Ugh!
Él le secó las lágrimas de las mejillas.
—Está bien. Lo entiendo. He estado alrededor de varias mujeres embarazadas en mi época.
—¿Tus Escuderas?
Él asintió.
—Incluso he recibido a alguno de sus bebés.
—¿En serio?
—Oh, sí. Tienes que amar los días antes de las rutas modernas y los hospitales, cuando yo estaba cubierto de placenta hasta los codos. –Ella rió; siempre reía cuando estaba cerca de él. Tenía una facilidad increíble para hacerla sentir mejor. Wulf la ayudaba a apartar todo—. Probablemente deberías ir a dormir. No descansaste bien anoche.
—Lo sé. Lo haré, lo prometo.
Él la arropó en la cama luego de que se hubiese puesto el camisón, luego apagó las luces y la dejó sola. Cassandra se quedó recostada en la cama, con sus pensamientos vagando.
Cerrando los ojos, se imaginó a sí misma y a Wulf en su casa, con un montón de niños corriendo a su alrededor.
Era gracioso que jamás se hubiese atrevido a soñar con un solo hijo y que ahora quisiese más tiempo para tener tantos como fuese posible.
Para él.
Para ella.
Pero toda su gente deseaba más tiempo en esta tierra. Su madre, hasta su hermana.
También podrías convertirte en Daimon.
Quizás, pero entonces el hombre al que amaba estaría obligado a matarla por honor.
No, no podía hacerle eso a ninguno de los dos. Como todos los Apolitas que estaban aquí, ella se enfrentaría a su muerte con la dignidad de la que Wulf había escrito.
Y él quedaría atrás, llorando por ella…
Cassandra dio un respingo. Cómo deseaba atreverse a escapar para que él nunca tuviera que verla morir. Nunca supiese cuándo había muerto. Era tan cruel para él.
Pero era demasiado tarde para eso. No había modo de escapar de él mientras necesitara su protección. Lo único que podía hacer era evitar que él la amara tanto como ella lo amaba a él.
Los tres días siguientes, Cassandra tuvo la indudable sensación de que algo estaba sucediendo. Cada vez que se acercaba a Wulf y Kat cuando estaban juntos, se quedaban callados inmediatamente, y se ponían nerviosos.
Chris se había asociado con un grupo de jóvenes mujeres Apolitas que Phoebe le había presentado cuando lo había llevado a comprar cosas de electrónica que evitarían que se aburriese. Las chicas Apolitas pensaban que su color oscuro era “exótico” y adoraban el hecho de que supiera tanto de computadoras y tecnología.
—¡He muerto e ido al Valhalla! –había exclamado Chris la noche que las conoció—. Estas mujeres aprecian a un hombre con cerebro y no les importa que no esté bronceado. Ninguno de su gente lo hace. ¡Es genial!
—Son Apolitas, Chris –lo había advertido Wulf.
—Sí, ¿y con eso qué? Tú tienes una nena Apolita. Yo también quiero una. O dos, o tres, o cuatro de ellas. Esto es tan genial.
Wulf había sacudido la cabeza, y abandonado a Chris con una última advertencia.
—Si se acercan a tu cuello, corre.
Al quinto día, Cassandra realmente estaba comenzando a preocuparse. Wulf había estado nervioso desde el momento en que ella despertó. Lo que es peor, él y Kat se habían ido durante horas la noche anterior, y ninguno de ellos le decía que habían estado haciendo.
Le recordaba a un asustadizo jovenzuelo.
—¿Hay algo que necesite saber? –preguntó Cassandra luego de arrinconarlo en el living.
—Iré a buscar a Phoebe o algo así –dijo Kat, disparándose hacia la puerta.
Hizo una salida apresurada.
—Simplemente hay algo que yo… —Wulf se quedó callado.
Cassandra esperó.
—¿Bien? –lo incitó.
—Espera aquí.
Él la dejó para ir a la habitación de Chris.
Algunos minutos más tarde, regresó con una vieja espada Vikinga. Ella recordaba haberla visto en una caja de vidrio especial en su sótano. Los dos debían haber regresado a su casa anoche a buscarla. Pero porqué se arriesgarían de ese modo, no podía imaginarlo.
Sosteniendo la espada en sus manos, entre los dos, Wulf respiró profundamente.
—Esto es algo que no he pensado en hacer en más de mil doscientos años y estoy intentando recordar todo, así que dame un segundo.
A ella no le gustó cómo sonaba eso. Sus cejas formaron una profunda ve.
—¿Qué vas a hacer? ¿Cortarme la cabeza?
Él la miró con malhumor.
—No, difícilmente. –Ella observó cómo él extraía dos alianzas doradas de su bolsillo y las colocaba sobre la hoja de la espada. Entonces se las mostró—. Cassandra Elaine Peters, me gustaría casarme contigo.
Ella estaba sin habla por su propuesta. La idea de casarse jamás había pasado por su mente.
—¿Qué?
Los oscuros ojos de Wulf quemaron los suyos.
—Sé que nuestro hijo fue concebido de un modo extraño, y definitivamente tendrá una vida extraña, pero quiero que nazca al modo anticuado… de padres casados.
Cassandra se cubrió el rostro con las manos mientras las lágrimas caían.
—¿Qué tienes, que me haces llorar todo el tiempo? Lo juro, jamás lloré hasta el día en que te conocí. –Él se veía como si ella lo hubiese golpeado—. No quiero decir que sea de un mal modo, Wulf. Es sólo que haces cosas que tocan lo más profundo de mi corazón y me hace llorar.
—Entonces, ¿vas a casarte conmigo?
—Por supuesto, tonto.
Él se acercó para besarla. La espada se inclinó y los anillos rodaron por el piso.
—Diablos –dijo él bruscamente mientras se esparcían—. Sabía que iba a arruinar esto. Espera.
Se puso en cuatro patas y buscó los anillos debajo del sofá. Luego regresó a ella y besó sus labios ardientemente.
Cassandra lo saboreó. Él le había dado muchísimo más de lo que ella jamás había esperado o soñado.
Mordiendo sus labios, Wulf se apartó.
—Según la costumbre escandinava, hicimos las cosas al revés. La pareja intercambiaba los anillos simples en el compromiso. Tú recibirás tu anillo de diamantes cuando nos casemos.
—Está bien.
Él deslizó el anillo más pequeño en la mano de ella, que temblaba, y luego le alcanzó el más grande.
La mano de Cassandra tembló aún más mientras miraba el intrincado diseño nórdico de un estilizado dragón. Lo deslizó en el dedo de Wulf y luego besó la palma de su mano.
—Gracias.
Él acunó su rostro amorosamente y la besó. Cassandra se mareó instantáneamente.
—Tengo todo planeado para la noche del viernes, si estás de acuerdo –le dijo en voz baja.
—¿Por qué el viernes?
—Mi gente siempre se casaba los viernes para rendir tributo a la diosa Frigga. Pensé que podríamos combinar las costumbres de tu gente con las mías. Ya que los Apolitas no tienen definido el día de la semana, Phoebe dijo que no te importaría.
Cassandra lo atrajo hacia sus labios y lo besó con todas sus fuerzas. ¿Quién hubiese imaginado que un antiguo bárbaro pudiese ser tan atento?
Lo único que haría esto más perfecto sería tener a su padre presente, pero Cassandra había aprendido mucho tiempo atrás a no pedir lo imposible.
—Gracias, Wulf.
Él asintió.
—Ahora Kat y Phoebe necesitan que vayas a comprar un vestido de novia.
Wulf abrió la puerta y Phoebe y Kat tropezaron dentro de la habitación.
Las dos sonrieron falsamente mientras se acomodaban.

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Re: HISTORIAS DE SHERRILYN KENYON: EL BESO DE LA NOCHE

Mensaje por Barachiel el Miér Jun 24, 2009 1:46 am

—Oops –dijo Kat—. Sólo queríamos asegurarnos que todo saliera como estaba planeado.
Wulf sacudió la cabeza.
—Por supuesto que sí –dijo Cassandra—. ¿Cómo podría no salir así?
Y antes de que se diese cuenta, la habían llevado rápidamente a una pequeña tienda en la parte principal de la ciudad mientras que Wulf se había quedado en el apartamento.
Cassandra en realidad no había regresado a la ciudad luego de la “cálida” recepción a Wulf, y su horroroso descubrimiento de Phoebe y Urian juntos.
Al contrario, ella y Wulf habían pasado la mayor parte de su tiempo confinados a su apartamento, donde ella estaba a salvo y no tenía que preocuparse por que alguien lo insultara.
Ahora era agradable salir, aunque el aire fuese más reciclado que fresco. Phoebe la llevó a la tienda de vestidos que pertenecía a una amiga suya, quien las estaba esperando. De hecho, todas las mujeres en la tienda eran sorpresivamente amigables con Cassandra.
Ella sospechaba que eso, más que nada, era por lo mucho que le debían al esposo de Phoebe.
Melissa, la asistente asignada para ayudarlas, parecía tener alrededor de veinte años. Era una delgada mujer rubia de no más de un metro cincuenta y cinco, lo que para una Daimon era muy pequeño.
—Este podría ser fácilmente arreglado para el viernes –dijo Melissa, sosteniendo un elegante vestido de gasa que resplandecía bajo la débil luz. Era de un blanco plateado iridiscente—. ¿Te gustaría probártelo?
—Está bien.
En cuanto Cassandra lo vio en el espejo de cuerpo entero, supo que no había necesidad de continuar buscando. Era precioso, y se sentía como una princesa de cuento de hadas con él. La tela era suave como la manteca y se deslizaba sensualmente sobre su piel.
—Estás tan hermosa –le susurró Phoebe a su hermana, mientras la miraba por el espejo—. Cómo desearía que mamá y papá pudiesen verte ahora.
Cassandra le sonrió. Era difícil sentirse hermosa con el estómago sobresaliendo un kilómetro por delante, pero al menos tenía una buena razón para estar gorda.
—Te ves adorable –convino Kat mientras ayudaba a ajustar el largo del dobladillo.
—¿Qué opinan? –Preguntó Melissa—. Tengo más si…
—Me lo llevo.
Sonriendo, Melissa se adelantó y la ayudó a quitárselo; luego tomó medidas para las modificaciones. Kat y Phoebe salieron del vestidor y salieron a buscar accesorios.
—Sabes –dijo Melissa mientras medía la cintura de Cassandra—, debo decirte que te admiro por lo que has hecho.
Cassandra la miró, consternada.
—¿Qué quieres decir?
—Encontrar a un Cazador Oscuro que te proteja –dijo Melissa mientras anotaba algo en una pequeña PDA—. Desearía tener a alguien así, que cuidara a mis pequeños cuando me haya ido. Mi esposo murió tres meses atrás, y aunque me quedan dos años, no puedo evitar preocuparme por ellos.
Dos años…
Melissa parecía más joven. Era difícil imaginar a la vibrante y saludable vendedora muriendo de vejez en tan poco tiempo.
La pobre mujer había perdido a su esposo. La mayoría de los Apolitas se casaban con personas con pocos meses de diferencia de edad por esa razón. Se consideraba una gratificación encontrar un esposo que cumpliera los años el mismo día.
—¿Es… doloroso? –preguntó Cassandra vacilante.
Nunca había visto a un Apolita morir de causas “naturales.”
Melissa hizo otra nota.
—Aquí hacemos una promesa de no dejar que nadie muera solo.
—No has respondido a mi pregunta.
Melissa la miró a los ojos. Sus ojos estaban llenos de emociones tácitas, pero era el miedo que había en ellos lo que llegó hasta Cassandra y la hizo estremecer.
—¿Quieres la verdad?
—Sí.
—Es insoportable. Mi esposo era un hombre fuerte. Lloró como un bebé toda la noche, por el dolor que sentía. —Melissa aclaró su garganta como si su propio dolor fuese demasiado para aguantar—. A veces entiendo porqué tanta de nuestra gente se suicida la noche anterior. Incluso pensé en llevar a mis hijos a una nueva comunidad para que tuviesen la opción, pero en la superficie hay demasiados depredadores con los cuales luchar. Otros Apolitas, Daimons, Were-Hunters, humanos, y Cazadores Oscuros que están buscando a nuestros hermanos. Mi madre me trajo aquí cuando era sólo una niña. Pero recuerdo bien el mundo de arriba. Aquí es mucho más seguro. Al menos podemos vivir abiertamente sin miedo a que alguien sepa quiénes somos.
Cassandra no podía respirar mientras los pensamientos la atravesaban. Ella sabía que no sería placentero, pero lo que Melissa había descrito era mucho peor de lo que había imaginado.
Ya sería demasiado malo que ella sufriera… ¿pero qué sucedería con el bebé? Él era tan inocente. No merecía semejante destino.
Pero en realidad, ¿quién lo merecía?
—Oh, bueno –dijo Melissa rápidamente—, no quise perturbarte.
—Está bien –dijo Cassandra con un nudo en la garganta—. Te lo pregunté, y aprecio tu sinceridad.
En cuanto terminaron, Cassandra ya no se sentía festiva, ni deseaba seguir de compras. Necesitaba ver a Wulf.
Lo encontró en el dormitorio de su apartamento, cambiando los canales del TV. Él lo apagó en el instante en que la vio.
—¿Sucede algo malo?
Ella dudó a los pies de la cama. Él se sentó contra los almohadones, con los pies desnudos y una pierna doblada. La preocupación en sus ojos significaba muchísimo para ella, pero no era suficiente.
—¿Cazarás a mi bebé, Wulf?
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si nuestro hijo crece y decide que no quiere morir. ¿Lo matarás por eso?
Wulf aguantó la respiración mientras debatía.
—No lo sé, Cassandra. Realmente no lo sé. Mi honor lo demanda. Pero no sé si pueda.
—Júrame que no vas a lastimarlo –dijo ella, moviéndose hasta pararse a su lado. Tomó su camisa y lo sostuvo con fuerza mientras el miedo y la agonía la inundaban—. Prométeme que cuando haya crecido, si se convierte en Daimon lo dejarás ir.
—No puedo.
—¿Entonces por qué estamos aquí? –le gritó—. ¿Qué tiene de bueno que seas su padre si vas a matarlo de cualquier modo?
—Cassandra, por favor. Sé razonable.
—¡Tú tienes que ser razonable! –exclamó—. Voy a morir, Wulf. ¡Morir! Dolorosamente. Y ya casi no me queda tiempo. –Lo soltó y caminó hacia atrás y adelante, intentando respirar—. No lo ves. No recordaré nada una vez que haya muerto. Me habré ido. Me habré ido de todo esto. De todos ustedes. –Miró alrededor de la habitación frenéticamente—. No veré estos colores. Ni tu rostro. Nada. Voy a morir. ¡Morir!
Wulf la tomó en sus brazos mientras ella sollozaba contra su pecho.
—Está bien, Cassandra, te tengo.
—Deja de decir que está bien, Wulf. No está bien. No hay nada que podamos hacer para detener esto. ¿Qué voy a hacer? Tengo sólo veintiséis años. No comprendo. ¿Por qué tengo que hacer esto? ¿Por qué no puedo ver crecer a mi bebé?
—Tiene que haber algo que te ayude –insistió él—. Quizás Kat puede hablar con Artemisa. Siempre hay una escapatoria.
—¿Como la que tú tienes? –exigió ella histéricamente—. No puedes escapar de ser un Cazador Oscuro más de lo que yo puedo escapar de ser una Apolita. ¿Para qué vamos a casarnos? ¿Qué sentido tiene?
La mirada de Wulf la quemó.
—Porque no voy a dejar que termine de este modo –gruñó ferozmente—. He perdido todo lo que me importaba en la vida. No voy a perderte a ti ni a mi hijo por esto. ¿Me estás escuchando?
Ella lo escuchó, pero eso no cambiaba nada.
—¿Cuál es la solución?
Él la atrajo rudamente contra su pecho.
—No lo sé. Pero tiene que haber algo.
—¿Y si no lo hay?
—Entonces destruiré los pasillos del Olimpo o del Hades o lo que sea que tenga que hacer para encontrarte. No voy a dejarte ir, Cassandra. No sin luchar.
Cassandra lo apretó con fuerza, pero en su corazón, sabía que era en vano. Sus días eran finitos, y con cada hora que pasaba, se aproximaba irrevocablemente al final.

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